20 octubre 2012

I'm getting old

Llevamos unos días que amanecen grises y siguen así de tristes durante todo el día. Mientras, el trabajo no me concede tregua alguna y sobre todo, algunos ahí dentro se dedican a darme puntapies leves pero constantes. Todo ello conforma una espiral de tedio y de otoño. Asi que cuando el otro día sonó una canción del pasado por casualidad, volví mi mirada hacia las mañanas soleadas y a las tardes ansiosas por salir. ¿Por qué cuando nos hacemos mayores se nos escapan las ganas de huir hacia las noches estrelladas, de llenar las mañanas de pájaros y sueños?
Que sabré yo de cocinas, solo sé de comer solo, de eso si que entiendo…canta mi spotify mientras yo termino de pasar una tarde aburrida como pocas, de las que se anhelan después de pasar horas que se han deshecho entre problemas absurdos para cualquier marciano que viniera de visita a la tierra. ¿Por qué cuando crecemos somos capaces de ocupar el tiempo en tales tonterías sin cuestionarlas?, ¿dónde está la rebeldía para decir basta ya?


Lucha de gigantes convierten el aire en gas natural…deja de engañar, no quieras ocultar que has pasado sin tropezar…Sigue avanzando la música sin más, mientras yo pienso que sería increible quitarse el pijama y autopropulsarse, teletransportarse para ir a pasar un buen rato con los amigos, sin cansancio, sin dolor de cabeza, sin tener que pensar en nada, sin tener que decir algo correcto o pensar en decenas de cosas a la vez, como un malabarista de circo. ¿Por qué madurar significa perder la frescura para poder decir e-xac-ta-men-te aquello que te pasa por la mente?

Fue un pasatiempo, un capricho poco más, después amanecí dormido en un portal…me dice la canción de la que entiendo la letra mientras recuerdo mis ganas de aprender, mis interminables preguntas, el día que conseguí traducir a una amiga la letra de una canción en inglés inventándome la mitad de las palabras porque no sabía más. Qué difícil es ahora hacer que me escuchen, a pesar de la pasión que sigue envolviendo mi forma de ser: algunos no quieren hacerlo  porque están pensando en decir lo suyo, otros lo hacen porque no tienen más remedio, y quizás unos pocos se evaden y sólo oyen un zumbido en lugar de mis palabras como hice yo tantas veces…¿Por qué con el tiempo se nos quitan las ganas de emocionarnos, de dejarnos llevar, de enamorarnos sin más?
Con todo este panorama, para que luzca el sol, mi amor,…, mi rayo de luz, no hay más remedio que rebelarse, echar a volar, así que estoy pensando en dar un enorme salto que me lleve hasta la cima de una montaña nevada, donde respiraré aire fresco y limpio y con las pilas cargadas, me deslizaré por la ladera gritando hasta no poder más. Justo abajo, me encontraré con una fiesta llena de gente buena, mis amigos, y con ellos me tomaré un mojito a la salud de todos los que me importan mientras se oirá una canción de fondo como la que ahora suena: Shine on, shine on, yes…!

PS. Título alternativo: tengo la gripe (bona apreciació Gina)
PS2: música de The New Raemon, versión de Antonio Vega por Love of Lesbian/Zahara, Francisco Nixon, De la Fé y las Flores Azules, The Kooks.

