29 mayo 2011

La genética del dar

Siempre ha sido una de mis características ser una persona que prefiere dar a recibir, que reparte amor por doquier, que se fija mucho en los pequeños detalles para poder regalar algo que pueda hacer más felices a los demás.
Esta peculiaridad tiene que tener su  origen en mis valores, en mi educación o en mis genes. Y si miro hacia atrás, reconozco sobretodo a dos personas: a mi abuelo y a mi padre. Creo que fueron ellos, por el cariño en que ponían en algunas pequeñas cosas tan persistentemente. No eran grandes enseñanzas ni largos discursos, simplemente eran gestos sencillos e inolvidables:
Mi abuelo por las tardes siempre se sentaba en su silla de un lado del comedor, debajo del cuadro con una naturaleza muerta, casi inmóvil, y las horas pasaban no sé si lentas o rápidas, me pregunto hoy en qué cosas debía de reflexionar. Sin embargo, justo a las seis, mi hermano y yo aparecíamos por la puerta porque era la hora del “pa i tall”: cuando llegábamos ya tenía asido un gran trozo de la barra de pan, de aquellas anchas y deliciosas, y con parsimonia, la iba partiendo con su cuchillo de mango verdoso, manejándolo de aquella manera que solo los abuelos pueden hacer. Nos iba dando rebanadas, una para mí, otra para él, otra para mi hermano.
Escondido en su puño tenía un trozo de fuet que iba regalando a sus nietos con tranquilidad y sin palabras. En el reloj de la pared, las agujas tocaban la media y el sol de junio daba un toque anaranjado a aquel comedor traspasando las cortinas de color beig. Su merienda era nuestro regalo diario que saboreábamos infinitamente.

Mi padre también me obsequiaba de pequeña con otro momento: cada mañana, muy pronto, mi padre preparaba su café con leche en la cocina antes de marcharse a trabajar. Mi despertador era aquel tintinear de la cucharilla en su taza de la mañana, y le avisaba: “estic desperta, papa”. Cuando esto pasaba, él sabia lo que había de hacer, dejar un poquito de azúcar en el fondo sin deshacer y un dedito de ese café con leche. En la cama, medio dormida, aquello era un manjar de los dioses: el dulzor del brebaje y el beso de mi padre que olía a recién afeitado y a su  loción característica. El sueño me vencía justo cuando cerraba la puerta.

Mi abuelo y mi padre nunca dejaron de darme, era algo que estaba impregnado en sus genes:
Mi abuelo me dejó ganar cientos de veces al parchís disfrutando de mi alegría infantil y me engañó siempre para cambiar el mundo para verme feliz: los ratones que tanto me asustaban eran patatas que “rodolaven”, aquello blanco de las chuletas de cerdo era “allò bó”, el premio, y todos lo buscábamos con afán y el agua de las mangueras con las que regaba su huerto eran misteriosas  y se encendían y apagaban de repente, a mis gritos…
Mi padre siempre seleccionó el corazón de la lechuga para su hija favorita e única, y compró los tomates de Montserrat y los rabanitos y el apio que le gustaban (y que le recordaban a los inviernos en que el abuelo aún vivía), y fue a por leche a un bar a media noche no fuera a faltarle el café con leche…Guardó siempre las noticias sobre arqueología para ella y mientras estudiaba, siempre tenía abierta la página de economía para que pudiera decirle “¡papá, esto lo estoy estudiando!”. Cuando ella se hizo mayor fue el primero en coleccionar el nombre de sus empresas y en compartir con sus amigos el orgullo de sentirse padre de una hija que era mucho más importante de lo que en realidad era.
Ambos le enseñaron cada día que lo que te hace más feliz es ver la cara de felicidad cuando te entregas, cuando te das a los seres queridos…
Y con tantos años de lecciones, acabé empapada de esa  “manía” de dar. Y aunque lo intente, aunque a veces me imponga el ser un poco egoista, en seguida asoma por la puerta un duende travieso que me hace volver a intentarlo de nuevo. Suerte que eso me hace a mi también, como a ellos , extraordinariamente feliz.

