24 marzo 2012

Y sin embargo...

A menudo me caigo.
Nunca he sido un héroe valiente capaz de luchar hasta la muerte por un ideal, tampoco un líder carismático que arrastra a las masas en pos de la justicia. No soy ni seré un modelo para las futuras generaciones, y sin embargo…
Soy un anónimo perseguidor de sueños, que llegan a ser tan reales que puedo llegar a percibirlos, a olerlos, a sentirlos. Cuando sucede, corro a contarlos con mi voz quebrada por una emoción que sube a borbotones desde el corazón para desparrarmarse entre palabras y gestos, a través de ojos chispeantes.

Soy un iluso cazador de momentos tan efímeros que apenas suceden, pero que son tan especiales que dejan sin habla. Como atrapar una estrella fugaz en una noche cálida de verano. Sin embargo, aunque intento hacerlos durar, pronto se me escapan de las manos y al intentar compartirlos, ya no tienen ni peso ni color porque han perdido parte de su chispa.
Soy un torpe contador de cuentos, de historias interminables que podrían llegar a suceder si nos dejáramos llevar por la magia que invade el aire en una tarde serena de otoño junto al mar, con las manos enterradas en la arena casi fría. Pero  a menudo me quedo muda por el peso de tantas conversaciones vacías y la música que surgiría debajo las palabras se vuelve una letanía aburrida y los cuentos se pierden entre las olas.
No soy un héroe pero me siento auténtico. No tengo una fuerza especial pero creo que puedo. No tengo seguidores pero mi voz suena segura. Y por eso, no puedo evitar intentarlo con toda mi alma...
Ojalá pudiera cambiar el mundo, aunque solo fuera un trocito. Ojalá pudiera cambiar un solo día, para que fuera más hermoso. Así podría soprenderte para que tu también lo vieras. Y si pudiera convencerte, si pudieras seguirme, y de tu mano, otro amigo, y de su brazo, otro más...entre todos quizás haríamos de este mundo uno mejor.



No puedo evitarlo: quizás mi fe es la ilusión, y esta, el motor de mi existencia.

04 marzo 2012

En busca del silencio

Creo que la vida podría asimilarse a la banda sonora de una película que va avanzando contigo, a veces tediosa, de vez en cuando delirante, con momentos apasionados y otros agridulces. Una canción podría seguirnos los pasos cada día desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, acompañando a una multitud de sonidos, palabras, melodías y también un constante ruido que nos va atravesando el cuerpo y el alma.
El ruido se nos cuela por las orejas, a veces como el vapor de agua y otros como una densa niebla que no nos deja ver nada más. Se enreda por las terminaciones nerviosas de nuestra cabeza hasta llegar al pensamiento. Si no hemos podido absorberlo del todo, se dispersa por el cuerpo y por eso algunas veces temblamos sin motivo alguno. Es el ruido el causante del dolor de cabeza y el que nos hace sentirnos sorprendentemente cansados, pero estamos tan acostumbrados a él, que su ausencia nos atemoriza. ¿Por qué sino nos asustamos del silencio de una casa vacía o del crujir de una rama en un camino arbolado o incluso de nuestra propia respiración en la oscuridad?

Convivimos con el ruido, forma parte de nuestras vidas, pero el cuerpo, tan sabio, nos avisa de vez en cuando que ya es demasiado y nos pide que nos aislemos del exterior para concentrarnos en nuestra respiración, en el latir del corazón. ¿No es esa la razón por la que nos impresiona el silencio majestuoso de una catedral gótica solo interrumpido por el aleteo de un ave?. ¿Por qué sino una aparente calma se queda impregnada en el aire justo después del tañido de una campana?. ¿No es cierto que cuando nos sentimos sinceramente vencidos escondemos la cara entre las manos y pedimos simplemente un poco de paz?...

