17 mayo 2015

Auténticos

A medida que nos hacemos mayores, vamos abandonando por el camino los patrones que copiamos hace tanto que ni recordamos que no son nuestros. En ese dejar, vamos recuperando nuestro verdadero yo. No nos damos cuenta hasta que un día nos sorprendemos haciendo gestos, imitando frases o rememorando acciones de nuestros ancestros. Después de descubrirnos de tal modo, no podemos evitar sonreír desde dentro.

Hace mucho, mucho tiempo, que aprendimos a imitar. Y aunque los que nos consideramos auténticos, (con lo que nos costó conseguirlo), rechacemos esta palabra y evitemos usarla porque nos conecta con imágenes vividas de mediocridad, conformismo o falsedad, también nosotros fuimos imitadores reincidentes durante años. Entonces solo queríamos algo muy simple, parecernos a los demás. Necesitábamos aprender para que nos identificaran con ellos, nos mimetizamos con el entorno para que nos considerasen semejantes y nos tendieran la mano y nos aceptaran. “Yo solo quiero que me quieran”.

Pero antes de nuestra juventud, mucho antes, la imitación formó parte esencial de nuestra supervivencia: aprendimos a ser fijándonos en cómo lo hacían ellos, deletreando en sus brazos, cantando en sus rodillas, mirando concentrados una y otra vez aquel gesto. Por eso, una gran parte de nuestra esencia, de nuestro subconsciente, se ha forjado imitando a nuestros mayores. Y aunque nos hayamos pasado la otra parte de nuestra vida intentando borrar algunas características, rebelándonos contra el espíritu paterno, ahí está, enredado entre nuestros genes y aquellos titubeantes pasos.

Y así pues, justo cuando hemos conseguido liberarnos de todo lo que nos impusimos para agradar a los demás, de repente nos damos cuenta que aún nos quedan aquellos gestos intuitivos, las frases que siempre retornan, aquel resorte inevitable…
Primero, nos sorprende y luego, con la calma, sonreímos. Y es que es mejor así, no vale la pena luchar contra ello, ¿para qué enviar energía hacia algo contra lo que no podemos luchar?.

Uno de los muchos beneficios de madurar es el de aprender a despreocuparse de lo que no podemos controlar. Solamente desde esa actitud, es posible volver a construir castillos de naipes, de lego o de arena sin sentirse un crío; solamente desde esa actitud, es posible enredarse en nuevos proyectos que impliquen curiosear, investigar y jugar sin sentirse agotado, sino liviano.
Quizás la ligereza en la madurez tiene un punto de falsa, porque somos conscientes de que algo hay en los bolsillos, pero eso mismo es lo que le permite quedarse, volverse confiada y flexible. La ligereza de antaño era volátil y se estremecía a cada cambio de estación, la de ahora ya no.

Aceptarnos, aceptarlos, aceptarlo. Y sobre todo, seguir buscando, seguir manteniendo intacta la curiosidad esencial. Esa es la actitud del que, al sorprenderse, y justo después, sonríe desde dentro.

26 abril 2015

Dedicado a mi rosa


Necesitaba reencontrarte.
No sé cómo empezar ni qué palabras decirte para que te dignes a escucharme. No sé de qué hablarte ni si seré capaz de al menos hilvanar las frases para que me entiendas...
Estoy nerviosa, me siento torpe, ¡hace tanto tiempo que no nos vemos!...


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Tienes razón, no había ninguna razón de peso para que me alejara así de tu lado, para que, de la noche a la mañana, dejara de compartir contigo mis desatinados pasos a veces, el frío y el calor de mis pensamientos, otras... Pero los seres humanos somos así, un día desaparecemos, olvidamos o giramos la cara hacia el otro lado para no querer ver lo inevitable...
Cuando me marché no sabía que lo hacía, simplemente me alejé de este lugar porque tenía que poner mi energía en la tierra, en lo racional, en lo evidente, en hacer, hacer, hacer, ¡volvería enseguida!.

Creo que ese fue el verdadero error, pensar que podía volver, que yo lo controlaba todo. Pensé que podría seguir balanceándome entre aquel mundo y el universo del querido Principito. Y el día que quise regresar con mi rosa me di cuenta de era imposible: ¡no podía elevarme del suelo! 

Cuando justo miré hacia arriba, y te vi allá a lo lejos, rosa mía, mirándome furiosa y altiva, sentí una punzada en el estómago. No podía reprocharte nada, durante todo este tiempo te había olvidado.