22 mayo 2011

La màgia del cinema

Acabo de tornar del cinema i encara tinc les escenes de la pel.lícula rondant-me com l’enquadrament d’una bona fotografia just després de disparar-la. No deixa mai d’impressionar-me cóm són de colpidores les imatges en gran tamany: són tan vívides  que no deixen lloc a la pròpia imaginació com ho fan els llibres, els quals et permeten projectar el significat de cada pàgina al teu gust i viure les seves històries com si tu en fossis l’actor.
Al cinema però, la sang és ben vermella i si no gires la cara o et treus les ulleres, la veuràs cóm degoteja sense aturar-se des de la ferida del palmell, regalimant pel puny, caient sobre  la taula i tacant els fulls blancs.  
Al cinema, els silencis són impressionants, violents inclús, almenys per mi, que em remoc inquiera a la butaca, com si no pogués suportar-los. De vegades, l’interromp el soroll d’una pluja fina sobre els vidres de la finestra del saló on mengen els dos sense parlar-se, o les ràfegues de vent sobre les herbes d’un camp verd infinit, o la respiració accelerada del protagonista després d’atrapar la noia que córre embogida per mig del camp, o el soroll del contacte dels seus llavis quan la besa sense passió.
Al cinema, els primers plans despullen cada detall d’un rostre, mostrant el conjunt de pigues al voltant del nas i cadascuna de les arrugues del somriure, o la pell resseca envoltant els ulls tancats del pare malalt a l’hospital, o el serrell de color negre,que s'enganxa, mullat del tot,  sobre el front d’una noia que surt de la piscina lentament, a càmara lenta, acompanyada de la música.


Al cinema, veus pantalons de ratlles que senten fatal, camises marrons massa estretes però també tota l’elegància d’un vestit negre amb un detall al coll. Hi surten rebeques blanques i samarretes de cotó com les que es portaven abans. I també bufandes blaves i taronges teixides a mà per la noia malalta i barrets de llana de color gris a joc amb l’alè gelat que surt de les seves dues úniques paraules i que es van difuminant.
Al cinema, els protagonistes reflexionen darrera una porta oberta amb cortines de tires de plàstic de color mel o truquen per telèfon amagats per les barres desenfocades d’una escala mentres una càmara recórre la seva conversa d’esquerra a dreta.
Al cinema, les textures de la seda d’un vestit de japonesa són delicades i sofisticades i les imperfeccions de la casa senzilla d’un estudiant de Tokio són exactes. Tot és medit al milímetre, i si el protagonista parla en primer plà amb el seu millor amic sobre quin serà el seu futur, mai es taparan l’un amb l’altre ni quedaran desenquadrats.I les converses entre el noi i la noia es faran sovint d’esquena l’un de l’altre, en un angle perfectament simètric.
El cinema és, en definitiva, un desplegament d’elements que creen una màgia  concentrada dins d’un antic rotllo amb molts metres de film negre, que cal paladejar lentament. Potser amb crispetes o en soledat o de la mà d’algú que t’estimes, però sempre, amparat per la intimitat que dona la foscor d’una sala on un sol es fa la seva pròpia pel.lícula, on pot riure o plorar sense que ningú no se n’adoni.
Just fins el moment en que s’encenen els llums i la màgia es desfà...


Ps. Inspirat en la fotografia de la pel-lícula Tokio Blues del director Anh Hung Tran

15 mayo 2011

Cruce de caminos

Nada puede ser todo. Pero solo dura un instante.
Ayer recordé a una persona, a una persona cero importante en mi vida, pero que tuvo la casualidad de conocerme en un momento especial. Cuando hablábamos de esto y de aquello ayer, no sé cómo la conversación llegó hasta él y después de un par de frases le volví a olvidar. Sin embargo, ahora que me he sentado a escribir, no sé porqué aquella noche y aquel verano han aparecido en frente de mí y los dedos se mueven locos por contarlo…¡Pero si no fue nada…!
Quizás nada puede ser todo, pero solo dura un instante.
Esta persona se cruzó en mi vida hace muchos años y compartí no más que unos meses, un verano en Venecia de calor y soledad. Durante ese tiempo creo que fue mi amigo, mi confidente, me ayudó sin quererlo mucho más que mis verdaderos amigos. Quizás es porque a veces hay relámpagos en la vida que te hacen saltar hacia un lado del camino y por ello conoces por casualidad otra gente, otra forma de vivir. A aquel desconocido le conté mis penas, le hablé durante horas de mi vida y mis anhelos, me sinceré completamente y sin embargo le olvidé definitivamente años después.

Yo entonces tenía 26 años y pensaba que era viejísima, acababa de dejar a mi pareja y tenía un miedo terrible que me encontrase y me convenciera que había sido un error abandonarle.
Cuando te atreves a algo muy serio te sientes como si te hubieses caído de lo alto de un precipicio en el que sigues cayendo y cayendo sin llegar nunca al final para que todo se acabe. Dicen también que cuando te das un golpe muy fuerte en la cabeza tu cerebro sigue moviéndose hacia un lado y a otro durante un tiempo hasta ponerse en su sitio. Así que ciertamente ese era mi estado por aquel entonces, con un cerebro tarareando una canción sin fin, con un cuerpo cada vez más delgado, y con una rutina cambiada a propósito para huir de la realidad.

