03 marzo 2013

Volver a empezar

Aunque el día ha sido espléndido y por fin he sentido la primavera después de su letargo invernal, a pesar de la buena comida que mis padres han cocinado especialmente para mí, hoy he vuelto a casa con el corazón encogido. Al visitar a mi tia Paulina, la única que queda y que sigue recordándome a mi abuelo, su hermano, por primera vez he percibido que ya no tiene ganas de vivir: a dos meses del centenario, aunque ha soportado estoicamente el ir despidiendo a todos los de su generación, ahora no puede con el dolor. Su cabeza despierta y lúcida le dice que así ya no vale la pena... Mientras me lo cuenta se vuelve a acomodar como puede en la silla de terciopelo azul, hablando con voz renqueante y con los ojos cerrados, y a ratos, una mueca de dolor se le adivina en el rostro al intentar moverse de nuevo.
Y mientras tanto, ¿cómo aprovechamo la plenitud de nuestro cuerpo todos los demás? Yo creo que poco y mal, solamente a ratos y sin valorar demasiado el gran regalo: el tiempo que se nos concede para disfrutar de la salud propia y la de los demás. A veces al cuerpo lo dejamos para el final, para solamente vestirlo, como un maniquí de nuestra imagen al que le ponemos complementos mientras él aguanta cualquier atrevimiento. El va detrás de cada anelo, del afan de destacar para que alguien nos mire...

¿Y cómo le sacamos partido a nuestra mente despierta y llena de curiosidad? Yo pienso que con el tiempo, la dejamos perder, nos adormecemos con el tedio de los días de trabajo, absorvida por el esfuerzo mental que le ponemos al pequeño problema que es el centro de nuestra vida y que se halla en la subcarpeta del directorio común de todos los empleados. Así nos va, olvidando los sueños de infancia, dejando de lado las aficiones que nos hacían felices, conformándonos con quedarnos en casa porque estamos tan cansados que nada nos puede hacer vibrar.

Abrimos los ojos, nosotros podemos, pero sin embargo, los volvemos a cerrar o miramos hacia otro lado, no vaya a ser que lo que observamos nos aparte de la actual comodidad. Levantamos los brazos, es sencillo, pero no pensamos en abrazar a los que queremos, simplemente se nos escapa el bostezar. Podemos echarnos a correr en cualquier momento, pero preferimos esperar a que llegue el momento, ¿pero cuál será?. Soñar es un momento apasionante y dar una vuelta más entre las sábanas, pero se nos olvida en seguida…
Y sin embargo, llegará el momento que ni los ojos verán con claridad, ni los brazos ni las rodillas aguantarán el peso de los años. Quizás hasta un día el soñar no tendrá sentido porque ya no queda tiempo para hacerlo realidad...
Es el momento de hacer algo...

