26 noviembre 2011

Mi servicio a la democracia

Probablemente pocos somos los afortunados que aún podemos vivir al margen de algunas de las obligaciones que la sociedad impone. Por estar en ella, te caen del cielo desventuras como abrir una cuenta en el banco de la esquina o pagar el impuesto de recogida de basuras o el del vado del parking, que te pillan desprevenido por carta en el buzón de la escalera. Por el sentido de pertenencia, te acercas hasta el ayuntamiento para empadronarte o te reunes por las noches con tus nuevos vecinos para hablar de las reformas...
La lista de las obligaciones de las que he logrado escaparme hasta ahora podría alargarse indefinidamente. Quizás tengo suerte o hay otros que lo hacen por mí, pero simplemente me he despreocupado sin más. Sin embargo, la semana pasada la democracia me pilló desprevenida y caí. Apartada de la seriedad de la sociedad, no previne que quizás ella pudiera encontrarme y obligarme a ir...
Mi nombre salió agraciado y por ello fuí elegida para ser vocal en las elecciones generales. Por aletoriedad, fuí a parar al centro neurálgico de la política. El escenario fué el barrio que me vió dar mis primeros pasos y al que nunca volví más que de visita.
¿Qué podía hacer más que darle la vuelta a las elecciones y convertir las catorce horas en un experimento de escritor?
Era sencillo: solo había que abrir bien los ojos y aprender a mirar en lo pequeño y escuchar. Quizás así podría averiguar algo de aquel lugar que un día fué mío, del porqué un barrio obrero y sencillo, hasta hace poco tiempo izquierdista y revolucionario, se había convertido en una franquicia para la derecha españolista. O quizás podría ir más allá y comprender en qué se habían convertido aquellas callecitas en los que transcurrió mi infancia…
Durante aquel día apunté a muchas Josefas, Franciscas, nombres compuestos y solo un Jordi, pero si un par de Montserrats, como mi madre. Ví que aquel barrio continuaba estando lleno de gente mayor, de semblante serio pero que después de un par de bromas sonreían, siempre que la sordera no les hubiera mermado sus facultades. Vestían con rigurosa sencillez y algunos arrastraban los pies, probablemente cansados de luchar por un futuro para sus familias.Te lo decían justo después de votar, cuando el sobre blanco caía atrapado en la urna como tantos otros. Era como una especie de plegaria, a ver si las cosas mejoran, como si se disculparan por lo que estaban haciendo, como si fuera aquella su última aportación.
Me dí cuenta que allí vivían varias generaciones, originales de la inmigración interna de los años 60, con apellidos extremeños, o de Cuenca o de Almería, y cuando les preguntaba, me decían, sorprendidos: sí, el que vino antes es mi hermano, o mi padre, y aún te falta mi tí, que también vive cerca...¿será que no han tenido más oportunidades y por ello no se han movido?, ¿qué les habrá retenido allí?
En el colegio electoral, encontré muy pocos inmigrantes, apenas un par de peruanos, una família marroquí y una joven rusa. Pero fuera del colegio electoral, aparecieron todos de repente:rumanos, africanos, latinoamericanos...llenaban las calles. En el interior de las antiguas tiendas de ultramarinos, observé caras indias o marroquíes que hablaban en lenguas desconocidas. Mientras tanto, en la esquina, un español le gritaba a un extranjero y más allá, unos extranjeros entraban en edificios propiedad de españoles. El aire estaba enrarecido por la maldita crisis, y en los bancos, la gente seguía esperando un golpe de suerte. En algún rincón oscuro, alguien vendía drogas, y a pesar que yo no era capaz de darme cuenta, una voz a mi lado me lo contaba. En varías casas, los despidos habían provocado depresiones y estas habían causado el final del amor conyugal…
Pero en mi mesa electoral, ajena a todo, aparecieron también muchos recuerdos:
Como el viejecito con un apellido conocido que me lleva a mirarlo mejor: es el señor de la tintorería, un mágico lugar donde la ropa se hinchaba encima de un maniquí.
Como el suplente que me reconoce y me dije tu no eres la hija del Pepe, la que hacía natación? (entonces tenía 10 años…). Es el horchatero de la esquina, que aunque hace años que vendió el negocio, para mí seguirá llenando eternamente el envase de limonada con el enorme cucharón.
Como la señora número 300, a la que que queremos  inmortalizar con una foto, que resulta ser una de las niñas de mi colegio, que al verme ,-después de 25 años!-, me llama por mi nombre y me dice, verdad que tu tenías aquel perro marrón…La veo como una señora mayor, pero recuerdo que ya de niña era así, por lo que simplemente suspiro y me alegro sinceramente que la vida le vaya aperentemente bien.
Al final, durante el escrutino, y ante los resultados, no llegué a sorprenderme: ya sé que todo es un ciclo sin fin y que es necesario que todo baje para volver a subir, ya sé que todo tiene una causa y varias soluciones…Así que es hora de alejarme en cuanto pueda de la política y de sus apariencias para dar servicio a los demás en lo que mejor se me da, lo más simple: dar cada día los buenos días y agradecer que lo mejor se halle en los pequeños detalles, para poder compartirlo...

