24 septiembre 2011

Huecos por rellenar

La emoción, la ilusión, el valor a los momentos, todos son ejes de la misma patraña, al menos hoy lo veo así, cuando después de decidir olvidarme un poquito de mi bienestar y dedicarles el sábado a mi familia, la sensación del después es de tristeza y vacío.
Debería haberme acostumbrado. No es la primera vez que ocurre. Quizás por eso vuelvo con frecuencia a la magia que rellena los huecos de los sinsabores, por eso necesito inventarme las piezas que faltan para terminar el puzzle. Quizás por eso comencé hace tantos años a escoger las palabras para pintar hojas blancas de una libreta.

Yo que nací para regalar, para remover mínimamente las almas para que aprendiesen a ver el sol cada mañana, me pellizco hoy escondiendo las manos debajo de la mesa para que con ese dolor se contrarreste el otro que siento cuando oigo conversaciones egocéntricas y de mal agüero. ¿Cómo puede ser que yo sea incapaz de remover ni un milímetro de su postura implacable y soberbia? ¿Cómo puede ser que yo no sepa la manera de convencerle que el mundo no va en su contra? ¿Cómo hacerle ver que si sonríe, los demás sonreirán, que si les habla sin gritar, los demás se relajarán, que si se hace entender desde la humildad, los demás le escucharán…?
Yo que solo pienso en hacer felices a los demás para que su dicha me vuelva en boomerang, hoy me sigo pellizcando con la mano izquierda en la barbilla mientras tengo los brazos cruzados y las piernas cruzadas y la mirada clavada en la pared. No hay felicidad posible en este momento familiar, la emoción por crear un instante para el recuerdo se ha desvanecido, ni siquiera ha podido nacer, y el valor del momento no existe. Ni aunque se intente arreglar con un murmullo, una risa o un chiste, definitivamente no lo añadiré a mis escritos, porque no hay tanta magia que rellene los huecos que me faltan.

Solo habrá servido de algo si la conciencia se le detiene un minuto para pensar cómo puede evitar que suceda esto la próxima vez en lugar de echarle las culpas al que tiene delante, que es su padre, al camarero que no llega, al día lluvioso que le oprime, al taxista que se le cruzó por delante, a la vida que no es ni será justa, a los otros que no le comprenden…
Es mucho mejor, sin duda, y no tan difícil, formar parte de un cuento, ¿no?

