26 mayo 2013

Mi puerto particular

Tendría más claro cuál es mi papel en este cuento si fuera realmente un hada...
¿Dónde está el cuento, mi cuento? ¿Cuándo me perdí un capítulo? Ni siquiera recuerdo aquel en el cual empecé, me despisté en mis ganas por estar donde estaban los demás, me sentía mejor cuando tenía a alguien a quien seguir, era feliz cuando aprendía un nuevo juego…
Aparentemente todo me ha ido muy bien, estoy donde quería llegar, si realmente es aquí mi puerto particular donde dejarme vencer por el cansancio…Sin embago, algunas veces, en los minutos previos al sueño, algo que me dice que quizás esto no es para mí: me he vuelto a adaptar otra vez, siguiendo la estela de alguien o de algo, intentando aprender más, buscando nuevos retos…
Y me vuelvo hacia los demás, y me fijo, sin poderlo evitar, en los que han encaminado sus pasos hacia otro lugar más inestable, quizás, pero más seguro para sus corazones. Les miro como están de orgullosos, a pesar de los sinsabores, y yo me pregunto si no habré escogido lo más cómodo, lo más “normal”.
Cómo me fastidiaba esa palabra, normal, hace unos años. Era sinónimo de conformismo, la veía reflejada en aquellos que conducían rápido por las autopistas para llegar antes pero con el piloto automático encendido. Incluso lo asociaba al viajero que solo pisaba complejos turísticos y se ataba a la pulserita y no se volvía a calzar los zapatos hasta que volvía a subirse al avión de regreso. Recuerdo hablar de personas “normales” como si fueran otros, de otra tribu, de otro barrio…Supongo que hice mal...
¿Dónde están los normales ahora? ¿no se habrán cambiado las tornas? ¿no seré yo uno de esos seres acomodados a una forma de vida estandar y previsible? ¿normal, yo?...Pues quizás sí y no os podéis imaginar cómo me fastidia…
Por si acaso, yo sigo dibujando estrellas en mis blocs de notas por si se convierten un día en una varita mágica para que se obre el milagro y pueda desaparecer, volar, escapar, sumergirme y aparecer de pronto en mi verdadero cuento, aquel que me haga sentir especial y en paz. Solo entonces, conseguiré respirar con tranquilidad, sin la mirada en tensión hacia delante, porque habré llegado a mi puerto particular.
Mientras tanto, seguiré mirando a los que lo han conseguido para pillar algún truco de magia, les seguiré espiando de cerca para aprender cómo encontrar la forma de encajar las piezas y conectarme de nuevo …
Espera y verás, como diría un hada madrina mientras agita en el aire su varita y pronuncia las palabras mágicas...

28 abril 2013

Una tarde sin nada

Ni frío ni calor. Se elevan las teclas de un piano que va lentamente invadiendo la sala donde el televisor es solamente un cuadrado oscuro. Luego aparece la voz de William Fitzsimmons que susurra algo que no llego a comprender. Cuando la canción está terminando, suenan a lo lejos las campanas de las siete de la tarde que nunca antes había oído aunque siempre estuvieron ahí.
Al concentrarme, minúsculos ruidos se hacen visibles. Alzo mi vista por encima de la pequeña pantalla y contemplo el cielo totalmente gris que lleva pegado a la ciudad todo el fin de semana. Creo que si esto se mantuviera muchos días, podría llegar a deprimir a cualquiera. Mirando las nubes me han venido a la cabeza las extrañas comparaciones que Haruki Murakami va incluyendo en sus textos. Es increible como las aceptamos como parte de su universo increible, siempre el mismo, en el que somos engullidos de una vez. Están ahí, tremendas o sutiles, como susurros flotando en el aire húmedo de un Abril que no termina de florecer, o sí, o quizás así es la vida, dándolo todo pero de forma caprichosa. Un paso adelante y un paso hacia atrás, como meciéndose…
Si me concentro siento incluso el balanceo de mis dedos al presionar suavemente las teclas. Lo hacen así para dejarlas que se sorprendan por las palabras que surgen sin pensar, quizás es este su baile favorito….De los dedos sigo hacia las manos, quedándome en los puños doblados de una sudadera azul marino enorme pero acogedora como la música, como la tarde. Me he quedado encantada. No tengo frío. Ni frío ni calor.

