30 abril 2011

Imaginación: valoración baja

FRASES QUE CAMBIARON MI VIDA - PARTE I

Cuantas veces mi mente se ha dirigido en picado hacia ese momento, hacia ese instante, en el que mi papá y mi mamá leyeron conmigo el informe del colegio con los resultados de las pruebas psicológicas. No me acuerdo de ningún otro resultado, excepto de uno más, el que hablaba de las profesiones que podían encajar con mi carácter. Entre unas cuantas opciones, leímos: monja.

Creo que eso también me sorprendió, aunque no me importó demasiado, pues las vueltas de la vida ya me llevaron hacia otros caminos distintos que no tuvieron nada que ver con la vida religiosa. Sin embargo, ahora que lo pienso, ¿fue quizás por ese resultado por el que curiosamente insistí tanto en hacer el bachillerato fuera del colegio de monjas? ...Recuerdo que fue una decisión pacífica pero tenaz: quería ir a una clase con chicos y chicas, convertirme en una niña sin la timidez que arrastraba entonces. Podría ser por fín como mis amigas que iban a otros colegios donde se enseñaba a ser natural y a despreocuparse del pecado y la culpa….
Pero volvamos a la imaginación. A los 7 años me “diagnosticaron” que no tenía una mente aparentemente creativa y ello me preocupó mucho: ¿cómo podía demostrarles que no era cierto?, ¿cómo podía asegurarles que fue debido a que durante la explicación del ejercicio me despisté y no entendí qué había que hacer?
En aquel entonces ya tenía tendencia al ensoñamiento por aburrimiento, al viaje astral mientras los demás seguían las lecciones en clase. Pero todo tenía su porqué: a diferencia de muchos, yo tenía un mundo de fantasías en casa, que mi padre permitía y mi madre propiciaba pues reírse de todo y no preocuparse de lo esencial era lo que la mantenía permanentemente feliz. En ese escenario de casa, eran habituales las canciones, las grabaciones en radiocasetes con entrevistas, cuentos y concursos. También era corriente tener un abuelo que jugaba con trampas al parchís para dejarte ganar y una abuela que al terminar de comer, se arrastraba con su silla hacia atrás y entre el espacio abierto entre ella y la gran mesa de roble, los nietos nos atrevíamos a cruzar de un lado a otro intentando escapar de sus largos brazos de bruja. En ese hogar, las servilletas se convertían en conejos saltarines con un imperdible que separaba una oreja de otra con ayuda de hábiles manos. Alli incluso las camas de los niños (sí, sí, las camas), eran seres mágicos que, si te portabas bien, te dejaban caramelos y chucherías sobre las sábanas. Esas camas mágicas te educaban mediante consejos escritos en pizarras blancas. Quizás por el respeto a la magia o por el premio que augurábamos, les hacíamos más caso que a mi madre o a mi abuela. Por las tardes, yo hacía el pino en el patio hasta marearme mientras mi hermano veía la televisión con las piernas hacia el techo tan arrugado como un acordeón…pero no importaba: allí no había normativas estrictas ni conductas penadas…Todos cantábamos en el coche e inventábamos nuevos himnos cambiando las letras de las canciones…
Por eso supongo que me afectó lo de la imaginación baja, porque aquella no era yo, porque de algo había tenido que servir tener a una familia de locos felices a mi alrededor. Sin embargo, aquello tan fantástico, también tuvo otra cara: mis padres tan divertidos no me facilitaron el proceso de hacerme mayor, me cayó de golpe sin avisar y al buscar las pautas para afrontarla en los mayores, me encontré sin el abrazo y la integridad que necesitaba. Entonces les eché la culpa, pero con el tiempo aprendí a perdonarles y a sentirme orgullosa de ellos pues les debo mucha parte de lo que soy.
Me he pasado muchos años demostrándome con acciones que aquel resultado solo fue un error, un despiste mío. Ahora ya no tengo dudas que la imaginación estaba bien enraizada desde niña y que nada tengo que temer: nunca me faltará la invención para verlo todo de color de rosa a pesar de ser gris y  siempre tendré cerca este don para compartir mi pequeño mundo un poco girado al revés.
Y todo ello gracias a mi familia telerín.

17 abril 2011

Cycling Barcelona

Los domingos de primavera en Barcelona son un inmenso placer para recorrerlos en bicicleta. Durante los fines de semana, la ciudad se desprende de su traje chaqueta, de su impoluta seriedad  y se convierte en un lugar donde la vida hierve, donde en cada esquina, la primavera florece.

