16 septiembre 2012

Si te asustas, ríe

Esta semana leí que una empresa había realizado una encuesta a los trabajadores con unos resultados para reflexionar. A la pregunta de si hay algún error en tu trabajo, qué consecuencias se producen, la mayoría de trabajadores habían respondido:me echan una bronca o me despiden. A eso le llamo yo vivir con miedo.
Para mí el miedo es algo esencial. Y no lo digo solamente porque soy incapaz de ver una película de terror, o porque la oscuridad me agudiza el sentido del oído, o porque si lo pienso, al acostarme, aún veo monstruos con los ojos cerrados. El miedo forma parte de mí. Me bloquea y me confunde.
Supongo que por eso me aficioné a canturrear para espantar al silencio y soñé felices historias para ahuyentar las fobias.

No me considero más débil porque en medio de alguna aventurilla, me hayan castañeado los dientes. Recuerdo una vez, bien entrada la noche, como bajo una espectacular nevada, la simple visión de los coches bailando sin control en la carretera me dejaron sin habla. Me imaginaba que seríamos los siguientes. Solo oía las ruedas avanzando dificilmente sobre una nieve que empezaba a helarse y a mis dientes…y yo ni siquiera conducía.
El miedo te hace dudar, especialmente de tí mismo. No te deja avanzar, te deja pegado a una baldosa incapaz de ni siquiera moverte. Aunque seas un especialista en algo, en un instante, el miedo te paraliza. Y me viene a la cabeza una ocasión un 31 de Diciembre, en el que fuimos a hacer kayak con un buen amigo con una excusa muy romántica: ver la salida del Dakar, que empezaba en la playa de Castelldefels, desde dentro del mar. El estaba pasando un mal momento y una locura nos parecía perfecta. Imaginad: Castelldefels que no Australia, frío pero con camiseta de neopreno…Y sin embargo, una ola me revolcó y de la impresión, fui incapaz de nadar. Me hundí, a pesar que soy nadadora y que mis pies podían tocar el fondo …necesité rescate!
El miedo puede ser incluso intelectual, de no saber, de no llegar, de no ser capaz. Cuántas veces he leído el enunciado de una pregunta en la universidad y de la presión del tiempo, ver cómo se desvanecía al leerla o cómo se convertía en alfabeto árabe…Entonces tenía que respirar un par de veces, esperar que la taquicardia bajara su ritmo, y sobre todo, evitar morderme las uñas, pues sino el efecto era aún peor. Y luego, contradictoriamente, era de aquellas repelentes a las que les preguntaban: ¿qué tal te ha ido el examen?, y respondían fatal, para luego sacar un notable.
El miedo me ha perseguido siempre, desde el momento fatídico en que perdí durante 10 minutos a mis padres en el Parc de la Ciutadella, cuando era una niña, hasta esta misma mañana, cuando creí no poder respirar al quedarme sola en medio del lago durante la travesía de Banyoles a nado. Por un momento pensé que si me ahogaba nadie me salvaría!
Soy una miedosa pero ello no me asusta. En realidad me gusta explicar estas anécdotas, que me pasan muy a mensudo, a mis amigos, y reírme con ellos.. Siempre he creido que explicando aquello que te preocupa o que te atemoriza te ayuda a quitarle importancia y te hace superarlo antes. Acaba pareciendo una simple historieta.
Así que si te asustas y no puedes evitarlo, no hay como reírse después.
¡Mano de santo!

02 septiembre 2012

Y no pasa nada...

