29 abril 2012

Mensajitos de papel

¿Por qué no? Quizás algunos mensajes inocentes garabateados con prisas en un papel se convirtieron en notas importantes un día, o quizás no, quien sabe…pero si dejo volar a mi imaginación y que vaya hacia algún lugar conocido, a lo mejor averiguaré si fueron trascendentales  o no...


Abandonado encima de la mesa del comedor, un mensaje escrito a lápiz decía: si llegas antes que yo del trabajo, ¿puedes por favor poner a hervir las patatas?... Con empeño, peló, lavó y puso a cocer las patatas, siguió luego cortando la lechuga, los tomates y la cebolla para la ensalada, y continuó con ganas de ayudar. Fué su forma de agradecerle tantos años, así que cuando mi madre decidió volver al mundo laboral después de tantos años, encontró en mi padre un gran punto de apoyo.
El mensaje Bienvenida a casa, sigue aún colgado en la nevera, escrito con caligrafía larguilucha, y se ha convertido en una especie de amuleto de la suerte para que cada viaje sea de ida y vuelta, para que cada vez que entre a casa valore su perfume, su luz, mis cosas, mi vida…
Números y números, sumas y totales, todas ellas escritas con lápiz con la parsimonia que da tener todo el tiempo del mundo. Facturas, presupuestos y recibos que amarillean en pequeñas carpetas de color tierra cerradas con gomas elásticas… Esos son parte de los recuerdos que me vienen a la cabeza cuando pienso en las tardes en las que mi abuelo “hacía cuentas", ¿era en esto en los que pasaba las horas de nuestra siesta?...
Haz los deberes, ayuda a tu madre y no te pelees con tu hermana, decía un mensaje con rotulador azul, en la pizarra adhesiva enganchada en un lateral del armario de su habitación. Lo importante era quién lo escribía, un pequeño duende que vivía entre las sábanas de la cama, y el premio, pues si cumplías con el encargo, el edredón se llenaba de chucherías, de caramelos y de sonrisas.
Te he dejado crema catalana para cuando llegues, y al otro día eran fresas bañadas en moscatel y todos los lunes, para desayunar, chocolate a la taza con un cruasan comprado esa misma mañana. Así que a pesar de llegar tarde de la universidad o empezar con dudas un día más en el nuevo trabajo, siempre en casa había una sorpresa.
Y finalmente, los habituales post-its amarillos, donde ordeno los propósitos más vitales, aquellos que no debería olvidar: márcate unos límites, no te quejes tanto, descansa de vez en cuando,no olvides llamar al médico, recuerda que ellos no son como tú … No sé porqué pero esos post-its son revoltosos y desaparecen entre hojas blancas, revistas, carpetas..para luego volver a surgir, de repente, como un recordatorio tenue pero importante…
Si puedes, un día de estos desliza un trozo de papel con un mensaje cariñoso para que alguien empiece o termine bien su día, seguro que quedará enganchado en algún pliegue del tiempo como un bonito momento.

21 abril 2012

Un enigmático viaje

Aunque mi cabeza estaba llena a rebosar de indicadores macroeconómicos y de políticas sociales, mi mente seguía resistiéndose. Aún hoy me pregunto si el lugar donde me refugiaba era el cielo o sencillamente me perdía entre los olores de la primavera que se filtraban entre los árboles del parque. Mi rutina era invariable a aquellas horas: seguir andando hasta llegar al paso de peatones y luego bajar por las escaleras de la estación de metro igual que decenas de estudiantes.

Mientras descendía, me iban invadiendo los olores subterráneos y los sonidos de cada día: al pasar la tarjeta y traspasar la barra giratoria, al escuchar el silbido del viento al llegar el tren... No sé porqué, al oir la señal que indicaba que ya no podía subir nadie más, me asaltaba una duda: ¿podría ser capaz de estudiar un rato? Y para ahuyentar la pereza, justo cuando conseguía cazar un asiento libre, abría con decisión la cartera que llevaba meses fastidiándome el hombro y sacaba el libro naranja de microeconomía y un rotulador fluorescente con el que iba a subrayarlo casi todo.

