31 julio 2011

Noches de Verano

Cada verano me pasa lo mismo: por viajar al otro lado del mundo y ser  el único momento en el que puedo contemplar la vida de los otros como un funambulista alejado de su realidad, justo al otro lado del cable que une ambos mundos, me quedo como suspendida en el espacio. De la misma manera, es inevitable que me quede suspendida también en el tiempo, ya que como parada obligada en mi rutina habitual, no hay temas nuevos que tenga que arreglar o de los que deba protegerme.
En estas circunstancias, mi mente también se va de vacaciones al mejor lugar, al pasado dorado, y de vez en cuando, se aventura a explorar aquellos temas que quedaron enredados tiempo atrás. Todo ello ocurre durante la noche, al cerrar los ojos.
Normalmente en casa no duermo bien, aunque tenga la mejor cama del mundo, me despierto cuando aún no hay luz en la ventana pensando en los temas que me acaban de suceder, incluso los de aquel mismo día, y aunque me esfuerzo en dejarlos atrás, no dejan de revolotear como un zumbido molesto en la oscuridad. Durante las vacaciones, por suerte, cierro los ojos instantáneamente, y estos temas solo aparecen de vez en cuando. Cuando vuelve a ellos mi memoria, lo hace sin bloquearse. Aquí  los sobrevuelo desde un punto de vista más liviano, como cuando saltamos de un pensamiento a otro justo antes de quedarnos dormidos. Sin embargo, a veces entre los sueños de verano reviven temas que no debía tener cerrados (aunque a mí me lo parecía) o vuelvo sin querer hasta episodios de mi vida que ni me acordaba que existieran.
Y es que, sobre todo, desde la otra punta del mundo, vuelvo al pasado: a la universidad, a la piscina, a hacer bajadas en monopatín por la urbanización de Sils. Por las noches retorno a mi viejo barrio, me cruzo con los antiguos vecinos y llego hasta la puerta de mi casa de toda la vida, subo trotando por la escalera de casa de la abuela y traspaso la portezuela que rechina como siempre y que da al patio con sus macetas en fila de plantas viejitas y su encalado sucio por los regueros del agua, para llegar zigzagueando por los pasillos a mi cuarto con mis posters y mis cosas. En esos sueños, se mezclan sin aparente conexión personajes nuevos con otros casi olvidados, en un festín de sinsentidos.
En verano, vuelvo a ver a mis queridos abuelos, aunque casi siempre al final del sueño me doy cuenta que eso no es posible y entonces intento alargar el momento concentrándome en su voz o en sus caras, que aparecen sorprendentemente serenas y jóvenes. Durante las largas horas de sueño, en sitios diferentes y con ruidos extraños, en lugar de asustarme por la novedad, vuelvo a jugar con mi Laisi y me refugio en mi familia en los tiempos en que no existían los problemas. ¿Será por eso que al despertar tengo ganas de llamar a mi madre? Debe ser…
En verano, solo con cerrar los ojos, me duermo enseguida, y eso significa, de momento, que estoy de vacaciones.

28 julio 2011

Reflexiones de un viajero

Hace tiempo que pienso que ya he visto más de lo que a una vida se le debiera permitir.
Cada vez más, al empezar una nueva ruta me repito que cuando sea mayor no volveré a tomar un avión, ni haré largos trayectos, ni conoceré nuevos países. Tampoco pasaré calor ni frío si no es porque en mi hogar, el tiempo cambia a su aire, y no volveré a probar nuevos manjares si no es porque cerca de casa, han abierto un nuevo restaurante que me apetece descubrir.
En realidad, a estas alturas, empiezo a mezclar paisajes y culturas, relaciono sin querer los años de construcción de un monumento con los mismos en los que, en la otra parte del mundo, se alzaban o catedrales o pirámides mayas o simplemente, casuchas para albergar a una nueva  familia. La arquitectura se me antoja parecida o con ciertos puntos en común, o quizás sean los materiales empleados aquí o allá, o más bien sean los motivos de sus construcciones, las idénticas causas que forman la base de este mundo hecho a la medida del ser humano, tan sencillo o complejo pero en definitiva tan esencial.
Incluso los olores de la nueva tierra a la que aterrizo me acercan a otros lugares y estos a  otros más. Este profundo olor de arroz que hoy impregna el aire me lleva hasta Bali, y el aroma a tubérculo ahumado a la brasa  me transporta hasta las chabolas de Guatemala y la parrilla en la que se fríen los pescados me hace volar por un momento hasta las costas de Senegal para perderme entre los baobabs mágicos que forman parte de mis sueños.
Los sabores de Thailandia que no probaré se juntarán con las exquisiteces de Nepal que no degusté y me recordarán por fin qué valor tan grande que tiene una buena hogaza de pan.





