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22 julio 2014

En suspensión...

No sé cuál es la razón en realidad.
Quizás sea porque acabamos eligiendo lugares en los que parece que nunca va a suceder nada, extremo Norte o puro Sur de cualquier lugar desde el que uno quiera izar su bandera. Puede que sin buscarlo, encontremos en la nada un refugio que nos permita huir de los millares, millones de impertinentes estímulos que se nos atragantan diariamente.
Quizás sea porque terminamos vagabundeando a pesar del sinfín de mapas que se amontonan a nuestros pies y, o bien convertimos un breve paseo en una excursión en la que el reto es regresar por un camino distinto, o bien nos detenemos aquí y ahora y nos dejamos adormecer por las horas. Puede que sin buscarlo, encontremos en este deambular una forma de rebelarnos contra los horarios y las obligaciones que nos desbordan el alma.
Aunque no sepa la razón, lo cierto es que en estas circunstancias, roto, de una vez por todas, el vínculo que me une a mi forma de ver, sentir y entender la vida allí en casa, con los míos y mis cosas, se produce en mí un extraño efecto que, por largamente conocido, ha dejado de incomodarme:
Lejos, en la nada, en ningún sitio, los pensamientos de lo que más me preocupa pierden peso y vuelven a hincharse al compás de los vientos del Este que nos sobrevuelan. Aquello que había olvidado regresa como en sueños, aunque no esté dormida, y de repente, una a una las circunstancias que rodean mi particular historia, empiezan a emerger como náufragos que retornan: algunas se arrastran, amortiguadas por el paso del tiempo, otras corretean, como recién nacidas de la memoria. Y mientras paseo, mientras pienso, mientras me aburro, mientras callo y dejo que mi vista se pierda en algo que no es más que otro, un lejano y distinto mundo, lentamente se van tejiendo y destejiendo hileras de historias pasadas, con lo bueno y lo malo, lo olvidado y lo anhelado, para componer un traje esencial que prescinde de lo superficial y prestado.
Lejos, todo lo que abarrotaba mi vida tiene una distinta y distante visión, que no tiene más remedio que desvanecerse al compás de los vientos del Este que nos acompañan. Es a través de los huecos que ahora quedan libres de se cuelan y reaparecen títulos de canciones que no recordaba, conocimientos relegados que aprendí y recuerdos de personas y sentimientos que una vez fueron importantes pero que se encontraban dormidos, apresados por millares o millones de obligaciones pendientes, objetivos que llevar a cabo, mensajes a los que responder, pequeñeces, ahora, a las que atender.

No sé cuál es la razón, en realidad, de esta sensación de encontrarme  detenida, suspendida entre el viento y el mar, aquí en la lejanía, en este horizonte de mar donde parece que nunca vaya a suceder nada, pero su extraño efecto me reencuentra con mi auténtica yo.


10 febrero 2013

Un lugar en blanco y negro


He viajado hasta un país vasto e inmenso, tan grande que sus habitantes no pueden reconocerse. Quizás fueron vecinos alguna vez, pero nunca lo averigüarán. Su pasado es reciente y la búsqueda de un futuro mejor les empujó hacia la gran ciudad. Mientras ésta acumula más y más caras distintas, los campos se quedan mudos y helados, sin nadie que los cultive. La urbe es una abigarrada mezcla de desconocidos, los cuales nunca desvelarán su origen por vergüenza o desconfianza.

He viajado hasta un territorio de color gris, en el que las nubes se resisten a abandonar el cielo y el sol es solamente un sueño de verano. Para remediarlo en las ciudades importantes se han instalado potentes focos de luz para que la gente, deslumbrada, no suspire por lo que les es vedado. No tienen ni sol ni calor, y para olvidarlo, se ha invertido en grandes estufas que riegan de calor el interior de cualquier edificio para que la gente, engañada, no desee por fin abrazarse.

He viajado hasta un sitio donde los cuentos, la familia ni la tradición cuentan. Todo ello les fue arrancado de cuajo y ahora, si alguien les pregunta, ya no recuerdan, por rabia o por olvido. Quizás un día las puertas del corazón tuvieron que cerrarse para no sufrir. En lugar de sentimiento, lo que notas es una armadura perfecta de superficialidad.

He viajado hasta un lugar muy lejano, tan remoto que sus habitantes hablan una lengua muy extraña de la que es imposible entender una palabra ni leer una frase. Por eso, durante aquellos días me esforcé tanto como pude por hablar despacio, me ayudé con el teatro de las manos y usé el lenguaje universal de la sonrisa. Sin embargo, aquellas personas habían estado tan aisladas que a duras penas me entendieron...