La tarde también se queda encantada por breves suspiros, tan calmada como el mar de una mañana de verano: umm, quién pudiera recibir en este instante el roce de un rayo de sol, una carícia de esa energía regeneradora. Pero toca esperar un poco más, la previsión del tiempo sigue dibujando una nube azul con dos gotitas de lluvia colgando…
El también espera, muy quieto, y también escucha, como yo, el trinar de los pájaros para los que efectivamente ya es primavera. Espera que alguna paloma se aventure a bajar hasta su césped verde a clapas por el que corretea risueño todo el día. Cuando suceda, él correrá y saltará hacia allí mientras ella alza el vuelo riéndose en su cara otra vez.
Mientras tanto, sigue sonando la lista de música, escogida para que me regale melodias acorde con el semblante gris que se le ha enganchado a la ciudad durante tod el fin de semana. El día sigue arrastrándose sigilosamente minuto a minuto, entre suspiros, melodía, silencios…
Aquí dentro, ni frío, ni calor.

14 abril 2013

La verdad no importa tanto...

Qué más da si es verdad o solo es un matiz. Qué más da si la verdad contiene matices desconocidos. Que más da si la suma de matices nos da una verdad que puede ser, o no, verdad. Qué más da.
Conozco a alguien que podría vivir en un interminable parque de atracciones y no cansarse jamás: si le regalas el boleto, puede subir y bajar del tiovivo hasta tener la cabeza pesada por el mareo, y si la dejas, puede deslizarse todo el día por el supertobogán a pesar de que casi no cabe dentro del tubo pintado de azul que llega hasta la piscina...y xoooof.
Conozco a una persona que, a pesar que pasen los años, le siguen dando ataques de risa tan desternillantes que si estás a su lado no puedes reprimirte y acabas llorando con ella, doblada en dos incapaz de dejar de reir. Y si luego le pones una canción que conoce, sigue la melodía y se pone a cantar, y tu también acabas tarareando aquella canción que dice sapore di mare, sapore di sale…o estando contigo, contigo, me siento feliz!
Conozco a alguien que aún esconde bombones en su mesita de noche para comérselos justo después de comer, que no se pierde las películas más románticas, ni las que salen perros, ni tampoco las que detallan grandes desastres donde al final todo se arregla. Si no puede ir al cine, antes de estirarse toda ella en el sofá, calienta al microondas una bolsa de palomitas que explotará justo cuando suene el Clink del temporizador.
Conozco a  una persona casi ajena al dolor, y cuya palabra más  característica  es toda una declaración de principios: cuando algo no va bien, ya se arreglará, buajh. Con ella, las desdichas no tienen sentido y las penas se desvanencen en el aire pues al minuto te devuelve una mirada incrédula…Buajh.
Conozco a alguien que cuando aparece en la noche la luna llena sé sin dudarlo que la habrá contemplado antes que yo, que habrá espiado tras los edificios perdiéndose allá arriba en este momento tan especial. Y sé que cuando caigan algunas gotas de lluvia, saldrá un momento al patio para dejarse mojar por el agua fresquita, radiante como una chiquilla. Quizás sea por ella que yo olvido los paraguas en cualquier parte.
Conozco a una persona que no sabe de buenos ni malos, ni de políticos, ni de libros, ni de todas esas cosas que nos enseñaron que eran importantes…Sin embargo, tiene una vida plena y feliz, muchas veces mucho mejor que la mía. Nunca pensé que la inocencia fuera un regalo tan valioso.

A su lado, la vida tiene otro color, otro sabor y una música distinta, siempre alegre y jovial, pero tienes que acostumbrarte, porque fuera, la vida es bien distinta. Hace falta tiempo y paciencia para darse cuenta y aprender las diferencias, pero a medida que pasan los años vas viendo las conexiones y su reflejo en tu forma de ver la vida. 

Y es que, como tu dices,  mama, en realidad lo demás no importa tanto...