Con el tiempo aprendemos sin querer cuánto valor tiene el equilibrio y por ello sabemos que necesitamos de la voz, de la música, del lamento, para sentirnos vivos:
Solo cuando estamos desolados o exultantes de felicidad nos atrevemos a acompañar la estrofa de una canción. Cuanto más fluye el devenir de la vida, más nos imaginamos cómo debían ser los arrullos de nuestra madre que nos adormecían. Y en los pliegues de la memoria, las palabras de amor que alguien pronunció para nosotros, se quedan atrapadas para siempre.
Pero también hemos aprendido que el ruido nos distrae, apoderándose del momento del silencio, que es cada día más escaso en este mundo en el que zumban las ciudades y resuenan las palabras inútiles.


Vivimos rodeados de ruido, y a pesar de eso, ya casi nunca escuchamos. 
Así que a partir de ahora, entre palabra y palabra, voy a permitirme respirar. Y entre tu frase y la mía, voy a tratar de escucharte y reflexionar.

¡Bienvenido silencio!

26 febrero 2012

Mecidos por el viento

Si me dejo llevar, aunque no haya nada escrito, quizás el viento del norte me lleve hasta el prado verde inclinado donde solíamos estirarnos por las tardes. Una alfombra pintoresca salpicada de florecillas amarillas en verano, de amapolas en primavera, con tesoros escondidos entre el césped, como los preciados moixernons, los cuales, una vez, recogidos con tesón en una bolsa de plástico, fueron atrapados por el hocico de una traviesa setter marrón que nos obligó a toda la familia a perseguirla durante un buen rato en medio de un ataque de risa que nos hacía revolcarnos en aquella extensión de verde y paz.
Si me dejo llevar, a pesar de no tener tema sobre el que inspirarme, el viento volverá a llevarme de nuevo allí, al prado verde inclinado sobre el que nos deslizábamos dando volteretas cerrando los ojos hasta el final de la cuesta. Con las cabezas muy juntas, pronto descubrimos que a ras de suelo se hallaban diminutos caracoles rallados y filas de trabajadoras hormigas.
Bajo nuestra nariz nos asustaron abejorros sonoros, y acto seguido, nos alejamos hasta una valla que también zumbaba levemente. Uno de nosotros acercó la mano y saltó un chispazo, pero poco a poco, en orden de valentía, nos fuimos atreviendo a posar un dedo o un brazo probando que a mi no me pasa la corriente. Después de esta osadía, no podía faltar otra más, y otro días nos atrevimos con las ortigas, aquellas odiosas plantas que nos quemaban las piernas solo con rozarte. Un día nos acompañó un chico listo y nos dijo: “¿a qué soy capaz de cogerlas sin pincharme?" y con un gesto rápido, cortó un tallo y orgulloso, estiró el brazo hasta nosotros. Aprendimos el truco escuchándole con la boca abierta gracias a la impaciencia infantil y creo que todos, sin excepción, fuímos contándolo a otros tantos pequeñajos cuando nos llegó la oportunidad.
Si me dejo llevar, a pesar de no querer pensar, el viento me hará percibir el olor del prado verde inclinado con su hierba húmeda regada por el rocío de las noches de montaña. Llegar hasta allí no suponía pereza alguna, era nuestra aventura para cuando el sol iba cediendo a la tarde. Nos escapámos por el camino de carro que ascendía con la mirada hacia la pared vertical y gris de la montaña. Nos bañábamos los pies en la acequia por cuyo devenir saltironeaba un agua que nos hacía gritar de la impresión, y seguíamos hacia arriba, más allá, esquivando las cacas que habían dejado las vacas que ahora nos miraban de reojo mientras apuraban la última brizna de paja. Corríamos sin parar de hablar hasta colarnos con sumo cuidado por la valla electrificada y alcanzar nuestro territorio comanche: un gran rectángulo verde inclinado en el que por las tardes lo habitaban los gritos y las risas hasta la puesta de sol.
Nada se puede comparar con aquel prado verde inclinado. Nada se puede comparar con la dicha de aquellos momentos mágicos...