Y al final, todos los viajeros nos acabamos embelesando por un momento arrebatado:
el acto sencillo de plantar a mano en arrozales cubiertos en agua que hace de fiel espejo de palmeras y maizales, el gesto honesto de las familias que sonríen en lengua incomprensible tumbados en sus chozas bajo el clima tropical que te envuelve en sudor a cada paso.
Quedas asombrado por lo cotidiano, como el baile de olores que nace entre la humareda de un mercadillo a oscuras, alimentado por bombillas amarillas, donde sigues asándote de calor.
Atrás, en la retina, quedan los colosales vestigios de la historia por los que aprendes del nacimiento y muerte de civilizaciones enteras de nombres evocadores ,(el reino del Siam, los jemer, los lannan, sukhotai, ayutthaya)...
Todos ellos pronto formarán parte de tu subconsciente y, por falta de uso, se perderán para siempre entre la neblina del tiempo.
Sin embargo, a pesar de tanto viaje, mis excursiones personales siguen siendo tan distintas a estas como debe ser contemplar el mundo desde las estrellas, desde una nave espacial  especialmente diseñada para evitar mareos o vértigos, con la que disfrutar de la espectacular visión sin miedo alguno. Mi mundo tan pequeño es quizás derivado de todo ese otro al que he podido mirar de puntillas, suspendida también, porque en el fondo viajar no es vivir, sino cruzar como un funambulista por la vida de otros, para desaparecer, lentamente, al otro lado del cable que tensa dos mundos…
Puede que contemplar la otra parte me haya hecho amar mucho más el que tengo, el que me espera más allá de altas montañas y caudalosos ríos, el que huele a conocido, el simple y querido, el mío.

