22 noviembre 2014

Un torrente de agua fresca

La luz empieza a colarse, tímida pero firme, en la habitación y entonces empiezo a notar que me estoy despertando. Y no quiero, al menos no antes que suene el despertador. Me concentro en volver a dormirme y aprovechar los últimos minutos de vacío mental pero ya no puede ser así que con esos movimientos tan conocidos, simples y rápidos decido saltar de la cama y apagar la alarma inútil.
Cada uno es como es y a estas alturas difícilmente voy a empezar una batalla contra mí misma, pero es que voy de más a menos durante el día, y siento que quizás ahora debería ahorrar un poco más. Recargada la energía cada mañana, me dedico a ir soltando esa preciada gasolina durante horas hasta acabar agotada cuando cae la noche. Y hasta ahora no he podido controlarlo. No me doy cuenta de cuándo empieza a suceder, solo soy consciente de ello cuando me oigo hablando a gran velocidad, cuando empiezo a perder palabras entre las frases, cuando me escucho en un tono de voz apasionado, entregada a relacionar esto con aquello y aún más allá, sorbiendo, respirando todo el aire a mi alrededor. 
A menudo forma parte de un viaje, que sé dónde empieza pero no dónde acaba, surtido de ejemplos que surgen alborotados y sonrientes al sentirse llamados por una selectiva memoria.
Y si a los que me escuchan les gusta perderse, les miraré un momento y me dejaré balancear de esto hacia aquello hasta acabar en algo sugerente, fantástico, adorado, pequeño y querido…Justo entonces, un sutil pestañeo me empujará a rebobinar hacia atrás a gran velocidad, intentando que no se note demasiado, hasta aquel punto en el que empecé a perderme en mi madeja de encajes, en mi torrente de historietas...

Un amigo mío se sorprendía de cómo podían llegar a suceder todas aquellas historietas cotidianas que yo le contaba, aquellas donde los desconocidos me decían 'mañana lo dejo', o 'cuidado que llegan los extraterrestres!' o 'te importaría revisarme el inicio de mi novela?' o 'a mí también me gusta el desierto, porque te deja como detenido, sabes?'...Las historietas me paraban durante unos minutos y luego se iban desvaneciendo entre las calles de la poderosa ciudad, que sabe engullir sin descanso tantas vidas y hacerlas invisibles…


Por eso, cuando me oigo hablar a gran velocidad, cuando comienzo a perder las palabras entre las frases, sé que el cable está conectado e iré vaciando el torrente de energía para regalarlo condensado entre risas y palabras. Y si a los que me escuchan les gusta jugar, tomarán mi historia para hacerla suya, y solo entonces, se producirá un efecto mágico, imprevisible: las experiencias se mezclan, se entrecruzan, se hacen grandes y nos sobrevuelan. Ya no hará falta rebobinar atrás, qué importa dónde empezamos, porque donde nos hemos trasladado es un espacio más puro, compuesto de notas chispeantes, rescatadas de la memoria, un torrente donde siempre fluye el agua fresca. 

24 octubre 2014

El fin de la resistencia

Hace unos años, cuando mi energía era mayor y por tanto mayor era la certeza de que nadie ni nada podían vencerme, acepté a someterme a un estúpido juego: tenía que cerrar los ojos e imaginarme que me hallaba en una habitación sin puertas ni ventanas. Alguien me había encerrado. Al poco rato de estar ahí, y después de acostumbrarme a la oscuridad y confirmar que estaba sola, oí un chasquido metálico. Entonces, muy lentamente, las paredes del cubículo empezaron a cerrarse, estrechando el espacio en el que yo me hallaba. Una voz me dijo: solo te quedan unos minutos, ¿cómo vas a hacerlo para escapar?... 