Bajamos sin pedalear casi desde la Plaza Bonanova y en la esquina de la iglesia y más allá, en la otra que hay antes de llegar a Gràcia, las palmas y los palmones en la mano de los críos me recuerdan a mi infancia, con mis abuelos y mis padres protegiéndome y mi hermano y yo llevándolos orgullosos. Ahora ya no es como antes, y no se ven palmas por doquier, pero yo me acerco con mi pequeña bici a una de ellas y aspiro profundamente el olor de la palma tierna y retrocedo decenas de años atrás.
En las calles de Gràcia, las plazas están llenas de familias al completo, con abuelos, tíos, padres y mucha chiquillería. En la plaza del Sol se ha organizado un improvisado campo de fútbol y el balón vuela por los aires sin miedo a chocar con gentes con prisa, apesadumbrados por el trabajo que aún les queda por hacer…Hoy nadie está solo: todas las familias han salido a pasear, hoy inclusos los solitarios pueden hablar con quien quieran… ¡es primavera!
Pasamos seguidamente por la Plaza de la Vila de Gràcia, y nos deslumbran las mesas y sillas plateadas de las terrazas llenitas de gente con cervezas, patatas fritas...¡una olivitas por favor!
Y más abajo, nos dejamos acompañar por las otras bicis que bajan desde el Arco de Triumfo hasta la Ciutadella, en tropel, cada una de un color, de un tamaño, con una vida singular, todos a una, gafas de sol y camiseta de deporte o rastas de color miel atadas en moño y pantalones de colores, todos en linea recta dejándonos acariciar por los primeros y potentes rayos de sol.
Ya en el parque, otra fiesta de color, y mientras los árboles reverdecen, los niños juegan con otros niños y los padres les dejan en paz, cerrando los ojos, dejándose llevar por la calma por un momento. Vuelvo al mismo lugar donde con cinco años me perdí, delante de la gran fuente que tiene caballos dorados allá a lo alto, y aún recuerdo mi desesperación, el nudo en el estómago durante dos minutos que fueron interminables. Hacía una eternidad que no venía aquí. Me parece ahora todo mucho más pequeño: el lago está abarrotado de barquichuelas desconchadas que tratan de avanzar sin torcerse demasiado, sin levantar gotas de agua fría y verde. La gran fuente, frente a la que se comia un helado de color de fresa la protagonista de un cuento de mercè Rodoreda, está hoy vallada y sin agua. Despide un fuerte olor a lodo y una familia de patos que no ha querido emigrar, está acorralada por un trío de policias vestidos de negro. No sé cómo van a conseguirlo, pero de momento, existe una gran expectación tras la valla. Los flashes y las risas no distraen a los policias, que se esconden tras unas gafas oscuras. Ahora se encienden un pitillo…van a reflexionar, supongo.
Rodeamos la Ciutadella y nos dirigimos hacia el mar rodeando los muros del zoo. Los carteles nos invitan a conocer a los nuevos inquilinos y yo me acuerdo del día en que entre las chiquillas competíamos en hacer la lista más larga con los animales que habíamos visto. Supongo que entonces pasé sin ver, tan preocupada que estaba por pasar la páginas de la pequeña libreta con los cientos de nombres garabeteados…Algún día volveré para conocer las caras de esos nombres que escribí…¡seguro!


Recorrer el Puerto Olímpico significa dejarse traspasar por rázagas de viento frío que te hace poner la chaqueta de inmediato y notar a ratos el olor a sal o el aroma de las frituras que la fila de chiringuitos playeros está empezando a preparar. El viento hace que los veleros se dejen vencer y se escoren hacia un lado mientras surcan olas brillantes. A lo lejos, los amantes del solse parapetan en sus toallas sobre la arena, atreviéndose a dejar sus cuerpos sin ropa a pesar de los escalofríos de vez en cuando. Es la impresión del viento, solamente.
Es un espectáculo que continúa en la Barceloneta, donde a un lado, en el antiguo Club Natación Barcelona, se juega a padel, a voleibol o a quedarse tumbado en las hamacas. En dirección contraria a nuestro pedaleo, algunos corredores ya se han quitado las camisetas en un desafío extremo contra el viento, pero están tan concentrados o conectados con su música, que no sienten frío.
Al final del Puerto, ante la magnificencia del Hotel Vela, nos detenemos. Creo que toda Barcelona ha bajado como nosotros hasta el mar, como en una antigua procesión hacia la primavera que está naciendo  de nuevo ante nuestros ojos. Yo los cierro, porque prefiero ver sin ver, dejándome llevar por la calma y el resto de los sentidos en un domingo en que la ciudad  ya disfruta por fin de la primavera.


09 abril 2011

El valor del envoltorio


Cuando vamos a comprarle algo a un amigo, siempre le decimos al dependiente: “envuélvamelo para regalo”. En esa frase se encierra la creencia de que el regalo parecerá mejor si su envoltorio es de color brillante o de textura agradable, si es distinto y espectacular. Esperamos que así nuestro amigo apreciará más nuestra ilusión por él y nos estimará más.
En Navidades, la época para regalar por excelencia, incluso hasta los perfumes más corrientes se engalanan con estuches de color oro o plata, con lazos de color rojo o verde botella y obsequios en el interior. Al recibirlos y destapar la sorpresa, los vemos tan bonitos, que no somos capaces de abrirlos y usar el perfume de dentro. En su lugar, los dejamos un tiempo apoyados en el espejo del baño, simplemente por el placer de contemplarlos.

