29 agosto 2013

Y mientras tanto...

Hace unos años me inscribí a un curso de escritura. Una de las frases que se me quedó enredada en algún lugar de mi interior y que de vez en cuando reaparece fue la siguiente: 
para ser un verdadero escritor tienes que ser sincero. Probablemente es por eso que siempre me he escondido entre un millar de excusas para no tener que compartir las aventuras de mi mente que a veces ni yo comprendo. Quizás sea el miedo a ser juzgado…

Y mientras tanto, la vida es lo que pasa mientras estás haciendo otros planes.

En otro de mis cursos, esta vez de expresión corporal, la profesora me dijo muy solemne: tu siempre intentas hacer lo más complicado. En aquel momento me sorprendió mucho, pero más tarde me hizo reflexionar, por lo cierto que era: soy una inconformista de lo sencillo, de lo que-puede-hacer-todo-el-mundo. En la búsqueda del más difícil todavía, intento saltarme los los pasos que, lo sé, probablemente sean necesarios para poder cruzar el río con seguridad. Y por eso muchas me veces me caigo y si el agua está muy fría, me quedo sin respiración, los músculos se me quedan tiesos y dejo de pensar con nitidez. Debería ser más humilde para ser capaz de empezar por  lo que-puede-hacer-todo-el-mundo y luego echar a volar. Quizás sea el miedo a ser igual…

Y mientras tanto, los demás van adelantándose mientras tú sigues pensando porqué.

Cada vez que llega el primer día de clase, del tipo que sea y a pesar de los años, me sucede lo mismo: no consigo llegar a la hora y justo para no desentonar, intento parecer simpática y acabo dando la nota. Y cuando llega el último día de clase, ya lo espero, alguien me dice en confianza: aunque me caiste muy mal al principio, tengo que reconocer que luego he cambiado de opinión. Prometo que la próxima vez adelantaré al menos diez minutos de todos los relojes que marcan mi mundo para tratar de cambiar el final del curso. Quizás sea el miedo a no gustar…

Y mientras tanto, la vida va poniendo a cada uno en su lugar.


Me he apuntado a infinidad de cursos, bueno, quizás no tantos, y he de confesar que ha sido más por curiosidad que por la necesidad de aprender. El mundo es inmenso y el conocimiento infinito, especialmente para mí, que tengo una memoria que trabaja por su cuenta.

Conociéndola, seguro se quedará con el cuento en lugar de la lección y preferirá a la verdad un trocito de anécdota para poder inventarse el resto de la canción. Quizás sea hora de enseñar más que de aprender...


04 agosto 2013

Sirenas

No sabría decir cuál fue el momento en que cambié los bañadores por los incómodos bikinis, que no te dejan tirarte a la piscina sin que se bajen del   todo. Supongo que pasó como tantas cosas en la vida, el final de un proceso tan largo en el cual no se distingue ni principio ni fin.
Estos días, contemplando los mundiales de natación, envidiando la forma física, la elegancia, la fuerza, el tesón y el sacrificio que traspúan todos los cuerpos adheridos a bañadores del futuro, me he quedado enganchada en la línea azul del fondo de la piscina hasta llegar, como no, al pasado, y he acabado perdiéndome entre mis viejos bañadores y algunas historias que se enlazaron a ellos.

La primera historia es de color azul, tiene la textura del papel, y responde al nombre de la diosa romana de la caza, Diana.

Recuerdo que era invierno porque en la calle hacía frío y estaba oscuro a pesar que no eran más de las seis de la tarde. Yo no debía tener más de diez años, pero sabía muy bien lo que quería: quizás era un capricho y no lo necesitaba, pero aquella compra se había convertido en una odisea, en una aventura: teníamos que llegar a la gran ciudad y una vez allí, buscar entre sus calles en cuadrícula hasta encontrar una esquina donde me habían dicho que se encontraba la tienda con aquel tesoro tan preciado. Recuerdo que aquel día andamos más que nunca, mi abuela iba siguiendo mis indicaciones y no desfallecía a pesar de que el ritmo de una niña ilusionada era vertiginoso. Varias veces creímos haber llegado y nos equivocamos. Justo cuando la hora se nos echó encima y ya no teníamos más conversación con la que darnos aliento, divisamos unas luces, que a mi me parecieron brillantísimas, con el nombre en clave. "Estamos a punto de cerrar aunque haremos una excepción…" "...señora, la niña me dice que quiere un bañador de papel, ¿eso existe?..." "¡Iaia, míralos, están aquí colgados, son estos, los Diana...¿a qué son preciosos?...!"
Quién si no ella, mi abuela, me hubiera acompañado hasta el fin del mundo y más allá con tal de verme feliz. A quien si no a ella podía yo ir a ver cada vez que me compraba cualquier cosa, corriendo feliz por el patio con las etiquetas aún colgadas, para entrar en el comedor y hacerle el pase de modelo y oirla decir "¡qué bien que te sienta!".