15 noviembre 2011

Una montaña rusa

Durante el bachillerato, léi un libro tronchante llamado la Tesis de Nancy de Ramon J.Sender. Trataba de las visicitudes de una joven americana que, en los años 60, había viajado hasta Sevilla para realizar una tesis sobre los gitanos. Los malentendidos y las dobles interpretaciones eran constantes.
Durante este fin de semana, me he sentido de alguna manera como esa americana, un objeto extraño y particular que casi por casualidad se había colado por unos días en la vida festiva de los mexicanos.

Llegué a destino después de una semana agotadora, volando como un pájaro migratorio, sin escalas ni paradas para repostar, con el estómago vacío y los ojos derrotados por la falta de sueño. Me recogieron mis amigos y me llevaron a cenar, y a pesar de que el ojo izquierdo se iba deslizando hacia abajo, lo cierto es que fuimos retomando en cada plato aquellos viejos y buenos momentos.

El hotel, una preciosa mansión colonial, me esperaba casi con exclusividad, porque los turistas habían ido disminuyendo a medida que la propaganda sobre muertes y narcotraficantes sellaba paulatinamente las ganas de aventura de los turistas de la vieja Europa. Tenía todo un fin de semana para descansar y para descubrir con sorpresa que viajar sola por México es sorprendentemente sencillo: el trato es tan cercano y fácil, que al momento te sientes querida.

Es una cultura dulce como la leche condensada, a pesar que todo lo coman con chile, una especie que convierte en fuego cualquier alimento, que asimila todos los sabores en uno. Sus gentes no solo te besan, sino que te abrazan efusivamente, y no únicamente los amigos sino cualquier persona que ha cruzado contigo más de 10 palabras. Y después del abrazo vienen las palabras zalameras, la mitad de las cuales no entiendes pero que  te suenan tan divertidas ....será que están entonadas como una canción.
 Aquí existe la cultura del enamoramiento empalagoso, del demostramiento público con carantoñas y arrumacos que, sí, que te quieroooo: se llaman al trabajo dos veces al día para decirse te amo, y si al otro lado de la línea no hay contestación (porque, por ejemplo, están reunidos con otras 5 personas), se enojan. Aquí no hay medias tintas, simplemente. He oido frases tan cursis como “yo por ti me cambiaría hasta de nombre”…y sin embargo, un día...ese amor se acaba. Es como una montaña rusa. Las relaciones son el reflejo de una canción de mariachis. 
Y en un determinado momento, después de tanto amor y pasión, una fuerza contraria indescriptible puede con todo y se descontrolan. Del padrísimo, wei, chingón, pinche y otras palabras que describen el buen rollo, nos vamos a las discusiones acaloradas, al “aquí nadie te quiere”, “márchate, que no eres bien recibido” delante de todo el mundo. Y si además están bajos los efectos del alcohol (aquí se toma mucho), de las palabras se pasa al gesto, y el resultado puede ser espectacular: señoras con tacones, pintadísimas y divinas cayendo de bruces al suelo arrastrando dignidad y rodillas rasgadas. Lágrimas y abrazos, pues. 
Pero una española siempre está a salvo de todo peligro, los mexicanos, a diferencia de otras culturas latinoamericanas, derrochan fervor por la madre patria española. Conocen a nuestros políticos, incluso la fecha de las próximas elecciones, son todos del madrid o del barça, siguen nuestros programas por televisión por cable o youtube, admiran el coraje del Follonero o el ingenio de Buenafuente, y desean con sinceridad que el movimiento de los indignados se haga global y que pronto la crisis de valores de la que adolecen se esfume para dar paso a una nueva y mejor sociedad.
Así sucedió: un fin de semana llena de sonrisas y abrazos sinceros, condimentada de recetas picosas, con pasión y diversión, naturalidad, amistad, buenos deseos y un sincero “qué bueno que viniste”…
Habrá que volver, pues, a este gran parque de atracciones.