No sé cómo, pero acabé en casa de una pareja que me acogió durante aquel verano. Estuve durmiendo varias noches como en las películas, en el sofá del comedor. Una noche, cuando mi amiga ya descansaba, su marido y yo descorchamos una botella del entonces champán y sorbito a sorbito, pena a pena, risa a risa, palabra a palabra, fuimos dejando atrás las horas de la noche. Cuando llegó el alba, sabíamos casi todo el uno del otro y prometimos que en adelante veríamos la vida en positivo. Carpe Diem sería nuestra frase cuando la vida nos ahogara y nos oprimiera.
“recuerdo una peli que me impresionó, supongo que yo era un niñato como los protagonistas… se llamaba El Club de los Poetas Muertos. Es una gran película, si puedes, no dejes de verla. En un momento, el profesor les explica el significado de “carpe diem”… que quiere decir algo así como que no hay nada después, que lo importante es el presente. El profesor les anima a que vivan intensamente, como si no hubiera un mañana, como si solo importara lo feliz que puedes ser ahora….No sé porqué desde entonces, cuando estoy muy agobiado, cuando la realidad me aprieta y me ahoga, me grito muy fuerte: “carpe diem” y me obligo a hacer aquello que sinceramente me apetece.

Recuerdo esas palabras vivamente aunque el resto del verano se escurrió en las sombras de la memoria. Quizás no fue nada, tan solo un instante: una parada en un cruce de caminos donde un extraño se convirtió en mi amigo.

08 mayo 2011

Días de lluvia en paz

Desde mi ventana contemplo como la lluvia cae sin remedio. Son las once de la mañana de un sábado de aceras mojadas y cielo encapotado.
En la ventana del edificio de enfrente se asoma el anciano que cada día veo cuando salgo hacia el trabajo. Mientras yo miro el reloj del móvil, él se dirige a la panadería, con el periódico que acaba de comprar en el quiosco debajo del brazo.Llega hasta ahí con los pasos exactos, dice buenos días mientras alarga el brazo con las monedas justas y al marchar se despide muy bajito. Si hace bueno, se parará a descansar en el banco al solecito y ese día yo correré aún más pues estaré llegando tarde.
Pero hoy es sábado, son las once de la mañana y no deja de llover. Él está sentado en su silla de la ventana, mirando hacia afuera con la expresión de quién ya ha vivido suficiente, con las manos plegadas sobre su pecho, dejándose llevar por el paso del tiempo y meciéndose hasta su juventud, aquella época que tanto recuerda, más vivamente incluso que lo que ayer aconteció. Hoy se ha alejado hasta aquel momento en que la suerte apostó por él, hasta el instante en que probablemente cambió su vida. Le veo mirando fijo hacia mí pero él no me ve, pues está subiendo a la camioneta que le llevará hacia el frente republicano, con todos aquellos chicos asustados, tensos, conformes con su destino. Acompañándolo en la caja del camión, unas cuantas caras conocidas y otros tantos extraños, pero todos guardan silencio mientras él sólo siente un tremendo frío…
Una vez todo listo, la carga se aleja por aquella carretera triste sin asfaltar, seguido de numerosos ojos llorosos de padres, madres, novias, hermanas, amantes, abuelas…que tratan de seguir con la vista la expresión de su muchacho, que alguien sin permiso les está quitando. Mientras, él sigue temblando de miedo, agarrado a la puerta trasera pues ha sido de los últimos en subir. Sus cabellos oscuros se arremolinan cosquilleando sobre su frente, pero él sigue quieto, con las manos que le sudan cogidas a una portezuela que traquetea con los baches. Tiene labios resecos del polvo del camino y no oye más que el sonido ronco de una vida que le abandona. En silencio reza que quiere bajarse pero nadie le hace caso…
Todo sucede de repente, no recuerda más que un frenazo y el golpe seco de la puerta al abrirse y él cayendo sin sentido sobre el camino lleno de polvo que lleva hacia el frente al que él nunca llegó.
Aquellos huesos rotos le salvaron la vida, ¡qué suerte la suya!…Y al pensarlo, observa detenidamente sus manos grandes que tiene sobre el regazo y las ve de nuevo escayoladas y entonces revive las imágenes en el balneario donde le atendieron aquellos meses, y recuerda aquella enfermera a la que llamaba hermana que olía a jabón y a hierbas silvestres, y recuerda el bigote que se dejó entonces y que una foto inmortalizó y vuelve sobre sus pasos hacia aquellas tardes en soledad andando por un pueblo lleno de árboles frondosos  y quietud….Baja la vista hacia sus manos y dice en un murmullo: solo servían para arañar la tierra con el arado, eran fuertes para recoger con una pala el estiércol que abonaría los campos, pero nunca me hubieran respondido para disparar, hubiera errado el tiro, me habría temblado el valor. Ahora mueve lentamente su cabeza, aquella que se erguía bajo el sombrero para mirar al sol para saber la hora de volver a casa y repite: nunca hubiera sabido cómo esconderla al sonido de los disparos. Hubiera muerto de los primeros, de eso estoy seguro.