14 octubre 2012

Proezas

Frente a mi tengo a un loco colgado de un globo a 39 km del suelo. Desde la tranquilidad del sofá, espero a que se abra su cápsula y se lance al vacío. Yo estoy muerta de miedo, pero él no es como yo. Le veo pestañar, pero no sonreir, ha dicho unas palabras pero ninguna es de las que emocionan. Quiero suponer que lo de hoy no es solo un record para él, sino un verdadero sueño. Segundos antes de saltar, me pregunto: ¿sudará de miedo, le dirá a los suyos que les quiere, se arrepentirá justo antes?...
¡Qué distintos somos los unos de los otros! en mi caso, no recuerdo haber tenido nunca ganas de realizar ninguna proeza. Ni siquiera de pequeña, en aquella hermosa época en la que la ventaja con la que jugamos todos es que el miedo solo aparecía cuando leíamos el cuento de Hansel y Gretel, o cuando mamá nos apagaba la luz de nuestra habitación.
Sin aún malas experiencias por recordar y con un cuerpo acabado de estrenar, era imposible tener ninguna duda antes de atrevernos a algo.
Al pensarlo ahora, me parece una temeridad haberme lanzado por la barandilla del colegio cuando no me veían, o subime a un monopatín con el propósito de hacer aquella bajada sin poner ningún pie. Hoy ni siquiera haría el pino en el patio y estaría al revés durante tantos minutos…¡o me caería o me marearía o me crujirían todos los huesos, de esos no hay duda!...
Por ello, no puedo creer cómo existen seres humanos a los que les gusta probarse a sí mismos hasta esos límites, que disfruten con el riesgo, que pongan en peligro su vidas…A mi por supuesto no me encontrarán atada a ninguna cuerda elástica a punto de saltar por un puente, ni me verán justo en un precipicio atada a un ala delta o un parapente.
Sin embargo puedo imaginarme la sensación desde el aire simplemente estirándome de espaldas sobre la hierba contemplando el cielo y las nubes y el mundo al revés. Y aunque no puedo estar demasiado tiempo dentro del silencio del océno espantando a los pececillos bajo el mar, me encanta la sensación especial al zambullirme bajo las olas. En esos instantes, formo parte de un mundo donde reina el silencio y la paz, donde las cosas suceden lentamente, el nadar de los los peces, las algas meciéndose a merced de la corriente. Quizás es tan hermoso porque dura el tiempo en que la respiración aguanta...

La única forma en que puedo volar es a un metro del suelo y para poder mantenerme en el aire, tengo que nadar constantemente. Y solo es posible cuando sueño. Cuando algún ruido me despierta, sigo entera, así que sigo durmiendo plácidamente. Hasta que suena el despertador o tengo la suerte que el sol me despierte.

29 septiembre 2012

Un seminario no es un curso

Esta mañana, mientras me mareaba en el coche jugando con el teléfono, leí por casualidad en el perfil de twitter de una amiga lo siguiente: tengo pasión por aprender, casi enfermiza. Esas palabras hubieran pasado desapercibibidas si esa semana hubiera sido una de tantas, en las que me paso las horas resolviendo problemas y atendiendo a los demás. Sin embargo, como mi rutina había cambiado fugazmente y me había pasado unos días aprendiendo en un seminario (que no un curso, según clarificaba el profesor), esa frase retumbó de pronto en mi cabeza durante un rato.

Aprender, aprender, aprender, ese era mi objetivo vital hace unos años, y a pesar que ese deseo aún persiste, se ha ido diluyendo con la confirmación de que es imposible captarlo todo y que la tranquilidad de espíritu también merece su tiempo. Para ello no hay más remedio que hacer algunas concesiones que probablemente me harán más conformista pero también más realista.
Sin embargo, esta semana me he dado cuenta que hacía demasiado tiempo que nadie no me explicaba algo importante con el principal objetivo que yo pudiera luego tomar cada pieza y construir mi propio cuento. ¡Cuánto hacía que no me sentaba durante horas a escuchar a otro para poder comprender, interpretar y soñar que seguía siendo posible cambiar el mundo!. ¡Cuánto tiempo sin tener ahí delante a alguien esforzándose para que un puñado de ávidos alumnos saliéramos de nuestras dudas o para crearnos nuevos interrogantes, para que, en definitiva,  fuéramos al final mejores que cuando llegamos!.
Cuando alguien enseña con pasión, con método y claridad, es una suerte poder estar ahí para poder captar todo lo posible.
Compañeros compartiendo lecciones o horas de trabajo, ese era mi contexto hace unos años. Todos con un montón de trabajo por terminar pero con un objetivo común, crecer como profesionales y no dejarnos tirados si algo fallaba. Del desconocimiento de toda la realidad y de la ilusión por el futuro nacía un grupo lleno de energía para tirar hacia adelante, para vencer las dificultades o cuanto menos celebrar que nos habíamos equivocado y reirnos de todo.
Y ha sido durante esta semana que me he dado cuenta de lo lejano que queda todo aquello, porque durante estos días he percibido que empezaba a formarse un grupo. Quizás porqué en el fondo éramos todos unos desconocidos, o porque nuestros objetivos y mundos eran bien distintos, lo cierto es que en el grupo de alumnos parecía que a todos nos importaba la duda de aquel y queríamos de verdad ayudarle, creándose una atmósfera de cordialidad que hacía tiempo que no experimentaba.
Cuando se genera un buen ambiente de trabajo, es una suerte poder estar ahí y merece la pena esforzarse por participar.