Al cabo de unos años, una carretera partió el prado por la mitad, pero en aquel entonces, por suerte, aquellos críos ya habían crecido. Y más tarde aún, cada uno volvería hasta aquel lugar través de los recuerdos mecidos por el viento.

12 febrero 2012

Mi reflejo en el espejo

Hoy estaba en una fiesta de cumpleaños en la que, como cada año, se repetía la misma escena: un pastel de chocolate con dos números humeantes estaba plantado en la mesa familiar y todos los invitados excepto uno, se alineaban a un lado, forzando una tenue sonrisa. Por fin, el flash ha hecho un chasquido y el retrato ha quedado congelado en la pantalla de la cámara. Justo después, la cámara de fotos ha volado de mano en mano para que cada uno pudiera observarse detenidamente y valorar lo bien que había quedado. Todos hemos hecho exactadamente eso, pero la única que ha hablado ha sido la abuelita, que al verse, ha declarado, sin más: mirad a la viejecita… y ha sonreído. Quizás nadie se haya dado cuenta de ese detalle, pero a mí me ha hecho reflexionar: ¿qué pensaré cuando en unos años, vea a una anciana  en el espejo?, ¿sentiré lástima, aceptaré que soy yo o sólo un reflejo de lo que fui?...
Ya soy consciente del paso del tiempo y ahora acepto que mi cara y mis ojos no tengan el brillo de antaño. Le doy la culpa al cansancio que arrastro durante la semana, a los dolores de cabeza que me aprietan las sienes. Las preocupaciones hacen estragos en la piel, es cierto. En eso momentos, me viene la imagen  del Retrato de Dorian Grey, cuando la espléndida belleza del protagonista captada en el cuadro se va marchitando cada vez que la persona real a la que refleja va sufriendo dolor, el cual es inherente a la propia vida.
Ya hace tiempo que unas sombras se sitúan bajo mis ojos en el espejo del baño. Al principio pensé que era efecto de la luz y me dediqué a mirarme en todos los espejos posibles: el del ascensor de casa, el del vestidor de cualquier tienda de ropa, en el pequeñín que guardo en el bolso…pero no encontré la explicación que buscaba. Un día me reencontré con un viejo amigo y de pronto me dí cuenta: al sonreírme, advertí unas leves bolsas en los ojos y unas rayitas que se le formaban cerca de los ojos al hablarme. Pronto me compré un maquillaje y pintarme se convirtió en una rutina más. 

Antes saltaba a una piscina y al instante me convertía en un pececillo, y salía del agua y me iba corriendo sin parar hacia el autobús, y al llegar a casa jugaba a subir las escaleras a pares.
Y hacía el pino en el patio y con mis primos y saltábamos a gomas o a la comba y nos agachábamos y nos volvíamos a agachar que los agachaditos no saben bailar.
Antes era impensable que la pierna me doliera sin un arañazo, o que me fallara una articulación si no se me había torcido un tobillo al saltar. Las muelas solo se movían para dar paso a otra que llegaba….¿por qué habría que temer a algo que no fueran los monstruos?
En todo ello pensaba justo después que la abuela observase su imagen en la pantalla.Y poco a poco me dí cuenta que ya llevaba bastante tiempo aceptándome, mis ojeras, mis arrugas, la peluquería para tapar las canas, mis dolores de espalda, mi miopía, todo ello ya formaba parte de mí y no me pesaba en absoluto. Creo que ahora estoy más tranquila y quizás cuando llegue el día de verme reflejada en el espejo, en un día de cumpleaños lejano, podré exclamar, como ella, con una sonrisa y sin pesar: mirad a la viejecita...!

04 febrero 2012

Ángeles como nosotros

Mantener la creencia de que el ser humano sólo se vuelve malvado por los avatares del destino, por la codicia desmesurada, por una inseguridad latente o por la simple y llana envidia, hacen posible que algunos de nosotros aún podamos observar de vez en cuando a ángeles anónimos que se cruzan en nuestras vidas.
Sin embargo, yo no creo que sean ángeles como los del Cielo sobre Berlín, que te observaban desde lo alto con una mirada distante con un deje de lástima, al darse cuenta de la facilidad con la que nos complicamos la existencia, dejando de amar para concentrarnos en anhelar lo que aún no tenemos. Quizás por ser tan perfectos y elevados, debe ser difícil encontrarse con ellos.