17 julio 2011

El món petit

L’altre dia llegia que l’escriptor Josep Plà, quan li preguntaven sobre perquè contantment escrivia sobre els mateixos temes malgrat fos una persona que havia viatjat molt, sempre els deia: “por supuesto que escribo sobre lo cotidiano, ¿es que hay algo más?...”
Aquesta frase em va encantar, perquè em va tranquilitzar. De vegades, tinc una gran contradicció, no només a l’hora d’escriure, sinò a l’ hora de viure: sovint els grans esdeveniments o les grans figures em passen desapercebudes, i els detalls, en canvi, m’emocionen…
Així per exemple, un gran àpat a un restaurant amb estovalles almidonades, plats de diseny i cambrers estirats pot resultar-me soporífer, però un simple dinaret a la fresca sota un emparrat trobat a l’atzar pot ser simplement perfecte…
Aquesta contradicció  en la percepció ha arribat fins als aspectes més bàsics: quan toca plorar, no em surt, i així no em cau una llàgrima als casaments, batejos, comunions o d’altres, tampoc en els acomiadaments, on tothom sembla posar-se d'acord per agafar el mocador.
No obstant això, no puc evitar les llàgrimes quan descobreixo un avi donant la mà al seu net. Ja sé que llavors no toca, però és així. Percebo una història al darrera, una intenció, una fortalesa en aquest gest que és indefinible.
De la mateixa manera, quan toca riure, no ric, i malgrat intento seguir la pista d’un acudit, ni l’entenc, ni el segueixo, se m’oblida…! Si algú me’n fes explicar un, em faria una bona jugada. I el que em passa és que, de vegades, en els moments més inoportuns se m’escapa: quan el jefe em fot la bronca, o després d´algun “accident domèstic” o potser quan algú m’està explicant alguna cosa seriosa, llavors em poso a riure i m’haig de contenir pessigant-me amb els dits per esclafar amb el dolor la rialla que comença…
No sé perquè però sóc l’única que veu llocs meravellosos i super romàntics on els demés no els troben: un sofà abans vermell i mig trencat que algú ha arrossegat fins un amagatall a la carretera de les aigües per contemplar el mar i la gran barcelona em sembla un descobriment magnífic, i les escales del museu MNAC atapeïdes de gent en silenci escoltant la sonoritat dels músics ambulants resulten un racó que hauria de sortir a les guies. No em trobareu però a ciutats de grans avingudes, massa perfectes i sobèrbies, no m’atrauen si no s’intueix un fil de vida amagada darrera una cantonada.
Em fixo en els vagabunds que s’asseuen a la primavera de Barcelona i em pregunto cóm hauran acabat fins aquí (cóm aquell guarda de seguretat a “53 días de invierno”), observo a un d’ells llegint amb ulls miops un llibre de solapes velles i em conmou, més tard veig una grossa dona llegint una revista al costat de desenes de bosses com a única pertineça. Són éssers invisibles per a casi tothom. Però si acabo el dia observant a un rostre fosc i asiàtic mentre arregla primorosament el pom de les roses que vendrà aquesta nit sobre l’espigó, llavors recordo que la vida segueix essent simple i tendra.
Per això de vegades, vaig una mica a contracorrent. Abans intentava que no
se’m notés gaire, i seguia el ritme dels demés, però amb la serenor de l’edat cada vegada sóc més lluire per observar amb deteniment, per imaginar i  gaudir d’un món més petit. Quotidià, sempre.

10 julio 2011

De la ilusión al plan de acción

La ventaja de no estar deprimido es que cuando ves que estás mal, puedes establecer un plan de acción a medida. Quizás luego no tengas tiempo de llevarlo a cabo o puede que después ya no lo necesites, pero al menos tu cabeza es capaz de ver la solución, y esa es exactamente la clave del éxito.
La ventaja de no estar deprimido es que al mirar a tu alrededor no ves absolutamente a todo el mundo más afortunado que tu. Los contemplas con sus más y sus menos, conformados con su destino o exultantes de amor, pero los ves tan humanos como a ti mismo, y no te sientes un ser insignificante.
La ventaja de no estar deprimido es que hay buenos días y días nefastos, momentos inolvidables y otros muy aburridos, pero puedes mirar al cielo sin preguntarte cuándo acabará todo y cuando bajas solo al parque, puedes sentarte en un banco con la calma sin echarte a llorar seguidamente.
Siempre pensé que los deprimidos serían seres “normales” y conformistas, apáticos, solitarios y nada ambiciosos, hasta que un día me tocó a mí, con lo que todas mis premisas se quedaron de repente sin sentido. En aquel entonces, con una autoestima cada vez más escuálida y un positivismo cada vez más sombrío, yo me preguntaba hasta cuándo duraría aquello, cuándo sabría que aquel nubarrón se alejaba por fin de mi universo. Fue entonces cuándo la voz de una amiga me dijo con tranquilidad: “cuando menos te lo esperes volverás a sonreír por un detalle, por esto o aquello, y entonces, sabrás que estás curada. No será hoy ni mañana, por supuesto, pero un día, simplemente, volverá a salir el sol.”
De eso hace ya mucho tiempo, pero intento nunca olvidarlo del todo, supongo que para quitarle importancia o para evitar una recaída. Ahora no estoy deprimida, pero sin embargo, me falta el cupo de risas y buenos momentos para compartir, así que no me queda otra que elaborar un plan de acción.
Se m'ha girat feina!