La segunda historia es de color rojo, tiene un sol naciente en su interior, y contiene la fuerza de un viento seco y frío, el Mistral.

A los quince años, uno no quiere ser ni auténtico ni especial, solamente quiere sentirse parte del grupo. Si para ello tiene que ir vestido como el resto, por muy ridículo que sea el atuendo, lo hace y tan feliz...
El verano tocaba a su fin, y como cada año, lo disfrutábamos en el camping La Cerdanya, rodeados de verdes prados, majestousas montañas y nubes de algodón que iban apareciendo, amenazadoras, de tarde en tarde. Al acabarse un día de aquellos, fui a ducharme y colgado de un gancho vi un bañador olvidado de color rojo, el color favorito de mi madre. Lo toqué y percibí una suavidad especial. Tenía un sol y unos dibujos en el centro y en vertical se leía: Mistral. Me fui hacia casa y algo me rondó por la cabeza, y cuando pasaron un par de horas lo decidí: “Voy a volver, si no lo cojo yo, lo hará otra. No estará, pero si sigue ahí, es que me está esperando”.... Inmóvil, se dejó atrapar y hasta terminar el verano quedó escondido en mi maleta, ya que su dueña debía estar aún de vacaciones y me corroía la mala conciencia. Pero ya no podía dar marcha atrás y solo me atreví a ponérmelo unas pocas veces en público, ¡creía que todo el mundo se daría cuenta!. Se convirtió en mi bañador para tomar el sol  en casa, a escondidas, a pesar que era de un rojo espectacular.


La tercera historia es de color amarillo , está poblado de verdes tropicales y huele a mar, a sal y a noches estrelladas.

Nunca fui una chica popular, no destaqué nunca por mi físico y mi cara era de esas tan raras como las que cantaba entonces Mecano en La Fuerza del Destino. Sin embargo, al rodearme de chicas guapas algo se me contagió, quizás un poquito de su elegancia o el desparpajo con el que hablaban con los chicos. Recuerdo que hubo un tiempo en el que, ciertamente, ellos se acercaron a mí. Supongo que fue entonces cuando alguien nos reunió a unos cuantos en la discoteca donde los chavales descubríamos las pasiones de la adolescencia para decirnos que próximamente iba a celebrarse un pase de modelos allí y que si nuestros padres nos dejaban, habíamos sido los elegidos (yo entre los guapos, ¡increible!), para desfilar. Cada noche durante semanas el destino me obsequió com formar parte de un cuento para quinceañeras: poder andar contoneando las caderas bajo la música y los focos sintiéndome una verdadera estrella. Durante los ensayos, una de las organizadoras me llevaba personalmente a casa en su coche, y yo me subía a aquel bólido lleno de luces y me sentía importante. 
Maquillaje, peluquería, sesiones para ponerte morena (¡en aquel entonces era lo nunca visto!)…,¡fue un auténtico sueño! Nos obsequiaron con un último regalo: poder escoger uno de los bañadores con los que habíamos desfilado y yo me quedé un bellísimo modelo que dejaba los hombros desnudos. “Contemplo desde lejos a Cris con su bañador de “patillas" y ahora creo que me gusta de verdad...”.Esas tiernas palabras las escribía mientras tanto algún amor perdido de aquel entonces, aunque esa, fue otra historia…


Después de sumergirme arropada por el azul, rojo y amarillo de tres bañadores emblemáticos de mi vida, no puedo dejar de sentirme una auténtica sirena nadando en un plácido mar...