24 febrero 2013

Reencuentros

A muchos de nosotros nos une un pasado lejano y nos separa el pasado que le sigue después. Eso sucede con toda naturalidad, sin enfados, ni riñas. La vida es así. Sin embargo, es curioso que si un día el destino se decide a ponernos de nuevo los unos frente a los otros, durante unos segundos, a pesar de la curiosidad o de las ganas de hablarnos, existe la tentación de disimular que no nos hemos visto, o que, al vernos, no nos hayamos reconocido.
¡Qué extraños son los reencuentros!, en un instante te trasladan hacia el propio pasado, hasta otra vida a la que ya cerraste la puerta, y te conducen hasta un yo del que ya poco queda.
Como no estabas preparado para que sucediera hoy y ahora, en ese momento aparece la duda de pararte o seguir hacia delante. Si disimulas te sientes muy mal, pero no es porque seas seas frío o descuidado, sino todo lo contrario, es porque te hubiera gustado que hubiera ocurrido de forma distinta...
Porque... ¿es posible repasar los últimos tres años en ese encuentro casual, cuando solo tenemos dos minutos antes de entrar en el cine?... ¿Cómo se puede responder a la pregunta qué tal te va aparte de bien, muy bien?... ¿no es triste que del reencuentro quede poco más que unas cuantas frase atropelladas y banales?... En esos casos, lo único que te hace sentir mejor es despedirte desde lo más hondo y atinar a decir me alegro mucho de haberte visto y pasar tus manos por sus brazos en un intento de abrazo rápido...y es que se hace tarde, esta noche es muy fría y la película está a punto de empezar. ¡A ver si nos vemos en la salida!
¿Y si te reencuentras con alguien que hace lo menos veinte años que no te ves? El pasado forma parte de tu infancia y los recuerdos se emborronan ante ese encuentro fortuito, así que és difícil dedicir afrontar ese momento. Lo más curioso es porqué todos acabamos preguntándonos a qué te dedicas, como si la profesión indicara lo que eres, lo que sientes.Y después viene una pregunta sencilla, dónde vives, y después, ya sin poderlo evitar, finalizamos reviviendo el universo donde nos sentimos seguros, el pasado dorado por el tiempo, aquella niñez que compartíamos. Pero los minutos pasan, y los que ahora comparten nuestros presentes, nos miran apremiándonos para irnos. Nos hubiera gustado seguir hablando de aquellos años y deseamos con sinceridad que la vida les haya tratado bien. Por ello nos despidimos  balbuceando a ver si conseguimos quedar todo el grupo un día de estos.... y te vuelves hacia la otra persona y con delicadeza pronuncias encantado de conocerte.
En todos los casos, les digas o no algo, te pares o no, la consecuencia es siempre la misma: justo después de seguir tus pasos, tu mente se queda anclada en el pasado, comparándolo con el presente. Solo entonces, ves a través tuyo, como si fueras otro, para contemplar el paso del tiempo, tan simplemente que parece mentira que todo ello haya sucedido tan rápidamente…Pasa la vida, así que no nos queda otra que disfrutar al máximo el presente.

10 febrero 2013

Un lugar en blanco y negro


He viajado hasta un país vasto e inmenso, tan grande que sus habitantes no pueden reconocerse. Quizás fueron vecinos alguna vez, pero nunca lo averigüarán. Su pasado es reciente y la búsqueda de un futuro mejor les empujó hacia la gran ciudad. Mientras ésta acumula más y más caras distintas, los campos se quedan mudos y helados, sin nadie que los cultive. La urbe es una abigarrada mezcla de desconocidos, los cuales nunca desvelarán su origen por vergüenza o desconfianza.

He viajado hasta un territorio de color gris, en el que las nubes se resisten a abandonar el cielo y el sol es solamente un sueño de verano. Para remediarlo en las ciudades importantes se han instalado potentes focos de luz para que la gente, deslumbrada, no suspire por lo que les es vedado. No tienen ni sol ni calor, y para olvidarlo, se ha invertido en grandes estufas que riegan de calor el interior de cualquier edificio para que la gente, engañada, no desee por fin abrazarse.

He viajado hasta un sitio donde los cuentos, la familia ni la tradición cuentan. Todo ello les fue arrancado de cuajo y ahora, si alguien les pregunta, ya no recuerdan, por rabia o por olvido. Quizás un día las puertas del corazón tuvieron que cerrarse para no sufrir. En lugar de sentimiento, lo que notas es una armadura perfecta de superficialidad.

He viajado hasta un lugar muy lejano, tan remoto que sus habitantes hablan una lengua muy extraña de la que es imposible entender una palabra ni leer una frase. Por eso, durante aquellos días me esforcé tanto como pude por hablar despacio, me ayudé con el teatro de las manos y usé el lenguaje universal de la sonrisa. Sin embargo, aquellas personas habían estado tan aisladas que a duras penas me entendieron...

El espectro del pasado nos acecha y el futuro es incierto, quién lleva nuestro barco está corrompido...Mejor vivir así y ahora... 

He viajado hasta un rincón del mundo donde te reciben sin pasión y en el que, a pesar de tus esfuerzos por gustarles, no se desprenden de la máscara provisional que llevarán de por vida. Solo hay un instante en el que un destello les delata: tras unas copas de más les oigo pronunciar palabras que hablan de anhelos, de viajes, de alegría de vivir.