30 octubre 2011

Inventari

Avui he pensat que potser molts moments de la nostra vida es van quedant enganxats sobre objectes inútils als que ara no donem importància. Per ser com són, els abandonem sense dolor i un dia, al cap del temps, els tornem a rescatar de l'oblit. Llavors en observar-los atentament, ens adonem que cada petit objecte conté una història que amb suavitat, comença a desplegar les seves ales fins inflar-les com la vela major amb vent favorable.
(…)
Avui he tornat al meu antic pis i justament ara, estic sentada darrera la petita taula que em feia d'escriptori. Respiro profundament per gaudir d' aquest instant i, sense voler, fixo els meus ulls en el quadre que sempre ha estat aquí: és un làmina grega que vaig comprar a Paestum, al Sud d'Itàlia, on es veuen dues grans columnes clàssiques a la dreta i com des d’allà, un home atlètic es llança de cap per submergir-se tranquil.lament dins un llac que s’identifica amb el més enllà…Quina forma més amable de rebre la mort, no?...
Es sorprenent tornar a ser aquí, olorant tots aquests llibres desordenats, molts dels quals no he llegit encara, dins un vell pijama que ja no olora a mi, amb els peus descalços, en la mateixa postura que fa uns anys, perquè l’únic que no canvïa mai és un mateix. Com si fos ahir, com si demà no hagués de marxar fins qui sap quan, i es que la vida t'arrossega d'un lloc a l'altre sense que te n'adonis, com un petit veler enmig d'un gran oceà.
Retrobar-me amb alguns records és tan senzill com aixecar la vista, girar el cap un pèl a l’esquerra i resseguir amb la mirada una estanteria plena de llibres barrejats amb trastos:
Veig petites llibretes, de tapes de colors vius, que són regals d’amics que van voler animar-me a trobar un espai per plasmar la meva inspiració. Les obro una a una i em sap greu que encara estiguin buides, només la primera plana porta la meva lletra d’un humor variable, però reconec que hores d'ara he après a acceptar-me tal com sóc. Somric en adonar-me que tots ells van adivinar les meves manies: prefereixo fulls blanques sense ratlles, que tingui una goma elástica per tancar les tapes, i si pot ser, amb anelles  perquè sigui més fàcil escriure pel darrera... 
Uns centímetres més enllà, un coixí-cotxe que no serveix per res més que per ocupar espai, em recorda al coixí-cotxe vermell que vaig regalar-li un Nadal a l’oncle Vicenç, un home que cal admirar, d'una inteligència fascinant: capaç d’aprendre anglès als 85 anys o fer anar un ordinador només amb el llibre d'instruccions, o col.locar dins un mapa totes les capitals del món, que em parlava d’una guerra on ell era el protagonista d'una pel.lícula real. Quan ens va deixar ja no distingia la nit del dia, però per sort vaig tenir temps per donar la mà i fer-li pessigolles. Darrera el cotxe-coixí, han anat apareixent tots aquells dimecres al vespre on sopaven els tres plegats, la tia Paulina, l’oncle Vicenç i jo.
Una mica més amunt,  veig una fila de carpetes, on segueixen adormits alguns contes que van ser escrits amb emoció i que algún dia rescataré però no ara. I al seu costat, diccionaris de totes les classes que ja no tenen ús, perquè també jo he cedit a la facilitat de la tecnologia i els temps de fullejar pàgines en la recerca de la paraula exacta s'han acabat. Just ara recordo la primera vegada que vaig jugar a buscar al diccionari: “qui trobi primer el significat de les 5 paraules que apunto a la pissarra i les escrigui correctament tindrà un premi”...Aquests eren els concursos dels divendres on la senyoreta Núria ens animava a tots els nens a jugar i competir, avançant-nos en el futur que havia de venir. On estarà ella ara després de tants anys? Quantes lliçons vaig aprendre amb ella, si sabés... Inclús ara segueixo fent servir els concursos, els jocs…en tantes ocasions!
La llista d’obsequis que s'amuntega per aquí és àmplia i variada: frases que són en sí mateixes un regal, regals fets a mida com les arrecades que avui porto fetes a mà del meu color favorit, o inservibles com una minúscula pilota mig desinflada amb la que jugava a tenis en diagonal quan els meus antics jefes no hi eren, o presents extranys como una ovella de llana per dir-me que era especial o potser que seguís somiant, o una abeja Maya, que potser volia dir-me que sóc alegre o que no creixeré mai...
Tots ells, en definitiva, part d'un inventari d'objectes aparentment inútils però molt valuosos perquè de cada un s'hi ha quedat enganxat un record.Tots parlen de mí, de moments que van ser importants o divertits o insòlits o greus…però sempre únics. Objectes i llibres amuntegats, històries reals i fictícies barrejades en el mateix espai...
No us atreviu a tirar res!