30 junio 2013

Sin bajar la mirada

Hoy leí en un relato corto la breve historia de dos que se encontraron a través de un chat pero que no duraron más que dos citas porque él era un mirón. A pesar que según sus palabras eso era el inicio del amor, ella no quiso aceptarlo...y se acabó.
Ello me hizo pensar. Quizás mirar tenga un punto egoista y los que lo hacemos seamos un poco cobardes: podemos mirar durante tiempo y sin embargo, nada nos impide seguir andando y pasar de largo como si nada.
En cada viaje, desde cada lugar lejano y desconocido, no hacemos sino mirar de esa manera, largamente.Y aunque en la memoria se quede enganchado un trocito de la historia que se ha empezado a escribir sin escribirla, nos marcharemos sin más.
Durante años, mirar nos ha servido de confirmación y aprendizaje. Cuántas veces si no nos hemos quedado absortos contemplando con admiración a aquellos  que quizás eran solamente un poquito más altos que nosotros. Desde lejos y a escondidas tratábamos de captar ese gesto o aquel tono de voz. ¿Quien no ha ensayado luego o escrito esos secretos en el diario para poderlos usar como propios?... Así hemos ido creciendo y  nos hemos ido pareciendo más unos con otros, formando grupos con miradas y frases conocidas.

Ser capaz de no bajar la mirada, ¡eso si que es complicado!, especialmente cuanto te sientes tan insignificante que crees que ni te lo mereces.
Y es que mirar a los ojos nos hace estar presentes, significa escuchar con la mente y con el corazón y sobre todo, le muestra al otro nuestro verdadero yo, ese que llevamos guardado y que es tan difícil de hacerse ver. Por eso es necesario a momentos sobrevolar toda esa intensidad, e ir a dar una vuelta con los ojos por el bar, o posar el vuelo en el reloj o juguetear al despiste con el móvil… ¡ay, cuánto nos dice ese brillo especial que tienen hoy tus pupilas…!
Para algunos, el juego de las miradas furtivas es una diversión pemitida desde que cae la noche, a la luz de las estrellas que tintinean en el cielo o las que se encienden y se apagan al compás de la melodía. Probablemente algunos crean que son poco románticas o que carecen de magia, pero solamente el destino sabe con certeza cómo acabará esta historia iniciada a la luz de la luna.
Hay cientos de miradas: las terroríficas que pueden congelar el instante y las que suplican clemencia al que no la tiene. Todos alguna vez hemos mirado a través de un pozo de  lágrimas o tuvimos que responder a la pregunta insistente de una mirada. Algunas lo dicen todo sin mediar palabra y otras culminan un día perfecto. Hay miradas tan poderosas que al encontrarse, consiguen que el mundo se parta en dos y surja, de nuevo, la esperanza… 
Así son ellas.
Inspirado en uno de los relatos de Raúl Ariza en Elefantiasis

16 junio 2013

Un poco de silencio

Cuando me sumerjo dentro del agua azul de la piscina y cierro los ojos y la mente, me invade una sensación de paz. Solo entonces, los movimientos de mi cuerpo son lentos y pausados a pesar que una fuerza me lleva a subir de nuevo a la superficie. Creo que esta sensación debe ser lo más parecido a flotar en el espacio para una estrella o a volar durante los sueños para todos nosotros. Curiosamente, a pesar de aguantar la respiración, no tengo miedo.
Sin embargo, bien distinta es la sensación de mi cuerpo fuera del agua, en los momentos de tensión que me acechan continuamente. Sin querer frunzo el ceño y pequeñas arrugas se instalan alrededor de mis ojos. Justo después, me encuentro con las piernas y los brazos cruzados y empiezo a removerme en el asiento. Y si al hablar no me escuchan, o si es peor y quien habla solo repite palabras injustas, no puedo evitar pellizcarme con la mano izquierda sobre la otra para conseguir despertarme y dejar de sentir miedo. El desgaste para el cuerpo es cruel: los músculos de los hombros se elevan y hasta los huesos del cuello empiezan a querer izarse para desaparecer o hacia adelante, intentando vencer a una fuerza fantasma que no se detiene porque no me entiende. La respiración es distinta, casi imperceptible.
(...)
Sopla una ligera brisa entre los árboles y nos invaden los trinos de los pájaros, de lejos se oye el tañido de una campana insólita de una iglesia. Pero pocos escuchan la melodía. Si nos fijamos mejor, descubrimos incluso el sonido de un avión surcando el infinito, los petardos ahogados porque se acerca el verano, la música recién estrenada de una terraza lejana o el alboroto de los niños y el grito del entrenador en el partido de fútbol. Pero estamos despistados para oirlos.
Hoy pido un poco de silencio, uno que contenga solamente sonidos amables, de los que te hacen sentir bien. Pero sobre todo me gustaría que los demás también pudieran oirlo de vez en cuando. Así se encantarían y podrían callarse y dejarían de martillear con las palabras. ¡Qué ruidos más distintos! Sus voces son como el zumbido de una sierra eléctrica talando un hermoso árbol en medio de la espesura del bosque o como el largo y grave sermón en una lengua desconocidad. Son como el aporrear de las manos de un niño sobre las teclas de un piano indefenso...Que se callen, que escuchen, que se callen por fin  y comprendan que no está bien, que así no se va a ningún sitio.
Existen unos segundos mágicos al terminar una sesión de natación: cuando con un par de gestos, me despojo del gorro y las gafas y me sumerjo lentamente dentro del agua y aguanto la respiración con los ojos cerrados.Todo está oscuro y existe un especial silencio. Mi cuerpo toma su propio camino, quiere flotar, y mi mente se deshace. Ojalá aguantara más tiempo sin respirar. Ojalá otros fueran capaces de hacerlo de vez en cuando.