Todo esto me lo dice sin verme, mientras yo sigo esperando que esta lluvia deje de caer interminablemente para salir a la calle sin temor a nada, agradeciendo por primera vez haber nacido en una época de paz.



PS.dedicat al meu iaio, que a aquella foto amb bigoti semblava el Clark Gable.

30 abril 2011

Imaginación: valoración baja

FRASES QUE CAMBIARON MI VIDA - PARTE I

Cuantas veces mi mente se ha dirigido en picado hacia ese momento, hacia ese instante, en el que mi papá y mi mamá leyeron conmigo el informe del colegio con los resultados de las pruebas psicológicas. No me acuerdo de ningún otro resultado, excepto de uno más, el que hablaba de las profesiones que podían encajar con mi carácter. Entre unas cuantas opciones, leímos: monja.

Creo que eso también me sorprendió, aunque no me importó demasiado, pues las vueltas de la vida ya me llevaron hacia otros caminos distintos que no tuvieron nada que ver con la vida religiosa. Sin embargo, ahora que lo pienso, ¿fue quizás por ese resultado por el que curiosamente insistí tanto en hacer el bachillerato fuera del colegio de monjas? ...Recuerdo que fue una decisión pacífica pero tenaz: quería ir a una clase con chicos y chicas, convertirme en una niña sin la timidez que arrastraba entonces. Podría ser por fín como mis amigas que iban a otros colegios donde se enseñaba a ser natural y a despreocuparse del pecado y la culpa….
Pero volvamos a la imaginación. A los 7 años me “diagnosticaron” que no tenía una mente aparentemente creativa y ello me preocupó mucho: ¿cómo podía demostrarles que no era cierto?, ¿cómo podía asegurarles que fue debido a que durante la explicación del ejercicio me despisté y no entendí qué había que hacer?
En aquel entonces ya tenía tendencia al ensoñamiento por aburrimiento, al viaje astral mientras los demás seguían las lecciones en clase. Pero todo tenía su porqué: a diferencia de muchos, yo tenía un mundo de fantasías en casa, que mi padre permitía y mi madre propiciaba pues reírse de todo y no preocuparse de lo esencial era lo que la mantenía permanentemente feliz. En ese escenario de casa, eran habituales las canciones, las grabaciones en radiocasetes con entrevistas, cuentos y concursos. También era corriente tener un abuelo que jugaba con trampas al parchís para dejarte ganar y una abuela que al terminar de comer, se arrastraba con su silla hacia atrás y entre el espacio abierto entre ella y la gran mesa de roble, los nietos nos atrevíamos a cruzar de un lado a otro intentando escapar de sus largos brazos de bruja. En ese hogar, las servilletas se convertían en conejos saltarines con un imperdible que separaba una oreja de otra con ayuda de hábiles manos. Alli incluso las camas de los niños (sí, sí, las camas), eran seres mágicos que, si te portabas bien, te dejaban caramelos y chucherías sobre las sábanas. Esas camas mágicas te educaban mediante consejos escritos en pizarras blancas. Quizás por el respeto a la magia o por el premio que augurábamos, les hacíamos más caso que a mi madre o a mi abuela. Por las tardes, yo hacía el pino en el patio hasta marearme mientras mi hermano veía la televisión con las piernas hacia el techo tan arrugado como un acordeón…pero no importaba: allí no había normativas estrictas ni conductas penadas…Todos cantábamos en el coche e inventábamos nuevos himnos cambiando las letras de las canciones…
Por eso supongo que me afectó lo de la imaginación baja, porque aquella no era yo, porque de algo había tenido que servir tener a una familia de locos felices a mi alrededor. Sin embargo, aquello tan fantástico, también tuvo otra cara: mis padres tan divertidos no me facilitaron el proceso de hacerme mayor, me cayó de golpe sin avisar y al buscar las pautas para afrontarla en los mayores, me encontré sin el abrazo y la integridad que necesitaba. Entonces les eché la culpa, pero con el tiempo aprendí a perdonarles y a sentirme orgullosa de ellos pues les debo mucha parte de lo que soy.
Me he pasado muchos años demostrándome con acciones que aquel resultado solo fue un error, un despiste mío. Ahora ya no tengo dudas que la imaginación estaba bien enraizada desde niña y que nada tengo que temer: nunca me faltará la invención para verlo todo de color de rosa a pesar de ser gris y  siempre tendré cerca este don para compartir mi pequeño mundo un poco girado al revés.
Y todo ello gracias a mi familia telerín.