16 septiembre 2011

La ciudad de los prodigios

Mi jefe siempre nos repite la misma frase:“Use the difficulty”. La tiene tan integrada en su esencia, que incluso nos regaló a todos por navidad el libro de Tom Sawyer señalando el capítulo que debíamos leer para entenderlo. Pienso que quizás esa contradicción que para él dirige su vida es como la mía de adorar en el fondo los detalles más diminutos, las vivencias cotidianas, lo más sencillo, por supuesto, como la verdadera sal de la vida.
La primera vez que vine a NY por trabajo fue acompañada, aún con el viejo chip del turista, con la necesidad de hacer fotos de los edificios y todo eso. En ese momento, la ciudad me pareció una tomadura de pelo, una exageración ciertamente, toda ella construida con cartón piedra y llena de remiendos, con andamios molestando el paso bajo gigantescos bloques de oficinas…Sin embargo hoy, que he vuelto sin ninguna expectativa, con la simple compañía de una maleta roja, se me ha mostrado de una forma diferente e irremediablemente, me he enamorado de ella.
Igual que a todas las chicas, reconozco que me he dejado seducir por un espejismo de una realidad inexistente, quizás de un deseo, de un instante tomado al azar, o quizás ha sido su extravagante manera de ser la que me ha arrastrado irremediablemente a sus brazos…
He descubierto sin pretenderlo porqué esta ciudad engancha a tantos a pesar de todas sus contradicciones tan evidentes: desde su basura vestida en grandes bolsas negras ante escaparates que son lo último en creatividad, hasta sus amplísimas avenidas ordenadas  en las que saltan atrotinados taxis amarillos y camiones de gran tonelaje, pasando por sus hoteles de medio pelo con precios abusivos… Y es que a  pesar de su soberbia y de su falsedad, esta es una ciudad de los prodigios, un lugar en donde la magia de un instante te envuelve cada día.
Para ser el protagonista de este cuento, solo tienes que hacer una cosa, just give them a second and smile…
Si sonríes, puedes cruzarte por la calle con un desconocido y que te diga good morning con sinceridad, y si sigues sonriendo un taxista egipcio te preguntará si las españolas son tan guapas como tú y el siguiente, que es nepalí, se reirá contigo cuando le propongas viajar en una máquina del tiempo para visitar inmediatamente su ciudad y la tuya.
Si sonríes y hablas abiertamente, un camarero colombiano que tiene buen ojo te contará en español que después de 3 años, él también sigue sin entender porqué la propina es obligatoria, y si sigues hablando con transparencia, en una encantadora pastelería te perdonarán con un gesto benevolente que les pagues la suya…
Si sonríes y te relajas, verás como en un restaurante de moda, un señor rico y achispado baila un agarrao con su novia entre las mesas, mientras su amigo le roba sin clemencia la comida del plato, ya que quién se fue a Sevilla perdió su silla…o su comida (y más si en el viaje va acompañado), y cuando vuelvas del baño, ese mismo señor gordo de tanto comer te reconocerá y te dirá con palabras ininteligibles, que su amigo está loquito de atar…
Si sonríes y hablas de más, probablemente estés a punto de perder tu asiento en la fila de emergencia, pero al momento, la misma azafata negra y oronda te dirá I love Barcelona y tengo previsto el viaje de mi vida el próximo octubre…¿tu sabes algún hotelín para pasar la noche en Barcelona?. Te olvidarás de ella al momento, te irás al baño a cambiarte el traje por algo cómodo para el viaje de vuelta y después de una hora, te cruzarás con una azafata negra y oronda que te reconocerá y te dedicará un guiño…Wow!
Si sonríes y les miras con bondad, así sin más, directamente a los ojos, verás que alguno te devuelve la mirada, porque también está solo en este viaje y sabe reconocerte, y porque en realidad hay pocos neoyorquinos de verdad. Esto es un gran melting pot de razas, costumbres y actitudes, un hervidero de prodigios esperando el momento oportuno para sorprenderte y hacerte cambiar de opinión sobre la city.
Ciertamente, NY me ha tendido una sutil trampa y me he quedado enganchada. Fully in love. Me estoy yendo y ya solo pienso en cuando volver…


PS. Aquí te pueden pasar muchas cosas, y no necesariamente malas :-)

08 septiembre 2011

Luces Plateadas

La primera vez que fuí a una boda tenía 11 años. En aquel evento, me rodeaba un montón de gente desconocida que hablaba abiertamente de temas que aún no me habían enseñado en el colegio. Yo que era muy curiosa y tenía un gran afán por aprender, trataba de poner muchísima atención a las conversaciones para no perderme nada. Como mínimo, lo intentaba. Allí ví con mis propios ojos a mis padres divertirse a lo grande, más allá de las instantáneas que había en la caja de cartón que mirábamos con mi hermano los domingos por la mañana en su cuarto.Mi padre no paraba de reirse con sus amigos a carcajadas, poniéndose servilletas en la cabeza y pedía a gritos un brindís por los novios y otro más, mientras todas las señoras y también mi madre fumaban torpemente apoyando el codo sobre la mesa…¡no podía más que estar encantada observando aquel nuevo mundo!.
Como en aquella fiesta no había obligaciones ni horarios, fueron pasando las horas y el cielo se llenó de luces en forma de estrella...hasta que de repente alguien habló de que pronto habría que ir bajando a la discoteca.
-Papa, yo quiero ir.
A la sala de baile se accedía a través de unas escaleras en el mismo hotel, bajo un neón azul en el que se leía un nombre extrañísimo: “Boîte”. ¿Os imagináis a una niña espiando tras una puerta, oyendo como comenzaba a sonar una música en pruebas? Era una tentación demasiado difícil para pasarla por alto.
-¡Papa, yo quiero ir!.