Con las personas nos pasa lo mismo, aunque nos cueste reconocerlo:
Antes de conocer a alguien importante para nosotros, ya sea porque tenemos o una entrevista, o queremos conseguir un nuevo cliente, o quizás impresionar en una cita a ciegas o una reunión importante, siempre tratamos de saber anticipadamente cómo es la persona  físicamente, qué estilo tiene, dónde vive, qué le gusta, a qué se dedica, cuáles son sus aficiones, sus conocidos, sería perfecto, si pudiera ser, tener un resumen de su pasado...Después de ese primer contacto, elaboraremos una  imagen subjetiva, y con todo ello, le otorgaremos un valor que quedará inalterado hasta la próxima ocasión.
Durante una primera impresión no podemos evitar mirar su aspecto, su forma de hablar, analizar los detalles de sus gestos y si es posible, hasta su forma de andar. El vestido planchado, los zapatos nuevos, si lleva pendientes del color adecuado, un reloj bonito… todo ello, nos proporcionará pistas para retratarlo….Pero, ¿es ese el verdadero valor de una persona?, ¿qué oportunidades le daremos en el futuro a juzgar por ese primer destello? ¿nos perderemos, si no pasa la prueba, un amigo para toda la vida?
La importancia de la imagen en determinados entornos llega a ser tal, que puede esconder el verdadero valor de la persona:
No importa que seas un excelente trabajador, que si eres seco o de pocas palabras, pocos se fijarán en ti. Si eres de los pasionales, trata de disimularlo, pues pronto se correrá la voz que eres inestable y probablemente dejarán de confiar en ti.
En una fiesta o en un evento, en determinados sectores de trabajo, un vestido brillante extremadamente caro acaparará más la atención que tu inteligente discurso o tus quince años de experiencia…porque es el primer flash, porque le otorgamos un valor desmesurado…porque vivimos en una sociedad de la imagen. En un entorno así, la perfección se valora bajo determinados parámetros, marcados por quienes tienen probablemente ojos muy grandes para mirar el envoltorio y bastante tiempo para arreglarse por fuera. Lo de dentro, el verdadero regalo, de momento, no han podido verlo….
¿qué  pasaría si por un momento, todos ellos, perdieran el sentido de la vista?


Ps. Tengo que reconocer que el espejo cada día me devuelve unos ojos de mayor tamaño...

04 abril 2011

Mi imagen de la ciudad de los sueños

Como siempre llegas medio dormido, la llegada a la ciudad de Nueva York, con Manhattan de barrio abanderado, es simplemente espectacular. Los edificios que se elevan en vertical hacia el cielo, justo al otro lado del rio Hudson, tienen desde lejos ese toque metálico casi fantasmal que te impide pensar que la vida exista detrás de unos cristales que reflejan las nubes y el cielo.







Desde la distancia, la imagen de la ciudad es como una postal impoluta, segura, rotunda, con un punto futurista, con unas líneas perfectas maravillosamente pensadas y analizadas. Te parece por un instante que esa foto ya la has visto con anterioridad, después de cientos de películas devoradas desde tu niñez hasta ahora.



Ya en medio de las calles, te sientes de nuevo golpeado por la consistencia de la magnitud de la ciudad: los escaparates de las mejores tiendas atraen a todos los transeúntes sin reparar en gastos ni imaginación: no se echa de menos ninguna de las mejores marcas del mundo, y a cada paso, las luces de neón de la tienda siguiente son incluso más elegantes que las de la anterior. A su llamada de sirena, se hunden en un mar de sensaciones cientos y cientos de personas de los más variados estilos...Justo en la entrada, te regalan una sonrisa, una palabra de apoyo, un “have a good day”, sin aparente tamiz. Allí dentro, mil colores en suspensión y decibelios de música obstruyen cualquier otro pensamiento: “compra que es barato”, “compra que es tu oportunidad”, “compra que estás en la ciudad de los sueños”.