Esta semana he tenido un regalo precioso: formar parte de un grupo que quería aprender y compartir.
Ojalá no fuera necesario pagar por ello.
Ojalá fuera más común ayudarnos entre nosotros.

En esta semana, he vuelto a ser consciente de algunas cosas esenciales que había olvidado, así que seguiré creyendo en cada uno de nosotros para cambiar el mundo.


PS. Dedicado a todos los profesores, nunca lo suficientemente valorados.

16 septiembre 2012

Si te asustas, ríe

Esta semana leí que una empresa había realizado una encuesta a los trabajadores con unos resultados para reflexionar. A la pregunta de si hay algún error en tu trabajo, qué consecuencias se producen, la mayoría de trabajadores habían respondido:me echan una bronca o me despiden. A eso le llamo yo vivir con miedo.
Para mí el miedo es algo esencial. Y no lo digo solamente porque soy incapaz de ver una película de terror, o porque la oscuridad me agudiza el sentido del oído, o porque si lo pienso, al acostarme, aún veo monstruos con los ojos cerrados. El miedo forma parte de mí. Me bloquea y me confunde.
Supongo que por eso me aficioné a canturrear para espantar al silencio y soñé felices historias para ahuyentar las fobias.

No me considero más débil porque en medio de alguna aventurilla, me hayan castañeado los dientes. Recuerdo una vez, bien entrada la noche, como bajo una espectacular nevada, la simple visión de los coches bailando sin control en la carretera me dejaron sin habla. Me imaginaba que seríamos los siguientes. Solo oía las ruedas avanzando dificilmente sobre una nieve que empezaba a helarse y a mis dientes…y yo ni siquiera conducía.
El miedo te hace dudar, especialmente de tí mismo. No te deja avanzar, te deja pegado a una baldosa incapaz de ni siquiera moverte. Aunque seas un especialista en algo, en un instante, el miedo te paraliza. Y me viene a la cabeza una ocasión un 31 de Diciembre, en el que fuimos a hacer kayak con un buen amigo con una excusa muy romántica: ver la salida del Dakar, que empezaba en la playa de Castelldefels, desde dentro del mar. El estaba pasando un mal momento y una locura nos parecía perfecta. Imaginad: Castelldefels que no Australia, frío pero con camiseta de neopreno…Y sin embargo, una ola me revolcó y de la impresión, fui incapaz de nadar. Me hundí, a pesar que soy nadadora y que mis pies podían tocar el fondo …necesité rescate!
El miedo puede ser incluso intelectual, de no saber, de no llegar, de no ser capaz. Cuántas veces he leído el enunciado de una pregunta en la universidad y de la presión del tiempo, ver cómo se desvanecía al leerla o cómo se convertía en alfabeto árabe…Entonces tenía que respirar un par de veces, esperar que la taquicardia bajara su ritmo, y sobre todo, evitar morderme las uñas, pues sino el efecto era aún peor. Y luego, contradictoriamente, era de aquellas repelentes a las que les preguntaban: ¿qué tal te ha ido el examen?, y respondían fatal, para luego sacar un notable.
El miedo me ha perseguido siempre, desde el momento fatídico en que perdí durante 10 minutos a mis padres en el Parc de la Ciutadella, cuando era una niña, hasta esta misma mañana, cuando creí no poder respirar al quedarme sola en medio del lago durante la travesía de Banyoles a nado. Por un momento pensé que si me ahogaba nadie me salvaría!
Soy una miedosa pero ello no me asusta. En realidad me gusta explicar estas anécdotas, que me pasan muy a mensudo, a mis amigos, y reírme con ellos.. Siempre he creido que explicando aquello que te preocupa o que te atemoriza te ayuda a quitarle importancia y te hace superarlo antes. Acaba pareciendo una simple historieta.
Así que si te asustas y no puedes evitarlo, no hay como reírse después.
¡Mano de santo!