Sin embargo, a los cinco minutos, mi mente resentida se ponía a observar los zapatos que me contaban historias anónimas. O si no, fijaba la vista en las manos relajadas sobre regazos que se tambaleaban hacia los lados durante las curvas como si tararearan una vieja canción.
Mi barriga seguía gimoteando de hambre cuando de repente se sentó a mi lado una mujer excesivamente alta, a la que le acompañaba un señor que podría tener todos los años del mundo, que se quedó de pie como su fuera su guardaespaldas. En seguida supe que se había girado hacia mí y que no quitaba ojo de mi libro naranja, así que disimulé tratando de concentrarme en aquellas páginas sin alma.

Al cabo de unos minutos, su voz ronca interrumpió mis cábalas sobre qué estaría mirando. Me preguntó qué estaba estudiando, se interesó por mis avances, pero rápidamente su mente indómita me reveló lo que necesitaba explicar desde hacía mucho tiempo. Mientras me contaba su historia, no la miré ni una vez a los ojos, porque su cara grande y sus ojos hundidos me daban un poco de miedo, pero sobre todo, porque lo que decía tenía una profundidad que conmovía. Tenía las manos llenas de anillos, y al moverlas, las pulseras de bisutería barata se estremecían. Me habló sin detenerse de una juventud llena de sueños truncados por la cruda realidad. Me habló de lugares sórdidos en los que de vez en cuando fulguraban pequeñas estrellas. También ella una vez pensó en estudiar como yo pero no pudo ser...
Me sumergí por completo en su historia y no me dí cuenta que el metro seguía abriendo y cerrando sus puertas con la misma cadencia y señal que ya no lograba despertar a los que seguían soñando con una vida mejor. De repente, el señor que tenía todos los años del mundo, le tocó el hombro con suma levedad y su voz ronca solo atinó a decirme una frase más: no dejes de buscar tu verdadero camino. Entonces se arregló la peluca, se levantó con mucho cuidado y se alisó la falda de color rojo vino. La gente que aún no dormía siguió con la mirada los movimientos de unas caderas que no existían y luego se giraron hacia mí con una mezcla de tristeza y reprobación.
Aún hoy recuerdo aquella despedida y sus palabras retornan de vez en cuando hasta mi mente orgullosa, sobre todo cuando las primeras líneas de una página en blanco me hacen bajar de las escaleras hacia un nuevo viaje…