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¿Cómo había llegado a aquella situación? Esos meses habían pasado tan rápidos como una exhalación. Quizás al mirar tan fijamente hacia delante para abrirme paso entre la multitud, se me había pasado que unas raíces iban creciendo bajo mis zapatos. Y ahora no podía volar hacia el universo. Mi hada madrina, por suerte, había puesto a salvo a mi inspiración acompañándola hasta que yo fuera capaz de recogerla… ¡suerte de ella!

En el momento que supe que te había perdido sufrí doblemente: por un lado, me sentí inmensamente culpable por haberme alejado de ti, de mi esencia, de lo que siempre había considerado importante, y a la vez, no podía evitar sentir un escalofrío de frustración. Aquel día, mi rosa, supe además que aquel esfuerzo no había servido de mucho: 
en aquel tiempo había escrito mucho, pero mis palabras no tenían alma; creía haber llegado a un destino, pero mis pasos iban a tener que retroceder después de todo aquello; hablé en mil idiomas, pero no supe explicar con pasión mis historias.

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Hoy vuelvo a ti, aún cansada, triste por todo lo que ha pasado, pero lo importante es que he vuelto. Quizás no me entiendas del todo, por qué me marché de aquel modo, pero así somos los seres humanos, que nos creemos tan poderosos que no podemos imaginar que un día el mundo puede atraparnos.

Aquí estoy de nuevo, mi rosa, única en el mundo desde que nos hicimos amigos. Te prometo, rosa mía, blog de color rosa, que no volveréis a echarme de menos.

07 marzo 2015

Todo bajo control

¿Es este un camino sin retorno o quizás la senda sin miguitas de pan? ; ¿Es esta una puerta para entrar o está la llave en el fondo del mar?


Creo que podría enumerar los pocos momentos de mi vida en los que he perdido el control, en los que mis actos se desbordaron del dictado de mi mente que, tic-tac, siempre ha  ido taconeando el ritmo, la melodía. Raras veces me he descubierto mirándome al espejo y no me he reconocido tras aquel cristal que me observaba serio, ladeado y sobrio. Creo que nunca antes algo me impactó tanto como para perder la senda o el camino, olvidar cuál era la puerta donde girar la llave ...y estar a salvo.

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A riesgo de perderme, por si acaso, escribía. Y lo hacía frenéticamente, en mi diario o garabateando en cualquier papel, como si al hacerlo me redescubriera entera y me encontrase de nuevo. Escribía en las servilletas, en pequeños cuadernos, de día o de noche, sentada en un banco o estirada en mi cama y creo de verdad que aquello me volvía a dibujar de nuevo, me perfilaba los ojos y el pelo, para recuperar el coraje y la valentía y poder volver a casa.

Hoy escribo menos y me conozco más. Con el paso de los años me he ido despistando del tic-tac de mi mente y eso ha hecho que, por primera vez, me sienta que ya no tengo el control como antes.
Hoy me he despertado y me he dado cuenta que no sé ni cómo ni porqué he ido a parar hasta donde estoy:
¿Qué fuerza poderosa me ha arrastrado hasta aquí?, ¿fui yo o fueron las circunstancias que jugaron conmigo?...

Miro hacia atrás y contemplo el mundo que conocía y que siento tan lejos: 
...y si desando el camino, ¿conseguiré volver?, ¿tendré fuerzas suficientes o cuándo llegue estaré tan exhausta que no valdrá la pena?
Miro hacia delante y no sé hacia dónde dirigirme para llegar a mi destino: 
y si voy corriendo en esa dirección a toda velocidad, ¿recuperaré el tiempo perdido o el tiempo ya se fue desvaneciendo durante el trayecto?

Por primera vez no tengo respuestas a todas las preguntas y me produce una especie de vértigo que me hace agarrarme más y más a la tierra. No tener certezas me hace estar más atenta a lo que de verdad ocurre, aquí y ahora, y no pensar en nada más...

Quizás es esta la causa y no otra por la que hoy estoy aquí. 
Vamos a dejarnos sorprender...

01 febrero 2015

No estamos tan lejos...