Avenidas anchas, aceras enormes, edificios que relucen para que levantes la vista y repitas: ¡ohhhh, esto es tan grande! Mirada que se aleja hacia la óptica donde confluyen las líneas que se pierden hacia lo alto, entre cristales y edificios de ladrillo marrón oscuro, con sus escaleras de incendios, por donde tantos héroes perseguidos injustamente escaparon de su fatal destino en el último suspiro…Sin embargo, si miras con atención y en su lugar bajas la vista hacia el suelo, te das cuenta que Nueva York es una ciudad inmóvil, que no se renueva si no es para atraer o embaucar o enamorar: sus aceras están llenas de boquetes y por ello no se ven motoristas y solo unos pocos ciclistas se atreven a jugarse la vida. Los edificios de lujo tienen entradas secretas a los que se accede a pisos forrados de moqueta artificial de color verde, que no temen la llegada de inspectores de higiene. Las puertas gruesas rechinan al abrirse y en la habitación de muchos hoteles, la corriente de aire cala tus huesos mientras contemplas un patio trasero dónde un día sucedió un accidente a juzgar por todos aquellos cristales desparramados. Y en los restaurantes más cool del barrio de Soho, no existen lámparas sino luz muy ténue para que el adormecido o el ensimismado o el seducido viajante no descubra la puerta falsa, el cartón piedra de la película a medio montar. La música siempre suena en los locales y de la cena japonesa te desplazas a la barra del bar... todo sin tener que hablar…después de las copas, contemplas el mundo desde lo alto de una escalera y te sientes embriagado de felicidad.
En Nueva York, existe un permiso global para entrar en cualquier tienda sofisticada y en los restaurantes carísimos jamás te miran mal, te sientes arrullado contínuamente por sonrisas fáciles y por un momento, casi te enamoras. Sin embargo, si te fijas bien, en los bellos rincones se amontonan basuras igual de enormes escondidas en bolsas…y también ahí mismo, justo al lado de la gente de moda, te topas con gente del mundo que han sido acogidos por la city. Te reciben con un mono azul y guantes verdes y te hablan de su tierra africana de Mali, o te sonríen coreanas menudas mientras te hacen la pedicura en un cuartucho pequeño con una pantalla gigante donde puedes entretenerte con Brad Pitt en Benjamin Button. Te sorprenden nepalís al subir al taxi, y les oyes renegar de sus gobernantes y suspirar por  volver. Finalmente, si te esfuerzas muy poquito, descubres que no necesitas hablar inglés ya que el español es la lengua de millones de personas de Puerto Rico, Cuba, España, Colombia ...que te reconocen enseguida.

Si eres de los que necesitas soñar, lo mejor es hacerlo a lo grande, y por ello tienes que venir hasta Nueva York, la ciudad de los prodigios, el lugar donde el cine y el teatro de la vida misma se dan cita a la misma hora.
Si quieres tener un amor a primera vista, déjate seducir por ella, nunca falla.




Ps.¡Por fin las fotos son mías!