Ahora no sé si las niñas hacen pucheros para convencer a los padres, pero en aquel momento, yo utilicé todos mis trucos para conseguir bajar los peldaños y abrir la enorme puerta de doble hoja que se cerraba tras de sí dejando atrás el silencio y la luz para dar paso a un lugar mágico, un sitio oscuro y brillante a la vez, donde la música nacía de las grietas de paredes y se pegaba al suelo, justo debajo de mis zapatos. Una enorme bola plateada giraba lentamente allá arriba justo en medio de la pista de baile, salpicando las paredes con un brillo metálico.
Sin pensarlo mucho, me solté de mi padre y me situé justo bajo aquel sol giratorio, en el centro de la pista aún vacía, y por primera vez me dejé llevar por la música que traspasaba con su volumen mis oídos y que por ingravidez se colaba en mi interior con una fuerza inusitada y me hacía mover sincopadamente todas mis extremidades. Al abrir de vez en cuando los ojos me aturdían unas luces azules, rojas, verdes y blancas, que también seguían el ritmo que se había adueñado de mi.
Fue un momento único, y que se borró en las entrañas del tiempo. Sin embargo, me he vuelto a acordar de él ahora, justo después de la última boda de uno de mis buenos y leales amigos. Repasando sus buenos momentos he ido retrocedido hacia atrás y he llegado sin querer hasta aquel hotel en Santa Susana donde descubrí un nuevo mundo no infantil.
Pocas veces me he dejado llevar de esa manera sin más, sin ayuda de gintònics o mojitos que me ayudaran a desabrochar  la racionalidad que me aprieta el alma…pero cuando sucede, me doy cuenta porque al abrir los ojos en medio de la pista, vuelvo a contemplar allá en lo alto una gran bola plateada que da vueltas, y vueltas, y vueltas...


Ps: Dedicat al Guiiiiillem, desitjant-li que sigui molt feliç.

21 agosto 2011

El momento adecuado

Cuando eres un crío, no puedes llegar a comprender cómo a los mayores les puede gustar beber vino.
A mi me sucedía con el vino y también con los espárragos, y aún ahora, aunque me encanta compartir una buena comida con un vino a juego, soy incapaz de recordar su nombre después de apurar la última gota. Sin embargo, no me sucede lo mismo con los restaurantes. Pasen los años que pasen, si alguien me pregunta por un lugar donde yo haya estado o que alguien me haya recomendado, inmediatamente le digo el nombre. Por designios del destino, poseo un resorte natural que me traslada directamente hasta aquel sitio, y de ahí al momento, y justo desde allí hasta aquel instante. Como si hubiera sucedido ayer…
Hoy he comido en un restaurante donde estuve por primera vez hace exactamente o quizás más o menos unos veinte años. En aquella ocasión era invierno, casi rozando a la primavera, era un sábado por la noche y lo recuerdo tan nítidamente porque era mi cumpleaños. Con toda su buena intención, mi novio me invitó a celebrar mi tierna edad a un restaurante de ambiente clásico, con decoración en tonos salmón y con una lista de precios  desproporcionada para nosotros. Recuerdo tener frío en aquella mesa, pero me alegré de estar sentada en un rincón de la sala, lejos de los ojos de los comensales que nos doblaban en edad y en compostura.
Aunque debería estar encantada con aquel regalo, lo pasé mal durante toda la cena, haciendo sumas y más sumas para no pedir más de la cuenta y descubrir al final de la cena, que no teníamos suficiente dinero. Con mi imaginación latente, seguro que surgió más de una vez la imagen de una gran cocina con montañas de platos por fregar. El dinero se nos escurría dentro de los bolsillos, ya que a los veinte años las tarjetas de crédito eran como beber vino, una costumbre solo al alcance de los padres.
Después de la cena, salimos del local bien erguidos, guapos como todos los jóvenes. Mientras bajaba las escaleras del restaurante hacia el parking, respiré profundamente el aire fresco de la noche y deseé con todas mis fuerzas llegar pronto a la discoteca para poder bailar libremente a mis anchas, ya que en ese momento, me sentí increiblemente vieja.
Fue entonces cuando prometí que nunca volvería a adelantar el momento para ejercer de mayor. Quizás sea esa la causa por la que, aún ahora, soy incapaz de recordar el nombre de los vinos que bebo…

PD. Dedicado al restaurante Palmira, con su excelente comida.