02 septiembre 2012

Y no pasa nada...

Creo que para la gente como nosotros, el inicio de un nuevo ciclo vital no se produce a principio de año, sino justo después de las vacaciones de verano. Quizás es que en Navidad tenemos menos días para desenchufarnos de las preocupaciones y los temas pendientes. También es cierto que cuando empieza el año nuevo, no se produce ningún cambio en el entorno que sea perceptible
Y es que es ahora, al darle la vuelta al calendario, que uno se pregunta si existe alguna posibilidad de volver atrás...
Después de días enteros dorándose al sol y de alargar las tardes con el ronroneo de las olas de un mar en calma, uno se da cuenta que el tiempo puede fluir fácilmente y no pasa nada.
Después de haber conversado durante horas sobre temas variados, tan sencillos que incluso se puede perder el hilo y luego volver, medio adormecido por el calor y la música que suena lejana, uno se percata que es posible participar a medias y disfrutar de los silencios.
Después de días vestidos de cualquier manera, sin maquillaje y con el pelo atado, sin afeitarse siquiera, andando con chanclas o con las mismas bambas llenas de barro, uno piensa de repente en lo que le espera y le entra una pereza extraordinaria.
Mientras esto sucede, la temperatura empieza a descender. Los días ya no se alargan hasta las nueve de la noche y en las terrazas hace falta llevarse algo más. El viento comienza a mecerse en los árboles y algunas hojas revolotean como una señal de lo que va a suceder en breve. Y uno piensa que, inevitablemente, el otoño y la vuelta a la rutina ya están aquí.
Y en ese momento, la rebeldía hace su aparición, y en un acto heroico, uno se planta y decide que:
-Voy a hacer una lista de las diez cosas que me hacen feliz y elegiré un par de ellas. Las pegaré en un post-it sobre la pantalla de mi ordenador en la oficina para no olvidarlo.
-Como me he cuidado poco hasta ahora, voy a apuntarme a un curso de baile en el centro cívico del barrio y prometo ir al gimnasio al menos una vez por semana.
- No sé á si apuntarme a un curso de yoga o a un seminario sobre fotografía ...quizás me atreva con el cine, lo importante es hacer algo para distraer la mente y aprender algo nuevo...
Durante Septiembre vivirá a caballo entre el recuerdo de aquel viaje con tantas aventuras o de la bendita puesta de sol sobre el mediterráneo y la necesidad de sentirse tan vivo como entonces durante el invierno.
En Octubre, sin embargo, con el cambio de hora, empezará a pensar que le hace falta un abrigo nuevo y que este trimestre ya se le ha pasado el curso de baile. Mientras tanto, el post-it continuará colgando de la pantalla del ordenador y cada mañana, cuando lo encienda, suspirará y pensará en cuántas cosas tiene aún pendientes …
Sin embargo, dentro de un tiempo, volverá de nuevo el verano: esa invasión de calor y luz, la oportunidad de perderse en lo desconocido o de dejarse mimar por el simple fluir del tiempo...con la más absoluta tranquilidad. ¡Merecido regalo!