04 abril 2013

Tras el cristal

El cristal separa una habitación de otra: una totalmente vacía, con un sofá de color negro que invita al silencio, y la otra llena de rosas, cuyos pétalos se agitan con un leve y contínuo movimento de aire.
El cristal separa dos mundos sin posibilidad de juntarse pero con la certeza que un día se dibujará allí mismo un estrecho camino y entonces deberemos cruzar a través de ese cristal hoy dolorosamente grueso.
No sé cómo despedirme, porque en realidad no quiero hacerlo, pero sé que no hay más. Contigo se separa, para no volver, lo que nos mantenía ligados a lo más profundo de nuestras raices, a lo más alejado de nuestra historia, la de dos generaciones atrás.
Con tus historias viajaba hasta la masia donde os criásteis con mi abuelo, contemplaba los campos que la rodeaban, las otras casas, hasta podía chapotear en la riera, en cuya orilla crecían altas cañas.
Desde allí abajo, el crujir de las ruedas de los carros en la tierra seca se hacían más potentes. Me adentraba en la casa de la familia, me sentaba contigo alrededor de la llar de foc con los otros niños, y nos poníamos a escuchar las conversaciones de los mayores o nos íbamos de aventura a descubrir los pasadizos secretos que los antiguos moros habían excavado en el suelo de la casa para poder escapar hacia la playa. Recorríamos también los paisajes desolados por una guerra injusta, “una guerra entre germans”, y llegábamos hasta la cárcel con el corazón en vilo para descubrir si de verdad era posible el milagro y encontrar, entre aquellos infelices, a tu amor, a mi admirado  oncle Vicenç.
Y en aquel patio atestado de gente nos lo señalaban con el dedo y lo recogíamos, y llorábamos de alegria, aunque por dentro lo mirásemos con extrañeza al ver cuánto había cambiado. Aunque tuviera, por todo el terror pasado, el pelo todo blanco, no importaba, ya vendrían tiempos mejores…
Contigo se marcha también el último enlace con mi querido abuelo. Cada vez que me hablabas, le oía también a él: tu timbre de voz era el suyo e iguales eran todas aquellas expresiones tan vuestras. Incluso la manera de coger el trozo de pan, o de trajinar por la cocina, cuando te miraba le veía a él a través de ti. Tus historias de infancia y juventud se entrelazaban con las suyas, eran una sola.
Me tengo que despedir, aunque no quiera, de una persona tan especial como tú: una persona menuda y aparentemente frágil, pero con un carácter franco y sencillo cuya terquedad debió ser tu tabla de salvación en los momentos más duros. Una persona querida por todos, sin excepción, porque tu casa siempre estaba abierta para cualquiera: cuando llegábamos nos ofrecías asiento y conversábamos mientras el reloj de la pared se quedaba parado escuchándonos, y mientras pasaba la tarde, nos ofrecías quedarnos a cenar, que tenías una vedella amb suc que habías preparado al chupchup durante unas cuantas horas. No nos dejabas ir sin antes envolvernos las pomes al forn para que nos las llevásemos, o si no, nos regalabas un grapat de las mandarinas de casa de Ester que son de las antiguas pero que están muy dulces. Si algún día nos hubiéramos quedado solos tendríamos, como aquel abuelito al que acogísteis durante años, un lugar en vuestra casa, la de l’oncle y la tuya.
Me despido con una sonrisa, porque sé que por fin ha llegado el momento de reunirte con Vicenç y volver a ser aquella entrañable pareja sencilla pero fuerte, indisoluble, y sobre todo, muy querida por todos.




Un abrazo y un beso muy fuerte, tia Paulina.

03 marzo 2013

Volver a empezar

Aunque el día ha sido espléndido y por fin he sentido la primavera después de su letargo invernal, a pesar de la buena comida que mis padres han cocinado especialmente para mí, hoy he vuelto a casa con el corazón encogido. Al visitar a mi tia Paulina, la única que queda y que sigue recordándome a mi abuelo, su hermano, por primera vez he percibido que ya no tiene ganas de vivir: a dos meses del centenario, aunque ha soportado estoicamente el ir despidiendo a todos los de su generación, ahora no puede con el dolor. Su cabeza despierta y lúcida le dice que así ya no vale la pena... Mientras me lo cuenta se vuelve a acomodar como puede en la silla de terciopelo azul, hablando con voz renqueante y con los ojos cerrados, y a ratos, una mueca de dolor se le adivina en el rostro al intentar moverse de nuevo.
Y mientras tanto, ¿cómo aprovechamo la plenitud de nuestro cuerpo todos los demás? Yo creo que poco y mal, solamente a ratos y sin valorar demasiado el gran regalo: el tiempo que se nos concede para disfrutar de la salud propia y la de los demás. A veces al cuerpo lo dejamos para el final, para solamente vestirlo, como un maniquí de nuestra imagen al que le ponemos complementos mientras él aguanta cualquier atrevimiento. El va detrás de cada anelo, del afan de destacar para que alguien nos mire...