17 abril 2011

Cycling Barcelona

Los domingos de primavera en Barcelona son un inmenso placer para recorrerlos en bicicleta. Durante los fines de semana, la ciudad se desprende de su traje chaqueta, de su impoluta seriedad  y se convierte en un lugar donde la vida hierve, donde en cada esquina, la primavera florece.

Bajamos sin pedalear casi desde la Plaza Bonanova y en la esquina de la iglesia y más allá, en la otra que hay antes de llegar a Gràcia, las palmas y los palmones en la mano de los críos me recuerdan a mi infancia, con mis abuelos y mis padres protegiéndome y mi hermano y yo llevándolos orgullosos. Ahora ya no es como antes, y no se ven palmas por doquier, pero yo me acerco con mi pequeña bici a una de ellas y aspiro profundamente el olor de la palma tierna y retrocedo decenas de años atrás.
En las calles de Gràcia, las plazas están llenas de familias al completo, con abuelos, tíos, padres y mucha chiquillería. En la plaza del Sol se ha organizado un improvisado campo de fútbol y el balón vuela por los aires sin miedo a chocar con gentes con prisa, apesadumbrados por el trabajo que aún les queda por hacer…Hoy nadie está solo: todas las familias han salido a pasear, hoy inclusos los solitarios pueden hablar con quien quieran… ¡es primavera!
Pasamos seguidamente por la Plaza de la Vila de Gràcia, y nos deslumbran las mesas y sillas plateadas de las terrazas llenitas de gente con cervezas, patatas fritas...¡una olivitas por favor!
Y más abajo, nos dejamos acompañar por las otras bicis que bajan desde el Arco de Triumfo hasta la Ciutadella, en tropel, cada una de un color, de un tamaño, con una vida singular, todos a una, gafas de sol y camiseta de deporte o rastas de color miel atadas en moño y pantalones de colores, todos en linea recta dejándonos acariciar por los primeros y potentes rayos de sol.
Ya en el parque, otra fiesta de color, y mientras los árboles reverdecen, los niños juegan con otros niños y los padres les dejan en paz, cerrando los ojos, dejándose llevar por la calma por un momento. Vuelvo al mismo lugar donde con cinco años me perdí, delante de la gran fuente que tiene caballos dorados allá a lo alto, y aún recuerdo mi desesperación, el nudo en el estómago durante dos minutos que fueron interminables. Hacía una eternidad que no venía aquí. Me parece ahora todo mucho más pequeño: el lago está abarrotado de barquichuelas desconchadas que tratan de avanzar sin torcerse demasiado, sin levantar gotas de agua fría y verde. La gran fuente, frente a la que se comia un helado de color de fresa la protagonista de un cuento de mercè Rodoreda, está hoy vallada y sin agua. Despide un fuerte olor a lodo y una familia de patos que no ha querido emigrar, está acorralada por un trío de policias vestidos de negro. No sé cómo van a conseguirlo, pero de momento, existe una gran expectación tras la valla. Los flashes y las risas no distraen a los policias, que se esconden tras unas gafas oscuras. Ahora se encienden un pitillo…van a reflexionar, supongo.
Rodeamos la Ciutadella y nos dirigimos hacia el mar rodeando los muros del zoo. Los carteles nos invitan a conocer a los nuevos inquilinos y yo me acuerdo del día en que entre las chiquillas competíamos en hacer la lista más larga con los animales que habíamos visto. Supongo que entonces pasé sin ver, tan preocupada que estaba por pasar la páginas de la pequeña libreta con los cientos de nombres garabeteados…Algún día volveré para conocer las caras de esos nombres que escribí…¡seguro!


Recorrer el Puerto Olímpico significa dejarse traspasar por rázagas de viento frío que te hace poner la chaqueta de inmediato y notar a ratos el olor a sal o el aroma de las frituras que la fila de chiringuitos playeros está empezando a preparar. El viento hace que los veleros se dejen vencer y se escoren hacia un lado mientras surcan olas brillantes. A lo lejos, los amantes del solse parapetan en sus toallas sobre la arena, atreviéndose a dejar sus cuerpos sin ropa a pesar de los escalofríos de vez en cuando. Es la impresión del viento, solamente.
Es un espectáculo que continúa en la Barceloneta, donde a un lado, en el antiguo Club Natación Barcelona, se juega a padel, a voleibol o a quedarse tumbado en las hamacas. En dirección contraria a nuestro pedaleo, algunos corredores ya se han quitado las camisetas en un desafío extremo contra el viento, pero están tan concentrados o conectados con su música, que no sienten frío.
Al final del Puerto, ante la magnificencia del Hotel Vela, nos detenemos. Creo que toda Barcelona ha bajado como nosotros hasta el mar, como en una antigua procesión hacia la primavera que está naciendo  de nuevo ante nuestros ojos. Yo los cierro, porque prefiero ver sin ver, dejándome llevar por la calma y el resto de los sentidos en un domingo en que la ciudad  ya disfruta por fin de la primavera.