PS. Inspirat en el títol de la cançó Inventari de Pau Alabajos.Inspirat per l'aire mediterrani de Sitges.

23 octubre 2011

Un domingo pequeño


Llueve tras los cristales y las gotas caen fríamente sobre las hojas de las plantas resbalando por los tallos hasta la tierra de las macetas del patio. En la cocina, el lavavajillas sigue con su letanía cansina, llenando el espacio de una rutina pegajosa. La luz está ya abierta, a pesar que son las cinco de la tarde, y las sombras de mis dedos sobre el teclado bailan cada vez que escribo.
Hoy es uno de aquellos días de lluvia aburridos, en los que apenas hay estímulos, en los que las horas pasan con tedio para alivio de los cansados del  estrés de la semana: hoy no hay citas a las que llegar tarde, no hay pensamientos revoloteando como moscas en una misma cabeza, no hay llamadas de teléfono ni decisiones que tomar, ni excusas, ni órdenes, ni ná… Solamente un ruido de fondo de agua que limpia los platos interrumpe mi silencio, al que se une el sonido de mis dedos agradeciendo que haga bailar a sus sombras, como un aprendiz de pianista.
Debería agradecer estos días insulsos, este oasis de reposo y de paz, pero a la vez me pregunto si entenderá la mente este parón tan excesivo, que pasa del todo es importante al nada es crucial, que deja de fijarse en lo grande para reparar en lo minúsculo. Y es que ahora me molesta hasta el cajón que me dejé medio abierto al guardar los cubiertos, advierto que aún quedan migas de pan por el suelo y no dejo de mirar las hojas secas que dejé tiradas tras cortarlas esta mañana.


Es extraño, si no fuera un día tan tranquilo ni siquiera las vería, y sin embargo, hoy me digo:
debería levantarme y …

…cerrar el cajón,

barrer las migas,

tirar las hojas secas…

Buff, cuántas obligaciones. Paso.
Sigue la tarde y descubro como imperceptiblemente se mecen las hojas al contacto de las gotas de lluvia. De repente, pasa una volando a mi lado una mosca diminuta y me asusto, así que decido ir a la nevera y me como por vicio una chocolatina que abro con ansia para ver qué tal me sienta. Al desconcentrarme, dejo el teclado y pongo un poco de música y suena Old Goodbies de Pájaro Sunrise y por fin, decido que toca desperezarse, que ya está bien por hoy.
...Y en media hora, me levantaré, me vestiré y me iré a dar una vuelta, sin más, para terminar a mi manera este domingo tan tranquilo: con una sonrisa. Esta.

15 octubre 2011

La familia perfecta

Justo delante de mi casa vive una familia como la de las películas. El es alto y apuesto, ronda los treinta y cinco y sabe que es un seductor. Ella posee esa belleza fría y distante,con una piel tan lisa como la de una muñeca y un pelo ondulado de un rubio brillante. Creo que nunca la he visto con el mismo vestido.
Todos los vecinos sabemos que él es un hombre de gran éxito en los negocios, tiene esa pose altiva del que está acostumbrado a dar órdenes muy a menudo, con aquel poder capaz de cambiar destinos. Ella sin embargo, no trabaja, a pesar que nos contó que fue a la universidad, aunque por supuesto tampoco es una ama de casa: tiene aficiones como montar a caballo o salir de compras todas las semanas.