Empecé a pensar y cualquier cosa me parecía imposible de realizar pero seguí pensando, cada vez más aprisa, pero estaba tan angustiada que me bloqueé. Sentía como se iban acercando las paredes y el aire se iba haciendo más y más denso. Piensa, piensa, me susurraba la voz, ¿no se te ocurre nada? Esto se va a acabar dentro de poco… Ya no podía ni pensar en nada, solo quería que aquello terminara de una vez por todas. Cuando lo vi todo perdido exclamé: Pues da igual, me duermo, pensaré que todo ha sido un sueño y luego me despertaré…
El juego pretendía averiguar hasta dónde era capaz de resistir, y en mi caso, preferí morir aplastada o engañada por un sueño, que gritar esto es mentira, no quiero jugar más y abrir los ojos.
Supongo que nuestro comportamiento viene muy determinado por cómo nos han educado y lo que nos ha tocado vivir. En casa, he visto a mis mayores entregarse por otros mayores, aunque a veces no fuera ni justo ni valorado, o dejarse la piel hasta no poder más por sus pequeños, sin pensar que cuando crecieran ni siquiera lo tendrían en cuenta.
En casa, he tenido que esforzarme por no hablar de más para no herir a otros, aunque algunas veces no evitara que otros sufrieran y he tenido que resistirme a mis impulsos porque había normas y responsabilidades unas veces, o porque no me escuchaban, en otras. Lo que me quedó muy claro es que para lo que realmente valía la pena había que luchar mucho y no desfallecer a mitad del camino.

Y este camino empezaba en la infancia y seguía, a pesar de la rebeldía, en la adolescencia. Y la senda continuaba en la universidad donde aprendías poco  y aguantabas mucho, especialmente a aquel profesor que ni se esforzaba en agradarte, en ilusionarte, en despertarte…Aún en sueños, sin embargo, continuabas resistiéndote a pensar que quizás aquello no era para ti.
Cuando al fin te liberabas de los exámenes, entrabas en una especie de parque particular, donde conocías a otros iguales que tú, con distintos pasados y un destino común: prosperar, aprender, ser visibles a los ojos de los nuevos mayores. Y eso acabó suponiendo aguantar de nuevo, aprender a superar la frustración o el cansancio. Y poco a poco todos aprendimos a mesurar las palabras, a evitar la emoción, a aparcar la pasión y a prescindir de la naturalidad como parte del juego.


Son tantos años viviendo así que ahora es difícil saber cómo nos quitamos todo ese aprendizaje de encima. Y cómo vencer al hastío, cómo superar la indecisión. Y cómo vivir y sobrellevar la duda, cómo volver a dejarnos sentir. El cuerpo nos pide a gritos que dejemos de resistir, de resistirnos.

La madurez nos concede una oportunidad única, el fin de la resistencia: desde ahora y con tranquilidad podrás decir no me interesame alegro de ser como soy, tu a mi tampoco, ahí te quedas y yo me voy, te quiero de verdad... Es un buen momento para aprender de nuevo. 

24 septiembre 2014

Lo admito, yo también me lío

A veces me siento rechazada. ¿Suena fuerte, verdad? A mí, también.
El rechazo es SENTIR que a ti, y solo a ti, te dicen que no y es CREER, aunque sea solo por un instante, que ello no va a cambiar nunca.
Quizás no sea la palabra precisa, exacta, porque esta está impregnada de imágenes que duelen solo al imaginarlas:
Una puerta cerrada de un portazo, delante de las narices, mientras alguien intenta pedir perdón; una mirada que se gira, las solapas alzadas de una gabardina, mientras la persona que iba a su encuentro, se estremece…

Quizás no me sienta rechazada, sino menospreciada. ¿Mejor así?  
Ellos menosprecian mi tiempo, mi dedicación, mi empeño, mi pasión justo cuando se hace el silencio, cuando se apaga la luz, cuando la velocidad aleja su coche de la puerta de casa. Ellos me menosprecian cuando alzan el vuelo, cuando se despiden, cuando no se atreven a decirme que no y callan. 
¿Por qué no me había dado cuenta antes? Si lo hubiera hecho, les hubiera dedicado menos tiempo y con suerte, les hubiera regalado mi energía a otros que lo necesitaban más. 
Sin embargo, me fue imposible percibirlo: cuando estábamos juntos parecían tan atentos y absortos que era difícil adivinar que más allá de aquello que habíamos compartido se levantaría una ráfaga de aire y esta desharía el hechizo y se olvidarían de todo.

Creo que ni siquiera me siento menospreciada, porque debo admitir que las personas nos liamos.
Ellos, y yo en su lugar; ellos, y yo en su posición, se nos olvidan a menudo la mayoría de promesas que compartimos, incluso aquellos planes que tanto deseamos nunca se llevan a cabo. La mayoría de las intenciones, buenas, verdaderas, que eran reales en aquel momento, jamás bajan a la tierra para convertirse en hechos. Y no somos del todo responsables, porque en realidad existe un enorme campo magnético que nos arrastra: vivimos en un mundo que nos exige no parar de rodar, nos atrapa y nos empequeñece, nos hace dudar de nuestras posibilidades, nos bloquea suavemente y nos ciega y ensordece, nos perturba los sueños y nos hace esforzarnos en pequeñeces. 
Ni siquiera nos ofrece algo tangible a cambio, salvo mantener lo que tenemos, aunque sea poco, aunque sea la montaña de promesas, planes, hermosas intenciones, que hemos ido amontonando y que dejaremos para el próximo año, o quizás, para la próxima vida.