15 abril 2012

Dejar o no dejar atrás, esa es la cuestión

“Yo ya he dejado atrás nombres y teléfonos,
Yo ya he dejado atrás el miedo al ridículo,
Yo ya he dejado atrás los sábados insólitos,
en los que andaba haciendo el tonto…”
¿soy la única a la que este estribillo transporta al dulce desvarío de una época pasada?, ¿soy la única a la que estas frases arrastran hasta una estación donde siempre es verano, a un lugar lleno de mucha gente feliz, hacia un instante inolvidable y mágico?
Yo ya he dejado atrás nombres y teléfonos, aunque algunos teléfonos sean tan exóticos como los de las antiguas cabinas de Telefónica, como la de la Plaza del Ayuntamiento, donde en las tardes de sábado de nuestros quince años nos dedicábamos a llamar a todos los chicos de la lista. La mayoría de veces, la voz de una madre nos contestaba después de dos o tres tonos y como respuesta obtenía solo unas risas sofocadas antes de oir el sonido seco del auricular al desplomarse. Otras veces, la más atrevida de nosotras preguntaba si Óscar, David, Luís o Pere podía ponerse al teléfono… Ése era, sin duda, el momento de tensión máxima.
Pero la tensión nos envolvía también mucho más tarde, cuando al abrigo de la discreción que nos otorgó el gran invento del móvil, jugábamos a decirle al chico que nos gustaba, en un alarde de orgullo, en la puerta de la discoteca, que si lograba recordar nuestro número, obtendría una respuesta al otro lado de la linea del corazón. Solo tienes que memorizarlo: ...3210403...
Yo ya he dejado atrás el miedo al ridículo, especialmente el que me aterraba justo cuando regresabámos cargados hasta los topes hasta la montaña de prados verdes, y volvía a ser el primer día del verano: ¿los que habían sido mis amigos el año pasado se acordarían de mi y volverían a aceptarme en su grupo?.
Durante mucho tiempo, la necesidad de pertenencia me hizo ser ridícula: llegué a adoptar las palabras del grupo en lugar de inventarme las propias, incluso imité sus andares, aunque me costara, ya que sentía escalofríos al pensar que alguien podía estar observándome. 
Por eso vestí su marca de pantalones, adoré a sus idolos musicales y sus actores favoritos fueron también los míos…hasta que un día, el ridículo me dejó libre y pude empezar a opinar por mi misma. Aunque al hacerlo, ya mucho más tarde, creara algunas situaciones ridículas, y es que hablar de griegos y romanos, del mensaje de las películas, de sucesos novelescos y de cien mil sueños, bajo un lenguaje muy particular, no fue la mejor estrategia para mi integración profesional.
Yo ya he dejado atrás los sábados insólitos, en los que andaba haciendo el tonto, en los que me atrevía a casi todo después de decir las palabras mágicas: 1,2,3. Hacer el tonto siempre ha sido uno de mis planes favoritos, por eso nunca los limité a los sábados ni a entornos festivos.
Tarareo canciones inventadas al subir las escaleras de casa desde tiempo inmemorial y bailar agarrados por la calle es y será mi ideal romántico forever. Con el tiempo, un sinfín de arrugas demuestran que soy transparente a las emociones e incluso algunas cajeras de supermercado, guardias de seguridad, cobradores de parking, taxistas, conductores de autobús, maîtres de restaurantes, osteópatas y otros más, pueden dar testimonio de que una chica un poco especial un día les hizo preguntas un poco extrañas mientras sonreía con desparpajo.
Hace poco pensé que realmente con lo que nos quedaríamos es aquello que una vez nos atrevimos o quizás no debímos, pues lo pasamos en grande sin pensar en mañana. En el clan de los racionales en el que estoy adscrita, quizás esto tenga mucho sentido. Si eso es cierto, espero no dejar atrás ninguno de los hermosos momentos que me faltan por vivir. Así que estaré muy atenta al momento para hacer el tonto.

Inspirado en la canción Nombres y Teléfonos, de Francisco Nixon.

02 abril 2012

El paisaje de las norias



Siempre me ha parecido muy agobiante la imagen que nos asemeja a un ratón que da vueltas en una rueda hasta desfallecer porque no sabe cómo parar. En el mundo laboral que yo conozco, también existen ruedas así, aunque aparentemente parece bastante sencillo decir basta. Y si las imagino a mi manera, me recuerdan más bien a enormes norias de colores, brillantes y majestuosas. 

Como niños, nos subimos con anhelo cuando por fin tenemos edad para traspasar la barrera de entrada del primer trabajo. “Para licenciados con alto potencial”, reza una señal luminosa justo antes de entrar. Pletóricos, con varias descargas de adrenalina, medio atemorizados por la emoción, damos un paso hacia adentro mientras nuestros padres nos saludan con la mano, orgullosos de que su hijo haya entrado en una gran empresa. La abuela, a su lado, sentencia con una amplia sonrisa: “lo difícil es entrar, pero una vez dentro, es para toda la vida”.
Sin embargo, en función de quién nos toque en el viaje o de quién dirija la atracción, esa rueda, o más bien, esa preciosa noria, poco a poco empieza a perder su grandeza.
Será porque con el tiempo, ya no somos tan niños y la visión de nuestro alrededor cambia. Será porque, a base de vueltas sobre el mismo eje, paulatinamente vamos consolidando nuestros movimientos y llegamos a percibir incluso otras cosas: la organización no se mueve con agilidad y aunque seguimos con ganas, la ilusión ha retrocedido debido a algunos sinsabores. Además, alguien nos ha dicho que si nos fijamos en el horizonte, más allá de la nuestra, veremos que hay otras norias mayores.
Desde ese día empezamos a girar la cabeza, y al observar mejor, aparecen otros carteles luminosos, luces de neón con frases sugerentes: “empresa referente en el sector busca empleados con ganas de desarrollarse profesionalmente” … Y entonces nos preguntamos: "si no me atrevo con este nuevo reto, ¿querrá decir que soy un conformista?, si no pruebo a subirme, ¿significará que no quiero crecer?...¡Yo quiero vivir cosas nuevas, quiero ser más grande…!". 