Los ángeles que yo he visto se han ido desvaneciendo de mi memoria porque son muy livianos. Se esconden normalmente en lugares muy sencillos y toman la forma de personas de carne y hueso. Pueden ser enfermeras de grandes ojos azules con una voz dulcísima que te arrullan para distraerte al ponerte los puntos de sutura tras un accidente casero, o ser taxistas con mil historias para compartir, que te hacen el viaje más amable y te arrancan finalmente una sonrisa a pesar que subiste nervioso y frenético. Los ángeles anónimos se encuentran en los párquings subterráneos dispuestos a indicarte una dirección o el camino más sencillo o se hallan sentados en un banco y te regalan unos buenos días justo en el momento en que empezabas a sentirte solo.
Algunos ángeles no sólo se cruzan contigo sino que te dan un abrazo para espantar a la tristeza que arrastrabas desde hace semanas y otros te llaman por teléfono y te mantienen despierto a base de un sinfín de bromas.
Hay personas normales que pueden convertirse por arte de magia en ángeles por un instante: como aquel día en el que alguien escucha por la radio tu canción favorita y te la pone al otro lado del teléfono o cuando suena un ring desde el otro lado del mundo para desearte feliz año durante las doce campanadas. Hay días en que alguien te dice aquello que llevas días esperando y de repente pasas de la desidia a la dicha, sin más.
Todos ellos transforman un día normal en un día único, porque llenan con un guiño el hueco que tenías en el corazon. Ello hace arrepentirte de haber dejado de creer en que el ser humano es maravilloso.
No sé si tu has visto un ángel esta mañana, pero yo te advierto que están aquí, a nuestro alrededor. Solo tienes que confiar, dejarte llevar y verás cómo te guiñan el ojo...
O quizás prefieras probar a ser tú un ángel por un instante: ¿por qué no lo pruebas?...

28 enero 2012

El viaje de Penélope

En una tarde de sábado lluvioso y perezoso, con la cabeza hundida en la almohada de la televisión, de repente un detalle me despierta de mi letargo. Un anuncio de la dirección de tráfico dice, entre otras cosas, esta frase: “de casa al trabajo, del trabajo a casa”. Me apresuro a encender el ordenador pues quizás esta es la señal para tirar del hilo y ver a través del cristal como  una chica empieza su día para recorrer 50 kilómetros de ida y otros 50 de vuelta.
De casa al trabajo:
Antes de salir, ella se regala un ratito de tranquilidad en la espaciosa cocina que tiene el color amarillo de los pomelos maduros y guarda el silencio de una casa aún dormida. Como cada día, repite los mismos gestos sin pensar: abre el armario que gruñe con un crujido y agarra una tacita blanca que llenará de agua mineral - "Mi manzanilla con miel"- . Mientras coja la cucharita de café y el azúcar y acabe de desparramar sobre la mesa todas las galletas que encuentre y las tostadas y la mantequilla y un sinfín de mermeladas, el timbre del microondas sonará como un despertador.


Cuando sale con su coche hacia el trabajo, su alegría se va desvaneciendo a medida que sus pensamientos empezan a temer que hoy sea tan difícil como ayer. Mientras tanto, las rayas discontínuas de la autovía se deslizan bajo las ruedas de su coche, acostumbrado al trayecto.  