03 julio 2011

De ilusión (también) se vive

Quan era petita, no menjava gens bé, però malgrat això, se’m veia sana i forta. Per això la meva mare assegurava rient que jo m’alimentava d’aire. Ho deia tan sovint que m'ho vaig arribar a creure, perquè amb freqüència mirava cap al cel amb la boca ben oberta, encantada amb el cel tan blau, deixant que l’aire envaís el meu cos.
Quan em vaig fer gran el meu tipus de nodriment va evolucionar, i enlloc d’aire, em vaig alimentar d’ il.lusions. Així, quan em sentia el cos dèbil, buscava il.lusions per cruspir-me-les tant aviat com pogués.
No calia que fossin massa espectaculars, perquè no me les creuria ni jo. Tampoc era necessari que es fessin realitat, perquè només eren fantasies. Tan sols era precís que fossin fetes a la meva mida. Ni més ni menys. I per això les meves pròpies il.lusions eren perfectes, perquè eren exactament tal com jo les volia.
Sovint hi torno, a buscar-les. Quan a moments el món em dona l’esquena, quan em sento massa petita per abastar-lo, quan se m’esmuny entre els dits alguna cosa que desitjo o quan no comprenc el que passa al meu voltant.

Llavors arribo en vaixell fins la Formentera de l'anunci i em veig a mi mateixa conduint una moto sense por, per primer cop, sentint com l’aire i el sol em colpejen la cara. En sento cridar-li rient a la meva amiga: “¿nos damos un bañito?” i en aquell moment fins hi tot se sent una alegre música al nostre darrera...
Llavors viatjo fins la Costa Brava, per veure el concert que acabo de llegir al diari del diumenge. Allà descobreixo que puc cantar i ballar fins la matinada sense cansar-me, sota les llums de l’escenari que parpelleigen, creant una atmòsfera única. Sé en aquell moment que la meva energia és infinita, i que em sento viva...
Llavors baixo pedalejant fins al barri del Raval després de la posta de sol i entre els carrerons estrets descobreixo un petit restaurant amagat a la cantonada d’una plaça desconeguda, en un lloc particular, rodejada d’ edificis pintats de colors i on es respira un ambient de mestissatge. Darrera les portes del petit local, m’espera una excelent vetllada de menjar oriental i tot sembla ser perfecte...
Llavors rebo una trucada molt especial i a l'altre costat del fil telefònic, trobo l’amistat en forma de conversa, recordant-me un cop més, que hi ha molta gent que m’aprecïa i m’estima. Es aleshores quan la il.lusió esdevé realitat, i en aquell precís instant el món se’m fa una miqueta més fàcil, menys esquerp, més meravellós...
I és per tot això, que d' il.lusions, alguns, VIVIM!

23 junio 2011

La hoguera de San Juan

Quemar todo.
Quemar todo lo que sobra.
Quemar todo lo que sobra y rejuvenecer al instante.

Si pudiera realizar un ritual mágico la noche de San Juan, si fuera posible participar en una fiesta íntima y fantasmagórica bajo las estrellas, justamente hoy, en la noche más corta del año, yo elegiría para mí el siguiente ritual:
Cogería un puñado de astillas de fina madera y las iría lanzando lentamente a la hoguera que crepita ante mí. Cada una llevaría aferrada uno de aquellos pensamientos que me oprimen el pecho de vez en cuando, y en ese acto sencillo, los haría dormir para siempre.
Luego, gritaría las palabras que me callo en tantas circunstancias, para que se desvanecieran entre la humareda que, a ráfagas de viento, se iría elevando hacia el cielo negro y compacto.
Finalmente, escribiría en unos papelitos cuadrados todos los errores que recuerdo que no quiero volver a repetir. Al arrojarlos al fuego, avivarían por segundos las llamas, para arrugarse y fundirse con todos los matices embriagadores del rojo.
De repente me sentiría mucho más ágil, menos pesada, así que sería muy sencillo despojarme de cada uno de mis miedos y prejuicios y acercarme con pasos ligeros a la orilla del mar. Las olas me harían cosquillas en los pies y la luz de la luna reflejada en el agua crearía pequeños destellos. Avanzaría poco a poco hasta hundirme en el mar salado de la tranquilidad, y al sacar de nuevo la cabeza del agua, todo sería, por arte de magia, más facil...

Splaaaassssssh...