Ambos tienen dos hijos tan perfectos como sus padres: tienen los dientes blancos y alineados, no están ni escuálidos ni obesos, su pelo jamás está alborotado y en la ropa nunca hay huellas visibles de una batalla entre críos.
Esta familia transmite una envidia sin sentimiento, ya que son un arquetipo demasiado irreal para tenerles rabia. Sin embargo, creo que hay algo que se nos escapa...
En su dormitorio, que está en la planta de arriba, hay una ventana que da a la calle y desde mi habitación, les veo perfectamente. Como ambos fuman, muchas veces suben hasta allí para que los niños no lo sepan. Entonces se apoyan contra la pared, abren las cortinas y la ventana y aspiran con fuerza el aire de la ciudad. En ese momento, cuando nadie les observa, se despojan de sus corazas y son simplemente seres humanos.
Sólo en esos instantes, la mirada de él se torna triste y le aparecen unas bolsas justo debajo de los ojos, como si acarreara un peso muy grande en su interior. 
A pesar de todos sus premios y del dinero que ya ha ganado, perece un hombre solo, con un secreto no puede contar a nadie. Cuando has descubierto esa mirada, todo el rompecabezas empieza a encajar: por eso fuma tanto, trabaja tanto, viaja tanto…
Se marcha muy pronto por la mañana y a veces ni siquiera regresa… ¿a dónde irá ese alma en pena durante las horas de extravío?, ¿con quién se sentirá cómodo para acostarse en un sofá y con los ojos cerrados, contarle sus miserias?, ¿quién le hará olvidar quién fué y en quién se ha convertido?
Cuando ella se asoma por la ventana, sus manos agarran el cigarrillo de forma crispada. Su caladas son intensas, como si quisiera tragarse de golpe todo el aire y luego expulsarlo en una especie de purificación insana…
Un rostro tan bello y sin embargo nunca sonríe. Posee una apatía que la delata: quizás preferíria ir al campo  hacer un picnic con ensaladilla y unos sandwiches o ir al cine o comerse un helado ensuciándose las manos de dedos largos y uñas recién arregladas en lugar de ir a reuniones sociales. Quizás le gustaría que su pareja se acordara de llamarla de vez en cuando para decirle “cariño, te echo de menos…”. Qunizás se sentiría mejor si en lugar de estar en casa o en el gimnasio, las mañanas las pasara rodeada de compañeros de trabajo hablando del programa de la noche anterior sin más complicaciones.
Ambos salen a menudo a fiestas sofisticadas, él siempre detrás de ella, admirándola como un trofeo, ella con unos vestidos preciosos y zapatos altísimos sobre los que se mece con gracia. Su coche azul y brillante deja un halo de sofisticación en el entorno, pero tras de sí, no parece haber nada más.
Me gustaría poder hablarles, decirles que no duden que la vida es maravillosa, que se relajen y que dejen de seguir los convencionalismos inútiles, pero por más que lo intento, me es imposible: ellos viven en los lejanos años sesenta, la ventana por la que los observo es una pantalla de televisión y ellos son solamente unos personajes de ficción.

08 octubre 2011

Una història darrera una cançó


En Miguel acaba d’arribar a la trentena, és alt i prim i té una mirada molt dolça. Porta el cabell sempre despentinat com si acabés de baixar-se d'una motocicleta. Malgrat se sent orgullós de ser argentí, ja fa deu anys que viu a Catalunya. Ell va ser un de tants que va deixar Buenos Aires tot just quan les conseqüències del Corralito començaven a escampar-se per cada llar tenyint els cors de desesperança i encomanant-los un desànim que els impedia tirar endavant.
Fa temps que viu a una masia vella a Vallvidrera, que va poder llogar a travès d’una parella d’argentins que van voler provar de tornar de nou a casa. Quan està molt capficat, li agrada anar al minúscul tros de terreny on hi té plantats quatre enciams i es posa a arreglar l’hort. Abans es prepara una infusió de mate que va bevent lentament deixant que els pensaments s’enlairin també. Dels argentins va heredar un cotxe que té molt anys, un seat Panda blanc amb els seients desgastats i grisos, que el fa renegar de tant en quant però del que no se'n sap desfer. No té més possessions, ni de moment necessita més, perquè l’amor se li va quedar enredat entre les llargues cames de la ciutat del tango mentres discutien inútilment sobre el futur que els esperava.

En Miguel però se sent un home afortunat. Amb molt d’esforç ha aconseguit guanyar-se la vida fent el que més li agrada: ensenyar als nens l’art del circ. Als estius, sempre que pot, empaqueta l’ imprescindible dins una bossa desgastada, hi col.loca els pantalons blaus de tirants, la camisa de topos i el nas vermell i recórre el món amb l’equip de Pallassos sense Fronteres. L’ infinita alegria que li regalen els centenars de somriures de futur incert la va repatint a petites dosis durant l’any a tots aquells altres petits del centre cívic: quan els entrega la mà segura mentres travessen lentament el cable d’acer o quan els ensenya cóm concentrar-se en un únic punt per llençar les bitlles de colors que volen alternativament d'un costat a l'altre.

Degut a la crisis actual o a la lletra d’una cançó, en Miguel ara fa hores extres els caps de setmana. Es disfrassa sota la pell d’un gos de grans orelles i condueix el seu cotxe atrotinat fins la part alta de la ciutat. Els porta un pastís de cumpleanys i d’altres regals, una tarda de jocs i la felicitat que també aquests nens necessiten.


