05 agosto 2012

Espíritu olímpico

Un amigo mío me contó una vez que el espíritu de sacrificio lo forjó bien temprano durante los años en los que entrenábamos dos veces al día. Para los que lo vivimos, sabemos que, como muchos otros, la natación es un deporte mental, ya que compites contra tí mismo y tus inseguridades. Además, la natación es muy dura, porque a los quince años ya se te considera adulto y tienes que competir con cualquiera, aunque te pase un palmo o tenga muchos años más que tú.
Cuando miro atrás, estoy de acuerdo que aquellos fueron unos años de mucho esfuerzo tanto mental como físico, y probablemente eso nos hizo distintos a muchos niños, pero también creo que, al menos en mi caso, es de las primeras y quizás poquitas cosas que decidí por mi misma, y de ello me siento muy orgullosa. Y algo tenía que tener ese deporte, porque veinte años más tarde, la mayoría de los que nadábamos juntos en aquel entonces, hemos vuelto a por nuestras gafas y gorro para disfrutar del inconfundible olor a infacia que nos trae el cloro de la piscina.
Y yendo hacia atrás, me he detenido justo en un invierno. En aquel entonces, me levantaba cuando aún noche era bien negra, o al menos eso me parecía a mi, y en ayunas, (no había manera de tomarse una naranjada sin pasarlo mal) me lanzaba a las frías aguas de la piscina. Aunque mi padre me había acompañado en coche hasta la puerta de la piscina, desde que le decía adiós y cerraba la puerta del coche, me hallaba sola frente al mundo. A las ocho en punto, después del entreno de una hora, en lugar del crono, mi vista se posaba en el reloj de pulsera, porque desde entonces cada minuto contaba, ¡acababa de empezar mi otra carrera!.

A aquellas horas las demás niñas de 12 años se estaban levantando, pero yo aún tenía que llegar al colegio desde la otra punta de la ciudad. Salía con el pelo mojado a salvo del frío bajo mi gorro de lana verde que mi abuela había teijdo con todo su amor, y por la calle del Mar, soló oía el trotar de mis botas de ante marrón. Al girar la calle, hacía una breve parada en la granja donde ya desayunaba mi madre cuando era joven, que tenía unas grandes madalenas expuestas en la barra que me parecía altísima. Allí pedía un vaso de leche con Eko, y las señoras me lo servían humeante con una cuchara infinita. Después de desayunar seguía corriendo calle arriba hasta llegar al autobús, que se detenía con un resoplido de máquina al ver llegar a una chiquilla con un gorro y una bolsa naranja cruzada en el pecho.
Desde el momento en que me sentaba, dejaba la bolsa y me quitaba el gorro, después de hacer un movimiento perrruno para terminar de secarme el pelo, me detenía del frenesí para observar durante unos minutos la ciudad a través de la ventanilla y dejarme llevar por el traqueteo del autobús, el ruido metálico de las puertas y el subir y bajar de las personas, algunas de las cuales ya empezaba a reconocer. Ese era un momento para para relajarme y descansar, aunque entonces no sabía que conseguir bajar los hombros, no pensar en nada y simplemente mirar afuera sería uno de los retos más difíciles en unos años.
Cuando llegaba al colegio, por supuesto, iba a un ritmo diferente que las otras niñas: cuando ellas empezaban a desperezarse, yo ya andaba haciendo tonterías, y cuando había que poner atención, yo no paraba de contar mis historias, mis aventuras, como la de que hoy el agua estaba heladísima porque se estropearon las calderas pero el entrenador nos hizo entrenar sin descansar para no notar el frío… ¡Santa paciencia la de la profesora!
desde aquí, mi más sincero agradecimiento.