26 mayo 2013

Mi puerto particular

Tendría más claro cuál es mi papel en este cuento si fuera realmente un hada...
¿Dónde está el cuento, mi cuento? ¿Cuándo me perdí un capítulo? Ni siquiera recuerdo aquel en el cual empecé, me despisté en mis ganas por estar donde estaban los demás, me sentía mejor cuando tenía a alguien a quien seguir, era feliz cuando aprendía un nuevo juego…
Aparentemente todo me ha ido muy bien, estoy donde quería llegar, si realmente es aquí mi puerto particular donde dejarme vencer por el cansancio…Sin embago, algunas veces, en los minutos previos al sueño, algo que me dice que quizás esto no es para mí: me he vuelto a adaptar otra vez, siguiendo la estela de alguien o de algo, intentando aprender más, buscando nuevos retos…
Y me vuelvo hacia los demás, y me fijo, sin poderlo evitar, en los que han encaminado sus pasos hacia otro lugar más inestable, quizás, pero más seguro para sus corazones. Les miro como están de orgullosos, a pesar de los sinsabores, y yo me pregunto si no habré escogido lo más cómodo, lo más “normal”.
Cómo me fastidiaba esa palabra, normal, hace unos años. Era sinónimo de conformismo, la veía reflejada en aquellos que conducían rápido por las autopistas para llegar antes pero con el piloto automático encendido. Incluso lo asociaba al viajero que solo pisaba complejos turísticos y se ataba a la pulserita y no se volvía a calzar los zapatos hasta que volvía a subirse al avión de regreso. Recuerdo hablar de personas “normales” como si fueran otros, de otra tribu, de otro barrio…Supongo que hice mal...
¿Dónde están los normales ahora? ¿no se habrán cambiado las tornas? ¿no seré yo uno de esos seres acomodados a una forma de vida estandar y previsible? ¿normal, yo?...Pues quizás sí y no os podéis imaginar cómo me fastidia…
Por si acaso, yo sigo dibujando estrellas en mis blocs de notas por si se convierten un día en una varita mágica para que se obre el milagro y pueda desaparecer, volar, escapar, sumergirme y aparecer de pronto en mi verdadero cuento, aquel que me haga sentir especial y en paz. Solo entonces, conseguiré respirar con tranquilidad, sin la mirada en tensión hacia delante, porque habré llegado a mi puerto particular.
Mientras tanto, seguiré mirando a los que lo han conseguido para pillar algún truco de magia, les seguiré espiando de cerca para aprender cómo encontrar la forma de encajar las piezas y conectarme de nuevo …
Espera y verás, como diría un hada madrina mientras agita en el aire su varita y pronuncia las palabras mágicas...