Una vez acomodados en la magnífica nueva atracción, no podemos evitar mirar un momento hacia atrás, donde a lo lejos, la rueda anterior nos parece mucho más pequeña, demasiado sencilla. Mientras tanto, nuestros padres y la abuela nos siguen con la mirada llena de felicidad, mientras susurran: “¡ él si que llegará lejos..!”.
Y ciertamente viajamos mucho más, porque saltamos a otra rueda y a una más, hasta que un día llega la crisis, se apagan las luces y cambia para siempre el cuento.
Sin embargo, durante todo el viaje, en el que hemos ido dando saltos para ir a dar vueltas sobre un nuevo eje, nos hemos ido dando cuenta de algo extraño:  todo aquello tan prioritario por lo que luchábamos en cada lugar se nos iba olvidando desde el instante siguiente de cambiar de noria.

Y es que el trabajo en sí mismo no tiene la profundidad de una reflexión con tu amigo del alma, ni el sabor delicioso del pastel de cumpleaños que trajo ayer un compañero. Las cifras de negocio nunca sorprenderán tanto como la historia que nos contó a tí y a mí nuestra amiga a escondidas en la sala de reuniones, y las palabras del gran jefe nunca te dejarán sin habla como el instante en que ella pasó por tu lado. Ninguna pantalla de ordenador hace desternirllarse de risa y sin embargo, cuántas veces nos hemos reido juntos de todo y de todos ante una segunda ronda después del trabajo. La carrera profesional no es una aventura si no nos juntamos todos para vivirla y reirnos de ella. ¡Ojalá busquemos un momento para hacer más lento el pedaleo y tengamos por fin la oportunidad de ser felices.

A miles de kilómetros, en un diminuto planeta, habita un pequeño principe al que le gusta contemplar otros mundos con el telescopio. Hoy, ha enfocado hacia la tierra y después de un breve silencio, le ha dicho a su orgullosa y amada rosa: “hoy he visto un planeta con un paisaje muy extraño: en lugar de montañas y ríos, su superfície la ocupan norias de vivos colores. Y dentro de cada una, hay mucha gente que con sus suspiros, les dan cuerda.”


Dedicado a los que empezaron a trabajar en los 90, a los yuppies de antaño.

24 marzo 2012

Y sin embargo...

A menudo me caigo.
Nunca he sido un héroe valiente capaz de luchar hasta la muerte por un ideal, tampoco un líder carismático que arrastra a las masas en pos de la justicia. No soy ni seré un modelo para las futuras generaciones, y sin embargo…
Soy un anónimo perseguidor de sueños, que llegan a ser tan reales que puedo llegar a percibirlos, a olerlos, a sentirlos. Cuando sucede, corro a contarlos con mi voz quebrada por una emoción que sube a borbotones desde el corazón para desparrarmarse entre palabras y gestos, a través de ojos chispeantes.