El espectro del pasado nos acecha y el futuro es incierto, quién lleva nuestro barco está corrompido...Mejor vivir así y ahora... 

He viajado hasta un rincón del mundo donde te reciben sin pasión y en el que, a pesar de tus esfuerzos por gustarles, no se desprenden de la máscara provisional que llevarán de por vida. Solo hay un instante en el que un destello les delata: tras unas copas de más les oigo pronunciar palabras que hablan de anhelos, de viajes, de alegría de vivir.

Pero es mejor no soñar, aún no sabemos lo que queremos.

Al final de una larga ruta se llega a un país rico y sorprendente pero que tiene un velo que lo deja son color. De allí te vas en un susurro, invadido por una pena indescriptible por la gente que quizás no tenga la oportunidad de cerrar los ojos, volar unas horas y al volver a abrirlos...esté de nuevo en casa.

15 noviembre 2011

Una montaña rusa

Durante el bachillerato, léi un libro tronchante llamado la Tesis de Nancy de Ramon J.Sender. Trataba de las visicitudes de una joven americana que, en los años 60, había viajado hasta Sevilla para realizar una tesis sobre los gitanos. Los malentendidos y las dobles interpretaciones eran constantes.
Durante este fin de semana, me he sentido de alguna manera como esa americana, un objeto extraño y particular que casi por casualidad se había colado por unos días en la vida festiva de los mexicanos.

Llegué a destino después de una semana agotadora, volando como un pájaro migratorio, sin escalas ni paradas para repostar, con el estómago vacío y los ojos derrotados por la falta de sueño. Me recogieron mis amigos y me llevaron a cenar, y a pesar de que el ojo izquierdo se iba deslizando hacia abajo, lo cierto es que fuimos retomando en cada plato aquellos viejos y buenos momentos.

El hotel, una preciosa mansión colonial, me esperaba casi con exclusividad, porque los turistas habían ido disminuyendo a medida que la propaganda sobre muertes y narcotraficantes sellaba paulatinamente las ganas de aventura de los turistas de la vieja Europa. Tenía todo un fin de semana para descansar y para descubrir con sorpresa que viajar sola por México es sorprendentemente sencillo: el trato es tan cercano y fácil, que al momento te sientes querida.

Es una cultura dulce como la leche condensada, a pesar que todo lo coman con chile, una especie que convierte en fuego cualquier alimento, que asimila todos los sabores en uno. Sus gentes no solo te besan, sino que te abrazan efusivamente, y no únicamente los amigos sino cualquier persona que ha cruzado contigo más de 10 palabras. Y después del abrazo vienen las palabras zalameras, la mitad de las cuales no entiendes pero que  te suenan tan divertidas ....será que están entonadas como una canción.
 Aquí existe la cultura del enamoramiento empalagoso, del demostramiento público con carantoñas y arrumacos que, sí, que te quieroooo: se llaman al trabajo dos veces al día para decirse te amo, y si al otro lado de la línea no hay contestación (porque, por ejemplo, están reunidos con otras 5 personas), se enojan. Aquí no hay medias tintas, simplemente. He oido frases tan cursis como “yo por ti me cambiaría hasta de nombre”…y sin embargo, un día...ese amor se acaba. Es como una montaña rusa. Las relaciones son el reflejo de una canción de mariachis. 
Y en un determinado momento, después de tanto amor y pasión, una fuerza contraria indescriptible puede con todo y se descontrolan. Del padrísimo, wei, chingón, pinche y otras palabras que describen el buen rollo, nos vamos a las discusiones acaloradas, al “aquí nadie te quiere”, “márchate, que no eres bien recibido” delante de todo el mundo. Y si además están bajos los efectos del alcohol (aquí se toma mucho), de las palabras se pasa al gesto, y el resultado puede ser espectacular: señoras con tacones, pintadísimas y divinas cayendo de bruces al suelo arrastrando dignidad y rodillas rasgadas. Lágrimas y abrazos, pues. 
Pero una española siempre está a salvo de todo peligro, los mexicanos, a diferencia de otras culturas latinoamericanas, derrochan fervor por la madre patria española. Conocen a nuestros políticos, incluso la fecha de las próximas elecciones, son todos del madrid o del barça, siguen nuestros programas por televisión por cable o youtube, admiran el coraje del Follonero o el ingenio de Buenafuente, y desean con sinceridad que el movimiento de los indignados se haga global y que pronto la crisis de valores de la que adolecen se esfume para dar paso a una nueva y mejor sociedad.
Así sucedió: un fin de semana llena de sonrisas y abrazos sinceros, condimentada de recetas picosas, con pasión y diversión, naturalidad, amistad, buenos deseos y un sincero “qué bueno que viniste”…
Habrá que volver, pues, a este gran parque de atracciones.