Del trabajo a casa:
Tras cerrar la portezuela del coche, aparcado a la sombra de un plàtano invisible a los ojos de la noche, ella tiene otra vez la misma sensación de ayer: su cabeza está agotada por el frenético esfuerzo sin llegar a nada pero su mente se resiste a quedarse sin alma. -"Tengo que quedar con alguien para hablar de nada"-. Se ha desvivido al límite de las fuerzas y sin embargo no ha logrado vencer en ninguna carrera. Ha intentado ser ocurrente y divertirse con los demás pero su voz se ha ahogado entre el barullo de un estadio de fútbol. Ha procurado brillar como un rayo de sol pero la niebla la ha hecho perder las ganas. En todo esto reflexiona mientras las rayas discontínuas de la autovía se iluminan al paso de los focos de su coche, como luceros en la noche.
Después del viaje, ella sabe que se ha convertido en la mítica Penélope y al llegar a casa, trata de deshacer lo que tejió durante el día, aquella sensación de cansancio y hastío, esperando que quizás, al dia siguiente, la suerte le sonría y el viento del Sur le traiga de un país lejano el regalo que anhela: conservar la tranquilidad que tuvo mientras desayunaba en la cocina amarilla, mientras la casa dormía.

14 enero 2012

Tras los pasos de mi padre

A pesar que soy feliz porque ya no abro los ojos intentando olvidar los pensamientos rebeldes que me dañan el alma, los sábados por la mañana, justamente el día en que no me saluda el inagotable despertador, se despierta conmigo un temor nuevo. Puedo sentirlo, lo percibo debajo de las sábanas, encima de mi hombro, justo en mi espalda. No me agrede, ni siquiera me sopla al oído, pero está ahí.
Hace semanas que todo me emociona aún más. Al principio pensé que era la navidad, con todos aquellos reportajes sensibleros que ponen en la televisión y que remueven hasta los espectadores más fríos, pero ayer me puse a llorar delante del ordenador ante un mail que hablaba del éxito de algo que me había costado mucho conseguir. Lo hacía pausadamente y en absoluta soledad.
A mi que me gusta responsabilizar a los demás de lo que me ocurre, tengo en la figura mi padre, una vez más, al causante de tanta emoción: desde pequeña, he llorado con él la muerte del señor que quería a los lobos y a los animales, Félix Rodríguez de la Fuente, pero también nos hemos emocionado juntos viendo a la Selección Española de Baloncesto en las Olimpiadas. Siempre ocurría así: había un momento en que él seguía hablando, pero se le quebraba la voz, y entonces se detenía. A mi siempre me ha sucedido lo mismo, pero cada día que pasa es más frecuente.
Reconozco que he llorado en casi todas las películas en que el amor se podía sentir, pero aún me pregunto porqué en Leaving las Vegas me pasé media película sin poder contenerme, supongo que algó había que hacía saltar la chispa y me conectaba. Recuerdo también como un momento singular y especial estar leyendo en la cubierta de un ferri las últimas páginas de Esta Historia de Alessandro Baricco y poco a poco darme cuenta que no podía parar. Eran tan evidentes mís lágrimas, que los demás pasajeros me miraban perplejos o preocupados. Ajeno a todo, el viento se peleaba con el mar y yo soñaba cambiar el final a aquella historia de amor imposible.
Mientras tanto, mi padre se iba haciendo mayor y endurecía su corazón ante los que le hacían daño y yo, con algunos años de diferencia, me esforzaba por seguir queriendo a todo el mundo. Observaba el devenir de la ciudad desde el coche, en el semáforo, y de repente, volvía esa punzada en el estómago cuando contemplaba a un abuelo explicándole la historia del antiguo edificio que se erigía donde ahora había un montón de escombros al niño que se mecía dentro de un carrito azul oscuro. ¡Tantas tardes mi abuelo se había escapado para ver las obras!
Hoy por hoy, este movimiento es imparable y está desbocado: la emoción me asalta hasta en las películas de quinceañeros, con una noticia del Telediario o ante cualquier evento cotidiano. Hoy el tiempo se ha parado por un segundo al mirar al otro lado de la ventana del restaurante donde una viejecita avanzaba lentamente con un andarín mientras las hojas de los plátanos iban cayendo para dejar un alfombra marrón sobre el asfalto.
A mi padre ya no lo veo llorar, parece que está conformado, pero yo aún lo hago con rabia cuando me golpea la injusticia de la enfermedad. El ya no le dice nada a mi hermano, pero yo aún sufro cuando no consigo convencerle de que cada momento tiene su lado positivo. Mi padre ya no canturrea, pero yo aún me emociono en el coche cuando una canción me traslada a momentos mágicos, que ya no sé si sucedieron o me los inventé por el camino.
Sé que esta emoción heredada es mi principal virtud, mi esencia y mi valor, pero ahora está demasiado presente e intuyo que ello significa que estoy envejeciendo de verdad y que esto no hay quien lo pare….
Para estar preparada, seguiré observando a mi padre para saber cuál será el siguiente paso…