12 junio 2011

Saltando desde el árbol de la montaña

Hay historias que empiezan en la mente y que van saltando de una a otra. Se construyen  como aquel cuento o canción de un árbol que tiene un tronco, del que nacen unas ramas, de las cuales crecen las hojas verdes, y del que cuelgan unas deliciosas manzanas, dentro de una de las cuales hay un gusanito que sale a tomar el sol. Las historias surgen así, de casualidad, y caben unas dentro de otras, como las muñecas rusas, y son tan finas como las distintas capas de una cebolla….
La canción o el cuento podría empezar por casualidad, tontamente, con un coche al que adelanto, con un chica joven de larga melena al volante, que lleva de copiloto una jaula con un jilguero, medio envuelto en una manta amarilla, con un lado destapado para que cante mirando hacia la autopista y para que yo pueda verle fugazmente… ¿hacia dónde se dirigirá tal pareja? De esa historia surgen dos relatos inconexos, uno de día y otro de noche, el oscuro aparece de repente, en una curva, donde unos adolescentes han hecho una parada para liarse un porro bajo las estrellas y beber un poco de áspero whisky de petaca, antes de llegar al pueblo donde se celebra una verbena de verano. Un coche rojo se para a su lado, del que tras la ventanilla bajada, se asoma una mujer de larga melena vestida totalmente de negro con un cigarro en la boca:“¿Sabéis dónde puedo comprar tabaco? Voy hacia Madrid y tengo miedo que se me acabe”. Les señala el asiento de al lado, donde se amontonan innumerables cartones de tabaco…Los chicos dan un respingo de miedo y se quedan con el dedo paralizado hacia la dirección donde se vislumbran unas luces, mientras que la mujer se aleja por la solitaria carretera.
A ese municipio han llegado esta mañana una familia cargada hasta los topes: van a pasar las vacaciones al camping, y el pequeño coche renquea debido a las subidas de la carretera serpenteante. En el techo, una baca con las maletas, y en el maletero, la tienda familiar con sus palos y sus vientos, la neverita pequeña, las sillas y la mesa plegables, los juguetes de los niños, los platos de plástico, las ollas, los manteles, los cubiertos, los cuatro sacos, hasta la escoba y el recogedor, y el juego de cartas y el ajedrez. Los niños en el asiento de atrás no tienen lugar donde poner los pies, porque debajo de los asientos están los cubos de plástico y las almohadas…pero ellos siguen cantando y dando guerra. Dos jaulas, con el jilguero y el canario, cierran la estampa de la familia feliz. Quizás se pasen por la verbena, donde la música de toda la vida no para de sonar, como aquel disco antiguo en aquella casa tan grande en la que me invitabas a pasar las tardes de aquel verano.
Recuerdo el sonido de las agujas jugueteando con alguna canción, aquella atmósfera oscura y cálida, el olor de la inmensidad de libros de la  biblioteca y sobre todo, la pequeña escalera de caracol que llevaba  hasta un sitio secreto que no me atreví a  acceder. Recuerdo también las conversaciones a media voz, el tiempo que se deshacía en la tarde a merced del sol que caía lentamente. Me hablabas de todo aquello que te preocupaba, y yo te escuchaba medio hipnotizada por aquel sitio tan estravagante sin ponerle demasiada atención. Hasta que me explicaste la historia del busto de arcilla del salón. Una obra hecha por una mujer maravillosa, que murió demasiado joven, cuya existencia corrió paralela a la del niño rubio que corría por tu casa al que no querías, porque era el hijo de tu padre y de una maldita mujer que se instaló en casa cuando aún el halo de tu madre recorría el ambiente de aquella casa grande y efímera para mí.
Cuántos cientos de casas con leyendas en su interior descansan ajenas a todo con sus ventanas tapiadas a la curiosidad y a la envidia. Excepto para aquella extraña pareja, que durante el fin de semana, examinaban con ahínco su exterior en busca de cualquier abertura, de un mínimo resquicio para colarse en el silencio del abandono. Una vez dentro, recorrían el pasado de cada habitación, mediante potentes linternas, fotografiando sus fantasmas, desenmascarando el polvo y las ruinas, y cualquier objeto extraño lo consideraban un tesoro. En su diario de búsqueda anotaban meticulosamente cada detalle. ¿Cuál podría ser la dedicación de estos personajes en realidad?...
Yo tambíen busco tesoros en las vidas de otros, en imágenes fugaces, en mis propies recuerdos bañados de una sutil cortina de imaginación…y así empiezo una historia que contiene a otra, y voy saltando de una a otra, probando caminos y abandonándolos, paseando por un cuento hasta hacer que el gusanito de la manzana salga a tomar el sol, justo en medio de la manzana madura, al final de las hojas verdes, en una de las  ramas del tronco del árbol de la montaña.
En definitiva, un cuento o una canción.