16 septiembre 2011

La ciudad de los prodigios

Mi jefe siempre nos repite la misma frase:“Use the difficulty”. La tiene tan integrada en su esencia, que incluso nos regaló a todos por navidad el libro de Tom Sawyer señalando el capítulo que debíamos leer para entenderlo. Pienso que quizás esa contradicción que para él dirige su vida es como la mía de adorar en el fondo los detalles más diminutos, las vivencias cotidianas, lo más sencillo, por supuesto, como la verdadera sal de la vida.
La primera vez que vine a NY por trabajo fue acompañada, aún con el viejo chip del turista, con la necesidad de hacer fotos de los edificios y todo eso. En ese momento, la ciudad me pareció una tomadura de pelo, una exageración ciertamente, toda ella construida con cartón piedra y llena de remiendos, con andamios molestando el paso bajo gigantescos bloques de oficinas…Sin embargo hoy, que he vuelto sin ninguna expectativa, con la simple compañía de una maleta roja, se me ha mostrado de una forma diferente e irremediablemente, me he enamorado de ella.
Igual que a todas las chicas, reconozco que me he dejado seducir por un espejismo de una realidad inexistente, quizás de un deseo, de un instante tomado al azar, o quizás ha sido su extravagante manera de ser la que me ha arrastrado irremediablemente a sus brazos…
He descubierto sin pretenderlo porqué esta ciudad engancha a tantos a pesar de todas sus contradicciones tan evidentes: desde su basura vestida en grandes bolsas negras ante escaparates que son lo último en creatividad, hasta sus amplísimas avenidas ordenadas  en las que saltan atrotinados taxis amarillos y camiones de gran tonelaje, pasando por sus hoteles de medio pelo con precios abusivos… Y es que a  pesar de su soberbia y de su falsedad, esta es una ciudad de los prodigios, un lugar en donde la magia de un instante te envuelve cada día.
Para ser el protagonista de este cuento, solo tienes que hacer una cosa, just give them a second and smile…
Si sonríes, puedes cruzarte por la calle con un desconocido y que te diga good morning con sinceridad, y si sigues sonriendo un taxista egipcio te preguntará si las españolas son tan guapas como tú y el siguiente, que es nepalí, se reirá contigo cuando le propongas viajar en una máquina del tiempo para visitar inmediatamente su ciudad y la tuya.
Si sonríes y hablas abiertamente, un camarero colombiano que tiene buen ojo te contará en español que después de 3 años, él también sigue sin entender porqué la propina es obligatoria, y si sigues hablando con transparencia, en una encantadora pastelería te perdonarán con un gesto benevolente que les pagues la suya…
Si sonríes y te relajas, verás como en un restaurante de moda, un señor rico y achispado baila un agarrao con su novia entre las mesas, mientras su amigo le roba sin clemencia la comida del plato, ya que quién se fue a Sevilla perdió su silla…o su comida (y más si en el viaje va acompañado), y cuando vuelvas del baño, ese mismo señor gordo de tanto comer te reconocerá y te dirá con palabras ininteligibles, que su amigo está loquito de atar…
Si sonríes y hablas de más, probablemente estés a punto de perder tu asiento en la fila de emergencia, pero al momento, la misma azafata negra y oronda te dirá I love Barcelona y tengo previsto el viaje de mi vida el próximo octubre…¿tu sabes algún hotelín para pasar la noche en Barcelona?. Te olvidarás de ella al momento, te irás al baño a cambiarte el traje por algo cómodo para el viaje de vuelta y después de una hora, te cruzarás con una azafata negra y oronda que te reconocerá y te dedicará un guiño…Wow!
Si sonríes y les miras con bondad, así sin más, directamente a los ojos, verás que alguno te devuelve la mirada, porque también está solo en este viaje y sabe reconocerte, y porque en realidad hay pocos neoyorquinos de verdad. Esto es un gran melting pot de razas, costumbres y actitudes, un hervidero de prodigios esperando el momento oportuno para sorprenderte y hacerte cambiar de opinión sobre la city.
Ciertamente, NY me ha tendido una sutil trampa y me he quedado enganchada. Fully in love. Me estoy yendo y ya solo pienso en cuando volver…


PS. Aquí te pueden pasar muchas cosas, y no necesariamente malas :-)

13 agosto 2011

Tailandia en un susurro

Llevaba días preguntándome cómo podía acabar mi paseo por estos paisajes lejanos. Quería que fuera con algún detalle que se hubiera colado en la historia sin motivo aparente, pero no hallaba la forma: ¿cómo resumir en unas líneas algo tan amplio como un país?. La solución llegó una tarde cualquiera, a través de una experiencia superficial, incluso banal, y fue clara y directa como una flecha, y por fin, Tailandia se concentró para mí en un solo instante.