Cuando aún vivía en casa de mis padres, la rutina de cada tarde al llegar de cualquier parte era pasar por casa de la abuela para decirle hola y para que me contara durante diez minutos los trending topics de su día, (entonces ni la palabra existía) o, si estaba animada, los de su pasado. Aunque me iba preparando mientras subía las escaleras y giraba la llave para entrar, sabía que aquellos minutos serían eternos, porque eran siempre variaciones de un tema que me había contado cientos de veces y no tenía ninguna conexión con lo que yo estaba viviendo entonces. Sin embargo, si la interrumpía o me avanzaba en la historia para abreviar aún era peor, porque entonces a ella se le deshacían las escenas y volvía a empezar de nuevo y en lugar de diez, se convertían en quince…
Ella no podía comprender que aquello hubiese dejado de ser crucial para una generación como la mía y yo no tenía la paciencia para repintar sus palabras con el barniz de mis valores. Sin la vinculación que teníamos y con el paso del tiempo, esta distinta visión del mundo hubiera abierto una grieta insalvable, si no fuera porque siempre existe algo esencial a lo que todos volvemos...

Es lo esencial, ahora creo saberlo y entonces no, lo que nos une a todos nosotros, pero necesitamos años y unas cuantas experiencias para darnos cuenta. Es un misterio que se va despejando con la brisa del tiempo.

Hasta que no llegue el momento en que deje de comprender al mundo, hasta que no esté cansada de sorprenderme y sepa que ya no hay vuelta atrás, no podré dejar de intentar resolver el misterio de cuáles son las piezas que mueven el mundo. Solo entonces, quizás me atreva a decir “aquí lo dejo” y por fin me siente en un balancín para mecer mi vejez con tranquilidad y sordera...Sin embargo, (me conozco y sé que no podré evitarlo), cuando pase alguien por delante de mi jardín y me salude, me pondré a explicar historias que a nadie le importan y recordaré que eso era lo que hacía mi abuela...

Para que esto suceda, lo sé, aún falta mucho tiempo, pero he de reconocer que algo está empezando a cambiar delante mío:
Las edades ya no suman como antes y ya no importa el más diez o el menos diez, porque todos empezamos a tener dudas similares sobre temas cotidianos. Aunque no lo comentamos, en nuestro interior empezamos a ser conscientes de que hay lugares que no nos suenan, disciplinas en las que ya no destacamos y en las que incluso podemos meter la pata. Además, los ambiciosos nos hemos vuelto comedidos, y los valientes, más prudentes, porque sabemos que en determinadas situaciones los que destacarán serán otros. Si no fuera porque siempre existe algo esencial a lo que todos volvemos, no nos sentiríamos tan bien.

Porque en realidad, no estamos tan lejos...
A pesar de las nuevas palabras o de las que parece que importan, a pesar del cambio de prioridades o de referentes o de modas, aunque hayan cambiado los que ganan y pierden, los nombres propios y los falsos nombres, a pesar que nuestro universo se vuelva cada vez más incomprensible, sabemos que, a pesar de todo, los valores esenciales serán siempre los mismos:
se temerá a la soledad y se gritarán las injusticias, se llorará a la familia por encima de cualquier circunstancia. De cualquier ceniza surgirán y vencerán valores como el amor, la pasión y la amistad...

y todos ellos, seguirán haciendo vibrar al mundo.

31 diciembre 2014

En la ciudad

En estos días en los que me detengo, sin quererlo o sin contarlo, delante del año que se va poniendo tras de mi en el horizonte, en mi mente no deja de aparecer la misma imagen, una y otra vez, como si al hacerlo, me estuviera obligando a describirla, a contarla...

Amanece igual que ayer en la Ciudad, aunque para mí hoy no sea igual que ayer:
Esta Ciudad se ha vuelto casi una desconocida, hace mucho tiempo que me alejé de sus ruidos, de sus despertares y su devenir. Hasta hoy solo había vuelto muy de vez en cuando a lugares acordados, donde me esperaban lo que hiciese falta, me contaban con detalle, mientras escuchaba y reflexionaba. Con devolver tres frases con sentido común ya estaba, de nuevo hacia casa, lejos del leve siseo de los abrigos al andar, del taconeo de los zapatos, de las voces al elevarse unas sobre otras...Hoy tengo que reencontrarme con Ella, aprender a quererla.