09 abril 2011

El valor del envoltorio


Cuando vamos a comprarle algo a un amigo, siempre le decimos al dependiente: “envuélvamelo para regalo”. En esa frase se encierra la creencia de que el regalo parecerá mejor si su envoltorio es de color brillante o de textura agradable, si es distinto y espectacular. Esperamos que así nuestro amigo apreciará más nuestra ilusión por él y nos estimará más.
En Navidades, la época para regalar por excelencia, incluso hasta los perfumes más corrientes se engalanan con estuches de color oro o plata, con lazos de color rojo o verde botella y obsequios en el interior. Al recibirlos y destapar la sorpresa, los vemos tan bonitos, que no somos capaces de abrirlos y usar el perfume de dentro. En su lugar, los dejamos un tiempo apoyados en el espejo del baño, simplemente por el placer de contemplarlos.

Con las personas nos pasa lo mismo, aunque nos cueste reconocerlo:
Antes de conocer a alguien importante para nosotros, ya sea porque tenemos o una entrevista, o queremos conseguir un nuevo cliente, o quizás impresionar en una cita a ciegas o una reunión importante, siempre tratamos de saber anticipadamente cómo es la persona  físicamente, qué estilo tiene, dónde vive, qué le gusta, a qué se dedica, cuáles son sus aficiones, sus conocidos, sería perfecto, si pudiera ser, tener un resumen de su pasado...Después de ese primer contacto, elaboraremos una  imagen subjetiva, y con todo ello, le otorgaremos un valor que quedará inalterado hasta la próxima ocasión.
Durante una primera impresión no podemos evitar mirar su aspecto, su forma de hablar, analizar los detalles de sus gestos y si es posible, hasta su forma de andar. El vestido planchado, los zapatos nuevos, si lleva pendientes del color adecuado, un reloj bonito… todo ello, nos proporcionará pistas para retratarlo….Pero, ¿es ese el verdadero valor de una persona?, ¿qué oportunidades le daremos en el futuro a juzgar por ese primer destello? ¿nos perderemos, si no pasa la prueba, un amigo para toda la vida?
La importancia de la imagen en determinados entornos llega a ser tal, que puede esconder el verdadero valor de la persona:
No importa que seas un excelente trabajador, que si eres seco o de pocas palabras, pocos se fijarán en ti. Si eres de los pasionales, trata de disimularlo, pues pronto se correrá la voz que eres inestable y probablemente dejarán de confiar en ti.
En una fiesta o en un evento, en determinados sectores de trabajo, un vestido brillante extremadamente caro acaparará más la atención que tu inteligente discurso o tus quince años de experiencia…porque es el primer flash, porque le otorgamos un valor desmesurado…porque vivimos en una sociedad de la imagen. En un entorno así, la perfección se valora bajo determinados parámetros, marcados por quienes tienen probablemente ojos muy grandes para mirar el envoltorio y bastante tiempo para arreglarse por fuera. Lo de dentro, el verdadero regalo, de momento, no han podido verlo….
¿qué  pasaría si por un momento, todos ellos, perdieran el sentido de la vista?


Ps. Tengo que reconocer que el espejo cada día me devuelve unos ojos de mayor tamaño...

04 abril 2011

Mi imagen de la ciudad de los sueños

Como siempre llegas medio dormido, la llegada a la ciudad de Nueva York, con Manhattan de barrio abanderado, es simplemente espectacular. Los edificios que se elevan en vertical hacia el cielo, justo al otro lado del rio Hudson, tienen desde lejos ese toque metálico casi fantasmal que te impide pensar que la vida exista detrás de unos cristales que reflejan las nubes y el cielo.







Desde la distancia, la imagen de la ciudad es como una postal impoluta, segura, rotunda, con un punto futurista, con unas líneas perfectas maravillosamente pensadas y analizadas. Te parece por un instante que esa foto ya la has visto con anterioridad, después de cientos de películas devoradas desde tu niñez hasta ahora.