19 agosto 2012

Una vida tras la ventana

Algunas de las noches de verano me regalan la posibilidad de convivir con los que ya no están en una escena tan vívida y natural, que incluso tengo que agitar la cabeza al final para cerciorarme que no es posible, que hace mucho que se fueron, y que si aún estuvieran, seguro que su imagen ya no sería la misma.
Hoy he soñado con mi abuela. Estaba en el gran comedor de su casa, con las luces de la vieja araña encendidas. Debía ser tarde, pues en su casa había la costumbre de dejar que la oscuridad invadiera la estancia antes de darle al interruptor de la luz. Ella estaba sentada en su pequeña silla de mimbre, la que prefería a todas las demás, no sé porqué. Lo que me sorprendió es que no se hallara frente a la ventana, a pesar que ese era su lugar desde siempre...
Cuando éramos unos enanos, allí nos cantaba sus canciones mientras nos mecía en sus rodillas, y eran tan fáciles de tararear como las zarzuelas que le encantaban:
Bisturí, bisturí
Se quería casar
Y quería vivir
A la orilla del mar
Y gastaba levita
Pantalón y fusil
Y por eso le llaman
Bisturí, bisturí.                                           La Rosa del Azafrán
Cuando crecimos un poco, ahí siempre la encontrábamos al regreso de cualquier parte, ya fuera del colegio, justo después de las cinco, o en verano, de la horchatería de la esquina, cargados de ilusión con una lechera helada de color limón con no mucho hielo, como nos repetía siempre mi madre. La puerta de hierro granate nos ayudaba entonces a alcanzar el timbre allá en lo alto enganchando pies y manos a sus barrotes. Aunque nos había visto desde lejos, nos dejaba hacer, pues para eso éramos sus nietos y ella, nuestra única abuela.
Desde allí también tejió con amor gorros verdes o bufandas granates, mantas de cuadros con retales y ponchos con flecos. Durante largas tardes creó para nosotros un regalo, un presente, que lucíamos para su orgullo y a veces para nuestro fastidio, en cada foto de los dos hermanos.
Siempre estaba, imperturbable, y en cuanto nos veía girar la calle, agitaba la mano para saludarnos. No sé cómo lo hacía pero nos veía a pesar que tratábamos de escondernos, ¡cómo me fastidiaba durante la adolescencia que pudiera distinguir mi figura desde tan lejos!...
Sin embargo, al final de sus días, se fue desvaneciendo: los dolores vencieron al fuerte carácter que tenía, perdió la necesidad de controlarlo todo y a todos, y después de visitar el hospital por segunda vez, dejó de ser presumida y su pelo se volvió blanco …Tanto se desdibujó que incluso dejó de lado sus costumbres y olvidó su sillita de mimbre favorita. Dejó de estar frente a la ventana y nos solía esperar desde donde la sentaban, en el amplio sofá de color ocre. Como no oía nada y se hallaba medio dormida, yo atravesaba la puerta de un salto para que pudiera sentir como mis pasos retumbaban en el suelo oscuro de dibujos infinitos. Entonces ella alzaba la vista, me sonreía y le decía a la señora que la cuidaba: ¡Es mi nieta, Cristina!
Pero la noche pasada, ella volvió  con su pelo de color marrón brillante, sentada muy digna en su silla de mimbre, aunque esta vez, en lugar de la ventana, había preferido estar en medio del salón. Al acercarme, ví que ojeaba un libro con una portada de alegres colores, que se titulaba Mujercitas. Justo después, la oí decir su cantinela tan característica para tener controlados los pasos de mi abuelo: Andreeeeeeeu, on ets? , y entonces agité la cabeza porque aquello si que no podía creérmelo, ya que mi querido abuelo se fue mucho antes …
Por fortuna, aunque ya no estén, vuelvo a visitarlos algunas noches de verano…

05 agosto 2012

Espíritu olímpico

Un amigo mío me contó una vez que el espíritu de sacrificio lo forjó bien temprano durante los años en los que entrenábamos dos veces al día. Para los que lo vivimos, sabemos que, como muchos otros, la natación es un deporte mental, ya que compites contra tí mismo y tus inseguridades. Además, la natación es muy dura, porque a los quince años ya se te considera adulto y tienes que competir con cualquiera, aunque te pase un palmo o tenga muchos años más que tú.
Cuando miro atrás, estoy de acuerdo que aquellos fueron unos años de mucho esfuerzo tanto mental como físico, y probablemente eso nos hizo distintos a muchos niños, pero también creo que, al menos en mi caso, es de las primeras y quizás poquitas cosas que decidí por mi misma, y de ello me siento muy orgullosa. Y algo tenía que tener ese deporte, porque veinte años más tarde, la mayoría de los que nadábamos juntos en aquel entonces, hemos vuelto a por nuestras gafas y gorro para disfrutar del inconfundible olor a infacia que nos trae el cloro de la piscina.
Y yendo hacia atrás, me he detenido justo en un invierno. En aquel entonces, me levantaba cuando aún noche era bien negra, o al menos eso me parecía a mi, y en ayunas, (no había manera de tomarse una naranjada sin pasarlo mal) me lanzaba a las frías aguas de la piscina. Aunque mi padre me había acompañado en coche hasta la puerta de la piscina, desde que le decía adiós y cerraba la puerta del coche, me hallaba sola frente al mundo. A las ocho en punto, después del entreno de una hora, en lugar del crono, mi vista se posaba en el reloj de pulsera, porque desde entonces cada minuto contaba, ¡acababa de empezar mi otra carrera!.