05 junio 2011

Fiestas de verano

Ayer por la tarde cuando llegué a casa escuché una fuerte música. Cerré el contacto, bajé del coche, abrí la puerta de casa y me dirigí hacia la cocina. Desde ese punto, la música sonaba aún a mayor volumen. Desde la ventana abierta de una de las habitaciones, asomé con curiosidad la cabeza e inmediatamente la volví a esconder: a unos metros, en aquella gran casa donde nunca había nadie, en el jardín se celebraba una fiesta. Más de una treintena de jóvenes andaban de aquí para allá hablando animadamente o siguiendo el ritmo de la música con la cabeza, el pie o las caderas.
Desde mi escondite, observé a los distintos grupos: los que a esas horas ya estaban borrachos, vociferaban y competían con acallar al cantante del grupo musical.Otros más tranquilos, se sentaban por estricto orden de llegada, en las cuatro hamacas negras que rodeaban la piscina o sino en el césped. Otro corro jugaba con el Iphone correspondiente: twitteando el evento para los que no habían podido asistir y enviando las fotos de la envidia. Un par de chicas se dejaban caer en la zona de la banda del chico con las solapas del cuello levantadas y el flequillo oscilante y otro par lo admiraban desde la distancia. Una solitaria mesa en medio del escenario clamaba al cielo poder sostener alguna de las múltiples latas rojas que se esparcían por el jardín a modo de setas rojas en un mullido sotobosque. Sin embargo, nadie percibía su presencia, ni siquiera el conjunto de los apalancados, que lo conformaban las parejas oficiales que ya lo eran antes del cumpleaños del anfitrión, los cuales  se regalaban carantoñas cada quince minutos, aunque de vez en cuando, a todos se les escapaba la mirada hacia los locos cantores.

¿Quién no fue nunca invitado a una fiesta de un amigo de un amigo cuyo amigo vivía en una casa fantástica en las afueras de la ciudad?
¿Quién no llamó a una amiga para que la acompañara a una exclusiva fiesta porque no conocía a nadie, pero en la que estaría aquel chico que siempre le había gustado?
¿Quién no traspasó el umbral de la entrada con una sonrisa apasionada cuando él la vino a recibir a pesar que simplemente le dijera un par de palabras?
“No sabía que tu venías…me pareció verte desde lejos y por eso me acerqué … Bueno, pues, ¡bienvenidas! pero os tengo que dejar, que soy el encargado de la música…"
¿Quién no recorrió una bella casa desconocida repleta de gente en cada rincón en busca de un polo de color azul turquesa a juego con unos ojos del mismo color?
¿Quién no se encontró con la dificultad añadida de tener la mente nublada por el exceso de alcohol en aquel entorno tan lleno de humo?
¿Quién no se rió sin control mirando hacia el cielo negro de oscuridad, aspirando el olor de la libertad en la brisa de verano, bajando y subiendo la cabeza al son de una música que recordaría siempre?
¿Quién no se asomó al balcón para mirar cómo volaban los vasos de plástico o se lanzó en tropel a la piscina con ropa?
¿Quién no disfrutó del momento culminante en el que el teléfono rugía o el timbre de la puerta aullaba para silenciar de golpe las risas adolescentes?
Bajé las persianas de la habitación para amortiguar el ruido con un suspiro de tenue envidia. Más que las fiestas, lo que si que echaba de menos, porque es lo que nunca más se recupera, era la  inocencia de entonces, esa despreocupación, esa forma de vivir el momento sin más, sin consecuencias ni condiciones, sin el día del mañana, sólo hoy y ahora.