Pero es mejor no soñar, aún no sabemos lo que queremos.

Al final de una larga ruta se llega a un país rico y sorprendente pero que tiene un velo que lo deja son color. De allí te vas en un susurro, invadido por una pena indescriptible por la gente que quizás no tenga la oportunidad de cerrar los ojos, volar unas horas y al volver a abrirlos...esté de nuevo en casa.

02 febrero 2013

Una noche cualquiera (losers)

Nunca sabes lo que puede ocurrir al salir a la calle. Probablemente no pase nada de nada y vuelvas sobre tus pasos con la misma cara de aburrido con la que cerraste la puerta, pero de vez en cuando, si prestas atención, puedes observar cosas que te hacen reflexionar y hacerte sentir, al momento, un poco más vivo.
La otra noche, al pasear el perro en aquellas horas donde casi todo está en sombras excepto las luces de las ventanas y los bares que dan el partido del miércoles, me fui deteniendo en las esquinas sin darme cuenta para reflexionar sobre lo que había visto mientras caminaba tranquilamente por mi ciudad.
Al lado de casa, un muñeco vestido de Papa Noel descansaba en silencio entre los escombros de los containers de distintos colores. Daba lástima el pobre: en menos de un mes había pasado de ser el protagonista indiscutible de la Navidad a ser un torpe muñeco olvidado. Al verlo, Plug se lo llevó en la boca y trotó alegre calle abajo, pero en la siguiente esquina también el lo abandonó.
Más adelante, dirigí mis pasos hasta el bullicio de los bares de tapas con sus pantallas gigantes teñidas de verde hierba recién cortada, las cuales habían provocado que, por primera vez, los ojos de la mayoría de vecinos mirasen fíjamente hacia unos metros más adelante y no se hundiesen en el profundo universo de sus teléfonos.Como tampoco se fijaron en mi presencia, continué mi camino.

Me detuve y até a Plug a la pata de un banco y entré en uno de esos establecimientos sin horario a los que acudes cuando no queda más remedio, cuando, al llegar destrozado a casa, de repente abres la nevera y te das cuenta que está vacía. Una vez dentro del supermercado, cogí la cesta roja y repasé con insípida pasión las filas de alimentos para escoger cuáles iba a cenar aquella noche.También busqué un capricho: mis galletas del Príncipe, pero ese día no había. Ello me dió pie a tener la única conversación sin significado laboral. A través del cristal, sonreí a Plug que me esperaba recto como un señorito atado a su cadena roja.

En el camino de vuelta, decidí girar por otra calle más tranquila, sin bares. Más allá nos interrumpían un montón de muebles apoyados en la acera. Al otro lado de la calle, dos chicas o señoras trataban sin éxito de arrastrar un enorme sofá de tres plazas con el mayor disimulo posible, a pesar de aquella evidencia con tanto peso. Pensé que al llegar a su destino, descansarían cómodamente en aquel sofa. A mi me detuvo otra cosa: un pequeño detalle entre aquellos muebles tirados, un hermoso y antiguo parchís. Y de repenté me fuí hasta mi infancia. 
A verlo vuelvo a escuchar el sonido del dado dentro del cubilete, pero también a mi abuelo diciéndome: “¡Venga, sopla antes de tirar, te dará suerte...! ¡Va, que si sacas un cinco, ganas!”. Gloriosas tardes de emoción y juegos…
"Los recuerdos son lo único que no puede abandonarse", me dije, y por ello le dediqué una foto antes de marcharnos. Plug y yo seguimos andando de vuelta a casa, y por fin preparé la cena, me atonté brevemente con la televisión y después cerré la luz y los ojos hasta otro dia.

30 diciembre 2012

La Felicidad es...