22 julio 2012

Sueño y Realidad

Durante años, mantuve intacto el mismo sueño infantil: me despertaba en casa de mis padres después de dormir allí la noche de Reyes. Debajo del árbol de Navidad, nos esperaban a toda la familia un montón de regalos. Los íbamos destapando entre risas y alboroto hasta que me decidía a girar la cabeza hacia la terraza y, como una aparición, un cachorro de perro aparecía corriendo desde el otro lado del patio. Para que esa imagen se hiciera realidad, año tras año incluí en mi lista de Reyes aquel preciado regalo y convertí en costumbre pasar esa noche mágica en mi antigua habitación de niña. Pero a pesar de lo redondo del sueño, nunca sucedió nada parecido...
Hace unos días, se presentó en casa un peluche blanco trotando con las orejas al viento. Aunque era lo que yo tanto había esperado no supe reaccionar. No era como lo había soñado: me parecía precioso, pero no había empezado a quererle. Todo aquello me hizo pensar en cuántas veces la realidad se desvía de la perfección de los sueños...
En la juventud, quién se libró de planear al detalle durante semanas una fantástica cita con una secuencia de cine: "...cuando vaya a saludarle, su colonia me aturdirá la mente y me sonreirá con los ojos para decirme cuánto le gusto a través de un gesto sutil. Cuando eso suceda, todos los los relojes se pararán y a nuestro alrededor la gente se quedará inmóvil para que nada nos distraiga...".

Sin embargo, para tí la realidad de esa tarde no fue exactamente así: él llegó tarde y al ir a saludarle, su frente albergaba gotitas de sudor y te hizo que no con la mano. Durante la velada, el camarero se acercó varias veces rompiendo la magia y aunque la conversación fue agradable, hubo incluso algún momento en que te pareció insípida y te descubriste mirando el móvil. A pesar de todo, con el tiempo, la recordaste como una experiencia absolutamente maravillosa.

Y quién no ha soñado despierto durante el tedio de un viaje en avión que en el aeropuerto su familia le estará esperando tras la puerta de salida. Poco importa que no lleven consigo el cartel de Bienvenido a casa. Es curioso, es una imagen que ha visto muchas veces y nunca es para él, y la esperanza es leve, pues lleva en sus espaldas muchos viajes de trabajo, un ajetreo que sólo él y algunos pasajeros conocen de sobra. Solo a veces, la imagen le retorna justo en el momento de cruzar las puertas que se abren ante su presencia, y por un instante se descubre pensando que ojalá los encontrara ahí fuera sonriéndome. Quizás cuando deje de esperarlo, ocurrirá sin más...

Y si soñamos despiertos, quién no pediría teletransportarse durante un largo invierno hasta un recóndito lugar brasileño, donde una enorme duna blanca se desliza hasta besar el mar, donde los caballos esperan a que baje la marea para seguir su camino por una playa infinita, donde cada tarde los lugareños juegan descalzos al fútbol mientras los mayores reparan sus redes sentados en barcas de colores…
Y finalmente un verano, ese soñador consigue llegar a ese paraíso y sin embargo está tan agotado de todo el año, que en lugar de mirar la luna, se pasa las noches enteras durmiendo. Por las tardes, no se atreve a jugar al fútbol o mira distraido las velas de colores, y d pronto le asalta el complejo de desconexión y le lleva a enchufar su portátil bajo las aspas del ventilador… Medio año más tarde, en la oficina, volverá a soñar con teletransportarse hasta aquel paraíso, pero ya no será posible.
Quizás los que soñamos despiertos tenemos la suerte de imaginar historias y la desgracia de esperar demasiado de la realidad, pero hay que saber esperar porque un día, inesperadamente, algo nos sorprenderá y entonces sueño y realidad se entrelazarán para crear verdadera MAGIA.

06 julio 2012

Nada que perder

Como todos los niños del mundo, una vez, quizás muchas, no sé, les pedí a mis padres un perro. Ellos hicieron lo que casi ninguno de los padres del mundo hace, acceder fácilmente a mi deseo. 

Lo curioso de ello es que, en realidad, lo que yo quería es tener a alguien dócil a quien explicarle mis problemas. Andaba ya por los doce, y comenzaban a despertarse demasiadas preguntas en mi cabecita. Yo quería un perro porque esperaba que, como sucedía en las películas de Lassie, cuando yo me sentara a su lado, el animal se quedaría erguido y atento junto a mí, para asentir con el hocico ante las visicitudes de aquellos tiempos... (Y se llamo Laisi, y le dimos nuestros apellidos).