Creo que para la gente como nosotros, el inicio de un nuevo ciclo vital no se produce a principio de año, sino justo después de las vacaciones de verano. Quizás es que en Navidad tenemos menos días para desenchufarnos de las preocupaciones y los temas pendientes. También es cierto que cuando empieza el año nuevo, no se produce ningún cambio en el entorno que sea perceptible
Y es que es ahora, al darle la vuelta al calendario, que uno se pregunta si existe alguna posibilidad de volver atrás...
Después de días enteros dorándose al sol y de alargar las tardes con el ronroneo de las olas de un mar en calma, uno se da cuenta que el tiempo puede fluir fácilmente y no pasa nada.
Después de haber conversado durante horas sobre temas variados, tan sencillos que incluso se puede perder el hilo y luego volver, medio adormecido por el calor y la música que suena lejana, uno se percata que es posible participar a medias y disfrutar de los silencios.
Después de días vestidos de cualquier manera, sin maquillaje y con el pelo atado, sin afeitarse siquiera, andando con chanclas o con las mismas bambas llenas de barro, uno piensa de repente en lo que le espera y le entra una pereza extraordinaria.
Mientras esto sucede, la temperatura empieza a descender. Los días ya no se alargan hasta las nueve de la noche y en las terrazas hace falta llevarse algo más. El viento comienza a mecerse en los árboles y algunas hojas revolotean como una señal de lo que va a suceder en breve. Y uno piensa que, inevitablemente, el otoño y la vuelta a la rutina ya están aquí.
Y en ese momento, la rebeldía hace su aparición, y en un acto heroico, uno se planta y decide que:
-Voy a hacer una lista de las diez cosas que me hacen feliz y elegiré un par de ellas. Las pegaré en un post-it sobre la pantalla de mi ordenador en la oficina para no olvidarlo.
-Como me he cuidado poco hasta ahora, voy a apuntarme a un curso de baile en el centro cívico del barrio y prometo ir al gimnasio al menos una vez por semana.
- No sé á si apuntarme a un curso de yoga o a un seminario sobre fotografía ...quizás me atreva con el cine, lo importante es hacer algo para distraer la mente y aprender algo nuevo...
Durante Septiembre vivirá a caballo entre el recuerdo de aquel viaje con tantas aventuras o de la bendita puesta de sol sobre el mediterráneo y la necesidad de sentirse tan vivo como entonces durante el invierno.
En Octubre, sin embargo, con el cambio de hora, empezará a pensar que le hace falta un abrigo nuevo y que este trimestre ya se le ha pasado el curso de baile. Mientras tanto, el post-it continuará colgando de la pantalla del ordenador y cada mañana, cuando lo encienda, suspirará y pensará en cuántas cosas tiene aún pendientes …
Sin embargo, dentro de un tiempo, volverá de nuevo el verano: esa invasión de calor y luz, la oportunidad de perderse en lo desconocido o de dejarse mimar por el simple fluir del tiempo...con la más absoluta tranquilidad. ¡Merecido regalo!