Soy un iluso cazador de momentos tan efímeros que apenas suceden, pero que son tan especiales que dejan sin habla. Como atrapar una estrella fugaz en una noche cálida de verano. Sin embargo, aunque intento hacerlos durar, pronto se me escapan de las manos y al intentar compartirlos, ya no tienen ni peso ni color porque han perdido parte de su chispa.
Soy un torpe contador de cuentos, de historias interminables que podrían llegar a suceder si nos dejáramos llevar por la magia que invade el aire en una tarde serena de otoño junto al mar, con las manos enterradas en la arena casi fría. Pero  a menudo me quedo muda por el peso de tantas conversaciones vacías y la música que surgiría debajo las palabras se vuelve una letanía aburrida y los cuentos se pierden entre las olas.
No soy un héroe pero me siento auténtico. No tengo una fuerza especial pero creo que puedo. No tengo seguidores pero mi voz suena segura. Y por eso, no puedo evitar intentarlo con toda mi alma...
Ojalá pudiera cambiar el mundo, aunque solo fuera un trocito. Ojalá pudiera cambiar un solo día, para que fuera más hermoso. Así podría soprenderte para que tu también lo vieras. Y si pudiera convencerte, si pudieras seguirme, y de tu mano, otro amigo, y de su brazo, otro más...entre todos quizás haríamos de este mundo uno mejor.



No puedo evitarlo: quizás mi fe es la ilusión, y esta, el motor de mi existencia.

04 marzo 2012

En busca del silencio

Creo que la vida podría asimilarse a la banda sonora de una película que va avanzando contigo, a veces tediosa, de vez en cuando delirante, con momentos apasionados y otros agridulces. Una canción podría seguirnos los pasos cada día desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, acompañando a una multitud de sonidos, palabras, melodías y también un constante ruido que nos va atravesando el cuerpo y el alma.
El ruido se nos cuela por las orejas, a veces como el vapor de agua y otros como una densa niebla que no nos deja ver nada más. Se enreda por las terminaciones nerviosas de nuestra cabeza hasta llegar al pensamiento. Si no hemos podido absorberlo del todo, se dispersa por el cuerpo y por eso algunas veces temblamos sin motivo alguno. Es el ruido el causante del dolor de cabeza y el que nos hace sentirnos sorprendentemente cansados, pero estamos tan acostumbrados a él, que su ausencia nos atemoriza. ¿Por qué sino nos asustamos del silencio de una casa vacía o del crujir de una rama en un camino arbolado o incluso de nuestra propia respiración en la oscuridad?

Convivimos con el ruido, forma parte de nuestras vidas, pero el cuerpo, tan sabio, nos avisa de vez en cuando que ya es demasiado y nos pide que nos aislemos del exterior para concentrarnos en nuestra respiración, en el latir del corazón. ¿No es esa la razón por la que nos impresiona el silencio majestuoso de una catedral gótica solo interrumpido por el aleteo de un ave?. ¿Por qué sino una aparente calma se queda impregnada en el aire justo después del tañido de una campana?. ¿No es cierto que cuando nos sentimos sinceramente vencidos escondemos la cara entre las manos y pedimos simplemente un poco de paz?...

Con el tiempo aprendemos sin querer cuánto valor tiene el equilibrio y por ello sabemos que necesitamos de la voz, de la música, del lamento, para sentirnos vivos:
Solo cuando estamos desolados o exultantes de felicidad nos atrevemos a acompañar la estrofa de una canción. Cuanto más fluye el devenir de la vida, más nos imaginamos cómo debían ser los arrullos de nuestra madre que nos adormecían. Y en los pliegues de la memoria, las palabras de amor que alguien pronunció para nosotros, se quedan atrapadas para siempre.
Pero también hemos aprendido que el ruido nos distrae, apoderándose del momento del silencio, que es cada día más escaso en este mundo en el que zumban las ciudades y resuenan las palabras inútiles.


Vivimos rodeados de ruido, y a pesar de eso, ya casi nunca escuchamos. 
Así que a partir de ahora, entre palabra y palabra, voy a permitirme respirar. Y entre tu frase y la mía, voy a tratar de escucharte y reflexionar.

¡Bienvenido silencio!