Parece una cosa de niños, pero si pensamos un poco: ¿cuántas veces no hemos escogido a alguien dócil para contarle nuestros problemas? Quizás me atreva a ir un poco más allá para preguntarme si, más que dócil, lo que buscamos no sea un desconocido, lo suficiente para que no nos distraiga, para que no nos devuelva con un boomerang sus francas impresiones sobre lo que nos sucede. No queremos su opinión, solamente con su presencia es suficiente. No necesitamos sus palabras, pero sí su atención. Y su tiempo. Para poder echar por la borda todo afuera, sin filtros y sin temor a las apariencias, y luego quedarnos tan anchos.
Deberíamos dar las gracias a unos cuantos compañeros de viaje,
por aparecer justo en tonces y no abandonarnos,
por escuchar toda la historia y no dejarnos a medias,
por asentir simplemente, después de nuestra ascensión y bajada.
Callaron por prudencia, o no se atrevieron a juzgar los entresijos de nuestras contradicciones, pero justo por eso, nosotros nos sentimos un poco mejor para volver a empezar.
Lo más bonito, sin embargo, está aún por llegar, ya que, a pesar de ese casi absoluto monológo, muy a menudo, después de ese episodio, se fragua una verdadera amistad. Si el viajero no es, por supuesto, un absoluto desconocido o demasiado lejano…
Quizás la razón se encuentre en que en general compartimos poco nuestros sentimientos con los demás, así que, cuando un día alguien se atreve a hacerlo frente a nosotros, nos cambia su percepción para siempre. De repente  lo humanizamos, convirtiéndolo en un ser casi tan imperfecto como nosotros mismos y, justo desde entonces, empezamos a quererlo.
Ojalá nos soltáramos un poco, a pesar del miedo que da en nuestra sociedad, en la que la (primera) imagen es casi lo único que cuenta, si no llegamos a más.
Pero para luchar contra ello, solamente una última reflexión: es curioso que sea el día en que nos encontramos más débiles cuando nos decidimos a decirlo todo.
¿Será que sólo entonces nos damos cuenta que no tenemos nada que perder y sí todo por ganar? ...




24 junio 2012

Otra oportunidad

Estoy sentada aquí, en la mesa blanca, empezando otro verano más, y mientras no se me ocurre nada, miro hacia un infinito que se me acaba pronto, al traspasar una puerta abierta de par en par y dar dos pasos hasta una pared encalada hace ya unos años. A sus pies, unas cuantas macetas se amontonan sin ninguna armonía, y sus inquilinas, cuatro plantas rescatadas del olvido, tratan de superar el mal trago de las altas temperaturas. Me gustaría encontrar la pista para empezar a desgranar una historia, o como mínimo un pensamiento. De momento, nada, en blanco, pero yo sigo tecleando por si en el taconeo de los dedos hallo una canción que me lleve hasta un cuento.
De repente, las plantas pachuchas, las macetas descoloridas, los chorretones de agua sucia en la pared, me llevan hasta una película antigua, de aquellas que pasan casi desapercibidas excepto por un detalle que las hace inolvidables: la película contaba la historia de un hombre normal, de unos cincuenta años, que había trabajado toda su vida en IBM, un gigante de la informática. Uno de tantos que imaginamos durante toda su jornada ante una pantalla de ordenador, en una mesa separada de otras por una pequeña mampara. Este señor era un hombre sin altibajos ni grandes pasiones, tampoco tenía familia cercana ni amigos del alma, pero su vida parecía aparentemente tranquila, hasta que, inesperadamente, un día pierde el trabajo y, por los avatares del destino, acaba viviendo en una especie de local social con otros como él.
Por casualidad, por factores que desconocía o que no pudo manejar, un día se sorprendío mirándose al espejo y no se reconoció. Se estaba lavando los dientes junto a personas desconocidas, en un sitio que no era el suyo, ante un espejo pequeño que no era el de su baño de siempre. Fué entoncés cuando se hundió, aunque no dijo una palabra, porque no estaba acostumbrado a hablar de sus sentimientos. Sin embargo, la película no trata de su caída, sino de su suerte, ya que en su divagar por la ciudad, se cruzó con una especie de ángel que le salvó por ser quien era en ese momento, un deshauciado. Al principio me chocó la elección de aquella señora, pero después de reflexionar un tiempo, lo entendí:
Existen personas que se sienten bien rescatando plantas medio secas que se acaban de abandonar, muebles antiguos que un día tuvieron vida pero que hoy esperan la muerte en un contáiner o peluches sucios y tuertos que alguien arrojó antes a la basura. Ellas recogen con primor todos esos desechos para darles una última oportunidad. Colocan la planta en una nueva maceta, la riegan adecuadamente de agua, sol y buenas palabras. Arrastran los muebles hasta casa, y los reparan para que renazcan de sus recuerdos. Lavan a mano los peluches y los tienden al sol y en cuanto se secan, les cosen sus heridas y los ponen en la cabecera de la cama. Así son felices. No valoran las cosas recien estrenadas, ni las esquisiteces, prefieren rehacer, recomponer, reconstruir...En definitiva, dar una nueva oportunidad a lo que ya otros no valoran.
Mientras pienso en esto, fijo de nuevo la mirada en mi pequeño infinito: la pared blanca, las macetas desiguales, las plantas rescatadas que se animan a seguir creciendo…y, en ese instante, sonrío.