20 marzo 2011

Biografía Esencial

Siempre me ha parecido curioso que la biografía de muchos personajes famosos se simplificara así:
1955 - Nace el 24 de febrero. Es adoptado por Paul y Clara Jobs.
1972 - Empieza los estudios universitarios en el Reed College. Abandona después del primer semestre, aunque sigue atendiendo algunas clases durante un año y medio.  (…)
Sin embargo, no puedo evitar dejarme llevar por la levedad de una simple línea – logro, y así, releo con facilidad las 10 ó 15 líneas del artista o famoso y creo saber un poquito más sobre éste…Pero esto es demasiado sencillo, ¿no os parece?
En este momento de mi vida, en el que reflexiono sobre el pa’lante o pa’trás, ahora que acabo de cumplir un número cuadrado que no redondo, he tratado de escribir 10 líneas de autobiografía, pero como no soy ni famosa ni tengo logros espectaculares, he preferido inventarme algo relativamente distinto. Así, me he concentrado unos minutos y tirando del hilo, he recordado unas cuantos momentos inolvidables de mi vida, los que supongo que acabaré contando en mi camita de anciana cuando ya no atine más que a los asuntos esenciales….
1971 - Nazco a unos cincuenta metros del mar, y el aire salado envuelve la estancia al abrir un momento las ventanas de la habitación. Casi es la hora de comer, pero la familia parece haberse olvidado….todos guardan la respiración. ¡Es una niña!
1976 - El chupete está medio escondido a un lado de la mesa, porque no quiero relegarlo del todo, aunque ya me avergüenza un poco. Hoy vuelve a tocar verdura y los niños perdemos la sonrisa al ver el plato. De repente, las patatas hervidas se convierten, por el arte de magia del tenedor de mi abuela, en carreteras sinuosas de curvas o en campos cuadriculados sobre los que escribir las iniciales de mi nombre… ¡La creatividad en la mesa siempre fue imprescindible!
1980 - Vuelve a llegar la navidad a casa. El 24 nos juntamos con todos los primos para cantar a oscuras, golpear con palos unos viejos esquís atados con cuerdas e implorar a gritos que “cagui el tió si no et dono un cop de bastó”. Y tras ese ritual, del techo llueven caramelos de colores, chocolates y golosinas que luego se repartirán equitativamente. Y al mediodía siguiente, una mesa enorme, blanca y bordada con motivos navideños, trabajo en equipo de mis padres en el inicio de su convivencia, nos reúne a toda la familia en armonía, algo que el desgaste del tiempo borró con los años para siempre y los convirtió en un recuerdo único.
1982 - Llega ella a nuestro hogar, un precioso ovillo marrón canela que se convertirá en nuestra hermana adoptiva y será motivo de juegos y risas y parte de nuestras vidas. La receta para su bienvenida es sencilla: arroz hervido con trocitos de pechuga, pero ella es una princesa y después de olfatear el manjar, lo rehúsa con desdén.
1986 - Hoy es mi primera cita en serio, y no sé qué ponerme. Nos pedimos de cenar un sándwich a las ocho de la tarde en el bar de un centro deportivo. El ambiente huele a verano cerca del mar. “¡Prueba la especialidad de la casa!”. Delante de mí, un enorme rascacielos con base de lechuga untada en mayonesa, ladrillos de tomate bien rojo con cemento de bacón y coronado en el techo un hermoso huevo frito…”No tengo hambre…”.Estoy nerviosa, no quiero destrozar el edificio y mancharme los labios con sus ojos delante.
1994 - Acabo de llegar a casa, por fin he conseguido mi primer trabajo después de la universidad. Estoy pletórica. Como siempre, lo primero que hago es ir a ver a mis abuelos, y traspaso el patio y abro la puerta que rechina y me cuelo en la cocina naranja y blanca donde mi abuelo me enseña como pelar correctamente el apio para la ensalada. Es la última vez que lo veo con vida y el recuerdo del apio en sus manos morenas y fuertes surcadas de venas queda atado para siempre.
2000 - El trabajo y el estrés no me dejan venir a casa de mis padres demasiado a menudo. Pero cuando lo hago, ya en el centro de la mesa tengo una ensalada preparada especialmente por mi padre. Sabe que me gusta tanto que compra por la mañana todos los ingredientes posibles: las hojas centrales de la lechuga, los mejores tomates, el apio y las zanahorias cortadas bien pequeñitos, atún y anchoas, si hay, unas cuantas olivas rellenas y finalmente el rojo rubí de los rábanos… ¡después de esto ya no tendré más hambre!
2005 – A un lado el océano inmenso y en el resto del horizonte, solo arena con tonalidades doradas, rosadas y azules a medida que pasan los minutos. Una mesa pleglable, dos sillas, una copita de vino blanco, hortalizas y huevos comprados en la medina de un pueblo perdido de Africa listos para degustar. Momentos mágicos de vacaciones singulares.
2008 - Cenas con pizzas y mojito o mejor con mojitos y pizza, aderezados con conversación sobre el trabajo, el repaso a los últimos acontecimientos de los amigos, la planificación de próximos eventos, el sueño de ideales aventuras, sobre todo después de repetir: ”¡otro mojito!”  
2011 - Comida en el bar del pueblo grande o ciudad pequeña en soledad, simplemente acompañada de mis teléfonos móviles, dejando pasar los minutos para no volver tan rápido al despacho y a los problemas por resolver…y de repente, ante un trinxat de la Cerdanya colocado ante mis ojos, me descubro jugando con el tenedor y ,de repente, aparece una carretera por arte de magia que me transporta de nuevo a mi biográfía más esencial: mi infancia, mis recuerdos...una vida sencilla repleta de sueños y amigos. De amor, siempre.





12 marzo 2011

Darrera una gran dona...

Avui és un d’aquells dies en que m’he aixecat nerviosa, intranquil.la, sense causa aparent. De sobte me n’he adonat del perquè i és que avui és el teu compleanys i jo encara no tinc el teu regal.
Ni t’ho imagines que tindràs aquest escrit ni que avui serà el teu dia: ara deus estar esquiant amb tota la familia, aliè al que t’espera: probablement a les muntanyes estarà brillant un sol que aquí avui se'ns ha perdut aigualit de tanta pluja.
Tu encara no ho saps, però aquesta nit tindràs una festa sorpresa per celebrar els quaranta anys.
Els teus amics s’amagaran en silenci darrera les cortines d’un hotel aprop de casa teva i quan arribis del bracet de la teva dona per celebrar el teu aniversari amb espelmes i un xic d’intimitat, de la foscor aniran sortint els caparrons dels uns i dels altres i tu, sorprés i atabalat, no atinaràs a veure’ls a tots…et passaràs la següent mitja hora per reconéixe’ls a tots, per abraçar els que fa més temps que no veus, per agrair-los a tots i cadascún que hagin vingut fins aquí per a compartir aquest moment. Mentres tant, la Lara t’observarà  d’aprop amb la mirada feliç com un follet del bosc que ha finalitzat la seva entremaliadura.