El hecho ocurrió en Koh Chang, una isla apartada de las rutas turísticas masivas, de esos paraísos a medio destruir por la edificación de complejos de pseudo lujo para asiáticos con dinero o europeos en su primer gran viaje con el corazón partío. Nosotros íbamos hacia allí buscando al sol que nos había esquivado durante todas las vacaciones, pero nuestra llegada fue un poco accidentada:  desembarcamos ya oscurecidos en el último ferri con necesidades básicas que cubrir -hambre y cansancio- y con las esperanzas bajo mínimos, ya que la tormenta no se había movido ni un solo centímetro por encima de nuestras cabezas. Después de un par de kilómetros con un bosque lluvioso e impenetrable vigilando nuestros movimientos, oímos un ruido sordo: habíamos pinchado una rueda de la autocaravana.

A pesar de la deshora y la lluvia torrencial, los vecinos de la aldea acudieron enseguida a ayudarnos, y nos prestaron una motocicleta y un guía para llegar hasta las sucias mazmorras de un mecánico. Después de una hora más de barro, lluvia y sudor tropical, la mitad del trabajo estaba hecho, y la rueda de repuesto ocupaba un lugar preferente. Solo faltaba encontrar un hotel donde nos dieran de comer y dormir y ya arreglaríamos el pinchazo al día siguiente. Después de amanecer, lo vimos todo mejor, y retrasamos cuanto pudimos la visita al castillo ennegrecido de bujías y neumáticos. Durante el arreglillo tuvimos que improvisar lugar donde comer, así que empezamos a andar por la carretera hacia las casas que se apelotonaban alrededor de la única carretera, en el también único lugar llano de la isla.
Elegimos uno los cientos de hotelitos pequeñines que se anunciaban en los carteles  con mucha fortuna, pues el lugar resultó ser idílico, con vistas a un brazo de mar que se adentraba en la selva. Además, los empleados tenían muchas ganas de trabajar porque en temporada de lluvias no hay mucho que hacer.

-Spa, Ma’m? –me dice una chica -We have a promotion today: if you buy one treatment, you will get one for free…Here you have the services…- me tiende una hoja fotocopiada con tres páginas llenas.
-Ok, thank you. I’ll take a look.
Me decidí por algo tan tonto como una pedicura.

-Can I come in 10 minutes?
-Oh, Yes, Ma’m.
Llegué al lugar señalado con el letrero “SPA”. Era un simple porche de madera, rodeado de selva frondosa que asomaba verde y espesa. La chica me hizo tomar asiento y se arrodilló a mis pies. Me puse a observar con lentitud aquel pequeño espacio por hacer algo y, de repente, apareció la pequeña Tailandia ante mis ojos.
La chica estaba ante mí, descalza, como mandan los cánones del respeto, mientras sus zapatos la esperaban a un lado de la tarima de madera sin barnizar, húmeda y ennegrecida de tanta lluvia. Gruesas palmeras se enfilaban hacia el cielo y en medio de sus troncos, cocos cortados en dos y vaciados, eran los tiestos perfectos para que orquídeas blancas se elevaran buscando la luz. Los geckos, (nuestras salamanquesas), corrían arriba y abajo por los entramados del porche cazando mosquitos para llenar sus panzas.
Súbitamente, un intenso olor a arroz llenó aquel diminuto espacio, “Jasmine rice tea, ma’m”, y ese olor me transportó a los infinitos campos de arroz que hemos atravesado con la mirada y los kilómetros. Después del sorbito del brebaje caliente, me di cuenta de que una música suave ascendía y tintineaba el aire, acompasando las tenues ráfagas de viento. Mientras tanto, ella seguía silenciosa actuado con movimientos sin peso, livianos, sentada con las piernas hacia atrás. Tenía el pelo negro, atado en una coleta, como suelen hacer aquí, con un lazo y una redecilla que lo recogía con prudencia, en las mejillas se percibían los restos de polvos de talco que usan para evitar los efectos del calor en la piel. Más allá, ante una mesa enorme, una chica sentada en la punta de una silla, borraba y escribía sin levantar la vista del papel con una parsimonia inimitable. Frente a ella, había un cuenco lleno de agua, con florecitas de vivos colores flotando en un dibujo sobre el agua, y en el suelo, un par de figuritas del elefante sagrado perennemente representado, nos daban una real bienvenida. Colgado del techo, el bambú hacía su aparición, con un par de ramas anchas cortadas al cuchillo, para albergar las bombillas que caían del techo con soportales de madera y hojas de parra de una solemnidad casi minimalista.
El bosque nos cantaba con el croar de una rana de vez en cuando, mientras nosotras nos dejábamos llevar por un tiempo que fluía con lentitud, con una calma imposible de romper….
Al fin me susurraron Ma’m we are finished, y entonces me desperté de mi pequeña Tailandia, la sencilla, la que sonríe honestamente, la que vive en los pueblos haciendo lo que sabe hacer: susurrar mientras crecen las plantas, los críos, al abrigo de sus raíces. 