19 agosto 2012

Una vida tras la ventana

Algunas de las noches de verano me regalan la posibilidad de convivir con los que ya no están en una escena tan vívida y natural, que incluso tengo que agitar la cabeza al final para cerciorarme que no es posible, que hace mucho que se fueron, y que si aún estuvieran, seguro que su imagen ya no sería la misma.
Hoy he soñado con mi abuela. Estaba en el gran comedor de su casa, con las luces de la vieja araña encendidas. Debía ser tarde, pues en su casa había la costumbre de dejar que la oscuridad invadiera la estancia antes de darle al interruptor de la luz. Ella estaba sentada en su pequeña silla de mimbre, la que prefería a todas las demás, no sé porqué. Lo que me sorprendió es que no se hallara frente a la ventana, a pesar que ese era su lugar desde siempre...
Cuando éramos unos enanos, allí nos cantaba sus canciones mientras nos mecía en sus rodillas, y eran tan fáciles de tararear como las zarzuelas que le encantaban:
Bisturí, bisturí
Se quería casar
Y quería vivir
A la orilla del mar
Y gastaba levita
Pantalón y fusil
Y por eso le llaman
Bisturí, bisturí.                                           La Rosa del Azafrán
Cuando crecimos un poco, ahí siempre la encontrábamos al regreso de cualquier parte, ya fuera del colegio, justo después de las cinco, o en verano, de la horchatería de la esquina, cargados de ilusión con una lechera helada de color limón con no mucho hielo, como nos repetía siempre mi madre. La puerta de hierro granate nos ayudaba entonces a alcanzar el timbre allá en lo alto enganchando pies y manos a sus barrotes. Aunque nos había visto desde lejos, nos dejaba hacer, pues para eso éramos sus nietos y ella, nuestra única abuela.
Desde allí también tejió con amor gorros verdes o bufandas granates, mantas de cuadros con retales y ponchos con flecos. Durante largas tardes creó para nosotros un regalo, un presente, que lucíamos para su orgullo y a veces para nuestro fastidio, en cada foto de los dos hermanos.
Siempre estaba, imperturbable, y en cuanto nos veía girar la calle, agitaba la mano para saludarnos. No sé cómo lo hacía pero nos veía a pesar que tratábamos de escondernos, ¡cómo me fastidiaba durante la adolescencia que pudiera distinguir mi figura desde tan lejos!...
Sin embargo, al final de sus días, se fue desvaneciendo: los dolores vencieron al fuerte carácter que tenía, perdió la necesidad de controlarlo todo y a todos, y después de visitar el hospital por segunda vez, dejó de ser presumida y su pelo se volvió blanco …Tanto se desdibujó que incluso dejó de lado sus costumbres y olvidó su sillita de mimbre favorita. Dejó de estar frente a la ventana y nos solía esperar desde donde la sentaban, en el amplio sofá de color ocre. Como no oía nada y se hallaba medio dormida, yo atravesaba la puerta de un salto para que pudiera sentir como mis pasos retumbaban en el suelo oscuro de dibujos infinitos. Entonces ella alzaba la vista, me sonreía y le decía a la señora que la cuidaba: ¡Es mi nieta, Cristina!
Pero la noche pasada, ella volvió  con su pelo de color marrón brillante, sentada muy digna en su silla de mimbre, aunque esta vez, en lugar de la ventana, había preferido estar en medio del salón. Al acercarme, ví que ojeaba un libro con una portada de alegres colores, que se titulaba Mujercitas. Justo después, la oí decir su cantinela tan característica para tener controlados los pasos de mi abuelo: Andreeeeeeeu, on ets? , y entonces agité la cabeza porque aquello si que no podía creérmelo, ya que mi querido abuelo se fue mucho antes …
Por fortuna, aunque ya no estén, vuelvo a visitarlos algunas noches de verano…

05 agosto 2012

Espíritu olímpico

Un amigo mío me contó una vez que el espíritu de sacrificio lo forjó bien temprano durante los años en los que entrenábamos dos veces al día. Para los que lo vivimos, sabemos que, como muchos otros, la natación es un deporte mental, ya que compites contra tí mismo y tus inseguridades. Además, la natación es muy dura, porque a los quince años ya se te considera adulto y tienes que competir con cualquiera, aunque te pase un palmo o tenga muchos años más que tú.
Cuando miro atrás, estoy de acuerdo que aquellos fueron unos años de mucho esfuerzo tanto mental como físico, y probablemente eso nos hizo distintos a muchos niños, pero también creo que, al menos en mi caso, es de las primeras y quizás poquitas cosas que decidí por mi misma, y de ello me siento muy orgullosa. Y algo tenía que tener ese deporte, porque veinte años más tarde, la mayoría de los que nadábamos juntos en aquel entonces, hemos vuelto a por nuestras gafas y gorro para disfrutar del inconfundible olor a infacia que nos trae el cloro de la piscina.
Y yendo hacia atrás, me he detenido justo en un invierno. En aquel entonces, me levantaba cuando aún noche era bien negra, o al menos eso me parecía a mi, y en ayunas, (no había manera de tomarse una naranjada sin pasarlo mal) me lanzaba a las frías aguas de la piscina. Aunque mi padre me había acompañado en coche hasta la puerta de la piscina, desde que le decía adiós y cerraba la puerta del coche, me hallaba sola frente al mundo. A las ocho en punto, después del entreno de una hora, en lugar del crono, mi vista se posaba en el reloj de pulsera, porque desde entonces cada minuto contaba, ¡acababa de empezar mi otra carrera!.

