(¿A vosotros no os pasa que cuando dicen esa frase os
catapultáis directamente a la imagen borrosa de vosotros de enanos encima de la bici con las
manos aferradas al manillar, preparándoos para aquella largaaaa bajada ?)
De repente, cuando menos lo esperamos, una circunstancia, una simple circunstancia, nos aleja de una rutina que hemos acabado
amando pues la habíamos convertido en nuestra vida. A mi hace poco que me ha pasado. Si lo pienso ahora, podría visualizarlo como como
si una enorme ave me hubiese agarrado y me hubiera alejado
con ella por los aires: mientras pataleaba, mantenía los ojos bien cerrados para no morir de vértigo y terror. Nos marchamos muy lejos. Cuando abrí los ojos, estábamos en otra tierra y en otra vida, así que no tuve más remedio que empezar de cero. Y después de veintiún días, mis nuevos rituales se volvieron rutina, los interioricé como si siempre hubieran sido míos y, sin pensarlo, volví a amar a esa nueva vida a la que me había acostumbrado.
Será por esa capacidad de adaptarnos por lo que las personas estamos hechas de barro y serrín, de sueños y risas, de agua y sal…
Ni siquiera recordaba cuánto lo necesitaba. No me apetecía, no encontraba el momento, o no existía, simplemente.
Dicen que son necesarios veintiún días para que algo se convierta en costumbre y solamente hacen falta unos minutos para que tu vida dé un vuelco. Y no queda más que empezar de cero, en otra vida, hasta que se convierte en la tuya.
Sin embargo, cuando una tarde empiezas a escuchar las notas de una canción, y el momento te envuelve, surge de nuevo esa emoción pura, que va vibrando lentamente para acabar invadiendo el alma. Y es que hay acciones que aprendemos, que no se olvidan jamás...
“Escribe, escribe, no dejes nunca de escribir. Aunque sea con un biberón en la mano…”.