PD.
Mis Fotos
Leonard Cohen de fondo 

04 agosto 2011

La mirada del turista

Una de las ventajas de viajar es que aprendes a respetar al otro, ya que al apreciar el mundo desde la humilde mirada de viajero, acabas entendiendo que hay cientos de maneras distintas de vivir la vida y todas ellas son igual de válidas.
Lo ves con facilidad en el momento en que te pones a explicar tu trabajo, aquel del cual en el fondo nos sentimos orgullosos y que nos tiene agarrados en una tela de araña invisible. Aunque nadie te interrumpa, acabas en cinco segundos, y ya antes de finalizar, sabes con certeza que tu interlocutor no ha entendido ni una palabra (aunque sonríe), y que lo que tanto te personaliza aquí, allí no tiene en absoluto ninguna utilidad.
Y es que en realidad, somos un diminuto grano de arena en medio del infinito universo. A pesar de ser insignificantes, somos muy orgullosos:
por ello tratamos de saltar muy alto para que los demás nos vean, por eso construimos edificios cada vez más elevados, por eso adelantamos a los demás sentados al volante de coches cada vez más apabullantes, por eso nos vestimos a la última y con los mejores complementos ...
El ejemplo lo encuentro con facilidad en la primera parada antes de bajarme en el aeropuerto del país de destino. Vamos a hacerle una visita de médico a Doha, la capital de Qatar, un inmenso secarral de viento y arena en el Golfo Pérsico. A mi se me antoja como la puerta hacia el infierno, ya que es imposible vivir respirando al aire libre, ya que si lo pruebas, las ráfagas del viento desértico de más de 45 grados te golpean la cara y sufres una especie de sensación de ahogo. Sin embargo, justo al llegar, dentro de la salvación del aire acondicionado del taxi, se te queda la boca abierta: enormes rascacielos surcan el horizonte, rodeados de amplias avenidas por donde circulan lujosos coches, mientras unos se van reflejando en los cristales del otro. Los beneficios de cientos de grandes círculos en la tierra para extraer petróleo  han permitido ese derroche de recursos a unos pocos poderosos y les deja seguir saltando hacia lo alto para que les vean:
"ahora queremos que el Tour de Francia empiece aquí " - un poco lejos de allí, ¿no?....
"ahora queremos organizar el próximo Mundial de fútbol"- ¿dónde piensan jugar para no morir abrasados?....
La paradoja de todo ello es que esa necesidad de ser admirados no les hace mirarse a sí mismos. Desde mi humilde punto de vista, son ciudadanos en blanco y negro: ellos con túnicas blancas y con un Iphone y billetes en el bolsillo y ellas con el cuerpo escondido totalmente bajo una negra sábana, comprando ávidamente carísimos bolsos de piel y sujetadores de encaje en centros comerciales que replican una Venecia de cartón piedra, con canales y gondolieri.
Pero hay que respetarlo todo, ya que fuera de nuestro entorno, no somos más que unos simples turistas: desde sus ojos, nos ven altos y torpones, con atuendos siempre inadecuados, sudorosos y cansinos, con pieles demasiado blancas que enrojecen con facilidad, y sin embargo con ganas de tumbarnos al sol, haciendo gestos que tratan de imitar los suyos, con más o menos soltura. Con la cámara pegada al cuerpo enloquecemos haciendo clicks cuando nos bajamos de la camioneta para turistas, ahora a un cartel carcomido en medio de la calle del mercado, entorpeciendo el tráficco, ahora a un templo sagrado poniendo a la chica y su sonrisa delante del Buda, o porqué no a un montón de flores que decoran el lobby del hotel para guiris o a un caracol que cruza tranquilamente en ese momento, a una fuente, click, a un árbol, click, a….nada.
Suerte que cuando el dedo se cansa de tratar de guardarlo todo, sacamos nuestro ojo de la mirilla y comenzamos a admirar por fin los pequeños detalles, esos que nunca pueden inmortalizarse en una fotografía.
Solo entonces empezamos a ser un poco más viajeros y menos turistas...