Ayer, justo a las doce, dejó de sonar la música y un montón de jóvenes, entre risas y atropellos, abandonaron la casa fantástica de un anfitrión desconocido para algunos de ellos. A pesar de la retransmisión en directo y del revuelo de la fiesta, no será hasta dentro de unos años cuando se den cuenta que aquel fue uno de los días más divertidos que vivieron, porque entonces, en esa fiesta de verano, el hoy y el ahora eran el principal motivo de sus vidas.

29 mayo 2011

La genética del dar

Siempre ha sido una de mis características ser una persona que prefiere dar a recibir, que reparte amor por doquier, que se fija mucho en los pequeños detalles para poder regalar algo que pueda hacer más felices a los demás.
Esta peculiaridad tiene que tener su  origen en mis valores, en mi educación o en mis genes. Y si miro hacia atrás, reconozco sobretodo a dos personas: a mi abuelo y a mi padre. Creo que fueron ellos, por el cariño en que ponían en algunas pequeñas cosas tan persistentemente. No eran grandes enseñanzas ni largos discursos, simplemente eran gestos sencillos e inolvidables:
Mi abuelo por las tardes siempre se sentaba en su silla de un lado del comedor, debajo del cuadro con una naturaleza muerta, casi inmóvil, y las horas pasaban no sé si lentas o rápidas, me pregunto hoy en qué cosas debía de reflexionar. Sin embargo, justo a las seis, mi hermano y yo aparecíamos por la puerta porque era la hora del “pa i tall”: cuando llegábamos ya tenía asido un gran trozo de la barra de pan, de aquellas anchas y deliciosas, y con parsimonia, la iba partiendo con su cuchillo de mango verdoso, manejándolo de aquella manera que solo los abuelos pueden hacer. Nos iba dando rebanadas, una para mí, otra para él, otra para mi hermano.
Escondido en su puño tenía un trozo de fuet que iba regalando a sus nietos con tranquilidad y sin palabras. En el reloj de la pared, las agujas tocaban la media y el sol de junio daba un toque anaranjado a aquel comedor traspasando las cortinas de color beig. Su merienda era nuestro regalo diario que saboreábamos infinitamente.

Mi padre también me obsequiaba de pequeña con otro momento: cada mañana, muy pronto, mi padre preparaba su café con leche en la cocina antes de marcharse a trabajar. Mi despertador era aquel tintinear de la cucharilla en su taza de la mañana, y le avisaba: “estic desperta, papa”. Cuando esto pasaba, él sabia lo que había de hacer, dejar un poquito de azúcar en el fondo sin deshacer y un dedito de ese café con leche. En la cama, medio dormida, aquello era un manjar de los dioses: el dulzor del brebaje y el beso de mi padre que olía a recién afeitado y a su  loción característica. El sueño me vencía justo cuando cerraba la puerta.

Mi abuelo y mi padre nunca dejaron de darme, era algo que estaba impregnado en sus genes:
Mi abuelo me dejó ganar cientos de veces al parchís disfrutando de mi alegría infantil y me engañó siempre para cambiar el mundo para verme feliz: los ratones que tanto me asustaban eran patatas que “rodolaven”, aquello blanco de las chuletas de cerdo era “allò bó”, el premio, y todos lo buscábamos con afán y el agua de las mangueras con las que regaba su huerto eran misteriosas  y se encendían y apagaban de repente, a mis gritos…
Mi padre siempre seleccionó el corazón de la lechuga para su hija favorita e única, y compró los tomates de Montserrat y los rabanitos y el apio que le gustaban (y que le recordaban a los inviernos en que el abuelo aún vivía), y fue a por leche a un bar a media noche no fuera a faltarle el café con leche…Guardó siempre las noticias sobre arqueología para ella y mientras estudiaba, siempre tenía abierta la página de economía para que pudiera decirle “¡papá, esto lo estoy estudiando!”. Cuando ella se hizo mayor fue el primero en coleccionar el nombre de sus empresas y en compartir con sus amigos el orgullo de sentirse padre de una hija que era mucho más importante de lo que en realidad era.
Ambos le enseñaron cada día que lo que te hace más feliz es ver la cara de felicidad cuando te entregas, cuando te das a los seres queridos…
Y con tantos años de lecciones, acabé empapada de esa  “manía” de dar. Y aunque lo intente, aunque a veces me imponga el ser un poco egoista, en seguida asoma por la puerta un duende travieso que me hace volver a intentarlo de nuevo. Suerte que eso me hace a mi también, como a ellos , extraordinariamente feliz.