A aquellas horas las demás niñas de 12 años se estaban levantando, pero yo aún tenía que llegar al colegio desde la otra punta de la ciudad. Salía con el pelo mojado a salvo del frío bajo mi gorro de lana verde que mi abuela había teijdo con todo su amor, y por la calle del Mar, soló oía el trotar de mis botas de ante marrón. Al girar la calle, hacía una breve parada en la granja donde ya desayunaba mi madre cuando era joven, que tenía unas grandes madalenas expuestas en la barra que me parecía altísima. Allí pedía un vaso de leche con Eko, y las señoras me lo servían humeante con una cuchara infinita. Después de desayunar seguía corriendo calle arriba hasta llegar al autobús, que se detenía con un resoplido de máquina al ver llegar a una chiquilla con un gorro y una bolsa naranja cruzada en el pecho.
Desde el momento en que me sentaba, dejaba la bolsa y me quitaba el gorro, después de hacer un movimiento perrruno para terminar de secarme el pelo, me detenía del frenesí para observar durante unos minutos la ciudad a través de la ventanilla y dejarme llevar por el traqueteo del autobús, el ruido metálico de las puertas y el subir y bajar de las personas, algunas de las cuales ya empezaba a reconocer. Ese era un momento para para relajarme y descansar, aunque entonces no sabía que conseguir bajar los hombros, no pensar en nada y simplemente mirar afuera sería uno de los retos más difíciles en unos años.
Cuando llegaba al colegio, por supuesto, iba a un ritmo diferente que las otras niñas: cuando ellas empezaban a desperezarse, yo ya andaba haciendo tonterías, y cuando había que poner atención, yo no paraba de contar mis historias, mis aventuras, como la de que hoy el agua estaba heladísima porque se estropearon las calderas pero el entrenador nos hizo entrenar sin descansar para no notar el frío… ¡Santa paciencia la de la profesora!
desde aquí, mi más sincero agradecimiento.

22 julio 2012

Sueño y Realidad

Durante años, mantuve intacto el mismo sueño infantil: me despertaba en casa de mis padres después de dormir allí la noche de Reyes. Debajo del árbol de Navidad, nos esperaban a toda la familia un montón de regalos. Los íbamos destapando entre risas y alboroto hasta que me decidía a girar la cabeza hacia la terraza y, como una aparición, un cachorro de perro aparecía corriendo desde el otro lado del patio. Para que esa imagen se hiciera realidad, año tras año incluí en mi lista de Reyes aquel preciado regalo y convertí en costumbre pasar esa noche mágica en mi antigua habitación de niña. Pero a pesar de lo redondo del sueño, nunca sucedió nada parecido...
Hace unos días, se presentó en casa un peluche blanco trotando con las orejas al viento. Aunque era lo que yo tanto había esperado no supe reaccionar. No era como lo había soñado: me parecía precioso, pero no había empezado a quererle. Todo aquello me hizo pensar en cuántas veces la realidad se desvía de la perfección de los sueños...
En la juventud, quién se libró de planear al detalle durante semanas una fantástica cita con una secuencia de cine: "...cuando vaya a saludarle, su colonia me aturdirá la mente y me sonreirá con los ojos para decirme cuánto le gusto a través de un gesto sutil. Cuando eso suceda, todos los los relojes se pararán y a nuestro alrededor la gente se quedará inmóvil para que nada nos distraiga...".