Nos liamos, nos dejamos enredar suavemente y nos pasan las horas, y recorremos en un instante el trayecto del trabajo a casa, y nos pasa todo por delante, como embobados delante del televisor. Y olvidamos que quizás, por el camino, hemos compartido promesas, planes o intenciones con alguien. Y ese alguien se quedó por un momento, confuso: al principio notó una punzada de rechazo, más tarde se convirtió en el sabor del menosprecio y, por suerte, al final acertó con la respuesta: todas las personas se lían, y yo, también.

No queda otra que tener paciencia.

14 septiembre 2014

Pensamientos de verano

Flotar en el agua y dejarse llevar por el suave oleaje; mirar hacia el cielo y buscar con los ojos un par de nubes; la impresión de estar sostenido por una frágil cortina tejida con el agua del mar…
Para que no se desvanezca esa magia, tengo que concentrarme mucho para no mover ni una pierna, ni un brazo, ni un dedo, ni siquiera un pensamiento.

Flotar en la superficie, sin advertir que hay vida por debajo, mantener la calma y seguir relajado, vuelto del revés mirando al cielo y en realidad sin prestar atención a nada. Simplemente dejándose llevar por las aguas calmadas y levemente saladas del verano. Lo necesitamos más de lo que creemos, lo hacemos poco o casi nunca, no deja de ser un juego de niños, pero cuando lo probamos, ay, nos quedaríamos así durante horas…Este podría ser nuestro íntimo momento veraniego al que volver con el recuerdo.

Sumergirse en el agua y captar el sonido del auténtico silencio; mirar hacia los lados y descubrir con sorpresa una naturaleza de colores protegida por un gran manto azul; la percepción de estar en un espacio casi lunar, irreal, donde todo sucede con delicadeza…
Para que no se pierda esa especial simbiosis de mi cuerpo con el nuevo medio, tengo que concentrarme para aguantar un poco más la respiración y que los peces no se asusten de las burbujas.

Sumergirse en la profundidad, sin acordarse de que la vida sigue igual allá arriba, detenerse a disfrutar del silencio y darle la vuelta a la mirada para contemplar los detalles del fondo del mar. Nos produce una rara y nueva sensación, por qué no lo habíamos probado antes, y sin dudarlo, decidimos que queremos quedarnos un poco más en este lado del mundo. Esta podría ser, incluso, nuestra petición para el próximo verano.

Así es nuestra mente, repleta de pensamientos que nos sobrevuelan ligeros de como una brisa marina o que surgen, de repente, como un pulpo sorprendido en una oscura oquedad marina. Unos llegan para quedarse y otros solo nos despiertan para luego esfumarse con las corrientes, como las fantasmagóricas medusas. A veces, nos seducen y arrastran con hermosas melodías pero otras nos asustan, porque su voz es tan fuerte como el graznido de la gaviota.  

A todos los pensamientos hay que cuidarlos, mimarlos, contenerlos y calmarlos. A todos ellos hay que tenerlos presentes pero también dejarlos pasar. 

En la calma de la superficie o en el silencio del fondo del mar, todos vivimos un estupendo verano, que empieza y acaba, sobre todo, para volverlo a desear.

22 julio 2014

En suspensión...