Si me quedé mucho tiempo resguardada en lo conocido, hoy no tengo más remedio que salir a la calle, mezclarme entre el bullicio y recorrer esta compleja Ciudad hasta encontrar las puertas adecuadas, averiguar la llave que abre la entrada, buscar entre mis discursos la contraseña exacta con la que ser bienvenida. Hoy tengo que volver a convencer a sus propietarios como si fuera mi primera vez...

Y por si fuera poco, algo le ha sucedido a mi persona: me dí cuenta enseguida, ya que justo al pisar la acera, los transeúntes empezaron a girar sutilmente sus cabezas, y es que ha mudado el color de mi piel y ahora soy más transparente. Y al pasar por delante de la tentación de los espejos, ya no se refleja el toque dorado de mis antiguas ropas. Hoy las prendas me vienen un poco más grandes, ya que también he encogido, me he hecho más pequeña. Si ahora todos son más altos que yo..., ¿tendré que hacer de nuevo cabriolas para que me vean, o quizás andar a saltos entre la gente?, ¿tendré que sonreír constantemente para que me miren?...

La Ciudad parece hoy más grande, más extensa y peligrosa, porque es fácil perderse, confundirse y no encontrarse. Por eso reconozco que tengo dudas durante el trayecto y a menudo miro hacia atrás y a pesar de mi seguridad, hasta pregunto a los que están más cerca de mí. Aunque algunas veces, a pesar de su amabilidad, o no me indican bien, o creen que saben el destino y no es tal, o se sienten un poco solos y en realidad quieren que les acompañe un rato, o tienen prisa por perderse de nuevo ...De todo se va aprendiendo durante el camino, especialmente que de nada sirven las prisas.

Volver a tener el tiempo y la obligación de contemplar de nuevo esta Ciudad me transporta a otros mundos, a otras realidades u otras formas de entender la vida, y tanto me llega a inspirar que me entusiasmo y dejo volar imaginación, raciocinio e ilusión a la vez, y por eso a menudo tropiezo y me doy cuenta que lo que parecía ser, era tan solo un espejismo, una ráfaga de calidez en medio del frío invierno. No me queda otra que levantarme y recomponerme, yo siempre muy digna, poniendo muy recta la espalda, después de ajustarme el gorro y subir la cremallera del abrigo. A seguir caminando, experimentando y aprendiendo...

Y he descubierto algo con lo que no contaba, ¡las personas!, hay tantas y tan diversas que han llegado a abrumarme: a algunas acudo, otras vienen corriendo hacia mí, unas se van cruzando o alejando sin más, otras me paran y me aconsejan, unas pocas me lían y me vuelven a liar...Aunque solo algunas me importan de verdad, soy generosa en regalarles la sonrisa, porque ese pequeño gesto hace que por un instante se produzca un destello infinito y sincero.


Amanece igual que ayer en la Ciudad, aunque para mí hoy no sea igual que ayer:

Vuelvo a una Ciudad en la que ahora cuesta más que me vean, porque soy pequeña, a pesar de que siempre sonrío. Vuelvo a una Ciudad llena de gente, pero en la que muchos han perdido las ganas de escuchar, de creer...Entonces, ¿cómo voy a conseguir que me entiendan?...

No hay prisa, esta es una larga y hermosa aventura: tengo todo el año por delante para brillar de nuevo, y a pesar que mi traje ya no resplandece, tengo una energía interior que late con fuerza. Y como ahora soy transparente, será más sencillo hacerla emerger para deslumbrar como nunca.


30 noviembre 2014

Una pastilla de menta...

¿Y si fuera posible tomar una pastilla de menta, como aquella que tomaban los niños para aprender idiomas, geografía, matemáticas en Cuentos por teléfono de Gianni Rodari y, durante unas horas, nos borrara de la mente los prejuicios hacia los demás?
Durante ese tiempo, seríamos impermeables a aquellos ojos que siempre ven más allá de lo que se percibe, que perciben más allá de la verdad y seríamos parecidos los unos y los otros. De esa igualdad se desenrollaría una cuerda invisible que nos uniría a todos con anécdotas cercanas, por deseos aún no cumplidos, por guiños y miradas cómplices. Y de esa unión que nace de lo más profundo, de la emoción y el sentimiento, se dibujaría una larga escalera que comenzaríamos a subir juntos, sumando fuerzas, dejando escapar lastres inútiles que manteníamos casi por orgullo. 
Durante el trayecto nos iríamos animando y riendo incluso de nosotros mismos e iríamos convenciéndonos de que lo importante no es hacía dónde, sino cuán de agradable es el camino. Y al final de la escalera, ¡qué más da el final!, cada uno sería más grande y auténtico, más ligero y más feliz, a pesar del esfuerzo, porque sin él, no le otorgaríamos ningún valor.