10 junio 2012

Un canto contra la crisis

Estoy cansada de la crisis. No sólo la económica, sino la del espíritu, la de la alegría, la de la esperanza. Ayer vi un programa en el que se veía una gráfica de los tres últimos grandes momentos de depresión económica: 1986, 1994 y 2012. Todos respondían a una causa histórico-político-económica, porque en los días que corren, no hay ninguno de esos factores que fluya por su cuenta y riesgo.
La recesión afecta especialmente a todas aquellas hormiguitas que ahorran con tesón para comprar un bonito regalo de cumpleaños para su amor, a las personas invisibles que visten con monos azules y que se dejan los ojos o los pulmones para llenar una hucha y poder irse con la familiar hasta la playa y allí disfrutar de un merecido descanso con el zumbido del mar y el olor a fritura. Son todos aquellos que no tienen excelentes abogados para negociar ni ostentan grandes cargos políticos. Ellos no conocen ningún secreto con el que poder amenazar. Son invisibles y sin embargo, salen en todos los listados de pago de Hacienda o de multas impagadas. Si cometen cualquier pequeña falta, se les perseguirá sin excepción.
Con este panorama es fácil desesperarse. Sin embargo, existe siempre una alternativa ante los malos momentos: hundirte con ellos o alejarte lo más posible; unirte a la negatividad o descubrir nuevas posibilidades.
Yo que nací en una casa de locos entrañables y de eternos soñadores, en la que nunca tuvimos grandes riquezas pero que supimos reirnos de todo, lo tengo un poco más fácil para ver el lado positivo. La gráfica de ayer me hizo detenerme a pensar en qué hacía yo en esos años y concluir que, ciertamente, vivimos y superamos cada uno de esos periodos. Lo importante es que, en cada uno de esos ciclos, mientras un cachito de mundo se hundía, a su lado, había otro que nacía.
Aquí un ejemplo personal:
El 86 fue un buen año, porque en la adolescencia todos los momentos son una sorpresa tras otra y, sobre todo, porque mi padre volvía a tener trabajo, después de estar más de un año en paro. Él fue uno de los que sufrió del cambio de paradigma tecnológico, en su caso, por la sustitución de las melódicas y emblemáticas máquinas de escribir por los ordenadores. Ya hacía unos años que se venía avisando de esa posibilidad, pero cuando las empresas empezaron a echar a centenas de personas a la calle, se convirtió en una catástrofe.
A otras familias también les había ocurrido, pero eso no mejoraba la depresión de mi padre: un día te levantas para empezar tu rutina habitual y te das cuenta que el despertador no suena porque ayer ya no lo pusiste. Tus hijos siguen desayunando en la cocina para ir a la escuela y sin embargo tú no tienes nada que hacer. Cuando sales a la calle, no sabes por dónde empezar a buscar, y “vas dando voces”, pero las puertas se van cerrando con el paso del tiempo y te vas quedando mudo porque las personas que confiabas que te podían ayudar, no te llaman. Tus hijos siguen necesitando crecer, alimentarse y comprarse ropa nueva, pero también necesitan de tus bromas, de tus risas…pero no te salen.
Un día alguien me preguntó cuándo me hice mayor, y me di cuenta que había incluso una fecha concreta: la noche en la que, desde mi cama, oí a mi padre murmurar: no sé qué puedo hacer, empiezo a entender porqué la gente es capaz de ponerse a robar…
Pero un día, la suerte cambió, por fin alguien oyó "las voces que había dado"  y pudo empezar de nuevo a trabajar, en un puesto del que ya no se movió hasta su jubilación. Y a pesar que yo me volví mayor después de aquel episodio, aún tuve mucho tiempo y espacio para seguir creciendo entre risas y locuras caseras, para continuar estudiando y para ir descubriendo el mundo de la adolescencia con mis amigas, con las que bailaba al ritmo de la música disco, sin un solo pensamiento en la mente, las tardes de domingo.