¿Y cómo le sacamos partido a nuestra mente despierta y llena de curiosidad? Yo pienso que con el tiempo, la dejamos perder, nos adormecemos con el tedio de los días de trabajo, absorvida por el esfuerzo mental que le ponemos al pequeño problema que es el centro de nuestra vida y que se halla en la subcarpeta del directorio común de todos los empleados. Así nos va, olvidando los sueños de infancia, dejando de lado las aficiones que nos hacían felices, conformándonos con quedarnos en casa porque estamos tan cansados que nada nos puede hacer vibrar.

Abrimos los ojos, nosotros podemos, pero sin embargo, los volvemos a cerrar o miramos hacia otro lado, no vaya a ser que lo que observamos nos aparte de la actual comodidad. Levantamos los brazos, es sencillo, pero no pensamos en abrazar a los que queremos, simplemente se nos escapa el bostezar. Podemos echarnos a correr en cualquier momento, pero preferimos esperar a que llegue el momento, ¿pero cuál será?. Soñar es un momento apasionante y dar una vuelta más entre las sábanas, pero se nos olvida en seguida…
Y sin embargo, llegará el momento que ni los ojos verán con claridad, ni los brazos ni las rodillas aguantarán el peso de los años. Quizás hasta un día el soñar no tendrá sentido porque ya no queda tiempo para hacerlo realidad...
Es el momento de hacer algo...

24 febrero 2013

Reencuentros

A muchos de nosotros nos une un pasado lejano y nos separa el pasado que le sigue después. Eso sucede con toda naturalidad, sin enfados, ni riñas. La vida es así. Sin embargo, es curioso que si un día el destino se decide a ponernos de nuevo los unos frente a los otros, durante unos segundos, a pesar de la curiosidad o de las ganas de hablarnos, existe la tentación de disimular que no nos hemos visto, o que, al vernos, no nos hayamos reconocido.
¡Qué extraños son los reencuentros!, en un instante te trasladan hacia el propio pasado, hasta otra vida a la que ya cerraste la puerta, y te conducen hasta un yo del que ya poco queda.
Como no estabas preparado para que sucediera hoy y ahora, en ese momento aparece la duda de pararte o seguir hacia delante. Si disimulas te sientes muy mal, pero no es porque seas seas frío o descuidado, sino todo lo contrario, es porque te hubiera gustado que hubiera ocurrido de forma distinta...
Porque... ¿es posible repasar los últimos tres años en ese encuentro casual, cuando solo tenemos dos minutos antes de entrar en el cine?... ¿Cómo se puede responder a la pregunta qué tal te va aparte de bien, muy bien?... ¿no es triste que del reencuentro quede poco más que unas cuantas frase atropelladas y banales?... En esos casos, lo único que te hace sentir mejor es despedirte desde lo más hondo y atinar a decir me alegro mucho de haberte visto y pasar tus manos por sus brazos en un intento de abrazo rápido...y es que se hace tarde, esta noche es muy fría y la película está a punto de empezar. ¡A ver si nos vemos en la salida!
¿Y si te reencuentras con alguien que hace lo menos veinte años que no te ves? El pasado forma parte de tu infancia y los recuerdos se emborronan ante ese encuentro fortuito, así que és difícil dedicir afrontar ese momento. Lo más curioso es porqué todos acabamos preguntándonos a qué te dedicas, como si la profesión indicara lo que eres, lo que sientes.Y después viene una pregunta sencilla, dónde vives, y después, ya sin poderlo evitar, finalizamos reviviendo el universo donde nos sentimos seguros, el pasado dorado por el tiempo, aquella niñez que compartíamos. Pero los minutos pasan, y los que ahora comparten nuestros presentes, nos miran apremiándonos para irnos. Nos hubiera gustado seguir hablando de aquellos años y deseamos con sinceridad que la vida les haya tratado bien. Por ello nos despidimos  balbuceando a ver si conseguimos quedar todo el grupo un día de estos.... y te vuelves hacia la otra persona y con delicadeza pronuncias encantado de conocerte.
En todos los casos, les digas o no algo, te pares o no, la consecuencia es siempre la misma: justo después de seguir tus pasos, tu mente se queda anclada en el pasado, comparándolo con el presente. Solo entonces, ves a través tuyo, como si fueras otro, para contemplar el paso del tiempo, tan simplemente que parece mentira que todo ello haya sucedido tan rápidamente…Pasa la vida, así que no nos queda otra que disfrutar al máximo el presente.