13 agosto 2011

Tailandia en un susurro

Llevaba días preguntándome cómo podía acabar mi paseo por estos paisajes lejanos. Quería que fuera con algún detalle que se hubiera colado en la historia sin motivo aparente, pero no hallaba la forma: ¿cómo resumir en unas líneas algo tan amplio como un país?. La solución llegó una tarde cualquiera, a través de una experiencia superficial, incluso banal, y fue clara y directa como una flecha, y por fin, Tailandia se concentró para mí en un solo instante.


El hecho ocurrió en Koh Chang, una isla apartada de las rutas turísticas masivas, de esos paraísos a medio destruir por la edificación de complejos de pseudo lujo para asiáticos con dinero o europeos en su primer gran viaje con el corazón partío. Nosotros íbamos hacia allí buscando al sol que nos había esquivado durante todas las vacaciones, pero nuestra llegada fue un poco accidentada:  desembarcamos ya oscurecidos en el último ferri con necesidades básicas que cubrir -hambre y cansancio- y con las esperanzas bajo mínimos, ya que la tormenta no se había movido ni un solo centímetro por encima de nuestras cabezas. Después de un par de kilómetros con un bosque lluvioso e impenetrable vigilando nuestros movimientos, oímos un ruido sordo: habíamos pinchado una rueda de la autocaravana.

A pesar de la deshora y la lluvia torrencial, los vecinos de la aldea acudieron enseguida a ayudarnos, y nos prestaron una motocicleta y un guía para llegar hasta las sucias mazmorras de un mecánico. Después de una hora más de barro, lluvia y sudor tropical, la mitad del trabajo estaba hecho, y la rueda de repuesto ocupaba un lugar preferente. Solo faltaba encontrar un hotel donde nos dieran de comer y dormir y ya arreglaríamos el pinchazo al día siguiente. Después de amanecer, lo vimos todo mejor, y retrasamos cuanto pudimos la visita al castillo ennegrecido de bujías y neumáticos. Durante el arreglillo tuvimos que improvisar lugar donde comer, así que empezamos a andar por la carretera hacia las casas que se apelotonaban alrededor de la única carretera, en el también único lugar llano de la isla.
Elegimos uno los cientos de hotelitos pequeñines que se anunciaban en los carteles  con mucha fortuna, pues el lugar resultó ser idílico, con vistas a un brazo de mar que se adentraba en la selva. Además, los empleados tenían muchas ganas de trabajar porque en temporada de lluvias no hay mucho que hacer.

-Spa, Ma’m? –me dice una chica -We have a promotion today: if you buy one treatment, you will get one for free…Here you have the services…- me tiende una hoja fotocopiada con tres páginas llenas.
-Ok, thank you. I’ll take a look.
Me decidí por algo tan tonto como una pedicura.

-Can I come in 10 minutes?
-Oh, Yes, Ma’m.
Llegué al lugar señalado con el letrero “SPA”. Era un simple porche de madera, rodeado de selva frondosa que asomaba verde y espesa. La chica me hizo tomar asiento y se arrodilló a mis pies. Me puse a observar con lentitud aquel pequeño espacio por hacer algo y, de repente, apareció la pequeña Tailandia ante mis ojos.
La chica estaba ante mí, descalza, como mandan los cánones del respeto, mientras sus zapatos la esperaban a un lado de la tarima de madera sin barnizar, húmeda y ennegrecida de tanta lluvia. Gruesas palmeras se enfilaban hacia el cielo y en medio de sus troncos, cocos cortados en dos y vaciados, eran los tiestos perfectos para que orquídeas blancas se elevaran buscando la luz. Los geckos, (nuestras salamanquesas), corrían arriba y abajo por los entramados del porche cazando mosquitos para llenar sus panzas.
Súbitamente, un intenso olor a arroz llenó aquel diminuto espacio, “Jasmine rice tea, ma’m”, y ese olor me transportó a los infinitos campos de arroz que hemos atravesado con la mirada y los kilómetros. Después del sorbito del brebaje caliente, me di cuenta de que una música suave ascendía y tintineaba el aire, acompasando las tenues ráfagas de viento. Mientras tanto, ella seguía silenciosa actuado con movimientos sin peso, livianos, sentada con las piernas hacia atrás. Tenía el pelo negro, atado en una coleta, como suelen hacer aquí, con un lazo y una redecilla que lo recogía con prudencia, en las mejillas se percibían los restos de polvos de talco que usan para evitar los efectos del calor en la piel. Más allá, ante una mesa enorme, una chica sentada en la punta de una silla, borraba y escribía sin levantar la vista del papel con una parsimonia inimitable. Frente a ella, había un cuenco lleno de agua, con florecitas de vivos colores flotando en un dibujo sobre el agua, y en el suelo, un par de figuritas del elefante sagrado perennemente representado, nos daban una real bienvenida. Colgado del techo, el bambú hacía su aparición, con un par de ramas anchas cortadas al cuchillo, para albergar las bombillas que caían del techo con soportales de madera y hojas de parra de una solemnidad casi minimalista.
El bosque nos cantaba con el croar de una rana de vez en cuando, mientras nosotras nos dejábamos llevar por un tiempo que fluía con lentitud, con una calma imposible de romper….
Al fin me susurraron Ma’m we are finished, y entonces me desperté de mi pequeña Tailandia, la sencilla, la que sonríe honestamente, la que vive en los pueblos haciendo lo que sabe hacer: susurrar mientras crecen las plantas, los críos, al abrigo de sus raíces. 