28 julio 2011

Reflexiones de un viajero

Hace tiempo que pienso que ya he visto más de lo que a una vida se le debiera permitir.
Cada vez más, al empezar una nueva ruta me repito que cuando sea mayor no volveré a tomar un avión, ni haré largos trayectos, ni conoceré nuevos países. Tampoco pasaré calor ni frío si no es porque en mi hogar, el tiempo cambia a su aire, y no volveré a probar nuevos manjares si no es porque cerca de casa, han abierto un nuevo restaurante que me apetece descubrir.
En realidad, a estas alturas, empiezo a mezclar paisajes y culturas, relaciono sin querer los años de construcción de un monumento con los mismos en los que, en la otra parte del mundo, se alzaban o catedrales o pirámides mayas o simplemente, casuchas para albergar a una nueva  familia. La arquitectura se me antoja parecida o con ciertos puntos en común, o quizás sean los materiales empleados aquí o allá, o más bien sean los motivos de sus construcciones, las idénticas causas que forman la base de este mundo hecho a la medida del ser humano, tan sencillo o complejo pero en definitiva tan esencial.
Incluso los olores de la nueva tierra a la que aterrizo me acercan a otros lugares y estos a  otros más. Este profundo olor de arroz que hoy impregna el aire me lleva hasta Bali, y el aroma a tubérculo ahumado a la brasa  me transporta hasta las chabolas de Guatemala y la parrilla en la que se fríen los pescados me hace volar por un momento hasta las costas de Senegal para perderme entre los baobabs mágicos que forman parte de mis sueños.
Los sabores de Thailandia que no probaré se juntarán con las exquisiteces de Nepal que no degusté y me recordarán por fin qué valor tan grande que tiene una buena hogaza de pan.





Y al final, todos los viajeros nos acabamos embelesando por un momento arrebatado:
el acto sencillo de plantar a mano en arrozales cubiertos en agua que hace de fiel espejo de palmeras y maizales, el gesto honesto de las familias que sonríen en lengua incomprensible tumbados en sus chozas bajo el clima tropical que te envuelve en sudor a cada paso.
Quedas asombrado por lo cotidiano, como el baile de olores que nace entre la humareda de un mercadillo a oscuras, alimentado por bombillas amarillas, donde sigues asándote de calor.
Atrás, en la retina, quedan los colosales vestigios de la historia por los que aprendes del nacimiento y muerte de civilizaciones enteras de nombres evocadores ,(el reino del Siam, los jemer, los lannan, sukhotai, ayutthaya)...
Todos ellos pronto formarán parte de tu subconsciente y, por falta de uso, se perderán para siempre entre la neblina del tiempo.
Sin embargo, a pesar de tanto viaje, mis excursiones personales siguen siendo tan distintas a estas como debe ser contemplar el mundo desde las estrellas, desde una nave espacial  especialmente diseñada para evitar mareos o vértigos, con la que disfrutar de la espectacular visión sin miedo alguno. Mi mundo tan pequeño es quizás derivado de todo ese otro al que he podido mirar de puntillas, suspendida también, porque en el fondo viajar no es vivir, sino cruzar como un funambulista por la vida de otros, para desaparecer, lentamente, al otro lado del cable que tensa dos mundos…
Puede que contemplar la otra parte me haya hecho amar mucho más el que tengo, el que me espera más allá de altas montañas y caudalosos ríos, el que huele a conocido, el simple y querido, el mío.

17 abril 2011

Cycling Barcelona

Los domingos de primavera en Barcelona son un inmenso placer para recorrerlos en bicicleta. Durante los fines de semana, la ciudad se desprende de su traje chaqueta, de su impoluta seriedad  y se convierte en un lugar donde la vida hierve, donde en cada esquina, la primavera florece.