31 diciembre 2011

Celebrando el año...

Después de la debida reflexión de estos días creo que puedo decir que soy de las personas que terminan el 2011 mejor de lo que empezaron.
Y es que a pesar de todos los sinsabores que salpimentaron este año que se cierra, yo me siento mejor conmigo misma, y ese descubrimiento tan crucial, es en realidad lo único que importa...
Y ello me hace sentir más FUERTE,
Y por eso me despierto más TRANQUILA,
Y por eso cada día puedo REIRME más,
Y ello me convierte casi en INVENCIBLE.

Por esa razón, en el día que se cierra un ciclo anual más, mi única petición al Universo es que me deje tal como estoy. Esto tiene un poco de truco, porque este deseo conlleva unos cuantas implicaciones, como:
Que me permita seguir elevándome por los cielos de mi querida ciudad para inventarme un cuento con cualquier excusa.
Que me siga alentando para seguir cambiando los versos de las canciones sin que caiga un chaparrón.
Que me acompañe en las frías mañanas cuando las cosas no vayan bien y en las heladas noches cuando todo siga pendiente de un hilo.
Que me continúe agraciando con la sensación de saberme especial y por ello, infinitamente libre.
Que me deje seguir ilusionándome por cualquier tonteria y que me haga olvidar cualquier contratiempo lo antes posible.

Desde hace un tiempo ya no pido ser feliz, porque un día descubrí a través de una persona que ya nacemos enteramente felices por el hecho de no tener que pensar para respirar…

¡Así que atentos todos a saber vivir esa Felicidad y a no perderla!
¡A por nuestro 2012!

24 diciembre 2011

Feliz Navidad


Quizás sea cierto que el espíritu navideño está cada día más desvirtuado, y que a algunas tradiciones se le han añadido muchas capas de otros intereses. Quizás sea cierto que en estos últimos tiempos, a los entrañables momentos familiares se han colado palabras como incertidumbre y pesar.
Sin embargo, a pesar de todo ello, a mi me cuesta mucho durante estos días ceder a la imaginación. Solo durante la Navidad, es posible cerrar los ojos y sentir la dicha, el amor, la bondad. Solo tienes que hacer la prueba, relajarte un momento. Si lo haces, quizás podrás sentir, como yo...

...Como la nieve blanca y sin peso se posa levemente sobre las aceras de una ciudad que anochece, mientras a lo lejos, dos almas escondidas tras el calor del abrigo, se abrazan.

...Como la algarabía y los aplausos rompen primero el silencio y siguen al golpe seco de una botella de champan que acaba de ser descorchada....Como los villancicos tradicionales llenan el gélido ambiente de invierno, mientras ante el escaparate, un par de naricitas inocentes miran con la boca abierta cientos de regalos.

 ...Como de repente, sin avisar, alguien llama al timbre de una casa cualquiera, y tras largos meses de ausencia, desde ese instante, el hogar vueve a llenarse de luz.








 ...Como en casa de mi vecina ya mayor, irrumpe inesperadamente el revuelo en el comedor, donde los más pequeños se persiguen por debajo de la mesa llena de turrones, mazapanes y neules, mientras los mayores se regalan sus mejores deseos.