Hace una década descansaba en mi mesilla de noche Alessandro Baricco. En la oscuridad, su universo se dispersaba en mi habitación a través de las páginas de sus libros. Llegó un momento en que sus historias se entrelazaron tanto con las mías, que tenía dudas para reconocer cuándo era yo quien escribía o si el que imaginaba era él. Por aquel entonces repetía una máxima: la felicidad es como el flash de una foto, que dura un instante, justo para sonreir. Siguiendo su estela, me desviví buscando esos destellos, por ser de capaz de encontrarlos. Mientras tanto, creía que si el resto del mundo no hacía lo mismo, es que andaba perdido o se estaba perdiendo cosas. En mi afán por ayudarles, yo repetía, a quién se dejaba,  que la felicidad era un flash y que había que pillarla al vuelo…así: click.

Luego se me acabaron las pilas, me hice un lío extravagante entre realidad y sueño y me salí tantas veces del carril de la normal existencia que me sentí sola. Quizás fue una combinación de todo ello. En esa época leía a Haruki Murakami y me reconocía en aquellos personajes mustios y sin ánimo a los que acontecimientos surrealistas les llevaban en volandas hacia universos secretos sin tener que desearlo. Tardé bastante tiempo en  encontrarme y mientras buscaba mi lugar alguien me inquirió (aunque parezca mentira, aún hay individuos curiosos que te sorprenden con este tipo de preguntas): ¿qué es para ti ser feliz?
Algo me golpeó levemente el estómago y me salío una frase atada a un hilo de voz: la felicidad es despertarse por la mañana con la mente limpia y vivir tranquila. Me concentré pues en esperarla y un día llamó a mi puerta pero era tan liviana que no me dí cuenta de su presencia hasta más tarde. Fue fantástico volver a descansar tranquilamente.
En estos días en que todos hacen balance del año, el otro día me sucedió algo que me hizo volver a reflexionar sobre la misma cuestión. No surgió de dentro de un libro, porque últimamente voy de un escritor a otro, me he pasado a las novelas fáciles y me dejo seducir por un título o por el estilo de la portada. Fue en la televisión, donde aparecía una escena con una enorme tarta de cumpleaños y un montón de gente alrededor. La protagonista estaba a punto de soplar las velas cuando alguien le gritó a sus espaldas: ¡Piensa en un deseo!...Mientras hinchaba sus pulmones de aire yo también repliqué el mismo pensamiento y... ¡ no salió nada, qué extraño! Entonces reflexioné una ez más: La felicidad es sentirte tan bien contigo mismo que no te apremie ningún deseo por cumplir.

Por supuesto, siempre habrán sueños por cumplir, pero si no salen, no pasa nada..., proyectos por realizar, pero si requieren demasiado esfuerzo les dedicaremos más tiempo...,o caprichos aún pendientes, pero no saldremos a buscarlos alocadamente, simplemente, cuando pasen por delante,  los pillaremos al viento, así: click.



FeLiZ añO 2013.
¡Será tan fantástico como nos lo merecemos!

16 diciembre 2012

Una parada obligaria

Siempre me ha parecido un poco soberbio que alguien escriba su biografía cuando aún  le queda todo por vivir. Quizás lo haga entonces porque, en ese preciso momento, está en lo más alto, con su corazón henchido de energía y el alma agradecida por lo sonoros halagos que el mundo le regala.
Desgraciamente y también por fortuna, la vida está llena de baches, de curvas peligrosas, de túneles con una tenue luz al final, de recodos y de pistas sin asfaltar donde, de vez en cuando, encuentras a personas, compañeros y finalmente, amigos. Así que es mejor no planificar demasiado, lo importante es ir disfrutando de cada momento. Si un día llegas a la cima del mundo, no te confies, una ráfaga de viento te puede hacer caer en un instante. Si alguna vez te pierdes en un angosto valle, de un momento a otro pasará alguien que, con un guiño, te animará a seguirle.
Esta crisis tan larga nos ha hecho abrir los ojos en muchos sentidos: enormes muros  se han caído desmoronándose con estruendo y todos hemos comprobado que estaban construidos de cartón piedra. En quienes confiábamos han resultado ser unos farsantes y mediocres, y nos hemos sentido estafados en un sentido muy amplio. Aunque alguien diga que esto se veía venir, es muy difícil bajarse del caballo cuando estás arriba.  Sin embargo, aunque difíciles, estos momentos son importantes, porque es cuando nos sale ese lado que tenemos escondido con el estómago lleno: la imaginación, el buscarse la vida y también, el reencuentro con uno mismo.
Muchos antiguos compañeros han aprovechado para relanzar su vida y son ahora mucho más felices con mucho menos, atreviéndose a explorar nuevas rutas sin miedo a perder nada, porque todo está por ganar. Los que tenían prisa por volver a tener lo de antes lo han tenido más sencillo, simplemente han tenido que ceder a los excesos, y ahora viven en paz con sus posibilidades reales. Y muchos de aquellos cracks catacraks, ahora son pequeños empresarios que siguen haciendo y deshaciendo. Aunque ahora no pueden mandar a los demás que lo hagan, han aprendido y descubierto que les gusta hacerlo por sus propios medios.¡Una agradable sorpresa!
No existe ni el éxito permanente ni el estrepitoso fracaso, pero si existen las circunstancias, que son una especie de parada obligatoria. Esos momentos están ahí por algo, y aunque difícilmente se perciba a primera vista, existe una oportunidad que yace medio escondida entre la maleza para que, al encontrarla, sepamos valorarla.
Solo hay que darle la mano, creer en ella y empezar a andar con una sonrisa.