26 febrero 2012

Mecidos por el viento

Si me dejo llevar, aunque no haya nada escrito, quizás el viento del norte me lleve hasta el prado verde inclinado donde solíamos estirarnos por las tardes. Una alfombra pintoresca salpicada de florecillas amarillas en verano, de amapolas en primavera, con tesoros escondidos entre el césped, como los preciados moixernons, los cuales, una vez, recogidos con tesón en una bolsa de plástico, fueron atrapados por el hocico de una traviesa setter marrón que nos obligó a toda la familia a perseguirla durante un buen rato en medio de un ataque de risa que nos hacía revolcarnos en aquella extensión de verde y paz.
Si me dejo llevar, a pesar de no tener tema sobre el que inspirarme, el viento volverá a llevarme de nuevo allí, al prado verde inclinado sobre el que nos deslizábamos dando volteretas cerrando los ojos hasta el final de la cuesta. Con las cabezas muy juntas, pronto descubrimos que a ras de suelo se hallaban diminutos caracoles rallados y filas de trabajadoras hormigas.
Bajo nuestra nariz nos asustaron abejorros sonoros, y acto seguido, nos alejamos hasta una valla que también zumbaba levemente. Uno de nosotros acercó la mano y saltó un chispazo, pero poco a poco, en orden de valentía, nos fuimos atreviendo a posar un dedo o un brazo probando que a mi no me pasa la corriente. Después de esta osadía, no podía faltar otra más, y otro días nos atrevimos con las ortigas, aquellas odiosas plantas que nos quemaban las piernas solo con rozarte. Un día nos acompañó un chico listo y nos dijo: “¿a qué soy capaz de cogerlas sin pincharme?" y con un gesto rápido, cortó un tallo y orgulloso, estiró el brazo hasta nosotros. Aprendimos el truco escuchándole con la boca abierta gracias a la impaciencia infantil y creo que todos, sin excepción, fuímos contándolo a otros tantos pequeñajos cuando nos llegó la oportunidad.
Si me dejo llevar, a pesar de no querer pensar, el viento me hará percibir el olor del prado verde inclinado con su hierba húmeda regada por el rocío de las noches de montaña. Llegar hasta allí no suponía pereza alguna, era nuestra aventura para cuando el sol iba cediendo a la tarde. Nos escapámos por el camino de carro que ascendía con la mirada hacia la pared vertical y gris de la montaña. Nos bañábamos los pies en la acequia por cuyo devenir saltironeaba un agua que nos hacía gritar de la impresión, y seguíamos hacia arriba, más allá, esquivando las cacas que habían dejado las vacas que ahora nos miraban de reojo mientras apuraban la última brizna de paja. Corríamos sin parar de hablar hasta colarnos con sumo cuidado por la valla electrificada y alcanzar nuestro territorio comanche: un gran rectángulo verde inclinado en el que por las tardes lo habitaban los gritos y las risas hasta la puesta de sol.
Nada se puede comparar con aquel prado verde inclinado. Nada se puede comparar con la dicha de aquellos momentos mágicos...

Al cabo de unos años, una carretera partió el prado por la mitad, pero en aquel entonces, por suerte, aquellos críos ya habían crecido. Y más tarde aún, cada uno volvería hasta aquel lugar través de los recuerdos mecidos por el viento.