PD.
Mis Fotos
Leonard Cohen de fondo 

04 agosto 2011

La mirada del turista

Una de las ventajas de viajar es que aprendes a respetar al otro, ya que al apreciar el mundo desde la humilde mirada de viajero, acabas entendiendo que hay cientos de maneras distintas de vivir la vida y todas ellas son igual de válidas.
Lo ves con facilidad en el momento en que te pones a explicar tu trabajo, aquel del cual en el fondo nos sentimos orgullosos y que nos tiene agarrados en una tela de araña invisible. Aunque nadie te interrumpa, acabas en cinco segundos, y ya antes de finalizar, sabes con certeza que tu interlocutor no ha entendido ni una palabra (aunque sonríe), y que lo que tanto te personaliza aquí, allí no tiene en absoluto ninguna utilidad.
Y es que en realidad, somos un diminuto grano de arena en medio del infinito universo. A pesar de ser insignificantes, somos muy orgullosos:
por ello tratamos de saltar muy alto para que los demás nos vean, por eso construimos edificios cada vez más elevados, por eso adelantamos a los demás sentados al volante de coches cada vez más apabullantes, por eso nos vestimos a la última y con los mejores complementos ...
El ejemplo lo encuentro con facilidad en la primera parada antes de bajarme en el aeropuerto del país de destino. Vamos a hacerle una visita de médico a Doha, la capital de Qatar, un inmenso secarral de viento y arena en el Golfo Pérsico. A mi se me antoja como la puerta hacia el infierno, ya que es imposible vivir respirando al aire libre, ya que si lo pruebas, las ráfagas del viento desértico de más de 45 grados te golpean la cara y sufres una especie de sensación de ahogo. Sin embargo, justo al llegar, dentro de la salvación del aire acondicionado del taxi, se te queda la boca abierta: enormes rascacielos surcan el horizonte, rodeados de amplias avenidas por donde circulan lujosos coches, mientras unos se van reflejando en los cristales del otro. Los beneficios de cientos de grandes círculos en la tierra para extraer petróleo  han permitido ese derroche de recursos a unos pocos poderosos y les deja seguir saltando hacia lo alto para que les vean:
"ahora queremos que el Tour de Francia empiece aquí " - un poco lejos de allí, ¿no?....
"ahora queremos organizar el próximo Mundial de fútbol"- ¿dónde piensan jugar para no morir abrasados?....
La paradoja de todo ello es que esa necesidad de ser admirados no les hace mirarse a sí mismos. Desde mi humilde punto de vista, son ciudadanos en blanco y negro: ellos con túnicas blancas y con un Iphone y billetes en el bolsillo y ellas con el cuerpo escondido totalmente bajo una negra sábana, comprando ávidamente carísimos bolsos de piel y sujetadores de encaje en centros comerciales que replican una Venecia de cartón piedra, con canales y gondolieri.
Pero hay que respetarlo todo, ya que fuera de nuestro entorno, no somos más que unos simples turistas: desde sus ojos, nos ven altos y torpones, con atuendos siempre inadecuados, sudorosos y cansinos, con pieles demasiado blancas que enrojecen con facilidad, y sin embargo con ganas de tumbarnos al sol, haciendo gestos que tratan de imitar los suyos, con más o menos soltura. Con la cámara pegada al cuerpo enloquecemos haciendo clicks cuando nos bajamos de la camioneta para turistas, ahora a un cartel carcomido en medio de la calle del mercado, entorpeciendo el tráficco, ahora a un templo sagrado poniendo a la chica y su sonrisa delante del Buda, o porqué no a un montón de flores que decoran el lobby del hotel para guiris o a un caracol que cruza tranquilamente en ese momento, a una fuente, click, a un árbol, click, a….nada.
Suerte que cuando el dedo se cansa de tratar de guardarlo todo, sacamos nuestro ojo de la mirilla y comenzamos a admirar por fin los pequeños detalles, esos que nunca pueden inmortalizarse en una fotografía.
Solo entonces empezamos a ser un poco más viajeros y menos turistas...