Una tarda d’estiu, el destí joganer ha fet que darrera la porta d’una de les cases benestants, aparegui de sobte la Julieta. Ell està en xoc. Durant uns segons s'ha quedat paralitzat i el pastís dins la caixa de llaç vermell li ha anat relliscant cap a un costat. Ella li diu compte que no caigui en un correcte català i el fa passar amablement, els nens estan al jardí, per aquí si us plau. No el pot reconéixer perquè està completament amagat sota la pell d'un gos gegant.
La Julieta és ara una dona rica amb dos nens petits, i mentres l' observa, se n'adona que no sembla la mateixa, els gestos són suaus i medits, la mirada ja no dubta com abans. Es va pentinant una cabellera llarga i brillant amb uns dit d'ungles vermelles mentres mira els petits cóm corren...
En Miguel sap que és millor que no li digui res i que tot segueixi com fins ara. Durant la tarda està nerviós, està a punt de caure dos cops i no s’ ha tret en cap moment el disfràs. A l'hora de pagar, però, ella l’ha convidat a un cafetó. No sap trobar cap tema de conversa, i en un moment, ella s'ha aixecat i li ha donat la mà i l'ha dut fins al cuarto de la planxa.

I allà a les fosques, entre camises i xandals, mitjons, petons i americanes, en Miguel creu haver sentit el seu nom…

Sentat al seient del cotxe, el Miguel mira enrera pel retrovisor durant un breu i últim instant. Ara sap que ja toca tirar endavant. Posa la clau al contacte i miraculosament, el motor engega a la primera.



Interpretació molt lliure de “L’home que treballa fent de gos” – Els amics de les arts.

http://www.youtube.com/watch?v=s0kYjgKDYY0

24 septiembre 2011

Huecos por rellenar

La emoción, la ilusión, el valor a los momentos, todos son ejes de la misma patraña, al menos hoy lo veo así, cuando después de decidir olvidarme un poquito de mi bienestar y dedicarles el sábado a mi familia, la sensación del después es de tristeza y vacío.
Debería haberme acostumbrado. No es la primera vez que ocurre. Quizás por eso vuelvo con frecuencia a la magia que rellena los huecos de los sinsabores, por eso necesito inventarme las piezas que faltan para terminar el puzzle. Quizás por eso comencé hace tantos años a escoger las palabras para pintar hojas blancas de una libreta.

Yo que nací para regalar, para remover mínimamente las almas para que aprendiesen a ver el sol cada mañana, me pellizco hoy escondiendo las manos debajo de la mesa para que con ese dolor se contrarreste el otro que siento cuando oigo conversaciones egocéntricas y de mal agüero. ¿Cómo puede ser que yo sea incapaz de remover ni un milímetro de su postura implacable y soberbia? ¿Cómo puede ser que yo no sepa la manera de convencerle que el mundo no va en su contra? ¿Cómo hacerle ver que si sonríe, los demás sonreirán, que si les habla sin gritar, los demás se relajarán, que si se hace entender desde la humildad, los demás le escucharán…?
Yo que solo pienso en hacer felices a los demás para que su dicha me vuelva en boomerang, hoy me sigo pellizcando con la mano izquierda en la barbilla mientras tengo los brazos cruzados y las piernas cruzadas y la mirada clavada en la pared. No hay felicidad posible en este momento familiar, la emoción por crear un instante para el recuerdo se ha desvanecido, ni siquiera ha podido nacer, y el valor del momento no existe. Ni aunque se intente arreglar con un murmullo, una risa o un chiste, definitivamente no lo añadiré a mis escritos, porque no hay tanta magia que rellene los huecos que me faltan.

Solo habrá servido de algo si la conciencia se le detiene un minuto para pensar cómo puede evitar que suceda esto la próxima vez en lugar de echarle las culpas al que tiene delante, que es su padre, al camarero que no llega, al día lluvioso que le oprime, al taxista que se le cruzó por delante, a la vida que no es ni será justa, a los otros que no le comprenden…
Es mucho mejor, sin duda, y no tan difícil, formar parte de un cuento, ¿no?