Ya en medio de las calles, te sientes de nuevo golpeado por la consistencia de la magnitud de la ciudad: los escaparates de las mejores tiendas atraen a todos los transeúntes sin reparar en gastos ni imaginación: no se echa de menos ninguna de las mejores marcas del mundo, y a cada paso, las luces de neón de la tienda siguiente son incluso más elegantes que las de la anterior. A su llamada de sirena, se hunden en un mar de sensaciones cientos y cientos de personas de los más variados estilos...Justo en la entrada, te regalan una sonrisa, una palabra de apoyo, un “have a good day”, sin aparente tamiz. Allí dentro, mil colores en suspensión y decibelios de música obstruyen cualquier otro pensamiento: “compra que es barato”, “compra que es tu oportunidad”, “compra que estás en la ciudad de los sueños”.


Avenidas anchas, aceras enormes, edificios que relucen para que levantes la vista y repitas: ¡ohhhh, esto es tan grande! Mirada que se aleja hacia la óptica donde confluyen las líneas que se pierden hacia lo alto, entre cristales y edificios de ladrillo marrón oscuro, con sus escaleras de incendios, por donde tantos héroes perseguidos injustamente escaparon de su fatal destino en el último suspiro…Sin embargo, si miras con atención y en su lugar bajas la vista hacia el suelo, te das cuenta que Nueva York es una ciudad inmóvil, que no se renueva si no es para atraer o embaucar o enamorar: sus aceras están llenas de boquetes y por ello no se ven motoristas y solo unos pocos ciclistas se atreven a jugarse la vida. Los edificios de lujo tienen entradas secretas a los que se accede a pisos forrados de moqueta artificial de color verde, que no temen la llegada de inspectores de higiene. Las puertas gruesas rechinan al abrirse y en la habitación de muchos hoteles, la corriente de aire cala tus huesos mientras contemplas un patio trasero dónde un día sucedió un accidente a juzgar por todos aquellos cristales desparramados. Y en los restaurantes más cool del barrio de Soho, no existen lámparas sino luz muy ténue para que el adormecido o el ensimismado o el seducido viajante no descubra la puerta falsa, el cartón piedra de la película a medio montar. La música siempre suena en los locales y de la cena japonesa te desplazas a la barra del bar... todo sin tener que hablar…después de las copas, contemplas el mundo desde lo alto de una escalera y te sientes embriagado de felicidad.
En Nueva York, existe un permiso global para entrar en cualquier tienda sofisticada y en los restaurantes carísimos jamás te miran mal, te sientes arrullado contínuamente por sonrisas fáciles y por un momento, casi te enamoras. Sin embargo, si te fijas bien, en los bellos rincones se amontonan basuras igual de enormes escondidas en bolsas…y también ahí mismo, justo al lado de la gente de moda, te topas con gente del mundo que han sido acogidos por la city. Te reciben con un mono azul y guantes verdes y te hablan de su tierra africana de Mali, o te sonríen coreanas menudas mientras te hacen la pedicura en un cuartucho pequeño con una pantalla gigante donde puedes entretenerte con Brad Pitt en Benjamin Button. Te sorprenden nepalís al subir al taxi, y les oyes renegar de sus gobernantes y suspirar por  volver. Finalmente, si te esfuerzas muy poquito, descubres que no necesitas hablar inglés ya que el español es la lengua de millones de personas de Puerto Rico, Cuba, España, Colombia ...que te reconocen enseguida.

Si eres de los que necesitas soñar, lo mejor es hacerlo a lo grande, y por ello tienes que venir hasta Nueva York, la ciudad de los prodigios, el lugar donde el cine y el teatro de la vida misma se dan cita a la misma hora.
Si quieres tener un amor a primera vista, déjate seducir por ella, nunca falla.




Ps.¡Por fin las fotos son mías!