Sin embargo, para tí la realidad de esa tarde no fue exactamente así: él llegó tarde y al ir a saludarle, su frente albergaba gotitas de sudor y te hizo que no con la mano. Durante la velada, el camarero se acercó varias veces rompiendo la magia y aunque la conversación fue agradable, hubo incluso algún momento en que te pareció insípida y te descubriste mirando el móvil. A pesar de todo, con el tiempo, la recordaste como una experiencia absolutamente maravillosa.

Y quién no ha soñado despierto durante el tedio de un viaje en avión que en el aeropuerto su familia le estará esperando tras la puerta de salida. Poco importa que no lleven consigo el cartel de Bienvenido a casa. Es curioso, es una imagen que ha visto muchas veces y nunca es para él, y la esperanza es leve, pues lleva en sus espaldas muchos viajes de trabajo, un ajetreo que sólo él y algunos pasajeros conocen de sobra. Solo a veces, la imagen le retorna justo en el momento de cruzar las puertas que se abren ante su presencia, y por un instante se descubre pensando que ojalá los encontrara ahí fuera sonriéndome. Quizás cuando deje de esperarlo, ocurrirá sin más...

Y si soñamos despiertos, quién no pediría teletransportarse durante un largo invierno hasta un recóndito lugar brasileño, donde una enorme duna blanca se desliza hasta besar el mar, donde los caballos esperan a que baje la marea para seguir su camino por una playa infinita, donde cada tarde los lugareños juegan descalzos al fútbol mientras los mayores reparan sus redes sentados en barcas de colores…
Y finalmente un verano, ese soñador consigue llegar a ese paraíso y sin embargo está tan agotado de todo el año, que en lugar de mirar la luna, se pasa las noches enteras durmiendo. Por las tardes, no se atreve a jugar al fútbol o mira distraido las velas de colores, y d pronto le asalta el complejo de desconexión y le lleva a enchufar su portátil bajo las aspas del ventilador… Medio año más tarde, en la oficina, volverá a soñar con teletransportarse hasta aquel paraíso, pero ya no será posible.
Quizás los que soñamos despiertos tenemos la suerte de imaginar historias y la desgracia de esperar demasiado de la realidad, pero hay que saber esperar porque un día, inesperadamente, algo nos sorprenderá y entonces sueño y realidad se entrelazarán para crear verdadera MAGIA.

06 julio 2012

Nada que perder

Como todos los niños del mundo, una vez, quizás muchas, no sé, les pedí a mis padres un perro. Ellos hicieron lo que casi ninguno de los padres del mundo hace, acceder fácilmente a mi deseo. 

Lo curioso de ello es que, en realidad, lo que yo quería es tener a alguien dócil a quien explicarle mis problemas. Andaba ya por los doce, y comenzaban a despertarse demasiadas preguntas en mi cabecita. Yo quería un perro porque esperaba que, como sucedía en las películas de Lassie, cuando yo me sentara a su lado, el animal se quedaría erguido y atento junto a mí, para asentir con el hocico ante las visicitudes de aquellos tiempos... (Y se llamo Laisi, y le dimos nuestros apellidos).

Parece una cosa de niños, pero si pensamos un poco: ¿cuántas veces no hemos escogido a alguien dócil para contarle nuestros problemas? Quizás me atreva a ir un poco más allá para preguntarme si, más que dócil, lo que buscamos no sea un desconocido, lo suficiente para que no nos distraiga, para que no nos devuelva con un boomerang sus francas impresiones sobre lo que nos sucede. No queremos su opinión, solamente con su presencia es suficiente. No necesitamos sus palabras, pero sí su atención. Y su tiempo. Para poder echar por la borda todo afuera, sin filtros y sin temor a las apariencias, y luego quedarnos tan anchos.
Deberíamos dar las gracias a unos cuantos compañeros de viaje,
por aparecer justo en tonces y no abandonarnos,
por escuchar toda la historia y no dejarnos a medias,
por asentir simplemente, después de nuestra ascensión y bajada.
Callaron por prudencia, o no se atrevieron a juzgar los entresijos de nuestras contradicciones, pero justo por eso, nosotros nos sentimos un poco mejor para volver a empezar.
Lo más bonito, sin embargo, está aún por llegar, ya que, a pesar de ese casi absoluto monológo, muy a menudo, después de ese episodio, se fragua una verdadera amistad. Si el viajero no es, por supuesto, un absoluto desconocido o demasiado lejano…
Quizás la razón se encuentre en que en general compartimos poco nuestros sentimientos con los demás, así que, cuando un día alguien se atreve a hacerlo frente a nosotros, nos cambia su percepción para siempre. De repente  lo humanizamos, convirtiéndolo en un ser casi tan imperfecto como nosotros mismos y, justo desde entonces, empezamos a quererlo.
Ojalá nos soltáramos un poco, a pesar del miedo que da en nuestra sociedad, en la que la (primera) imagen es casi lo único que cuenta, si no llegamos a más.
Pero para luchar contra ello, solamente una última reflexión: es curioso que sea el día en que nos encontramos más débiles cuando nos decidimos a decirlo todo.
¿Será que sólo entonces nos damos cuenta que no tenemos nada que perder y sí todo por ganar? ...