22 mayo 2011

La màgia del cinema

Acabo de tornar del cinema i encara tinc les escenes de la pel.lícula rondant-me com l’enquadrament d’una bona fotografia just després de disparar-la. No deixa mai d’impressionar-me cóm són de colpidores les imatges en gran tamany: són tan vívides  que no deixen lloc a la pròpia imaginació com ho fan els llibres, els quals et permeten projectar el significat de cada pàgina al teu gust i viure les seves històries com si tu en fossis l’actor.
Al cinema però, la sang és ben vermella i si no gires la cara o et treus les ulleres, la veuràs cóm degoteja sense aturar-se des de la ferida del palmell, regalimant pel puny, caient sobre  la taula i tacant els fulls blancs.  
Al cinema, els silencis són impressionants, violents inclús, almenys per mi, que em remoc inquiera a la butaca, com si no pogués suportar-los. De vegades, l’interromp el soroll d’una pluja fina sobre els vidres de la finestra del saló on mengen els dos sense parlar-se, o les ràfegues de vent sobre les herbes d’un camp verd infinit, o la respiració accelerada del protagonista després d’atrapar la noia que córre embogida per mig del camp, o el soroll del contacte dels seus llavis quan la besa sense passió.
Al cinema, els primers plans despullen cada detall d’un rostre, mostrant el conjunt de pigues al voltant del nas i cadascuna de les arrugues del somriure, o la pell resseca envoltant els ulls tancats del pare malalt a l’hospital, o el serrell de color negre,que s'enganxa, mullat del tot,  sobre el front d’una noia que surt de la piscina lentament, a càmara lenta, acompanyada de la música.


Al cinema, veus pantalons de ratlles que senten fatal, camises marrons massa estretes però també tota l’elegància d’un vestit negre amb un detall al coll. Hi surten rebeques blanques i samarretes de cotó com les que es portaven abans. I també bufandes blaves i taronges teixides a mà per la noia malalta i barrets de llana de color gris a joc amb l’alè gelat que surt de les seves dues úniques paraules i que es van difuminant.
Al cinema, els protagonistes reflexionen darrera una porta oberta amb cortines de tires de plàstic de color mel o truquen per telèfon amagats per les barres desenfocades d’una escala mentres una càmara recórre la seva conversa d’esquerra a dreta.
Al cinema, les textures de la seda d’un vestit de japonesa són delicades i sofisticades i les imperfeccions de la casa senzilla d’un estudiant de Tokio són exactes. Tot és medit al milímetre, i si el protagonista parla en primer plà amb el seu millor amic sobre quin serà el seu futur, mai es taparan l’un amb l’altre ni quedaran desenquadrats.I les converses entre el noi i la noia es faran sovint d’esquena l’un de l’altre, en un angle perfectament simètric.
El cinema és, en definitiva, un desplegament d’elements que creen una màgia  concentrada dins d’un antic rotllo amb molts metres de film negre, que cal paladejar lentament. Potser amb crispetes o en soledat o de la mà d’algú que t’estimes, però sempre, amparat per la intimitat que dona la foscor d’una sala on un sol es fa la seva pròpia pel.lícula, on pot riure o plorar sense que ningú no se n’adoni.
Just fins el moment en que s’encenen els llums i la màgia es desfà...


Ps. Inspirat en la fotografia de la pel-lícula Tokio Blues del director Anh Hung Tran