Hagámoslo posible. Seguro que hay algo de positivo de todo esto...¡Sólo hay que buscarlo!

03 junio 2012

Short Cuts (I love BCN)

Pedalear en soledad me permite admirar al mundo que vibra y se mueve en una alfombra colorista y contradictoria.Trazos de vida se muestran en los balcones, en las plazas, entre lineas de las conversaciones, en los parques y en las avenidas o cruzando la calle cuando el señor se pone verde…
A la velocidad de las piernas, en breves instantes se pasa de la sonrisa al drama y en minutos, uno vuelve a reconfortarse porque tras la esquina, la vida continúa.

Al girar por Paseo San Juan, veo unos abuelos que descansan de su paseo alineados en cada uno de los bancos. Casi todos llevan un bastón enhiesto a pesar de la curvatura de su espalda. Sus pensamientos se pierden con la mirada fija en un crío que no deja de balancearse hacia delante y atrás, mecido por un caballo de madera sin larga crin ni herraduras.
Al otro lado, unos matrimonios jóvenes han decidido quedar para verse y empiezan varios diálogos que se detienen constantemente para avisar al crío del caballo, o a la niña de las coletas que tenga cuidado porque no para de caer al suelo....y echarse a llorar. Las conversaciones se alejan como frágiles mariposas en direcciones opuestas y ellos se quedan por un momento tan mudos como los abuelos.
Más allá un hombre greñudo y de semblante descuidado anda hurgando en los contenedores con sigilo, no vaya a sorprenderle un poli, o aquellos niños o sus madres, o la fija mirada de un abuelo, aunque hace ya unos metros que los dejé atrás.
Hago una parada de trámite, -¿me da usted media docena de huevos?-, a mi lado, una moto deja de rugir para enmudecer a mi lado -¿les queda algún pollo…muerto?-...-oiga usted, nosotros tenemos pollos matados, no muertos, que no es lo mismo -.Todos reímos por dentro o por fuera, según cada cuál. Seguro que los abuelos se reirían simplemente y los matrimonios jóvenes….pues tendría que pensarlo.
Más arriba, cuando la gota de sudor empieza a invadirme la frente, una algarabía se me acerca: ¡hoy en una calle de Gràcia, hay comida entre vecinos!. En una barbacoa se acaban de asar los tomates y en un garage abierto se improvisa una gran mesa rematada con un hule de cuadros verdes y vasos de plástico amarillos. Podríamos invitar a todos, incluso al greñudo, si se diera una buena ducha, se afeitase y promete no terminarse el vino.
En la calle siguiente, una pareja discute en la puerta de casa: -tu no me dijiste que aquello te importaba tanto, si lo hubiera sabido…-ella tiene una llave en la mano y un pie en la escalera, y la cabeza dispuesta a esconderse en su caparazón. Me gustaría decirle que lo piense bien, que los portazos no sirven para nada, pero voy de paso. Seguro que si le preguntara al greñudo él quizás tendría una historia para ella o si fuera a ver al chico que quería conversar en medio del griterío de los niños, él compartiría sus penas, lástima que les separen unas calles.
Hago un par de pedaladas más y me cruzo con unos jóvenes que dicen que “Zapatero fue unos de los diputados más jóvenes, a los 26 años…”. ¿Por dónde andará este diálogo? ¿y hacia adónde irá?...pero como se trata de política y tiene poco crédito para mis oídos, los dejo que se alejen sin más.

En la acera izquierda de Balmes, justo después de cruzar Mitre y parar a pedirle a una chica dónde había comprado la barra de pan que llevaba, paso delante de un banco con tres señoras rubias que gesticulan en un idioma que no entiendo. De repente, una de ellas toma una bolsa y se acerca a los labios una botella que tiene escondida y ello me hace sacudir la cabeza y pensar cómo se concatenan unas historia con otras, solo separadas por un poco de asfalto y un montón de edificios.
Al final de la cuesta me cruzo con un chico que me dice Buenos Días a las tres de la tarde y concluyo que muchas veces, no es necesario ir al cine o al teatro, ni leer un buen libro ni ver la televisión para admirar como el mundo vibra en tan solos unos pocos kilómetros de un domingo cualquiera.
¡Love Barcelona!