Bajamos sin pedalear casi desde la Plaza Bonanova y en la esquina de la iglesia y más allá, en la otra que hay antes de llegar a Gràcia, las palmas y los palmones en la mano de los críos me recuerdan a mi infancia, con mis abuelos y mis padres protegiéndome y mi hermano y yo llevándolos orgullosos. Ahora ya no es como antes, y no se ven palmas por doquier, pero yo me acerco con mi pequeña bici a una de ellas y aspiro profundamente el olor de la palma tierna y retrocedo decenas de años atrás.
En las calles de Gràcia, las plazas están llenas de familias al completo, con abuelos, tíos, padres y mucha chiquillería. En la plaza del Sol se ha organizado un improvisado campo de fútbol y el balón vuela por los aires sin miedo a chocar con gentes con prisa, apesadumbrados por el trabajo que aún les queda por hacer…Hoy nadie está solo: todas las familias han salido a pasear, hoy inclusos los solitarios pueden hablar con quien quieran… ¡es primavera!
Pasamos seguidamente por la Plaza de la Vila de Gràcia, y nos deslumbran las mesas y sillas plateadas de las terrazas llenitas de gente con cervezas, patatas fritas...¡una olivitas por favor!
Y más abajo, nos dejamos acompañar por las otras bicis que bajan desde el Arco de Triumfo hasta la Ciutadella, en tropel, cada una de un color, de un tamaño, con una vida singular, todos a una, gafas de sol y camiseta de deporte o rastas de color miel atadas en moño y pantalones de colores, todos en linea recta dejándonos acariciar por los primeros y potentes rayos de sol.
Ya en el parque, otra fiesta de color, y mientras los árboles reverdecen, los niños juegan con otros niños y los padres les dejan en paz, cerrando los ojos, dejándose llevar por la calma por un momento. Vuelvo al mismo lugar donde con cinco años me perdí, delante de la gran fuente que tiene caballos dorados allá a lo alto, y aún recuerdo mi desesperación, el nudo en el estómago durante dos minutos que fueron interminables. Hacía una eternidad que no venía aquí. Me parece ahora todo mucho más pequeño: el lago está abarrotado de barquichuelas desconchadas que tratan de avanzar sin torcerse demasiado, sin levantar gotas de agua fría y verde. La gran fuente, frente a la que se comia un helado de color de fresa la protagonista de un cuento de mercè Rodoreda, está hoy vallada y sin agua. Despide un fuerte olor a lodo y una familia de patos que no ha querido emigrar, está acorralada por un trío de policias vestidos de negro. No sé cómo van a conseguirlo, pero de momento, existe una gran expectación tras la valla. Los flashes y las risas no distraen a los policias, que se esconden tras unas gafas oscuras. Ahora se encienden un pitillo…van a reflexionar, supongo.
Rodeamos la Ciutadella y nos dirigimos hacia el mar rodeando los muros del zoo. Los carteles nos invitan a conocer a los nuevos inquilinos y yo me acuerdo del día en que entre las chiquillas competíamos en hacer la lista más larga con los animales que habíamos visto. Supongo que entonces pasé sin ver, tan preocupada que estaba por pasar la páginas de la pequeña libreta con los cientos de nombres garabeteados…Algún día volveré para conocer las caras de esos nombres que escribí…¡seguro!


Recorrer el Puerto Olímpico significa dejarse traspasar por rázagas de viento frío que te hace poner la chaqueta de inmediato y notar a ratos el olor a sal o el aroma de las frituras que la fila de chiringuitos playeros está empezando a preparar. El viento hace que los veleros se dejen vencer y se escoren hacia un lado mientras surcan olas brillantes. A lo lejos, los amantes del solse parapetan en sus toallas sobre la arena, atreviéndose a dejar sus cuerpos sin ropa a pesar de los escalofríos de vez en cuando. Es la impresión del viento, solamente.
Es un espectáculo que continúa en la Barceloneta, donde a un lado, en el antiguo Club Natación Barcelona, se juega a padel, a voleibol o a quedarse tumbado en las hamacas. En dirección contraria a nuestro pedaleo, algunos corredores ya se han quitado las camisetas en un desafío extremo contra el viento, pero están tan concentrados o conectados con su música, que no sienten frío.
Al final del Puerto, ante la magnificencia del Hotel Vela, nos detenemos. Creo que toda Barcelona ha bajado como nosotros hasta el mar, como en una antigua procesión hacia la primavera que está naciendo  de nuevo ante nuestros ojos. Yo los cierro, porque prefiero ver sin ver, dejándome llevar por la calma y el resto de los sentidos en un domingo en que la ciudad  ya disfruta por fin de la primavera.