02 diciembre 2012

Mejor hacia adelante...

Hoy me apetece contar un cuento hacia atrás y volar...así...
Me elevo en el aire como un niño dibujado con una sonrisa, tirado por un globo verde que ha atado a su dedo indice su madre con un lazo. Al pasar por el parque, él se ha quedado mirando un hombre con decenas de globos de colores y ha señalado hacia allí. Como su madre no le ha hecho caso, el niño ha apretado su mano con un movimiento firme y ha vuelto a señalar con el dedo, esta vez a una niña que pasaba por su lado, con un hermoso globo rosa que juguetea con el aire de invierno. Han llegado allí tras un rato de paseo, en un domingo aparentemente tranquilo.
De repente me paro. No quiero tirar del hilo más, porque si sigo desvelando la historia hacia atrás, quizás descubramos el lado amargo del domingo, el punto de inflexión ...Vamos pues invertir la dirección del cuento y a seguir imaginando...
Hay un niño volando por el aire de un domingo de invierno soleado tirado por un globo verde y brillante. Mira hacia abajo y saluda a su madre que le sigue andando a paso rápido deshaciendo el camino al parque. Mientras se mece con el viento gélido de Diciembre, un pájaro amarillo se cruza por su lado y le saluda con su aleteo rápido y sincopado. Más arriba, se dibuja la sombra blanca de un avión con cientos de personas medio dormidas, suspendidas en tiempo y espacio... 
Más abajo, la ciudad gira los ojos hacia el niño dibujado con una sonrisa y se queda parada con la boca abierta. Mientras lo hace, ella y sus transeúntes dejan de pensar y así, el zumbido de lo problemas se se detiene también y se crea un momento de absoluta paz.
Un niño con una sonrisa dibujada desciende con gracia en lo alto del Tibidabo. Con este día tan claro se divisa  la ciudad entera y un trozo de mar azul intenso en una estampa maravillosa.
La madre finalmente lo alcanza, lo abraza, lo besa y sonríe: la próxima vez que quieras volar ve más despacio, me ha costado alcanzarte...!
Y el cuento termina pausadamente hacia delante y no hacia atrás, porque a veces es más bonito soñar que adivinar la verdad...