20 mayo 2012

Locos de atar


If you don’t like, change it. And if you can’t change it, change your attitude. Don’t complaint.
Maya Angelou, poetisa, novelista, cantante y actriz y activista por los derechos civiles.
¿Podrías recordar un par de momentos en los que te sentiste realmente vivo? En mi caso, no fue cuando las cosas me fueron fluidamente bien, porque en esos momentos estaba demasiado relajada para darme cuenta. O quizás fuera, porque justo entonces ya era demasiado tarde, ya que mi mente buscaba ávida nuevos sueños  por cumplir.

Sentirse vivo es aspirar con profundidad el aire fresco después de una tarde de lluvia, justo cuando el cielo empieza a mostrar su verdadero azul. Es descalzarse y sentir como la tierra mojada te produce un leve escalofrío. Sin embargo, a menudo estás tan ocupado quejándote de la maldita lluvia que no te ha dejado salir que le das la espalda a la primavera.

Sentirse vivo es escuchar los compases de un piano al pasar por debajo una ventana y, en lugar de seguir andando hacia tu destino, cerrar los ojos por unos instantes e imaginarte que alguien te saca a bailar...Pero justo al pasar, tenemos la oreja pegada a un móvil, los ojos concentrados en una pequeña pantalla y como siempre, llegamos tarde a nuestra cita.


Sentirse vivo es irse a dar una vuelta sin ningún plan, con la simple intención de devolver un saludo, de pararse a charlar con cualquiera sin pensar ni quién, ni cómo, ni qué, ni nada. Es deambular sin rumbo, arriba y abajo, apreciando cada instante, cada detalle, porque te sientes bien. Sin embargo, los que estamos realmente bien tenemos el cuerpo atrapado por las obligaciones y tan acostumbrado a desconfiar, que convertimos en locura cualquier aventura.

Andamos pasando los días sin pensar mientras somos afortunados. No los vemos, pero esos son días de color pastel. Pero son precisamente los días que suceden al momento en que hemos tomado una difícil decisión, en los que nos obligamos a dejar atrás el hastío y la soledad porque no nos lo merecemos, en los que nos aferramos fuertemente a la vida tras una enfermedad, los que estallan en un sinfín de colores indescriptibles.
Así que si ves algunos locos felices por la calle, no les juzgues. Algunos están logrando cambiar algo en sus vidas que no les gusta o que les hace daño. Otros no han podido pero lo han dejado pasar y están descubriendo que quizás sea sencillo sentirse bien.



Ps. Dedicado a los que se alejan de los nubarrones de cualquier tormenta.

29 abril 2012

Mensajitos de papel

¿Por qué no? Quizás algunos mensajes inocentes garabateados con prisas en un papel se convirtieron en notas importantes un día, o quizás no, quien sabe…pero si dejo volar a mi imaginación y que vaya hacia algún lugar conocido, a lo mejor averiguaré si fueron trascendentales  o no...


Abandonado encima de la mesa del comedor, un mensaje escrito a lápiz decía: si llegas antes que yo del trabajo, ¿puedes por favor poner a hervir las patatas?... Con empeño, peló, lavó y puso a cocer las patatas, siguió luego cortando la lechuga, los tomates y la cebolla para la ensalada, y continuó con ganas de ayudar. Fué su forma de agradecerle tantos años, así que cuando mi madre decidió volver al mundo laboral después de tantos años, encontró en mi padre un gran punto de apoyo.
El mensaje Bienvenida a casa, sigue aún colgado en la nevera, escrito con caligrafía larguilucha, y se ha convertido en una especie de amuleto de la suerte para que cada viaje sea de ida y vuelta, para que cada vez que entre a casa valore su perfume, su luz, mis cosas, mi vida…
Números y números, sumas y totales, todas ellas escritas con lápiz con la parsimonia que da tener todo el tiempo del mundo. Facturas, presupuestos y recibos que amarillean en pequeñas carpetas de color tierra cerradas con gomas elásticas… Esos son parte de los recuerdos que me vienen a la cabeza cuando pienso en las tardes en las que mi abuelo “hacía cuentas", ¿era en esto en los que pasaba las horas de nuestra siesta?...
Haz los deberes, ayuda a tu madre y no te pelees con tu hermana, decía un mensaje con rotulador azul, en la pizarra adhesiva enganchada en un lateral del armario de su habitación. Lo importante era quién lo escribía, un pequeño duende que vivía entre las sábanas de la cama, y el premio, pues si cumplías con el encargo, el edredón se llenaba de chucherías, de caramelos y de sonrisas.
Te he dejado crema catalana para cuando llegues, y al otro día eran fresas bañadas en moscatel y todos los lunes, para desayunar, chocolate a la taza con un cruasan comprado esa misma mañana. Así que a pesar de llegar tarde de la universidad o empezar con dudas un día más en el nuevo trabajo, siempre en casa había una sorpresa.
Y finalmente, los habituales post-its amarillos, donde ordeno los propósitos más vitales, aquellos que no debería olvidar: márcate unos límites, no te quejes tanto, descansa de vez en cuando,no olvides llamar al médico, recuerda que ellos no son como tú … No sé porqué pero esos post-its son revoltosos y desaparecen entre hojas blancas, revistas, carpetas..para luego volver a surgir, de repente, como un recordatorio tenue pero importante…
Si puedes, un día de estos desliza un trozo de papel con un mensaje cariñoso para que alguien empiece o termine bien su día, seguro que quedará enganchado en algún pliegue del tiempo como un bonito momento.