10 febrero 2013

Un lugar en blanco y negro


He viajado hasta un país vasto e inmenso, tan grande que sus habitantes no pueden reconocerse. Quizás fueron vecinos alguna vez, pero nunca lo averigüarán. Su pasado es reciente y la búsqueda de un futuro mejor les empujó hacia la gran ciudad. Mientras ésta acumula más y más caras distintas, los campos se quedan mudos y helados, sin nadie que los cultive. La urbe es una abigarrada mezcla de desconocidos, los cuales nunca desvelarán su origen por vergüenza o desconfianza.

He viajado hasta un territorio de color gris, en el que las nubes se resisten a abandonar el cielo y el sol es solamente un sueño de verano. Para remediarlo en las ciudades importantes se han instalado potentes focos de luz para que la gente, deslumbrada, no suspire por lo que les es vedado. No tienen ni sol ni calor, y para olvidarlo, se ha invertido en grandes estufas que riegan de calor el interior de cualquier edificio para que la gente, engañada, no desee por fin abrazarse.

He viajado hasta un sitio donde los cuentos, la familia ni la tradición cuentan. Todo ello les fue arrancado de cuajo y ahora, si alguien les pregunta, ya no recuerdan, por rabia o por olvido. Quizás un día las puertas del corazón tuvieron que cerrarse para no sufrir. En lugar de sentimiento, lo que notas es una armadura perfecta de superficialidad.

He viajado hasta un lugar muy lejano, tan remoto que sus habitantes hablan una lengua muy extraña de la que es imposible entender una palabra ni leer una frase. Por eso, durante aquellos días me esforcé tanto como pude por hablar despacio, me ayudé con el teatro de las manos y usé el lenguaje universal de la sonrisa. Sin embargo, aquellas personas habían estado tan aisladas que a duras penas me entendieron...

El espectro del pasado nos acecha y el futuro es incierto, quién lleva nuestro barco está corrompido...Mejor vivir así y ahora... 

He viajado hasta un rincón del mundo donde te reciben sin pasión y en el que, a pesar de tus esfuerzos por gustarles, no se desprenden de la máscara provisional que llevarán de por vida. Solo hay un instante en el que un destello les delata: tras unas copas de más les oigo pronunciar palabras que hablan de anhelos, de viajes, de alegría de vivir.

Pero es mejor no soñar, aún no sabemos lo que queremos.

Al final de una larga ruta se llega a un país rico y sorprendente pero que tiene un velo que lo deja son color. De allí te vas en un susurro, invadido por una pena indescriptible por la gente que quizás no tenga la oportunidad de cerrar los ojos, volar unas horas y al volver a abrirlos...esté de nuevo en casa.