A aquellas horas las demás niñas de 12 años se estaban levantando, pero yo aún tenía que llegar al colegio desde la otra punta de la ciudad. Salía con el pelo mojado a salvo del frío bajo mi gorro de lana verde que mi abuela había teijdo con todo su amor, y por la calle del Mar, soló oía el trotar de mis botas de ante marrón. Al girar la calle, hacía una breve parada en la granja donde ya desayunaba mi madre cuando era joven, que tenía unas grandes madalenas expuestas en la barra que me parecía altísima. Allí pedía un vaso de leche con Eko, y las señoras me lo servían humeante con una cuchara infinita. Después de desayunar seguía corriendo calle arriba hasta llegar al autobús, que se detenía con un resoplido de máquina al ver llegar a una chiquilla con un gorro y una bolsa naranja cruzada en el pecho.
Desde el momento en que me sentaba, dejaba la bolsa y me quitaba el gorro, después de hacer un movimiento perrruno para terminar de secarme el pelo, me detenía del frenesí para observar durante unos minutos la ciudad a través de la ventanilla y dejarme llevar por el traqueteo del autobús, el ruido metálico de las puertas y el subir y bajar de las personas, algunas de las cuales ya empezaba a reconocer. Ese era un momento para para relajarme y descansar, aunque entonces no sabía que conseguir bajar los hombros, no pensar en nada y simplemente mirar afuera sería uno de los retos más difíciles en unos años.
Cuando llegaba al colegio, por supuesto, iba a un ritmo diferente que las otras niñas: cuando ellas empezaban a desperezarse, yo ya andaba haciendo tonterías, y cuando había que poner atención, yo no paraba de contar mis historias, mis aventuras, como la de que hoy el agua estaba heladísima porque se estropearon las calderas pero el entrenador nos hizo entrenar sin descansar para no notar el frío… ¡Santa paciencia la de la profesora!
desde aquí, mi más sincero agradecimiento.

22 julio 2012

Sueño y Realidad

Durante años, mantuve intacto el mismo sueño infantil: me despertaba en casa de mis padres después de dormir allí la noche de Reyes. Debajo del árbol de Navidad, nos esperaban a toda la familia un montón de regalos. Los íbamos destapando entre risas y alboroto hasta que me decidía a girar la cabeza hacia la terraza y, como una aparición, un cachorro de perro aparecía corriendo desde el otro lado del patio. Para que esa imagen se hiciera realidad, año tras año incluí en mi lista de Reyes aquel preciado regalo y convertí en costumbre pasar esa noche mágica en mi antigua habitación de niña. Pero a pesar de lo redondo del sueño, nunca sucedió nada parecido...
Hace unos días, se presentó en casa un peluche blanco trotando con las orejas al viento. Aunque era lo que yo tanto había esperado no supe reaccionar. No era como lo había soñado: me parecía precioso, pero no había empezado a quererle. Todo aquello me hizo pensar en cuántas veces la realidad se desvía de la perfección de los sueños...
En la juventud, quién se libró de planear al detalle durante semanas una fantástica cita con una secuencia de cine: "...cuando vaya a saludarle, su colonia me aturdirá la mente y me sonreirá con los ojos para decirme cuánto le gusto a través de un gesto sutil. Cuando eso suceda, todos los los relojes se pararán y a nuestro alrededor la gente se quedará inmóvil para que nada nos distraiga...".

Sin embargo, para tí la realidad de esa tarde no fue exactamente así: él llegó tarde y al ir a saludarle, su frente albergaba gotitas de sudor y te hizo que no con la mano. Durante la velada, el camarero se acercó varias veces rompiendo la magia y aunque la conversación fue agradable, hubo incluso algún momento en que te pareció insípida y te descubriste mirando el móvil. A pesar de todo, con el tiempo, la recordaste como una experiencia absolutamente maravillosa.