21 abril 2012

Un enigmático viaje

Aunque mi cabeza estaba llena a rebosar de indicadores macroeconómicos y de políticas sociales, mi mente seguía resistiéndose. Aún hoy me pregunto si el lugar donde me refugiaba era el cielo o sencillamente me perdía entre los olores de la primavera que se filtraban entre los árboles del parque. Mi rutina era invariable a aquellas horas: seguir andando hasta llegar al paso de peatones y luego bajar por las escaleras de la estación de metro igual que decenas de estudiantes.

Mientras descendía, me iban invadiendo los olores subterráneos y los sonidos de cada día: al pasar la tarjeta y traspasar la barra giratoria, al escuchar el silbido del viento al llegar el tren... No sé porqué, al oir la señal que indicaba que ya no podía subir nadie más, me asaltaba una duda: ¿podría ser capaz de estudiar un rato? Y para ahuyentar la pereza, justo cuando conseguía cazar un asiento libre, abría con decisión la cartera que llevaba meses fastidiándome el hombro y sacaba el libro naranja de microeconomía y un rotulador fluorescente con el que iba a subrayarlo casi todo.

Sin embargo, a los cinco minutos, mi mente resentida se ponía a observar los zapatos que me contaban historias anónimas. O si no, fijaba la vista en las manos relajadas sobre regazos que se tambaleaban hacia los lados durante las curvas como si tararearan una vieja canción.
Mi barriga seguía gimoteando de hambre cuando de repente se sentó a mi lado una mujer excesivamente alta, a la que le acompañaba un señor que podría tener todos los años del mundo, que se quedó de pie como su fuera su guardaespaldas. En seguida supe que se había girado hacia mí y que no quitaba ojo de mi libro naranja, así que disimulé tratando de concentrarme en aquellas páginas sin alma.

Al cabo de unos minutos, su voz ronca interrumpió mis cábalas sobre qué estaría mirando. Me preguntó qué estaba estudiando, se interesó por mis avances, pero rápidamente su mente indómita me reveló lo que necesitaba explicar desde hacía mucho tiempo. Mientras me contaba su historia, no la miré ni una vez a los ojos, porque su cara grande y sus ojos hundidos me daban un poco de miedo, pero sobre todo, porque lo que decía tenía una profundidad que conmovía. Tenía las manos llenas de anillos, y al moverlas, las pulseras de bisutería barata se estremecían. Me habló sin detenerse de una juventud llena de sueños truncados por la cruda realidad. Me habló de lugares sórdidos en los que de vez en cuando fulguraban pequeñas estrellas. También ella una vez pensó en estudiar como yo pero no pudo ser...
Me sumergí por completo en su historia y no me dí cuenta que el metro seguía abriendo y cerrando sus puertas con la misma cadencia y señal que ya no lograba despertar a los que seguían soñando con una vida mejor. De repente, el señor que tenía todos los años del mundo, le tocó el hombro con suma levedad y su voz ronca solo atinó a decirme una frase más: no dejes de buscar tu verdadero camino. Entonces se arregló la peluca, se levantó con mucho cuidado y se alisó la falda de color rojo vino. La gente que aún no dormía siguió con la mirada los movimientos de unas caderas que no existían y luego se giraron hacia mí con una mezcla de tristeza y reprobación.
Aún hoy recuerdo aquella despedida y sus palabras retornan de vez en cuando hasta mi mente orgullosa, sobre todo cuando las primeras líneas de una página en blanco me hacen bajar de las escaleras hacia un nuevo viaje…