12 febrero 2012

Mi reflejo en el espejo

Hoy estaba en una fiesta de cumpleaños en la que, como cada año, se repetía la misma escena: un pastel de chocolate con dos números humeantes estaba plantado en la mesa familiar y todos los invitados excepto uno, se alineaban a un lado, forzando una tenue sonrisa. Por fin, el flash ha hecho un chasquido y el retrato ha quedado congelado en la pantalla de la cámara. Justo después, la cámara de fotos ha volado de mano en mano para que cada uno pudiera observarse detenidamente y valorar lo bien que había quedado. Todos hemos hecho exactadamente eso, pero la única que ha hablado ha sido la abuelita, que al verse, ha declarado, sin más: mirad a la viejecita… y ha sonreído. Quizás nadie se haya dado cuenta de ese detalle, pero a mí me ha hecho reflexionar: ¿qué pensaré cuando en unos años, vea a una anciana  en el espejo?, ¿sentiré lástima, aceptaré que soy yo o sólo un reflejo de lo que fui?...
Ya soy consciente del paso del tiempo y ahora acepto que mi cara y mis ojos no tengan el brillo de antaño. Le doy la culpa al cansancio que arrastro durante la semana, a los dolores de cabeza que me aprietan las sienes. Las preocupaciones hacen estragos en la piel, es cierto. En eso momentos, me viene la imagen  del Retrato de Dorian Grey, cuando la espléndida belleza del protagonista captada en el cuadro se va marchitando cada vez que la persona real a la que refleja va sufriendo dolor, el cual es inherente a la propia vida.
Ya hace tiempo que unas sombras se sitúan bajo mis ojos en el espejo del baño. Al principio pensé que era efecto de la luz y me dediqué a mirarme en todos los espejos posibles: el del ascensor de casa, el del vestidor de cualquier tienda de ropa, en el pequeñín que guardo en el bolso…pero no encontré la explicación que buscaba. Un día me reencontré con un viejo amigo y de pronto me dí cuenta: al sonreírme, advertí unas leves bolsas en los ojos y unas rayitas que se le formaban cerca de los ojos al hablarme. Pronto me compré un maquillaje y pintarme se convirtió en una rutina más. 

Antes saltaba a una piscina y al instante me convertía en un pececillo, y salía del agua y me iba corriendo sin parar hacia el autobús, y al llegar a casa jugaba a subir las escaleras a pares.
Y hacía el pino en el patio y con mis primos y saltábamos a gomas o a la comba y nos agachábamos y nos volvíamos a agachar que los agachaditos no saben bailar.
Antes era impensable que la pierna me doliera sin un arañazo, o que me fallara una articulación si no se me había torcido un tobillo al saltar. Las muelas solo se movían para dar paso a otra que llegaba….¿por qué habría que temer a algo que no fueran los monstruos?
En todo ello pensaba justo después que la abuela observase su imagen en la pantalla.Y poco a poco me dí cuenta que ya llevaba bastante tiempo aceptándome, mis ojeras, mis arrugas, la peluquería para tapar las canas, mis dolores de espalda, mi miopía, todo ello ya formaba parte de mí y no me pesaba en absoluto. Creo que ahora estoy más tranquila y quizás cuando llegue el día de verme reflejada en el espejo, en un día de cumpleaños lejano, podré exclamar, como ella, con una sonrisa y sin pesar: mirad a la viejecita...!

04 febrero 2012

Ángeles como nosotros

Mantener la creencia de que el ser humano sólo se vuelve malvado por los avatares del destino, por la codicia desmesurada, por una inseguridad latente o por la simple y llana envidia, hacen posible que algunos de nosotros aún podamos observar de vez en cuando a ángeles anónimos que se cruzan en nuestras vidas.
Sin embargo, yo no creo que sean ángeles como los del Cielo sobre Berlín, que te observaban desde lo alto con una mirada distante con un deje de lástima, al darse cuenta de la facilidad con la que nos complicamos la existencia, dejando de amar para concentrarnos en anhelar lo que aún no tenemos. Quizás por ser tan perfectos y elevados, debe ser difícil encontrarse con ellos.