Y es que solamente en Navidad, se multiplican los mensajes positivos, ya sea en postales, en mensajes o envueltos en una simple despedida en el supermercado de siempre. Y es que, por arte de magia, el mundo detiene por unos instantes su ajetreo y todos nos concentramos en ser un poco más humanos.

Así pues, aunque sólo sea por un instante, dejémonos envolver por el espíritu navideño, por el deseo de hacer el bien, por las ganas de amar y brindemos por ser unos afortunados de estar aquí, juntos, un año más.

17 diciembre 2011

Por pedir...

Hace muchos años leí una novela que pasó sin quedarse en mi selectiva memoria y que tenía un punto de arranque muy interesante: la protagonista solía escribir un diario íntimo y se lo iba dejando olvidado en cualquier sitio. A través de ese despiste intencionado conseguía que el otro conociera sus deseos y caprichos, sus miedos y sus dudas. La mirada del otro, se llamaba.
Si me deslizo de vez en cuando por la empinada rampa de la montaña rusa de mi mente es debido a mi habilidad para guardar silenciadas quejas esenciales o para esconder mi desánimo tras mi obstinado orgullo. Por eso hoy, a través de una especie de diario olvidado, he decidido hacer una lista de peticiones para aquellos que me quieran y sigan leyendo. Creo que es el momento adecuado, ya que a mi alrededor todo el mundo está pidiendo sus regalos de Navidad. Quizas, con un poco de suerte, algunos de estos deseos se harán realidad. Por pedir…que no quede. Aquí van:
A los que no proponen: me gustaría recibir de vez en cuando una invitación vuestra para quedar, que no fuera ficticia, que tuviera un par de días concretos y sobre todo, que incluyera un cachito de ilusión.  
A los que solamente piden: me conformaría con que algún día me sorprendieráis con un regalo, del tipo que sea, y que yo supiera que es para mí. Solo con pensarlo, ya sonrío.
A los que ocupan mi tiempo: tengo la gran suerte que solo con pasear y abrir los ojos, ya me suceden cosas, pero claro, tengo que darles la oportunidad. Los artistas inventamos a través de los sentidos, pero si nos atrapan en oficinas y nos roban la energía, nos apagamos. ¡Necesitamos salir a la calle más a menudo!
A los fiesteros: la próxima vez que os vayáis de copas o cuando tengáis previstas unas risas, no olvidéis llamarme. Que la risa es de las pocas enfermedades contagiosas que se agradecen.
A mi jefe: ejem, ¿cómo puedo decirle que me suba el sueldo?...,que sí, que tengo una lista de buenas razones…
Al Dios adecuado: gracias por seguir tachándome de la lista de personas con salud delicada. Sigue así y por favor, haz lo mismo con todos los que quiero. ¿Podrías además dar un empujón para los que aún están en ello? ¡Gracias!
 Al que tengo al lado: no me gusta que me llames “jefa”, me recuerda que nunca lo seré, y además me hace vieja y gruñona. Los que nacimos currantes lo que se nos da bien es ofrecer ...¿no ves que no mando ná de ná?...
A los que están a mi alrededor: recordad que me encanta el cine, (¿cuándo vamos?), que me pirran los restaurantes románticos, y que si queréis que salte de felicidad, solo tenéis que sorprenderme. Venga, que soy muy fácil.
A los que se perdieron en los enredos del tiempo: por favor, llamadme, ¿no os dáis cuenta que os echo de menos?
A los que se olvidaron este año: cuando vuelva a ser mi cumpleaños, llamadme por teléfono, enviadme un mensajito o haced una señal de humo, ya que lo estaré esperando…para mí es MUY importante.
 (…)
De momento, no se me ocurre nada más que sea imprescindible. Escribir ha sido muy sencillo, así que si algunos de estos deseos se hacen realidad, quedará demostrado que para conseguir lo que sea, no hay nada más simple que pedirlo por su nombre…Así.
¿por qué no lo pruebas?