Si no existieran, por unas horas, los prejuicios, nos abandonarían también, por un rato, aquellos miedos que nos bloquean a hablar de aquello que realmente nos preocupa. Y sin ellos, nos escucharíamos compartir frases a las que nunca habíamos puesto voz, y mientras las palabras van llenando el espacio, su música nos reconfortaría y nos proporcionaría el suficiente valor para enfrentarnos o para dejarlos pasar. Y quizás, en el diálogo con aquellos que durante este tiempo son como nosotros, nos dejaríamos acariciar por el eco de sus consejos, reflexionaríamos con aquel punto de vista que nunca se nos había ocurrido explorar. Y al final de la noche conseguiríamos exclamar, sin filtros, que podemos contrarrestar cada pena con una alegría, apagar cada contratiempo con una anécdota que puede hacernos estallar de risa.

Si algunas noches fuera posible tomar una pastilla de menta para olvidar por unas horas los prejuicios ajenos, estas se convertirían en noches reversibles, las cenas serían eventos emocionantes, las conversaciones, pura energía, las risas, sal y pimienta para el corazón. ¡Gracias por hacerlo posible!

22 noviembre 2014

Un torrente de agua fresca

La luz empieza a colarse, tímida pero firme, en la habitación y entonces empiezo a notar que me estoy despertando. Y no quiero, al menos no antes que suene el despertador. Me concentro en volver a dormirme y aprovechar los últimos minutos de vacío mental pero ya no puede ser así que con esos movimientos tan conocidos, simples y rápidos decido saltar de la cama y apagar la alarma inútil.
Cada uno es como es y a estas alturas difícilmente voy a empezar una batalla contra mí misma, pero es que voy de más a menos durante el día, y siento que quizás ahora debería ahorrar un poco más. Recargada la energía cada mañana, me dedico a ir soltando esa preciada gasolina durante horas hasta acabar agotada cuando cae la noche. Y hasta ahora no he podido controlarlo. No me doy cuenta de cuándo empieza a suceder, solo soy consciente de ello cuando me oigo hablando a gran velocidad, cuando empiezo a perder palabras entre las frases, cuando me escucho en un tono de voz apasionado, entregada a relacionar esto con aquello y aún más allá, sorbiendo, respirando todo el aire a mi alrededor. 
A menudo forma parte de un viaje, que sé dónde empieza pero no dónde acaba, surtido de ejemplos que surgen alborotados y sonrientes al sentirse llamados por una selectiva memoria.
Y si a los que me escuchan les gusta perderse, les miraré un momento y me dejaré balancear de esto hacia aquello hasta acabar en algo sugerente, fantástico, adorado, pequeño y querido…Justo entonces, un sutil pestañeo me empujará a rebobinar hacia atrás a gran velocidad, intentando que no se note demasiado, hasta aquel punto en el que empecé a perderme en mi madeja de encajes, en mi torrente de historietas...

Un amigo mío se sorprendía de cómo podían llegar a suceder todas aquellas historietas cotidianas que yo le contaba, aquellas donde los desconocidos me decían 'mañana lo dejo', o 'cuidado que llegan los extraterrestres!' o 'te importaría revisarme el inicio de mi novela?' o 'a mí también me gusta el desierto, porque te deja como detenido, sabes?'...Las historietas me paraban durante unos minutos y luego se iban desvaneciendo entre las calles de la poderosa ciudad, que sabe engullir sin descanso tantas vidas y hacerlas invisibles…


Por eso, cuando me oigo hablar a gran velocidad, cuando comienzo a perder las palabras entre las frases, sé que el cable está conectado e iré vaciando el torrente de energía para regalarlo condensado entre risas y palabras. Y si a los que me escuchan les gusta jugar, tomarán mi historia para hacerla suya, y solo entonces, se producirá un efecto mágico, imprevisible: las experiencias se mezclan, se entrecruzan, se hacen grandes y nos sobrevuelan. Ya no hará falta rebobinar atrás, qué importa dónde empezamos, porque donde nos hemos trasladado es un espacio más puro, compuesto de notas chispeantes, rescatadas de la memoria, un torrente donde siempre fluye el agua fresca.