15 abril 2012

Dejar o no dejar atrás, esa es la cuestión

“Yo ya he dejado atrás nombres y teléfonos,
Yo ya he dejado atrás el miedo al ridículo,
Yo ya he dejado atrás los sábados insólitos,
en los que andaba haciendo el tonto…”
¿soy la única a la que este estribillo transporta al dulce desvarío de una época pasada?, ¿soy la única a la que estas frases arrastran hasta una estación donde siempre es verano, a un lugar lleno de mucha gente feliz, hacia un instante inolvidable y mágico?
Yo ya he dejado atrás nombres y teléfonos, aunque algunos teléfonos sean tan exóticos como los de las antiguas cabinas de Telefónica, como la de la Plaza del Ayuntamiento, donde en las tardes de sábado de nuestros quince años nos dedicábamos a llamar a todos los chicos de la lista. La mayoría de veces, la voz de una madre nos contestaba después de dos o tres tonos y como respuesta obtenía solo unas risas sofocadas antes de oir el sonido seco del auricular al desplomarse. Otras veces, la más atrevida de nosotras preguntaba si Óscar, David, Luís o Pere podía ponerse al teléfono… Ése era, sin duda, el momento de tensión máxima.
Pero la tensión nos envolvía también mucho más tarde, cuando al abrigo de la discreción que nos otorgó el gran invento del móvil, jugábamos a decirle al chico que nos gustaba, en un alarde de orgullo, en la puerta de la discoteca, que si lograba recordar nuestro número, obtendría una respuesta al otro lado de la linea del corazón. Solo tienes que memorizarlo: ...3210403...
Yo ya he dejado atrás el miedo al ridículo, especialmente el que me aterraba justo cuando regresabámos cargados hasta los topes hasta la montaña de prados verdes, y volvía a ser el primer día del verano: ¿los que habían sido mis amigos el año pasado se acordarían de mi y volverían a aceptarme en su grupo?.
Durante mucho tiempo, la necesidad de pertenencia me hizo ser ridícula: llegué a adoptar las palabras del grupo en lugar de inventarme las propias, incluso imité sus andares, aunque me costara, ya que sentía escalofríos al pensar que alguien podía estar observándome. 
Por eso vestí su marca de pantalones, adoré a sus idolos musicales y sus actores favoritos fueron también los míos…hasta que un día, el ridículo me dejó libre y pude empezar a opinar por mi misma. Aunque al hacerlo, ya mucho más tarde, creara algunas situaciones ridículas, y es que hablar de griegos y romanos, del mensaje de las películas, de sucesos novelescos y de cien mil sueños, bajo un lenguaje muy particular, no fue la mejor estrategia para mi integración profesional.
Yo ya he dejado atrás los sábados insólitos, en los que andaba haciendo el tonto, en los que me atrevía a casi todo después de decir las palabras mágicas: 1,2,3. Hacer el tonto siempre ha sido uno de mis planes favoritos, por eso nunca los limité a los sábados ni a entornos festivos.
Tarareo canciones inventadas al subir las escaleras de casa desde tiempo inmemorial y bailar agarrados por la calle es y será mi ideal romántico forever. Con el tiempo, un sinfín de arrugas demuestran que soy transparente a las emociones e incluso algunas cajeras de supermercado, guardias de seguridad, cobradores de parking, taxistas, conductores de autobús, maîtres de restaurantes, osteópatas y otros más, pueden dar testimonio de que una chica un poco especial un día les hizo preguntas un poco extrañas mientras sonreía con desparpajo.
Hace poco pensé que realmente con lo que nos quedaríamos es aquello que una vez nos atrevimos o quizás no debímos, pues lo pasamos en grande sin pensar en mañana. En el clan de los racionales en el que estoy adscrita, quizás esto tenga mucho sentido. Si eso es cierto, espero no dejar atrás ninguno de los hermosos momentos que me faltan por vivir. Así que estaré muy atenta al momento para hacer el tonto.

Inspirado en la canción Nombres y Teléfonos, de Francisco Nixon.