Jo crec que anirà així, però en realitat és com a mi m'agradaria que fos. A més, tot això succeirà aquesta nit i de fet jo no et conec tant com per acertar la teva reacció. Aquest és potser el preu de ser la parella d’una gran dona, acceptar que els demés et vegin com si estiguessis un passet al darrera seu, escollint donar-li tot el protagonisme a ella.
Per això jo avui et vull dedicar aquestes paraules a tu, perquè te les mereixes, per agrair-te que haguem compartir durants tants anys bons moments entre els amics de tota la vida, perquè ens agrada com ets, perquè t’estimem, en definitiva.
Per mi ets el grandullón del grup, un home íntegre i sincer. Ets la torre del bàsquet i l'expert dels molins de vent, un amic que li agrada el bon menjar i aprecia la nostra companyia. Ets de les persones que sempre ens alegrem de veure.
Per mi ets el complement de la Lara, el que la recolza cada cop que no sap qué decidir, (qué deu ser tan sovint!), el que la mima quan necessita sentir-se segura, el que la segueix en els seus projectes, deixant-li escollir el destí de vacances o inclús acceptant el tipus d’activitat que fareu el proper diumenge.
Per mi ets el pare ideal, entregat, atent a cada moviment dels petits que ja no ho són tant, el que després de massa estona fent gresca, els diu que ja prou amb un gest subtil però ferm, que ells reconeixen perfectament.
Per mi ets l’amic de poques paraules però de gran naturalitat, el que sempre hi és, el que no tens cap dubte que si el necessites, allà hi serà.
Però tot això jo mai t’ho he dit, i no per no haver tingut el temps, potser sí l’oportunitat, probablement perquè ser el company d’una gran dona té un preu i és aquest.
Però avui el preu s’ha convertit en un premi o per això allà estarem per donar-te una forta abraçada.

Felicitats Ignasi.

05 marzo 2011

I like

Me ha tocado o quizás tengo la suerte de vivir en una época en el que las noticias, sean del calibre que sean,  se extienden como una mancha de aceite a través de un mar virtual, en un momento en el que en lugar de mirar hacia lo que nos ofrece el día, nos dejamos los ojos en una pequeña pantalla y, para matar el tiempo, nos asomamos al balcón de internet para ver cómo dicen que viven los demás.
Desde aquí no se nos oye la voz, lo único que alerta a los amigos de nuestra presencia es que seleccionamos un “me gusta” o escribimos un comentario de dos líneas. Suena a poco, pero en el reinado de la inmediatez esto es un mínimo y un máximo para muchos de nosotros. Quizás sea conformarse o quizás sea un regalo, depende...
Durante toda mi vida, he procurado “gustar” a los demás, escuchándoles, adaptándome a ellos, interesándome por lo que les preocupaba. Mientras lo intentaba, trataba de ocultar lo que consideraba más mediocre en mí, lo que no coincidía con ellos o lo que podría ser una considerado una debilidad…  ¿Cómo deben construirse las amistades ahora que todo parece tan…superficial?
Es curioso, ahora que definitivamente ya no pretendo gustar a los demás, me paso el día diciendo “me gusta” en la red. Así que creo que ha llegado el momento de enumerar lo que de verdad a mí me gusta. A los que he ido engañando durante tantos años, mis más sinceras disculpas.
Me gusta leer una buena novela a la sombra del verano, de aquellas que te transportan, que disfrutas intensamente, pero muchas veces dejo sin terminar aquellas obras que no entiendo y reconozco que durante los días de trabajo, soy incapaz de abrir una sola página.
Me gustan las  carreteras estrechas, llenas de curvas, a cuya derecha se respira el mar y hacia el otro se pierde la montaña, conduciendo sin prisa mientras tarareo la música que suena, y curiosamente no he sido ni seré una buena conductora: aborrezco la tensión y la obligación de llegar a algún sitio a una hora.
Me gustan los paisajes serenos y solitarios, el campo verde y las pequeñas flores amarillas que nacen en primavera, pero no sé por qué mis escritos están repletos de personas, de miradas tristes, de voces de niños. Mis historias huelen a barrio industrial con el repiqueteo de la vida latiendo en sus calles.
Me gusta ver a los jóvenes de melena al viento saltando con sus monopatines, les envidio sus pantalones bajos y su despreocupación, pero me emociona la imagen de un abuelo con su nieto mirando con atención las obras que cambian la cuidad.
Me gustan los viajes exóticos, fotografiar paraísos perdidos, averiguar su historia, adentrarme en sus mercados y percibir su esencia, y sin embargo me muero por volver a casa, aspirar el olor a asfalto y comer mi plato favorito.
Me gusta estar con la gente que me quiere, pasar las horas divagando entre temas, remover de nuevo los buenos momentos, pero muchas veces los siento lejos y ni siquiera soy capaz de marcar su número de teléfono.
Cuando ocurre, me conecto a la pequeña pantalla en la que me dejo los ojos, me asomo al balcón para ver cómo cuentan su vida y selecciono un “me gusta” o les escribo un breve comentario que dice:         
“¿cuándo nos vemos?”.

27 febrero 2011

Super 8

Debe ser la cinta de vídeo más antigua de la historia a juzgar por los colores descafeinados de la grabación. Para ser sincera, ni siquiera es vídeo sino un sistema anterior que se llamaba super 8.
Se cierran las luces, se hace el silencio y de repente empieza de nuevo aquel día…el día para el que tan a conciencia me había preparado.