24 noviembre 2012

Yo solo quiero que me quieran


A veces me siento transparente, sin más. Es una sensación agridulce, ya que como en otras ocasiones he deseado pasar desapercibida sin conseguirlo, no puedo quejarme.
El jueves pasado me convertí en invisible: intenté parar varios taxis alzando la mano y dejándola colgando de un hilo pero los taxistas pensaron que tenía una pregunta por hacerles y pasaron de largo, mientras yo me preguntaba si quizás mi ropa fuera
demasiado gris invierno…
El mismo día acudí a un evento en el que muchas caras me eran conocidas, pero sin embargo, nadie se acercó a mí para saludarme. Mi habitual vergüenza hizo el resto, y a pesar de llevar una hora elevada en mis tacones, salí del local con más pena que gloria. Estaba claro que aquel día no me veían….
Y eso que uno de mis comportamientos esenciales es hablar con otros seres invisibles, al menos saludarles con una sonrisa o con unas palabras amables.  Soy la reina de dar las gracias a los camareros en todos sus platos, a cualquiera que me entregue algo, incluso al policia cuando me tiende el papel de la multa. Soy la conversadora con los guardianes de los párquines a medianoche, la que nunca olvida un hola o un adios a la cajera del supermercado. Hay muchas personas que aparecen muchas veces mimetizadas por el entorno pero que también viven y sufren, cuyo corazón late… ¿no os ha pasado nunca que habéis visto cientos de veces a una mujer con bata o con uniforme y solo el día que la véis vestida de calle os dais cuenta en ese instante que es una persona real como tu?
Queremos ser invisibles a veces y sin embargo, nos morimos de ganas de hacernos notar, sobre todo en aquellos momentos en los que nos sentimos seguros, en un entorno en el que podemos demostrar nuestra valía… ¿Por qué sino son los bajitos son los que tienen más carácter? Ellos tuvieron que saltar mucho para ver a su cantante favorito en los conciertos, tuvieron que hacerse notar en las pistas de baile para atraer las miradas y, por el contrario: ¿no son los más altos los más entrañables, los más tímidos? Quizás a ellos les asustaba ser el blanco de todas las miradas a su llegada a las fiestas, o a lo mejor doblaban las rodillas para no poner tanta distancia entre ellos y los demás…

Con el don de la invisibilidad o no, todos necesitamos ser tenidos en cuenta, sentirnos especiales para unos u otros, ser parte de este universo tan lleno de diversidad. Así que al cerrar la puerta de casa y salir al mundo, tengamos en cuenta que a nuestro lado, los corazones laten y que en esencia, todos necesitan su trocito de amor.

10 noviembre 2012

Pleasantville

Al llegar a casa esta tarde, cansada aún de la semana, latente aún el runrun de los problemas que no puedo arreglar, me he quedado un instante quieta en la cocina y, rodeada de blanco y silencio, me ha venido a la mente la deliciosa película Pleasantville. Como siempre me pasa, de ella solo recuerdo breves flashes en blanco y negro y la patina de color que fué apareciendo a medida que se desarrollaba la película, así que para rememorarla tendré que juntar los antojos de mi memoria con un poco de imaginación.
Pleasantville es el nombre de un pueblo ideal con aires de los 50, donde todo es aparentemente perfecto, donde nunca pasa nada: allí los días empiezan con un mismo saludo a los vecinos al salir de la flamante casa unifamiliar y termina con un beso en la frente de cada niño antes de cerrar el interruptor de la luz. Allí no existen los peligros ni las crisis, ni las dudas ni el estres, pero sin embargo algo sucede, porque la vida se desliza lentamente en blanco y negro y no tiene destellos de color.
En Pleasantville no existe la cultura y las páginas de las novelas están en blanco. Los libros se amontonan en las estanterias como parte del decorado. Los niños no tienen que aprender más que simples modales en la escuela.
En Pleasantville, sus habitantes no sueñan por las noches en paraísos lejanos, ni anhelan tener lo que hoy se les niega. No saben lo que es la pobreza ni el odio, pero tampoco conocen lo que es el amor ni la pasión.
En Pleasantville, no hay nada más allá de la señal que indica el final del pueblo, pero nunca nadie ha tenido la curiosidad por ir a verlo.