Y quién no ha soñado despierto durante el tedio de un viaje en avión que en el aeropuerto su familia le estará esperando tras la puerta de salida. Poco importa que no lleven consigo el cartel de Bienvenido a casa. Es curioso, es una imagen que ha visto muchas veces y nunca es para él, y la esperanza es leve, pues lleva en sus espaldas muchos viajes de trabajo, un ajetreo que sólo él y algunos pasajeros conocen de sobra. Solo a veces, la imagen le retorna justo en el momento de cruzar las puertas que se abren ante su presencia, y por un instante se descubre pensando que ojalá los encontrara ahí fuera sonriéndome. Quizás cuando deje de esperarlo, ocurrirá sin más...

Y si soñamos despiertos, quién no pediría teletransportarse durante un largo invierno hasta un recóndito lugar brasileño, donde una enorme duna blanca se desliza hasta besar el mar, donde los caballos esperan a que baje la marea para seguir su camino por una playa infinita, donde cada tarde los lugareños juegan descalzos al fútbol mientras los mayores reparan sus redes sentados en barcas de colores…
Y finalmente un verano, ese soñador consigue llegar a ese paraíso y sin embargo está tan agotado de todo el año, que en lugar de mirar la luna, se pasa las noches enteras durmiendo. Por las tardes, no se atreve a jugar al fútbol o mira distraido las velas de colores, y d pronto le asalta el complejo de desconexión y le lleva a enchufar su portátil bajo las aspas del ventilador… Medio año más tarde, en la oficina, volverá a soñar con teletransportarse hasta aquel paraíso, pero ya no será posible.
Quizás los que soñamos despiertos tenemos la suerte de imaginar historias y la desgracia de esperar demasiado de la realidad, pero hay que saber esperar porque un día, inesperadamente, algo nos sorprenderá y entonces sueño y realidad se entrelazarán para crear verdadera MAGIA.

06 julio 2012

Nada que perder

Como todos los niños del mundo, una vez, quizás muchas, no sé, les pedí a mis padres un perro. Ellos hicieron lo que casi ninguno de los padres del mundo hace, acceder fácilmente a mi deseo. 

Lo curioso de ello es que, en realidad, lo que yo quería es tener a alguien dócil a quien explicarle mis problemas. Andaba ya por los doce, y comenzaban a despertarse demasiadas preguntas en mi cabecita. Yo quería un perro porque esperaba que, como sucedía en las películas de Lassie, cuando yo me sentara a su lado, el animal se quedaría erguido y atento junto a mí, para asentir con el hocico ante las visicitudes de aquellos tiempos... (Y se llamo Laisi, y le dimos nuestros apellidos).

Parece una cosa de niños, pero si pensamos un poco: ¿cuántas veces no hemos escogido a alguien dócil para contarle nuestros problemas? Quizás me atreva a ir un poco más allá para preguntarme si, más que dócil, lo que buscamos no sea un desconocido, lo suficiente para que no nos distraiga, para que no nos devuelva con un boomerang sus francas impresiones sobre lo que nos sucede. No queremos su opinión, solamente con su presencia es suficiente. No necesitamos sus palabras, pero sí su atención. Y su tiempo. Para poder echar por la borda todo afuera, sin filtros y sin temor a las apariencias, y luego quedarnos tan anchos.
Deberíamos dar las gracias a unos cuantos compañeros de viaje,
por aparecer justo en tonces y no abandonarnos,
por escuchar toda la historia y no dejarnos a medias,
por asentir simplemente, después de nuestra ascensión y bajada.
Callaron por prudencia, o no se atrevieron a juzgar los entresijos de nuestras contradicciones, pero justo por eso, nosotros nos sentimos un poco mejor para volver a empezar.
Lo más bonito, sin embargo, está aún por llegar, ya que, a pesar de ese casi absoluto monológo, muy a menudo, después de ese episodio, se fragua una verdadera amistad. Si el viajero no es, por supuesto, un absoluto desconocido o demasiado lejano…
Quizás la razón se encuentre en que en general compartimos poco nuestros sentimientos con los demás, así que, cuando un día alguien se atreve a hacerlo frente a nosotros, nos cambia su percepción para siempre. De repente  lo humanizamos, convirtiéndolo en un ser casi tan imperfecto como nosotros mismos y, justo desde entonces, empezamos a quererlo.
Ojalá nos soltáramos un poco, a pesar del miedo que da en nuestra sociedad, en la que la (primera) imagen es casi lo único que cuenta, si no llegamos a más.
Pero para luchar contra ello, solamente una última reflexión: es curioso que sea el día en que nos encontramos más débiles cuando nos decidimos a decirlo todo.
¿Será que sólo entonces nos damos cuenta que no tenemos nada que perder y sí todo por ganar? ...