04 abril 2011

Mi imagen de la ciudad de los sueños

Como siempre llegas medio dormido, la llegada a la ciudad de Nueva York, con Manhattan de barrio abanderado, es simplemente espectacular. Los edificios que se elevan en vertical hacia el cielo, justo al otro lado del rio Hudson, tienen desde lejos ese toque metálico casi fantasmal que te impide pensar que la vida exista detrás de unos cristales que reflejan las nubes y el cielo.







Desde la distancia, la imagen de la ciudad es como una postal impoluta, segura, rotunda, con un punto futurista, con unas líneas perfectas maravillosamente pensadas y analizadas. Te parece por un instante que esa foto ya la has visto con anterioridad, después de cientos de películas devoradas desde tu niñez hasta ahora.



Ya en medio de las calles, te sientes de nuevo golpeado por la consistencia de la magnitud de la ciudad: los escaparates de las mejores tiendas atraen a todos los transeúntes sin reparar en gastos ni imaginación: no se echa de menos ninguna de las mejores marcas del mundo, y a cada paso, las luces de neón de la tienda siguiente son incluso más elegantes que las de la anterior. A su llamada de sirena, se hunden en un mar de sensaciones cientos y cientos de personas de los más variados estilos...Justo en la entrada, te regalan una sonrisa, una palabra de apoyo, un “have a good day”, sin aparente tamiz. Allí dentro, mil colores en suspensión y decibelios de música obstruyen cualquier otro pensamiento: “compra que es barato”, “compra que es tu oportunidad”, “compra que estás en la ciudad de los sueños”.


Avenidas anchas, aceras enormes, edificios que relucen para que levantes la vista y repitas: ¡ohhhh, esto es tan grande! Mirada que se aleja hacia la óptica donde confluyen las líneas que se pierden hacia lo alto, entre cristales y edificios de ladrillo marrón oscuro, con sus escaleras de incendios, por donde tantos héroes perseguidos injustamente escaparon de su fatal destino en el último suspiro…Sin embargo, si miras con atención y en su lugar bajas la vista hacia el suelo, te das cuenta que Nueva York es una ciudad inmóvil, que no se renueva si no es para atraer o embaucar o enamorar: sus aceras están llenas de boquetes y por ello no se ven motoristas y solo unos pocos ciclistas se atreven a jugarse la vida. Los edificios de lujo tienen entradas secretas a los que se accede a pisos forrados de moqueta artificial de color verde, que no temen la llegada de inspectores de higiene. Las puertas gruesas rechinan al abrirse y en la habitación de muchos hoteles, la corriente de aire cala tus huesos mientras contemplas un patio trasero dónde un día sucedió un accidente a juzgar por todos aquellos cristales desparramados. Y en los restaurantes más cool del barrio de Soho, no existen lámparas sino luz muy ténue para que el adormecido o el ensimismado o el seducido viajante no descubra la puerta falsa, el cartón piedra de la película a medio montar. La música siempre suena en los locales y de la cena japonesa te desplazas a la barra del bar... todo sin tener que hablar…después de las copas, contemplas el mundo desde lo alto de una escalera y te sientes embriagado de felicidad.
En Nueva York, existe un permiso global para entrar en cualquier tienda sofisticada y en los restaurantes carísimos jamás te miran mal, te sientes arrullado contínuamente por sonrisas fáciles y por un momento, casi te enamoras. Sin embargo, si te fijas bien, en los bellos rincones se amontonan basuras igual de enormes escondidas en bolsas…y también ahí mismo, justo al lado de la gente de moda, te topas con gente del mundo que han sido acogidos por la city. Te reciben con un mono azul y guantes verdes y te hablan de su tierra africana de Mali, o te sonríen coreanas menudas mientras te hacen la pedicura en un cuartucho pequeño con una pantalla gigante donde puedes entretenerte con Brad Pitt en Benjamin Button. Te sorprenden nepalís al subir al taxi, y les oyes renegar de sus gobernantes y suspirar por  volver. Finalmente, si te esfuerzas muy poquito, descubres que no necesitas hablar inglés ya que el español es la lengua de millones de personas de Puerto Rico, Cuba, España, Colombia ...que te reconocen enseguida.

Si eres de los que necesitas soñar, lo mejor es hacerlo a lo grande, y por ello tienes que venir hasta Nueva York, la ciudad de los prodigios, el lugar donde el cine y el teatro de la vida misma se dan cita a la misma hora.
Si quieres tener un amor a primera vista, déjate seducir por ella, nunca falla.




Ps.¡Por fin las fotos son mías!