24 junio 2012

Otra oportunidad

Estoy sentada aquí, en la mesa blanca, empezando otro verano más, y mientras no se me ocurre nada, miro hacia un infinito que se me acaba pronto, al traspasar una puerta abierta de par en par y dar dos pasos hasta una pared encalada hace ya unos años. A sus pies, unas cuantas macetas se amontonan sin ninguna armonía, y sus inquilinas, cuatro plantas rescatadas del olvido, tratan de superar el mal trago de las altas temperaturas. Me gustaría encontrar la pista para empezar a desgranar una historia, o como mínimo un pensamiento. De momento, nada, en blanco, pero yo sigo tecleando por si en el taconeo de los dedos hallo una canción que me lleve hasta un cuento.
De repente, las plantas pachuchas, las macetas descoloridas, los chorretones de agua sucia en la pared, me llevan hasta una película antigua, de aquellas que pasan casi desapercibidas excepto por un detalle que las hace inolvidables: la película contaba la historia de un hombre normal, de unos cincuenta años, que había trabajado toda su vida en IBM, un gigante de la informática. Uno de tantos que imaginamos durante toda su jornada ante una pantalla de ordenador, en una mesa separada de otras por una pequeña mampara. Este señor era un hombre sin altibajos ni grandes pasiones, tampoco tenía familia cercana ni amigos del alma, pero su vida parecía aparentemente tranquila, hasta que, inesperadamente, un día pierde el trabajo y, por los avatares del destino, acaba viviendo en una especie de local social con otros como él.
Por casualidad, por factores que desconocía o que no pudo manejar, un día se sorprendío mirándose al espejo y no se reconoció. Se estaba lavando los dientes junto a personas desconocidas, en un sitio que no era el suyo, ante un espejo pequeño que no era el de su baño de siempre. Fué entoncés cuando se hundió, aunque no dijo una palabra, porque no estaba acostumbrado a hablar de sus sentimientos. Sin embargo, la película no trata de su caída, sino de su suerte, ya que en su divagar por la ciudad, se cruzó con una especie de ángel que le salvó por ser quien era en ese momento, un deshauciado. Al principio me chocó la elección de aquella señora, pero después de reflexionar un tiempo, lo entendí:
Existen personas que se sienten bien rescatando plantas medio secas que se acaban de abandonar, muebles antiguos que un día tuvieron vida pero que hoy esperan la muerte en un contáiner o peluches sucios y tuertos que alguien arrojó antes a la basura. Ellas recogen con primor todos esos desechos para darles una última oportunidad. Colocan la planta en una nueva maceta, la riegan adecuadamente de agua, sol y buenas palabras. Arrastran los muebles hasta casa, y los reparan para que renazcan de sus recuerdos. Lavan a mano los peluches y los tienden al sol y en cuanto se secan, les cosen sus heridas y los ponen en la cabecera de la cama. Así son felices. No valoran las cosas recien estrenadas, ni las esquisiteces, prefieren rehacer, recomponer, reconstruir...En definitiva, dar una nueva oportunidad a lo que ya otros no valoran.
Mientras pienso en esto, fijo de nuevo la mirada en mi pequeño infinito: la pared blanca, las macetas desiguales, las plantas rescatadas que se animan a seguir creciendo…y, en ese instante, sonrío.