24 junio 2012

Otra oportunidad

Estoy sentada aquí, en la mesa blanca, empezando otro verano más, y mientras no se me ocurre nada, miro hacia un infinito que se me acaba pronto, al traspasar una puerta abierta de par en par y dar dos pasos hasta una pared encalada hace ya unos años. A sus pies, unas cuantas macetas se amontonan sin ninguna armonía, y sus inquilinas, cuatro plantas rescatadas del olvido, tratan de superar el mal trago de las altas temperaturas. Me gustaría encontrar la pista para empezar a desgranar una historia, o como mínimo un pensamiento. De momento, nada, en blanco, pero yo sigo tecleando por si en el taconeo de los dedos hallo una canción que me lleve hasta un cuento.
De repente, las plantas pachuchas, las macetas descoloridas, los chorretones de agua sucia en la pared, me llevan hasta una película antigua, de aquellas que pasan casi desapercibidas excepto por un detalle que las hace inolvidables: la película contaba la historia de un hombre normal, de unos cincuenta años, que había trabajado toda su vida en IBM, un gigante de la informática. Uno de tantos que imaginamos durante toda su jornada ante una pantalla de ordenador, en una mesa separada de otras por una pequeña mampara. Este señor era un hombre sin altibajos ni grandes pasiones, tampoco tenía familia cercana ni amigos del alma, pero su vida parecía aparentemente tranquila, hasta que, inesperadamente, un día pierde el trabajo y, por los avatares del destino, acaba viviendo en una especie de local social con otros como él.
Por casualidad, por factores que desconocía o que no pudo manejar, un día se sorprendío mirándose al espejo y no se reconoció. Se estaba lavando los dientes junto a personas desconocidas, en un sitio que no era el suyo, ante un espejo pequeño que no era el de su baño de siempre. Fué entoncés cuando se hundió, aunque no dijo una palabra, porque no estaba acostumbrado a hablar de sus sentimientos. Sin embargo, la película no trata de su caída, sino de su suerte, ya que en su divagar por la ciudad, se cruzó con una especie de ángel que le salvó por ser quien era en ese momento, un deshauciado. Al principio me chocó la elección de aquella señora, pero después de reflexionar un tiempo, lo entendí:
Existen personas que se sienten bien rescatando plantas medio secas que se acaban de abandonar, muebles antiguos que un día tuvieron vida pero que hoy esperan la muerte en un contáiner o peluches sucios y tuertos que alguien arrojó antes a la basura. Ellas recogen con primor todos esos desechos para darles una última oportunidad. Colocan la planta en una nueva maceta, la riegan adecuadamente de agua, sol y buenas palabras. Arrastran los muebles hasta casa, y los reparan para que renazcan de sus recuerdos. Lavan a mano los peluches y los tienden al sol y en cuanto se secan, les cosen sus heridas y los ponen en la cabecera de la cama. Así son felices. No valoran las cosas recien estrenadas, ni las esquisiteces, prefieren rehacer, recomponer, reconstruir...En definitiva, dar una nueva oportunidad a lo que ya otros no valoran.
Mientras pienso en esto, fijo de nuevo la mirada en mi pequeño infinito: la pared blanca, las macetas desiguales, las plantas rescatadas que se animan a seguir creciendo…y, en ese instante, sonrío.