28 abril 2013

Una tarde sin nada

Ni frío ni calor. Se elevan las teclas de un piano que va lentamente invadiendo la sala donde el televisor es solamente un cuadrado oscuro. Luego aparece la voz de William Fitzsimmons que susurra algo que no llego a comprender. Cuando la canción está terminando, suenan a lo lejos las campanas de las siete de la tarde que nunca antes había oído aunque siempre estuvieron ahí.
Al concentrarme, minúsculos ruidos se hacen visibles. Alzo mi vista por encima de la pequeña pantalla y contemplo el cielo totalmente gris que lleva pegado a la ciudad todo el fin de semana. Creo que si esto se mantuviera muchos días, podría llegar a deprimir a cualquiera. Mirando las nubes me han venido a la cabeza las extrañas comparaciones que Haruki Murakami va incluyendo en sus textos. Es increible como las aceptamos como parte de su universo increible, siempre el mismo, en el que somos engullidos de una vez. Están ahí, tremendas o sutiles, como susurros flotando en el aire húmedo de un Abril que no termina de florecer, o sí, o quizás así es la vida, dándolo todo pero de forma caprichosa. Un paso adelante y un paso hacia atrás, como meciéndose…
Si me concentro siento incluso el balanceo de mis dedos al presionar suavemente las teclas. Lo hacen así para dejarlas que se sorprendan por las palabras que surgen sin pensar, quizás es este su baile favorito….De los dedos sigo hacia las manos, quedándome en los puños doblados de una sudadera azul marino enorme pero acogedora como la música, como la tarde. Me he quedado encantada. No tengo frío. Ni frío ni calor.

La tarde también se queda encantada por breves suspiros, tan calmada como el mar de una mañana de verano: umm, quién pudiera recibir en este instante el roce de un rayo de sol, una carícia de esa energía regeneradora. Pero toca esperar un poco más, la previsión del tiempo sigue dibujando una nube azul con dos gotitas de lluvia colgando…
El también espera, muy quieto, y también escucha, como yo, el trinar de los pájaros para los que efectivamente ya es primavera. Espera que alguna paloma se aventure a bajar hasta su césped verde a clapas por el que corretea risueño todo el día. Cuando suceda, él correrá y saltará hacia allí mientras ella alza el vuelo riéndose en su cara otra vez.
Mientras tanto, sigue sonando la lista de música, escogida para que me regale melodias acorde con el semblante gris que se le ha enganchado a la ciudad durante tod el fin de semana. El día sigue arrastrándose sigilosamente minuto a minuto, entre suspiros, melodía, silencios…
Aquí dentro, ni frío, ni calor.

14 abril 2013

La verdad no importa tanto...

Qué más da si es verdad o solo es un matiz. Qué más da si la verdad contiene matices desconocidos. Que más da si la suma de matices nos da una verdad que puede ser, o no, verdad. Qué más da.
Conozco a alguien que podría vivir en un interminable parque de atracciones y no cansarse jamás: si le regalas el boleto, puede subir y bajar del tiovivo hasta tener la cabeza pesada por el mareo, y si la dejas, puede deslizarse todo el día por el supertobogán a pesar de que casi no cabe dentro del tubo pintado de azul que llega hasta la piscina...y xoooof.
Conozco a una persona que, a pesar que pasen los años, le siguen dando ataques de risa tan desternillantes que si estás a su lado no puedes reprimirte y acabas llorando con ella, doblada en dos incapaz de dejar de reir. Y si luego le pones una canción que conoce, sigue la melodía y se pone a cantar, y tu también acabas tarareando aquella canción que dice sapore di mare, sapore di sale…o estando contigo, contigo, me siento feliz!
Conozco a alguien que aún esconde bombones en su mesita de noche para comérselos justo después de comer, que no se pierde las películas más románticas, ni las que salen perros, ni tampoco las que detallan grandes desastres donde al final todo se arregla. Si no puede ir al cine, antes de estirarse toda ella en el sofá, calienta al microondas una bolsa de palomitas que explotará justo cuando suene el Clink del temporizador.
Conozco a  una persona casi ajena al dolor, y cuya palabra más  característica  es toda una declaración de principios: cuando algo no va bien, ya se arreglará, buajh. Con ella, las desdichas no tienen sentido y las penas se desvanencen en el aire pues al minuto te devuelve una mirada incrédula…Buajh.
Conozco a alguien que cuando aparece en la noche la luna llena sé sin dudarlo que la habrá contemplado antes que yo, que habrá espiado tras los edificios perdiéndose allá arriba en este momento tan especial. Y sé que cuando caigan algunas gotas de lluvia, saldrá un momento al patio para dejarse mojar por el agua fresquita, radiante como una chiquilla. Quizás sea por ella que yo olvido los paraguas en cualquier parte.
Conozco a una persona que no sabe de buenos ni malos, ni de políticos, ni de libros, ni de todas esas cosas que nos enseñaron que eran importantes…Sin embargo, tiene una vida plena y feliz, muchas veces mucho mejor que la mía. Nunca pensé que la inocencia fuera un regalo tan valioso.