16 septiembre 2011

La ciudad de los prodigios

Mi jefe siempre nos repite la misma frase:“Use the difficulty”. La tiene tan integrada en su esencia, que incluso nos regaló a todos por navidad el libro de Tom Sawyer señalando el capítulo que debíamos leer para entenderlo. Pienso que quizás esa contradicción que para él dirige su vida es como la mía de adorar en el fondo los detalles más diminutos, las vivencias cotidianas, lo más sencillo, por supuesto, como la verdadera sal de la vida.
La primera vez que vine a NY por trabajo fue acompañada, aún con el viejo chip del turista, con la necesidad de hacer fotos de los edificios y todo eso. En ese momento, la ciudad me pareció una tomadura de pelo, una exageración ciertamente, toda ella construida con cartón piedra y llena de remiendos, con andamios molestando el paso bajo gigantescos bloques de oficinas…Sin embargo hoy, que he vuelto sin ninguna expectativa, con la simple compañía de una maleta roja, se me ha mostrado de una forma diferente e irremediablemente, me he enamorado de ella.
Igual que a todas las chicas, reconozco que me he dejado seducir por un espejismo de una realidad inexistente, quizás de un deseo, de un instante tomado al azar, o quizás ha sido su extravagante manera de ser la que me ha arrastrado irremediablemente a sus brazos…
He descubierto sin pretenderlo porqué esta ciudad engancha a tantos a pesar de todas sus contradicciones tan evidentes: desde su basura vestida en grandes bolsas negras ante escaparates que son lo último en creatividad, hasta sus amplísimas avenidas ordenadas  en las que saltan atrotinados taxis amarillos y camiones de gran tonelaje, pasando por sus hoteles de medio pelo con precios abusivos… Y es que a  pesar de su soberbia y de su falsedad, esta es una ciudad de los prodigios, un lugar en donde la magia de un instante te envuelve cada día.
Para ser el protagonista de este cuento, solo tienes que hacer una cosa, just give them a second and smile…
Si sonríes, puedes cruzarte por la calle con un desconocido y que te diga good morning con sinceridad, y si sigues sonriendo un taxista egipcio te preguntará si las españolas son tan guapas como tú y el siguiente, que es nepalí, se reirá contigo cuando le propongas viajar en una máquina del tiempo para visitar inmediatamente su ciudad y la tuya.
Si sonríes y hablas abiertamente, un camarero colombiano que tiene buen ojo te contará en español que después de 3 años, él también sigue sin entender porqué la propina es obligatoria, y si sigues hablando con transparencia, en una encantadora pastelería te perdonarán con un gesto benevolente que les pagues la suya…
Si sonríes y te relajas, verás como en un restaurante de moda, un señor rico y achispado baila un agarrao con su novia entre las mesas, mientras su amigo le roba sin clemencia la comida del plato, ya que quién se fue a Sevilla perdió su silla…o su comida (y más si en el viaje va acompañado), y cuando vuelvas del baño, ese mismo señor gordo de tanto comer te reconocerá y te dirá con palabras ininteligibles, que su amigo está loquito de atar…
Si sonríes y hablas de más, probablemente estés a punto de perder tu asiento en la fila de emergencia, pero al momento, la misma azafata negra y oronda te dirá I love Barcelona y tengo previsto el viaje de mi vida el próximo octubre…¿tu sabes algún hotelín para pasar la noche en Barcelona?. Te olvidarás de ella al momento, te irás al baño a cambiarte el traje por algo cómodo para el viaje de vuelta y después de una hora, te cruzarás con una azafata negra y oronda que te reconocerá y te dedicará un guiño…Wow!
Si sonríes y les miras con bondad, así sin más, directamente a los ojos, verás que alguno te devuelve la mirada, porque también está solo en este viaje y sabe reconocerte, y porque en realidad hay pocos neoyorquinos de verdad. Esto es un gran melting pot de razas, costumbres y actitudes, un hervidero de prodigios esperando el momento oportuno para sorprenderte y hacerte cambiar de opinión sobre la city.
Ciertamente, NY me ha tendido una sutil trampa y me he quedado enganchada. Fully in love. Me estoy yendo y ya solo pienso en cuando volver…


PS. Aquí te pueden pasar muchas cosas, y no necesariamente malas :-)

08 septiembre 2011

Luces Plateadas

La primera vez que fuí a una boda tenía 11 años. En aquel evento, me rodeaba un montón de gente desconocida que hablaba abiertamente de temas que aún no me habían enseñado en el colegio. Yo que era muy curiosa y tenía un gran afán por aprender, trataba de poner muchísima atención a las conversaciones para no perderme nada. Como mínimo, lo intentaba. Allí ví con mis propios ojos a mis padres divertirse a lo grande, más allá de las instantáneas que había en la caja de cartón que mirábamos con mi hermano los domingos por la mañana en su cuarto.Mi padre no paraba de reirse con sus amigos a carcajadas, poniéndose servilletas en la cabeza y pedía a gritos un brindís por los novios y otro más, mientras todas las señoras y también mi madre fumaban torpemente apoyando el codo sobre la mesa…¡no podía más que estar encantada observando aquel nuevo mundo!.
Como en aquella fiesta no había obligaciones ni horarios, fueron pasando las horas y el cielo se llenó de luces en forma de estrella...hasta que de repente alguien habló de que pronto habría que ir bajando a la discoteca.
-Papa, yo quiero ir.
A la sala de baile se accedía a través de unas escaleras en el mismo hotel, bajo un neón azul en el que se leía un nombre extrañísimo: “Boîte”. ¿Os imagináis a una niña espiando tras una puerta, oyendo como comenzaba a sonar una música en pruebas? Era una tentación demasiado difícil para pasarla por alto.
-¡Papa, yo quiero ir!.