Mi abuela se presentó en casa antes de hora, hecho que no le costó demasiado, pues llegaba desde  su casa solamente cruzando el patio pintado de blanco con unas cuantas macetas y un par de árboles maltrechos en el que jugábamos siempre. Oí  el ruido del muelle de su puerta al cerrarse e inmediatamente la tuve en mi habitación para comprobar qué guapa estaba, lo bien que me sentaba el vestidito que juntas habíamos escogido hacía ya unas cuantas tardes. Mi hermano pequeño no se enteraba de nada, pero por si acaso, ahí también estaba …
Encima de mi cama esparcidos estaban todos aquellos objetos, la mitad de los cuales servían más bien para poco, pero que todos ellos en conjunto tenían ese tono blanco beig como el día mismo. Mi padre, de lejos, nos gritaba: ¡vamos a llegar tarde, espavilad!
En la cinta me veo salir del portal de casa, muy seria…saludo vergonzosa a la cámara, continúo andando, doy un par de saltitos…Detrás, mi madre con mi hermano, mis abuelos también, arreglados para lo acasión.
No sé porqué precisamente la cámara no grabó el momento cumbre, aquel instante que debía convertirse en un después. Los momentos contuvieron payasos, marionetas, canciones, brindis de los mayores, reparto de postales, juegos, familia, vecinos y amigos pero se olvidaron de aquel gesto sutil y profundo: mi cara de decepción al comprobar que al tomar la ostia consagrada por Dios, nada ocurría. Mi mente no se llenaba de paz, mi cuerpo no se elevaba del suelo. Tanto nos habían contado en el cole y tan bien nos habían preparado para aquel día crucial, que al producirse ningun efecto percibible, aquel momento se convirtió para el futuro en mi primera gran decepción mediática.
Suerte que el super 8 ha guardado todo el resto para poder rememorarlo siempre y sonreir.

19 febrero 2011

Viajes con tinta

Hace unos años, paseando por Sitges, vi un mensaje escrito en una galería de pintura que se me quedó grabado: “el arte empieza cuando vivir no basta para vivir la vida”. Supongo que fue porque aquel mensaje respondía a la eterna pregunta que yo siempre me había hecho: ¿qué sería de la vida sin emoción, sin desequilibrio, sin dudas, sin las apasionantes curvas?
Desde muy pequeña, me he debatido entre la necesidad de formar parte de un grupo y las ganas de ser diferente: a los siete años, andaba diciendo a mis padres que yo era un ángel, pero para que nadie lo notara, cuando me caía al suelo y me hacía daño, de mis rasguños salía sangre. En los veranos, con los críos, jugábamos a atrevernos a esto o aquello, y yo recuerdo agarrar un puñado de ortigas, apretarlas en mi puño unos segundos aguantando la respiración, y decirles :a mi no me pican.

Sentirme parte del grupo fue la típica obsesión de adolescente, por aquel entonces solo quería parecerme a ellas, vestir como ellas, hablar como ellas y confundirme con ellas, pero al llegar a casa, rebuscaba en el cajón mi diario, ponía música y entonces observaba el mundo desde mi perspectiva, y me inventaba poesías y me sentía absolutamente libre. Sin embargo, también me sentía sola, y eso me entristecía, incluso me asustaba. Mis padres, como para la mayoría de mi edad, eran seres lejanos y fríos y no me entendían.
Escribir se convirtió desde entonces en el sitio plácido donde sentirme segura, y tengo que darle las gracias pues me ha salvado de muchos naufragios: a una hoja de papel me agarré el día de la muerte súbita de una de las personas más importantes para mí, mi abuelo, mientras gente mala irrumpía en mi casa hablando de repartos y de dinero, en un lenguaje extraño y nuevo, pero también muchas veces la escritura me ha permitido expresar exactamente aquello que me sucedía: recuerdo estar con compañeros de trabajo en un restaurante  y recibir una notícia inesperada y quedarme en shock: ellos aún recuerdan mi cara, decirles, no quiero hablar, y garabatear en una libreta pequeña durante largos minutos. Pero gracias también a las palabras, pequeños sucesos se han convertido en cuentos, en historias, que hasta yo misma me he creído, y que he podido compartir con otros.
Papel y pluma, o si no lápiz y servilletas de colores o aquellos rectángulos que evitan los caros manteles en muchos bares, pero también listas de supermercados o postales encontradas…siempre que  necesité un refugio o transmitir una emoción y no había nadie por allí, ahí estaba la bendita página en blanco para ser usada…
Cuando la realidad no bastaba, solo necesitaba mirar hacia arriba, o fijarme en un detalle y escaparme volando para inventarme una historia.
Con el tiempo, he aprendido que el arte es importante, y sin él, la vida no es suficiente para un artista, pero que confundir el arte con la excusa perfecta para esfumarse es también un camino peligroso. Un día tuve que escoger si marcharme a la luna o quedarme a vivir la vida, que aún con sinsabores, es absolutamente maravillosa. Decidí el suelo y por ahora, soy dueña de una goma elástica, como aquella con la que saltan los niños en las ferias, para salir de vez en cuando a volar.
Viajo y vuelvo, sencillamente, a través de las palabras, dejándolas ser…
¡Fácil, divertido ...y  gratis...!