A su lado, la vida tiene otro color, otro sabor y una música distinta, siempre alegre y jovial, pero tienes que acostumbrarte, porque fuera, la vida es bien distinta. Hace falta tiempo y paciencia para darse cuenta y aprender las diferencias, pero a medida que pasan los años vas viendo las conexiones y su reflejo en tu forma de ver la vida. 

Y es que, como tu dices,  mama, en realidad lo demás no importa tanto...

04 abril 2013

Tras el cristal

El cristal separa una habitación de otra: una totalmente vacía, con un sofá de color negro que invita al silencio, y la otra llena de rosas, cuyos pétalos se agitan con un leve y contínuo movimento de aire.
El cristal separa dos mundos sin posibilidad de juntarse pero con la certeza que un día se dibujará allí mismo un estrecho camino y entonces deberemos cruzar a través de ese cristal hoy dolorosamente grueso.
No sé cómo despedirme, porque en realidad no quiero hacerlo, pero sé que no hay más. Contigo se separa, para no volver, lo que nos mantenía ligados a lo más profundo de nuestras raices, a lo más alejado de nuestra historia, la de dos generaciones atrás.
Con tus historias viajaba hasta la masia donde os criásteis con mi abuelo, contemplaba los campos que la rodeaban, las otras casas, hasta podía chapotear en la riera, en cuya orilla crecían altas cañas.
Desde allí abajo, el crujir de las ruedas de los carros en la tierra seca se hacían más potentes. Me adentraba en la casa de la familia, me sentaba contigo alrededor de la llar de foc con los otros niños, y nos poníamos a escuchar las conversaciones de los mayores o nos íbamos de aventura a descubrir los pasadizos secretos que los antiguos moros habían excavado en el suelo de la casa para poder escapar hacia la playa. Recorríamos también los paisajes desolados por una guerra injusta, “una guerra entre germans”, y llegábamos hasta la cárcel con el corazón en vilo para descubrir si de verdad era posible el milagro y encontrar, entre aquellos infelices, a tu amor, a mi admirado  oncle Vicenç.
Y en aquel patio atestado de gente nos lo señalaban con el dedo y lo recogíamos, y llorábamos de alegria, aunque por dentro lo mirásemos con extrañeza al ver cuánto había cambiado. Aunque tuviera, por todo el terror pasado, el pelo todo blanco, no importaba, ya vendrían tiempos mejores…
Contigo se marcha también el último enlace con mi querido abuelo. Cada vez que me hablabas, le oía también a él: tu timbre de voz era el suyo e iguales eran todas aquellas expresiones tan vuestras. Incluso la manera de coger el trozo de pan, o de trajinar por la cocina, cuando te miraba le veía a él a través de ti. Tus historias de infancia y juventud se entrelazaban con las suyas, eran una sola.
Me tengo que despedir, aunque no quiera, de una persona tan especial como tú: una persona menuda y aparentemente frágil, pero con un carácter franco y sencillo cuya terquedad debió ser tu tabla de salvación en los momentos más duros. Una persona querida por todos, sin excepción, porque tu casa siempre estaba abierta para cualquiera: cuando llegábamos nos ofrecías asiento y conversábamos mientras el reloj de la pared se quedaba parado escuchándonos, y mientras pasaba la tarde, nos ofrecías quedarnos a cenar, que tenías una vedella amb suc que habías preparado al chupchup durante unas cuantas horas. No nos dejabas ir sin antes envolvernos las pomes al forn para que nos las llevásemos, o si no, nos regalabas un grapat de las mandarinas de casa de Ester que son de las antiguas pero que están muy dulces. Si algún día nos hubiéramos quedado solos tendríamos, como aquel abuelito al que acogísteis durante años, un lugar en vuestra casa, la de l’oncle y la tuya.
Me despido con una sonrisa, porque sé que por fin ha llegado el momento de reunirte con Vicenç y volver a ser aquella entrañable pareja sencilla pero fuerte, indisoluble, y sobre todo, muy querida por todos.




Un abrazo y un beso muy fuerte, tia Paulina.