31 julio 2011

Noches de Verano

Cada verano me pasa lo mismo: por viajar al otro lado del mundo y ser  el único momento en el que puedo contemplar la vida de los otros como un funambulista alejado de su realidad, justo al otro lado del cable que une ambos mundos, me quedo como suspendida en el espacio. De la misma manera, es inevitable que me quede suspendida también en el tiempo, ya que como parada obligada en mi rutina habitual, no hay temas nuevos que tenga que arreglar o de los que deba protegerme.
En estas circunstancias, mi mente también se va de vacaciones al mejor lugar, al pasado dorado, y de vez en cuando, se aventura a explorar aquellos temas que quedaron enredados tiempo atrás. Todo ello ocurre durante la noche, al cerrar los ojos.
Normalmente en casa no duermo bien, aunque tenga la mejor cama del mundo, me despierto cuando aún no hay luz en la ventana pensando en los temas que me acaban de suceder, incluso los de aquel mismo día, y aunque me esfuerzo en dejarlos atrás, no dejan de revolotear como un zumbido molesto en la oscuridad. Durante las vacaciones, por suerte, cierro los ojos instantáneamente, y estos temas solo aparecen de vez en cuando. Cuando vuelve a ellos mi memoria, lo hace sin bloquearse. Aquí  los sobrevuelo desde un punto de vista más liviano, como cuando saltamos de un pensamiento a otro justo antes de quedarnos dormidos. Sin embargo, a veces entre los sueños de verano reviven temas que no debía tener cerrados (aunque a mí me lo parecía) o vuelvo sin querer hasta episodios de mi vida que ni me acordaba que existieran.
Y es que, sobre todo, desde la otra punta del mundo, vuelvo al pasado: a la universidad, a la piscina, a hacer bajadas en monopatín por la urbanización de Sils. Por las noches retorno a mi viejo barrio, me cruzo con los antiguos vecinos y llego hasta la puerta de mi casa de toda la vida, subo trotando por la escalera de casa de la abuela y traspaso la portezuela que rechina como siempre y que da al patio con sus macetas en fila de plantas viejitas y su encalado sucio por los regueros del agua, para llegar zigzagueando por los pasillos a mi cuarto con mis posters y mis cosas. En esos sueños, se mezclan sin aparente conexión personajes nuevos con otros casi olvidados, en un festín de sinsentidos.
En verano, vuelvo a ver a mis queridos abuelos, aunque casi siempre al final del sueño me doy cuenta que eso no es posible y entonces intento alargar el momento concentrándome en su voz o en sus caras, que aparecen sorprendentemente serenas y jóvenes. Durante las largas horas de sueño, en sitios diferentes y con ruidos extraños, en lugar de asustarme por la novedad, vuelvo a jugar con mi Laisi y me refugio en mi familia en los tiempos en que no existían los problemas. ¿Será por eso que al despertar tengo ganas de llamar a mi madre? Debe ser…
En verano, solo con cerrar los ojos, me duermo enseguida, y eso significa, de momento, que estoy de vacaciones.