20 marzo 2011

Biografía Esencial

Siempre me ha parecido curioso que la biografía de muchos personajes famosos se simplificara así:
1955 - Nace el 24 de febrero. Es adoptado por Paul y Clara Jobs.
1972 - Empieza los estudios universitarios en el Reed College. Abandona después del primer semestre, aunque sigue atendiendo algunas clases durante un año y medio.  (…)
Sin embargo, no puedo evitar dejarme llevar por la levedad de una simple línea – logro, y así, releo con facilidad las 10 ó 15 líneas del artista o famoso y creo saber un poquito más sobre éste…Pero esto es demasiado sencillo, ¿no os parece?
En este momento de mi vida, en el que reflexiono sobre el pa’lante o pa’trás, ahora que acabo de cumplir un número cuadrado que no redondo, he tratado de escribir 10 líneas de autobiografía, pero como no soy ni famosa ni tengo logros espectaculares, he preferido inventarme algo relativamente distinto. Así, me he concentrado unos minutos y tirando del hilo, he recordado unas cuantos momentos inolvidables de mi vida, los que supongo que acabaré contando en mi camita de anciana cuando ya no atine más que a los asuntos esenciales….
1971 - Nazco a unos cincuenta metros del mar, y el aire salado envuelve la estancia al abrir un momento las ventanas de la habitación. Casi es la hora de comer, pero la familia parece haberse olvidado….todos guardan la respiración. ¡Es una niña!
1976 - El chupete está medio escondido a un lado de la mesa, porque no quiero relegarlo del todo, aunque ya me avergüenza un poco. Hoy vuelve a tocar verdura y los niños perdemos la sonrisa al ver el plato. De repente, las patatas hervidas se convierten, por el arte de magia del tenedor de mi abuela, en carreteras sinuosas de curvas o en campos cuadriculados sobre los que escribir las iniciales de mi nombre… ¡La creatividad en la mesa siempre fue imprescindible!
1980 - Vuelve a llegar la navidad a casa. El 24 nos juntamos con todos los primos para cantar a oscuras, golpear con palos unos viejos esquís atados con cuerdas e implorar a gritos que “cagui el tió si no et dono un cop de bastó”. Y tras ese ritual, del techo llueven caramelos de colores, chocolates y golosinas que luego se repartirán equitativamente. Y al mediodía siguiente, una mesa enorme, blanca y bordada con motivos navideños, trabajo en equipo de mis padres en el inicio de su convivencia, nos reúne a toda la familia en armonía, algo que el desgaste del tiempo borró con los años para siempre y los convirtió en un recuerdo único.
1982 - Llega ella a nuestro hogar, un precioso ovillo marrón canela que se convertirá en nuestra hermana adoptiva y será motivo de juegos y risas y parte de nuestras vidas. La receta para su bienvenida es sencilla: arroz hervido con trocitos de pechuga, pero ella es una princesa y después de olfatear el manjar, lo rehúsa con desdén.
1986 - Hoy es mi primera cita en serio, y no sé qué ponerme. Nos pedimos de cenar un sándwich a las ocho de la tarde en el bar de un centro deportivo. El ambiente huele a verano cerca del mar. “¡Prueba la especialidad de la casa!”. Delante de mí, un enorme rascacielos con base de lechuga untada en mayonesa, ladrillos de tomate bien rojo con cemento de bacón y coronado en el techo un hermoso huevo frito…”No tengo hambre…”.Estoy nerviosa, no quiero destrozar el edificio y mancharme los labios con sus ojos delante.
1994 - Acabo de llegar a casa, por fin he conseguido mi primer trabajo después de la universidad. Estoy pletórica. Como siempre, lo primero que hago es ir a ver a mis abuelos, y traspaso el patio y abro la puerta que rechina y me cuelo en la cocina naranja y blanca donde mi abuelo me enseña como pelar correctamente el apio para la ensalada. Es la última vez que lo veo con vida y el recuerdo del apio en sus manos morenas y fuertes surcadas de venas queda atado para siempre.
2000 - El trabajo y el estrés no me dejan venir a casa de mis padres demasiado a menudo. Pero cuando lo hago, ya en el centro de la mesa tengo una ensalada preparada especialmente por mi padre. Sabe que me gusta tanto que compra por la mañana todos los ingredientes posibles: las hojas centrales de la lechuga, los mejores tomates, el apio y las zanahorias cortadas bien pequeñitos, atún y anchoas, si hay, unas cuantas olivas rellenas y finalmente el rojo rubí de los rábanos… ¡después de esto ya no tendré más hambre!
2005 – A un lado el océano inmenso y en el resto del horizonte, solo arena con tonalidades doradas, rosadas y azules a medida que pasan los minutos. Una mesa pleglable, dos sillas, una copita de vino blanco, hortalizas y huevos comprados en la medina de un pueblo perdido de Africa listos para degustar. Momentos mágicos de vacaciones singulares.
2008 - Cenas con pizzas y mojito o mejor con mojitos y pizza, aderezados con conversación sobre el trabajo, el repaso a los últimos acontecimientos de los amigos, la planificación de próximos eventos, el sueño de ideales aventuras, sobre todo después de repetir: ”¡otro mojito!”  
2011 - Comida en el bar del pueblo grande o ciudad pequeña en soledad, simplemente acompañada de mis teléfonos móviles, dejando pasar los minutos para no volver tan rápido al despacho y a los problemas por resolver…y de repente, ante un trinxat de la Cerdanya colocado ante mis ojos, me descubro jugando con el tenedor y ,de repente, aparece una carretera por arte de magia que me transporta de nuevo a mi biográfía más esencial: mi infancia, mis recuerdos...una vida sencilla repleta de sueños y amigos. De amor, siempre.