Ahora no sé si las niñas hacen pucheros para convencer a los padres, pero en aquel momento, yo utilicé todos mis trucos para conseguir bajar los peldaños y abrir la enorme puerta de doble hoja que se cerraba tras de sí dejando atrás el silencio y la luz para dar paso a un lugar mágico, un sitio oscuro y brillante a la vez, donde la música nacía de las grietas de paredes y se pegaba al suelo, justo debajo de mis zapatos. Una enorme bola plateada giraba lentamente allá arriba justo en medio de la pista de baile, salpicando las paredes con un brillo metálico.
Sin pensarlo mucho, me solté de mi padre y me situé justo bajo aquel sol giratorio, en el centro de la pista aún vacía, y por primera vez me dejé llevar por la música que traspasaba con su volumen mis oídos y que por ingravidez se colaba en mi interior con una fuerza inusitada y me hacía mover sincopadamente todas mis extremidades. Al abrir de vez en cuando los ojos me aturdían unas luces azules, rojas, verdes y blancas, que también seguían el ritmo que se había adueñado de mi.
Fue un momento único, y que se borró en las entrañas del tiempo. Sin embargo, me he vuelto a acordar de él ahora, justo después de la última boda de uno de mis buenos y leales amigos. Repasando sus buenos momentos he ido retrocedido hacia atrás y he llegado sin querer hasta aquel hotel en Santa Susana donde descubrí un nuevo mundo no infantil.
Pocas veces me he dejado llevar de esa manera sin más, sin ayuda de gintònics o mojitos que me ayudaran a desabrochar  la racionalidad que me aprieta el alma…pero cuando sucede, me doy cuenta porque al abrir los ojos en medio de la pista, vuelvo a contemplar allá en lo alto una gran bola plateada que da vueltas, y vueltas, y vueltas...


Ps: Dedicat al Guiiiiillem, desitjant-li que sigui molt feliç.

21 agosto 2011

El momento adecuado

Cuando eres un crío, no puedes llegar a comprender cómo a los mayores les puede gustar beber vino.
A mi me sucedía con el vino y también con los espárragos, y aún ahora, aunque me encanta compartir una buena comida con un vino a juego, soy incapaz de recordar su nombre después de apurar la última gota. Sin embargo, no me sucede lo mismo con los restaurantes. Pasen los años que pasen, si alguien me pregunta por un lugar donde yo haya estado o que alguien me haya recomendado, inmediatamente le digo el nombre. Por designios del destino, poseo un resorte natural que me traslada directamente hasta aquel sitio, y de ahí al momento, y justo desde allí hasta aquel instante. Como si hubiera sucedido ayer…
Hoy he comido en un restaurante donde estuve por primera vez hace exactamente o quizás más o menos unos veinte años. En aquella ocasión era invierno, casi rozando a la primavera, era un sábado por la noche y lo recuerdo tan nítidamente porque era mi cumpleaños. Con toda su buena intención, mi novio me invitó a celebrar mi tierna edad a un restaurante de ambiente clásico, con decoración en tonos salmón y con una lista de precios  desproporcionada para nosotros. Recuerdo tener frío en aquella mesa, pero me alegré de estar sentada en un rincón de la sala, lejos de los ojos de los comensales que nos doblaban en edad y en compostura.
Aunque debería estar encantada con aquel regalo, lo pasé mal durante toda la cena, haciendo sumas y más sumas para no pedir más de la cuenta y descubrir al final de la cena, que no teníamos suficiente dinero. Con mi imaginación latente, seguro que surgió más de una vez la imagen de una gran cocina con montañas de platos por fregar. El dinero se nos escurría dentro de los bolsillos, ya que a los veinte años las tarjetas de crédito eran como beber vino, una costumbre solo al alcance de los padres.
Después de la cena, salimos del local bien erguidos, guapos como todos los jóvenes. Mientras bajaba las escaleras del restaurante hacia el parking, respiré profundamente el aire fresco de la noche y deseé con todas mis fuerzas llegar pronto a la discoteca para poder bailar libremente a mis anchas, ya que en ese momento, me sentí increiblemente vieja.
Fue entonces cuando prometí que nunca volvería a adelantar el momento para ejercer de mayor. Quizás sea esa la causa por la que, aún ahora, soy incapaz de recordar el nombre de los vinos que bebo…

PD. Dedicado al restaurante Palmira, con su excelente comida.