28 julio 2011

Reflexiones de un viajero

Hace tiempo que pienso que ya he visto más de lo que a una vida se le debiera permitir.
Cada vez más, al empezar una nueva ruta me repito que cuando sea mayor no volveré a tomar un avión, ni haré largos trayectos, ni conoceré nuevos países. Tampoco pasaré calor ni frío si no es porque en mi hogar, el tiempo cambia a su aire, y no volveré a probar nuevos manjares si no es porque cerca de casa, han abierto un nuevo restaurante que me apetece descubrir.
En realidad, a estas alturas, empiezo a mezclar paisajes y culturas, relaciono sin querer los años de construcción de un monumento con los mismos en los que, en la otra parte del mundo, se alzaban o catedrales o pirámides mayas o simplemente, casuchas para albergar a una nueva  familia. La arquitectura se me antoja parecida o con ciertos puntos en común, o quizás sean los materiales empleados aquí o allá, o más bien sean los motivos de sus construcciones, las idénticas causas que forman la base de este mundo hecho a la medida del ser humano, tan sencillo o complejo pero en definitiva tan esencial.
Incluso los olores de la nueva tierra a la que aterrizo me acercan a otros lugares y estos a  otros más. Este profundo olor de arroz que hoy impregna el aire me lleva hasta Bali, y el aroma a tubérculo ahumado a la brasa  me transporta hasta las chabolas de Guatemala y la parrilla en la que se fríen los pescados me hace volar por un momento hasta las costas de Senegal para perderme entre los baobabs mágicos que forman parte de mis sueños.
Los sabores de Thailandia que no probaré se juntarán con las exquisiteces de Nepal que no degusté y me recordarán por fin qué valor tan grande que tiene una buena hogaza de pan.





Y al final, todos los viajeros nos acabamos embelesando por un momento arrebatado:
el acto sencillo de plantar a mano en arrozales cubiertos en agua que hace de fiel espejo de palmeras y maizales, el gesto honesto de las familias que sonríen en lengua incomprensible tumbados en sus chozas bajo el clima tropical que te envuelve en sudor a cada paso.
Quedas asombrado por lo cotidiano, como el baile de olores que nace entre la humareda de un mercadillo a oscuras, alimentado por bombillas amarillas, donde sigues asándote de calor.
Atrás, en la retina, quedan los colosales vestigios de la historia por los que aprendes del nacimiento y muerte de civilizaciones enteras de nombres evocadores ,(el reino del Siam, los jemer, los lannan, sukhotai, ayutthaya)...
Todos ellos pronto formarán parte de tu subconsciente y, por falta de uso, se perderán para siempre entre la neblina del tiempo.
Sin embargo, a pesar de tanto viaje, mis excursiones personales siguen siendo tan distintas a estas como debe ser contemplar el mundo desde las estrellas, desde una nave espacial  especialmente diseñada para evitar mareos o vértigos, con la que disfrutar de la espectacular visión sin miedo alguno. Mi mundo tan pequeño es quizás derivado de todo ese otro al que he podido mirar de puntillas, suspendida también, porque en el fondo viajar no es vivir, sino cruzar como un funambulista por la vida de otros, para desaparecer, lentamente, al otro lado del cable que tensa dos mundos…
Puede que contemplar la otra parte me haya hecho amar mucho más el que tengo, el que me espera más allá de altas montañas y caudalosos ríos, el que huele a conocido, el simple y querido, el mío.