No sé cuál es la razón en realidad.
Quizás sea porque acabamos eligiendo lugares en los que parece que nunca va a suceder nada, extremo Norte o puro Sur de cualquier lugar desde el que uno quiera izar su bandera. Puede que sin buscarlo, encontremos en la nada un refugio que nos permita huir de los millares, millones de impertinentes estímulos que se nos atragantan diariamente.
Quizás sea porque terminamos vagabundeando a pesar del sinfín de mapas que se amontonan a nuestros pies y, o bien convertimos un breve paseo en una excursión en la que el reto es regresar por un camino distinto, o bien nos detenemos aquí y ahora y nos dejamos adormecer por las horas. Puede que sin buscarlo, encontremos en este deambular una forma de rebelarnos contra los horarios y las obligaciones que nos desbordan el alma.
Aunque no sepa la razón, lo cierto es que en estas circunstancias, roto, de una vez por todas, el vínculo que me une a mi forma de ver, sentir y entender la vida allí en casa, con los míos y mis cosas, se produce en mí un extraño efecto que, por largamente conocido, ha dejado de incomodarme:
Lejos, en la nada, en ningún sitio, los pensamientos de lo que más me preocupa pierden peso y vuelven a hincharse al compás de los vientos del Este que nos sobrevuelan. Aquello que había olvidado regresa como en sueños, aunque no esté dormida, y de repente, una a una las circunstancias que rodean mi particular historia, empiezan a emerger como náufragos que retornan: algunas se arrastran, amortiguadas por el paso del tiempo, otras corretean, como recién nacidas de la memoria. Y mientras paseo, mientras pienso, mientras me aburro, mientras callo y dejo que mi vista se pierda en algo que no es más que otro, un lejano y distinto mundo, lentamente se van tejiendo y destejiendo hileras de historias pasadas, con lo bueno y lo malo, lo olvidado y lo anhelado, para componer un traje esencial que prescinde de lo superficial y prestado.
Lejos, todo lo que abarrotaba mi vida tiene una distinta y distante visión, que no tiene más remedio que desvanecerse al compás de los vientos del Este que nos acompañan. Es a través de los huecos que ahora quedan libres de se cuelan y reaparecen títulos de canciones que no recordaba, conocimientos relegados que aprendí y recuerdos de personas y sentimientos que una vez fueron importantes pero que se encontraban dormidos, apresados por millares o millones de obligaciones pendientes, objetivos que llevar a cabo, mensajes a los que responder, pequeñeces, ahora, a las que atender.

No sé cuál es la razón, en realidad, de esta sensación de encontrarme  detenida, suspendida entre el viento y el mar, aquí en la lejanía, en este horizonte de mar donde parece que nunca vaya a suceder nada, pero su extraño efecto me reencuentra con mi auténtica yo.


13 julio 2014

¿De ilusión también se vive?

Una noche, hace mucho tiempo, me despertaron mis propias lágrimas. Recordaba vagamente que en mi sueño, estaba tranquilamente sentada en medio de la gente en un autobús abarrotado. Iba pensando y saltando de un tema a otro hasta que algo me hizo paralizarme. De repente, fui consciente de que se había ido y supe que sin ella, mi vida carecería de sentido. Me puse a llorar con la intensidad del desconsuelo y me desperté gritando: “¡me han quitado la ilusión!”.

Sin ella, la curiosidad pierde el sentido y la dirección, el olfato y la espontaneidad, y no cesa de dar vueltas sobre su eje hasta quedarse enredada entre las hojas y el viento de un otoño prematuro.
Sin ella, la novedad pierde a la emoción como pareja de baile y por un traspiés, la risa pierde el compás de la música.
Sin ella, el caminar olvida su alegre taconeo y el porte erguido va curvando su orgullo y pasión.


“No sin mi ilusión”, solía repetirme a mí misma, a pesar de que a veces, renegase de ella. Porque había días que me hacía sentirme muy sola, al darme cuenta que era la única que la sentía, o al menos, que podía expresarla. Delante de mí, personas con cuerpos cuadrados y cara imperturbable, me miraban con extrañeza, ¡parecían estar tan lejanos!. Y yo sentía como toda aquella alegría que me invadía se iba desvaneciendo...Poco a poco, me fui amoldando y perfeccionando, y me torné cada día más y más desconfiada. Así que mi cuerpo se fue quedando sin curvas y adoptando aquellas líneas rectas.¡Por poco lo consiguen!...

La ilusión es mi grito de guerra, mi aliado cuando todo está perdido. Es el puerto en calma y el carbón de mi locomotora. La ilusión alborota a mis glóbulos rojos y decide el ritmo inestable de mi corazón con alegría. Ella es quien me golpea con una punzada en el estómago pero también quien me lleva en volandas para poder tocar la luna con los dedos. Es mi almohada por la noche y mi abrigo en invierno, es tan importante como aquella persona de la que jamás tendré que despedirme.



Hace años soñé que la perdía, pero por suerte, al despertar recordé que en realidad no podía marcharse, pues siempre la llevo atada a mi mano con un lazo invisible. 



Referencia del post: los hombres grises del libro "Momo", Michael Ende
Música del post: Chocolate & Cigarettes, Angus & Julia Stone