Pero un día, la paz se ve interrumplida con la llegada de un par de muchachos que llegan a ese extraño pueblo desde el mundo real. Sin pretenderlo, estos chicos consiguen abrir los ojos y también los sentimientos a sus habitantes y llenar de color ese mágico lugar...
Un beso a la luz de la luna, contar despacio una historia fantástica a los maravillados oyentes, pintar un enorme paisaje en una pared vacía, darle una bofetada a alguien que se lo merece, regalar un ramo de flores silvestres, dejar el trabajo en un acto de rebeldía, gritar te quiero, estallar de risa delante de todos…

Y mientras todo ello va ocurriendo, la pantalla se va tiñendo lentamente de colores para poseer cada una de aquellas flamantes casas que se inundan de magia y de sombras, de pasión y angustia en un proceso que ya no tendrá vuelta atrás.
Hoy aquella película me ha inspirado porque, sin quererlo, me he dado cuenta que quizás me estoy desvaneciendo. Debe ser este cansancio que me invade en la semana.
Miro con detenimiento a mi alrededor y observo de nuevo la cocina. No es solamente blanca....
Si ya veo el color, ¿será porque esto está a punto de cambiar...?

20 octubre 2012

I'm getting old

Llevamos unos días que amanecen grises y siguen así de tristes durante todo el día. Mientras, el trabajo no me concede tregua alguna y sobre todo, algunos ahí dentro se dedican a darme puntapies leves pero constantes. Todo ello conforma una espiral de tedio y de otoño. Asi que cuando el otro día sonó una canción del pasado por casualidad, volví mi mirada hacia las mañanas soleadas y a las tardes ansiosas por salir. ¿Por qué cuando nos hacemos mayores se nos escapan las ganas de huir hacia las noches estrelladas, de llenar las mañanas de pájaros y sueños?
Que sabré yo de cocinas, solo sé de comer solo, de eso si que entiendo…canta mi spotify mientras yo termino de pasar una tarde aburrida como pocas, de las que se anhelan después de pasar horas que se han deshecho entre problemas absurdos para cualquier marciano que viniera de visita a la tierra. ¿Por qué cuando crecemos somos capaces de ocupar el tiempo en tales tonterías sin cuestionarlas?, ¿dónde está la rebeldía para decir basta ya?


Lucha de gigantes convierten el aire en gas natural…deja de engañar, no quieras ocultar que has pasado sin tropezar…Sigue avanzando la música sin más, mientras yo pienso que sería increible quitarse el pijama y autopropulsarse, teletransportarse para ir a pasar un buen rato con los amigos, sin cansancio, sin dolor de cabeza, sin tener que pensar en nada, sin tener que decir algo correcto o pensar en decenas de cosas a la vez, como un malabarista de circo. ¿Por qué madurar significa perder la frescura para poder decir e-xac-ta-men-te aquello que te pasa por la mente?

Fue un pasatiempo, un capricho poco más, después amanecí dormido en un portal…me dice la canción de la que entiendo la letra mientras recuerdo mis ganas de aprender, mis interminables preguntas, el día que conseguí traducir a una amiga la letra de una canción en inglés inventándome la mitad de las palabras porque no sabía más. Qué difícil es ahora hacer que me escuchen, a pesar de la pasión que sigue envolviendo mi forma de ser: algunos no quieren hacerlo  porque están pensando en decir lo suyo, otros lo hacen porque no tienen más remedio, y quizás unos pocos se evaden y sólo oyen un zumbido en lugar de mis palabras como hice yo tantas veces…¿Por qué con el tiempo se nos quitan las ganas de emocionarnos, de dejarnos llevar, de enamorarnos sin más?
Con todo este panorama, para que luzca el sol, mi amor,…, mi rayo de luz, no hay más remedio que rebelarse, echar a volar, así que estoy pensando en dar un enorme salto que me lleve hasta la cima de una montaña nevada, donde respiraré aire fresco y limpio y con las pilas cargadas, me deslizaré por la ladera gritando hasta no poder más. Justo abajo, me encontraré con una fiesta llena de gente buena, mis amigos, y con ellos me tomaré un mojito a la salud de todos los que me importan mientras se oirá una canción de fondo como la que ahora suena: Shine on, shine on, yes…!

PS. Título alternativo: tengo la gripe (bona apreciació Gina)
PS2: música de The New Raemon, versión de Antonio Vega por Love of Lesbian/Zahara, Francisco Nixon, De la Fé y las Flores Azules, The Kooks.