02 febrero 2013

Una noche cualquiera (losers)

Nunca sabes lo que puede ocurrir al salir a la calle. Probablemente no pase nada de nada y vuelvas sobre tus pasos con la misma cara de aburrido con la que cerraste la puerta, pero de vez en cuando, si prestas atención, puedes observar cosas que te hacen reflexionar y hacerte sentir, al momento, un poco más vivo.
La otra noche, al pasear el perro en aquellas horas donde casi todo está en sombras excepto las luces de las ventanas y los bares que dan el partido del miércoles, me fui deteniendo en las esquinas sin darme cuenta para reflexionar sobre lo que había visto mientras caminaba tranquilamente por mi ciudad.
Al lado de casa, un muñeco vestido de Papa Noel descansaba en silencio entre los escombros de los containers de distintos colores. Daba lástima el pobre: en menos de un mes había pasado de ser el protagonista indiscutible de la Navidad a ser un torpe muñeco olvidado. Al verlo, Plug se lo llevó en la boca y trotó alegre calle abajo, pero en la siguiente esquina también el lo abandonó.
Más adelante, dirigí mis pasos hasta el bullicio de los bares de tapas con sus pantallas gigantes teñidas de verde hierba recién cortada, las cuales habían provocado que, por primera vez, los ojos de la mayoría de vecinos mirasen fíjamente hacia unos metros más adelante y no se hundiesen en el profundo universo de sus teléfonos.Como tampoco se fijaron en mi presencia, continué mi camino.

Me detuve y até a Plug a la pata de un banco y entré en uno de esos establecimientos sin horario a los que acudes cuando no queda más remedio, cuando, al llegar destrozado a casa, de repente abres la nevera y te das cuenta que está vacía. Una vez dentro del supermercado, cogí la cesta roja y repasé con insípida pasión las filas de alimentos para escoger cuáles iba a cenar aquella noche.También busqué un capricho: mis galletas del Príncipe, pero ese día no había. Ello me dió pie a tener la única conversación sin significado laboral. A través del cristal, sonreí a Plug que me esperaba recto como un señorito atado a su cadena roja.

En el camino de vuelta, decidí girar por otra calle más tranquila, sin bares. Más allá nos interrumpían un montón de muebles apoyados en la acera. Al otro lado de la calle, dos chicas o señoras trataban sin éxito de arrastrar un enorme sofá de tres plazas con el mayor disimulo posible, a pesar de aquella evidencia con tanto peso. Pensé que al llegar a su destino, descansarían cómodamente en aquel sofa. A mi me detuvo otra cosa: un pequeño detalle entre aquellos muebles tirados, un hermoso y antiguo parchís. Y de repenté me fuí hasta mi infancia. 
A verlo vuelvo a escuchar el sonido del dado dentro del cubilete, pero también a mi abuelo diciéndome: “¡Venga, sopla antes de tirar, te dará suerte...! ¡Va, que si sacas un cinco, ganas!”. Gloriosas tardes de emoción y juegos…
"Los recuerdos son lo único que no puede abandonarse", me dije, y por ello le dediqué una foto antes de marcharnos. Plug y yo seguimos andando de vuelta a casa, y por fin preparé la cena, me atonté brevemente con la televisión y después cerré la luz y los ojos hasta otro dia.

30 diciembre 2012

La Felicidad es...

Hace una década descansaba en mi mesilla de noche Alessandro Baricco. En la oscuridad, su universo se dispersaba en mi habitación a través de las páginas de sus libros. Llegó un momento en que sus historias se entrelazaron tanto con las mías, que tenía dudas para reconocer cuándo era yo quien escribía o si el que imaginaba era él. Por aquel entonces repetía una máxima: la felicidad es como el flash de una foto, que dura un instante, justo para sonreir. Siguiendo su estela, me desviví buscando esos destellos, por ser de capaz de encontrarlos. Mientras tanto, creía que si el resto del mundo no hacía lo mismo, es que andaba perdido o se estaba perdiendo cosas. En mi afán por ayudarles, yo repetía, a quién se dejaba,  que la felicidad era un flash y que había que pillarla al vuelo…así: click.