17 julio 2011

El món petit

L’altre dia llegia que l’escriptor Josep Plà, quan li preguntaven sobre perquè contantment escrivia sobre els mateixos temes malgrat fos una persona que havia viatjat molt, sempre els deia: “por supuesto que escribo sobre lo cotidiano, ¿es que hay algo más?...”
Aquesta frase em va encantar, perquè em va tranquilitzar. De vegades, tinc una gran contradicció, no només a l’hora d’escriure, sinò a l’ hora de viure: sovint els grans esdeveniments o les grans figures em passen desapercebudes, i els detalls, en canvi, m’emocionen…
Així per exemple, un gran àpat a un restaurant amb estovalles almidonades, plats de diseny i cambrers estirats pot resultar-me soporífer, però un simple dinaret a la fresca sota un emparrat trobat a l’atzar pot ser simplement perfecte…
Aquesta contradicció  en la percepció ha arribat fins als aspectes més bàsics: quan toca plorar, no em surt, i així no em cau una llàgrima als casaments, batejos, comunions o d’altres, tampoc en els acomiadaments, on tothom sembla posar-se d'acord per agafar el mocador.
No obstant això, no puc evitar les llàgrimes quan descobreixo un avi donant la mà al seu net. Ja sé que llavors no toca, però és així. Percebo una història al darrera, una intenció, una fortalesa en aquest gest que és indefinible.
De la mateixa manera, quan toca riure, no ric, i malgrat intento seguir la pista d’un acudit, ni l’entenc, ni el segueixo, se m’oblida…! Si algú me’n fes explicar un, em faria una bona jugada. I el que em passa és que, de vegades, en els moments més inoportuns se m’escapa: quan el jefe em fot la bronca, o després d´algun “accident domèstic” o potser quan algú m’està explicant alguna cosa seriosa, llavors em poso a riure i m’haig de contenir pessigant-me amb els dits per esclafar amb el dolor la rialla que comença…
No sé perquè però sóc l’única que veu llocs meravellosos i super romàntics on els demés no els troben: un sofà abans vermell i mig trencat que algú ha arrossegat fins un amagatall a la carretera de les aigües per contemplar el mar i la gran barcelona em sembla un descobriment magnífic, i les escales del museu MNAC atapeïdes de gent en silenci escoltant la sonoritat dels músics ambulants resulten un racó que hauria de sortir a les guies. No em trobareu però a ciutats de grans avingudes, massa perfectes i sobèrbies, no m’atrauen si no s’intueix un fil de vida amagada darrera una cantonada.
Em fixo en els vagabunds que s’asseuen a la primavera de Barcelona i em pregunto cóm hauran acabat fins aquí (cóm aquell guarda de seguretat a “53 días de invierno”), observo a un d’ells llegint amb ulls miops un llibre de solapes velles i em conmou, més tard veig una grossa dona llegint una revista al costat de desenes de bosses com a única pertineça. Són éssers invisibles per a casi tothom. Però si acabo el dia observant a un rostre fosc i asiàtic mentre arregla primorosament el pom de les roses que vendrà aquesta nit sobre l’espigó, llavors recordo que la vida segueix essent simple i tendra.
Per això de vegades, vaig una mica a contracorrent. Abans intentava que no
se’m notés gaire, i seguia el ritme dels demés, però amb la serenor de l’edat cada vegada sóc més lluire per observar amb deteniment, per imaginar i  gaudir d’un món més petit. Quotidià, sempre.

10 julio 2011

De la ilusión al plan de acción

La ventaja de no estar deprimido es que cuando ves que estás mal, puedes establecer un plan de acción a medida. Quizás luego no tengas tiempo de llevarlo a cabo o puede que después ya no lo necesites, pero al menos tu cabeza es capaz de ver la solución, y esa es exactamente la clave del éxito.
La ventaja de no estar deprimido es que al mirar a tu alrededor no ves absolutamente a todo el mundo más afortunado que tu. Los contemplas con sus más y sus menos, conformados con su destino o exultantes de amor, pero los ves tan humanos como a ti mismo, y no te sientes un ser insignificante.
La ventaja de no estar deprimido es que hay buenos días y días nefastos, momentos inolvidables y otros muy aburridos, pero puedes mirar al cielo sin preguntarte cuándo acabará todo y cuando bajas solo al parque, puedes sentarte en un banco con la calma sin echarte a llorar seguidamente.
Siempre pensé que los deprimidos serían seres “normales” y conformistas, apáticos, solitarios y nada ambiciosos, hasta que un día me tocó a mí, con lo que todas mis premisas se quedaron de repente sin sentido. En aquel entonces, con una autoestima cada vez más escuálida y un positivismo cada vez más sombrío, yo me preguntaba hasta cuándo duraría aquello, cuándo sabría que aquel nubarrón se alejaba por fin de mi universo. Fue entonces cuándo la voz de una amiga me dijo con tranquilidad: “cuando menos te lo esperes volverás a sonreír por un detalle, por esto o aquello, y entonces, sabrás que estás curada. No será hoy ni mañana, por supuesto, pero un día, simplemente, volverá a salir el sol.”
De eso hace ya mucho tiempo, pero intento nunca olvidarlo del todo, supongo que para quitarle importancia o para evitar una recaída. Ahora no estoy deprimida, pero sin embargo, me falta el cupo de risas y buenos momentos para compartir, así que no me queda otra que elaborar un plan de acción.
Se m'ha girat feina!