12 febrero 2011

Encants Vells

La primera vez que fui allí era solo una niña. Debía de tener unos cinco años y me llevaron mis padres uno de esos domingos preciosos, calurosos, poco antes del día de la Palma, un día especial para mí porque era costumbre que todos los niños estrenasen entonces el vestido de primavera. Lo recuerdo muy bien porque mi madre, que no atendía a modas ni a estaciones, quiso adelantarse y me vistió con un vestido beig no sin antes asegurarse que no pasase frío obligándome a ponerme un jersey de cuello alto fino debajo de la ropa de manga corta.
Aquel día íbamos los cuatro de aventura a la ciudad, y el destino no era ni el parque de atracciones ni el rompeolas, sino subirnos por primera vez a la velocidad del metro y bajar en los Encants de Glories.
Recuerdo que me pareció un lugar inmenso, abigarrado, lleno de gente. Desde el principio le di la mano a mi padre, porque así podía mirar atentamente todo aquel espectáculo sin temor a perderme. La plaza estaba llena de puestecillos con toldos de lona. Estaban muy pegados los unos con otros pero cada uno contenía regalos esparcidos para mi vista: centenares de sellos en cuadernos de plástico, monedas antiguas como las que guardaba mi padre en la mesita de noche y más allá persianas que se abrían para contemplar colecciones de muebles, sillas y lámparas. En medio del caos había una zona donde nos parábamos los niños para admirar muñecas y juguetes. Justo ahí estaban los puestos de churros y también los vendedores de golosinas y de globos de colores.  
Todo aquello tan emocionante se amontonaba en una gran plaza descubierta de la que salían callejuelas estrechas que escondían nuevas sorpresas. Era increible que hubiera surgido un lugar así un día de domingo cualquiera.
No volví a redescubrir aquel lugar encantado hasta muchos años después. Aquella vez la razón no fue ir a buscar un entretenimiento para los niños en domingo, ya que por aquel entonces yo era una adolescente y prefería ir de tiendas con mis amigas y hablar con ellas de nuestras cosas que nadie más sabía.
Una de ellas, la más moderna, la más atrevida y la que en el fondo todas envidiábamos, me propuso acercarnos a los Encantes, porque alguien le había dicho que allí vendían ropa de segunda mano distinta a cualquier otra. Llegamos allí en metro también, pero entonces ya no percibí las altas velocidades de aquel tren subterráneo como la primera vez. Ni siquiera recuerdo ver algo más que ropa: había montañas de prendas, y estas olían a piel o a naftalina y a humedad. Algunas de ellas contenían aún aquel hálito de vida de las personas que un día las usaron. Seguro que en sus bolsillos quedaban aún restos de los protagonistas que un día las lucieron: quizás artistas, famosas, señoras con abrigos largos de piel de zorro altivas y mudas. Sin embargo, ahora estas piezas estaban abandonadas, enterradas entre pantalones, camisas o vestidos de fiesta con lentejuelas olvidadas. Aquella plaza me pareció aquel dia una especie de cementerio para la memoria: cuadros mal vendidos, sillones desvencijados y una vida maltrecha. Me largué de allí sin comprar nada mientras mi amiga se llevaba en una bolsa una cazadora de piel marrón.
Hoy la casualidad me ha llevado hasta allí, veinte años más tarde. Hoy sin embargo, la bicicleta, como otro turista más, ha sido mi medio de transporte. He bajado de nuevo las escaleras de la plaza y he descubierto un mundo nuevo, distinto y por un momento he viajado hasta las medinas marroquíes pero sin especias ni colores y he reconocido el bullicio de las zonas comerciales de las ciudades de Nepal…No me ha parecido ver a padres como al mío, ni adolescentes quinceañeras buscando un complemento a su atuendo, pero sí que he visto figuras similares pero de pueblos distintos, de razas y culturas diversas: africanos, paquistaníes, indios, sudamericanos…
Todos ellos han encontrado en ese espacio el tipo de comercio que pueden pagar, y de nuevo, la plaza hierve con el mismo espectáculo pero adaptado a los nuevos destinatarios: vendedores gritan para atraer a las señoras, los chicos se llevan atados los cartones en sus bicicletas  y terceras generaciones de mandos a distancia, muebles viejos, cuadros, juguetes y cajas de zapatos yacen sobre sábanas sobre el asfalto…
He subido las escaleras de la plaza y he regresado a la Barcelona que conozco. Un mismo sitio y sin embargo, con tres visiones distintas a través de los años. Increible, ¿no?
Me alegro que los espacios nunca mueran, que evolucionen y que se adapten a la gente, espero que en su devenir se crucen nuevas miradas para este lugar poliédrico: els Encants de Glories.