Luego se me acabaron las pilas, me hice un lío extravagante entre realidad y sueño y me salí tantas veces del carril de la normal existencia que me sentí sola. Quizás fue una combinación de todo ello. En esa época leía a Haruki Murakami y me reconocía en aquellos personajes mustios y sin ánimo a los que acontecimientos surrealistas les llevaban en volandas hacia universos secretos sin tener que desearlo. Tardé bastante tiempo en  encontrarme y mientras buscaba mi lugar alguien me inquirió (aunque parezca mentira, aún hay individuos curiosos que te sorprenden con este tipo de preguntas): ¿qué es para ti ser feliz?
Algo me golpeó levemente el estómago y me salío una frase atada a un hilo de voz: la felicidad es despertarse por la mañana con la mente limpia y vivir tranquila. Me concentré pues en esperarla y un día llamó a mi puerta pero era tan liviana que no me dí cuenta de su presencia hasta más tarde. Fue fantástico volver a descansar tranquilamente.
En estos días en que todos hacen balance del año, el otro día me sucedió algo que me hizo volver a reflexionar sobre la misma cuestión. No surgió de dentro de un libro, porque últimamente voy de un escritor a otro, me he pasado a las novelas fáciles y me dejo seducir por un título o por el estilo de la portada. Fue en la televisión, donde aparecía una escena con una enorme tarta de cumpleaños y un montón de gente alrededor. La protagonista estaba a punto de soplar las velas cuando alguien le gritó a sus espaldas: ¡Piensa en un deseo!...Mientras hinchaba sus pulmones de aire yo también repliqué el mismo pensamiento y... ¡ no salió nada, qué extraño! Entonces reflexioné una ez más: La felicidad es sentirte tan bien contigo mismo que no te apremie ningún deseo por cumplir.

Por supuesto, siempre habrán sueños por cumplir, pero si no salen, no pasa nada..., proyectos por realizar, pero si requieren demasiado esfuerzo les dedicaremos más tiempo...,o caprichos aún pendientes, pero no saldremos a buscarlos alocadamente, simplemente, cuando pasen por delante,  los pillaremos al viento, así: click.



FeLiZ añO 2013.
¡Será tan fantástico como nos lo merecemos!

16 diciembre 2012

Una parada obligaria

Siempre me ha parecido un poco soberbio que alguien escriba su biografía cuando aún  le queda todo por vivir. Quizás lo haga entonces porque, en ese preciso momento, está en lo más alto, con su corazón henchido de energía y el alma agradecida por lo sonoros halagos que el mundo le regala.
Desgraciamente y también por fortuna, la vida está llena de baches, de curvas peligrosas, de túneles con una tenue luz al final, de recodos y de pistas sin asfaltar donde, de vez en cuando, encuentras a personas, compañeros y finalmente, amigos. Así que es mejor no planificar demasiado, lo importante es ir disfrutando de cada momento. Si un día llegas a la cima del mundo, no te confies, una ráfaga de viento te puede hacer caer en un instante. Si alguna vez te pierdes en un angosto valle, de un momento a otro pasará alguien que, con un guiño, te animará a seguirle.
Esta crisis tan larga nos ha hecho abrir los ojos en muchos sentidos: enormes muros  se han caído desmoronándose con estruendo y todos hemos comprobado que estaban construidos de cartón piedra. En quienes confiábamos han resultado ser unos farsantes y mediocres, y nos hemos sentido estafados en un sentido muy amplio. Aunque alguien diga que esto se veía venir, es muy difícil bajarse del caballo cuando estás arriba.  Sin embargo, aunque difíciles, estos momentos son importantes, porque es cuando nos sale ese lado que tenemos escondido con el estómago lleno: la imaginación, el buscarse la vida y también, el reencuentro con uno mismo.
Muchos antiguos compañeros han aprovechado para relanzar su vida y son ahora mucho más felices con mucho menos, atreviéndose a explorar nuevas rutas sin miedo a perder nada, porque todo está por ganar. Los que tenían prisa por volver a tener lo de antes lo han tenido más sencillo, simplemente han tenido que ceder a los excesos, y ahora viven en paz con sus posibilidades reales. Y muchos de aquellos cracks catacraks, ahora son pequeños empresarios que siguen haciendo y deshaciendo. Aunque ahora no pueden mandar a los demás que lo hagan, han aprendido y descubierto que les gusta hacerlo por sus propios medios.¡Una agradable sorpresa!
No existe ni el éxito permanente ni el estrepitoso fracaso, pero si existen las circunstancias, que son una especie de parada obligatoria. Esos momentos están ahí por algo, y aunque difícilmente se perciba a primera vista, existe una oportunidad que yace medio escondida entre la maleza para que, al encontrarla, sepamos valorarla.
Solo hay que darle la mano, creer en ella y empezar a andar con una sonrisa.