Los ángeles que yo he visto se han ido desvaneciendo de mi memoria porque son muy livianos. Se esconden normalmente en lugares muy sencillos y toman la forma de personas de carne y hueso. Pueden ser enfermeras de grandes ojos azules con una voz dulcísima que te arrullan para distraerte al ponerte los puntos de sutura tras un accidente casero, o ser taxistas con mil historias para compartir, que te hacen el viaje más amable y te arrancan finalmente una sonrisa a pesar que subiste nervioso y frenético. Los ángeles anónimos se encuentran en los párquings subterráneos dispuestos a indicarte una dirección o el camino más sencillo o se hallan sentados en un banco y te regalan unos buenos días justo en el momento en que empezabas a sentirte solo.
Algunos ángeles no sólo se cruzan contigo sino que te dan un abrazo para espantar a la tristeza que arrastrabas desde hace semanas y otros te llaman por teléfono y te mantienen despierto a base de un sinfín de bromas.
Hay personas normales que pueden convertirse por arte de magia en ángeles por un instante: como aquel día en el que alguien escucha por la radio tu canción favorita y te la pone al otro lado del teléfono o cuando suena un ring desde el otro lado del mundo para desearte feliz año durante las doce campanadas. Hay días en que alguien te dice aquello que llevas días esperando y de repente pasas de la desidia a la dicha, sin más.
Todos ellos transforman un día normal en un día único, porque llenan con un guiño el hueco que tenías en el corazon. Ello hace arrepentirte de haber dejado de creer en que el ser humano es maravilloso.
No sé si tu has visto un ángel esta mañana, pero yo te advierto que están aquí, a nuestro alrededor. Solo tienes que confiar, dejarte llevar y verás cómo te guiñan el ojo...
O quizás prefieras probar a ser tú un ángel por un instante: ¿por qué no lo pruebas?...

28 enero 2012

El viaje de Penélope

En una tarde de sábado lluvioso y perezoso, con la cabeza hundida en la almohada de la televisión, de repente un detalle me despierta de mi letargo. Un anuncio de la dirección de tráfico dice, entre otras cosas, esta frase: “de casa al trabajo, del trabajo a casa”. Me apresuro a encender el ordenador pues quizás esta es la señal para tirar del hilo y ver a través del cristal como  una chica empieza su día para recorrer 50 kilómetros de ida y otros 50 de vuelta.
De casa al trabajo:
Antes de salir, ella se regala un ratito de tranquilidad en la espaciosa cocina que tiene el color amarillo de los pomelos maduros y guarda el silencio de una casa aún dormida. Como cada día, repite los mismos gestos sin pensar: abre el armario que gruñe con un crujido y agarra una tacita blanca que llenará de agua mineral - "Mi manzanilla con miel"- . Mientras coja la cucharita de café y el azúcar y acabe de desparramar sobre la mesa todas las galletas que encuentre y las tostadas y la mantequilla y un sinfín de mermeladas, el timbre del microondas sonará como un despertador.


Cuando sale con su coche hacia el trabajo, su alegría se va desvaneciendo a medida que sus pensamientos empezan a temer que hoy sea tan difícil como ayer. Mientras tanto, las rayas discontínuas de la autovía se deslizan bajo las ruedas de su coche, acostumbrado al trayecto.  


Del trabajo a casa:
Tras cerrar la portezuela del coche, aparcado a la sombra de un plàtano invisible a los ojos de la noche, ella tiene otra vez la misma sensación de ayer: su cabeza está agotada por el frenético esfuerzo sin llegar a nada pero su mente se resiste a quedarse sin alma. -"Tengo que quedar con alguien para hablar de nada"-. Se ha desvivido al límite de las fuerzas y sin embargo no ha logrado vencer en ninguna carrera. Ha intentado ser ocurrente y divertirse con los demás pero su voz se ha ahogado entre el barullo de un estadio de fútbol. Ha procurado brillar como un rayo de sol pero la niebla la ha hecho perder las ganas. En todo esto reflexiona mientras las rayas discontínuas de la autovía se iluminan al paso de los focos de su coche, como luceros en la noche.
Después del viaje, ella sabe que se ha convertido en la mítica Penélope y al llegar a casa, trata de deshacer lo que tejió durante el día, aquella sensación de cansancio y hastío, esperando que quizás, al dia siguiente, la suerte le sonría y el viento del Sur le traiga de un país lejano el regalo que anhela: conservar la tranquilidad que tuvo mientras desayunaba en la cocina amarilla, mientras la casa dormía.