10 junio 2012

Un canto contra la crisis

Estoy cansada de la crisis. No sólo la económica, sino la del espíritu, la de la alegría, la de la esperanza. Ayer vi un programa en el que se veía una gráfica de los tres últimos grandes momentos de depresión económica: 1986, 1994 y 2012. Todos respondían a una causa histórico-político-económica, porque en los días que corren, no hay ninguno de esos factores que fluya por su cuenta y riesgo.
La recesión afecta especialmente a todas aquellas hormiguitas que ahorran con tesón para comprar un bonito regalo de cumpleaños para su amor, a las personas invisibles que visten con monos azules y que se dejan los ojos o los pulmones para llenar una hucha y poder irse con la familiar hasta la playa y allí disfrutar de un merecido descanso con el zumbido del mar y el olor a fritura. Son todos aquellos que no tienen excelentes abogados para negociar ni ostentan grandes cargos políticos. Ellos no conocen ningún secreto con el que poder amenazar. Son invisibles y sin embargo, salen en todos los listados de pago de Hacienda o de multas impagadas. Si cometen cualquier pequeña falta, se les perseguirá sin excepción.
Con este panorama es fácil desesperarse. Sin embargo, existe siempre una alternativa ante los malos momentos: hundirte con ellos o alejarte lo más posible; unirte a la negatividad o descubrir nuevas posibilidades.
Yo que nací en una casa de locos entrañables y de eternos soñadores, en la que nunca tuvimos grandes riquezas pero que supimos reirnos de todo, lo tengo un poco más fácil para ver el lado positivo. La gráfica de ayer me hizo detenerme a pensar en qué hacía yo en esos años y concluir que, ciertamente, vivimos y superamos cada uno de esos periodos. Lo importante es que, en cada uno de esos ciclos, mientras un cachito de mundo se hundía, a su lado, había otro que nacía.
Aquí un ejemplo personal:
El 86 fue un buen año, porque en la adolescencia todos los momentos son una sorpresa tras otra y, sobre todo, porque mi padre volvía a tener trabajo, después de estar más de un año en paro. Él fue uno de los que sufrió del cambio de paradigma tecnológico, en su caso, por la sustitución de las melódicas y emblemáticas máquinas de escribir por los ordenadores. Ya hacía unos años que se venía avisando de esa posibilidad, pero cuando las empresas empezaron a echar a centenas de personas a la calle, se convirtió en una catástrofe.
A otras familias también les había ocurrido, pero eso no mejoraba la depresión de mi padre: un día te levantas para empezar tu rutina habitual y te das cuenta que el despertador no suena porque ayer ya no lo pusiste. Tus hijos siguen desayunando en la cocina para ir a la escuela y sin embargo tú no tienes nada que hacer. Cuando sales a la calle, no sabes por dónde empezar a buscar, y “vas dando voces”, pero las puertas se van cerrando con el paso del tiempo y te vas quedando mudo porque las personas que confiabas que te podían ayudar, no te llaman. Tus hijos siguen necesitando crecer, alimentarse y comprarse ropa nueva, pero también necesitan de tus bromas, de tus risas…pero no te salen.
Un día alguien me preguntó cuándo me hice mayor, y me di cuenta que había incluso una fecha concreta: la noche en la que, desde mi cama, oí a mi padre murmurar: no sé qué puedo hacer, empiezo a entender porqué la gente es capaz de ponerse a robar…
Pero un día, la suerte cambió, por fin alguien oyó "las voces que había dado"  y pudo empezar de nuevo a trabajar, en un puesto del que ya no se movió hasta su jubilación. Y a pesar que yo me volví mayor después de aquel episodio, aún tuve mucho tiempo y espacio para seguir creciendo entre risas y locuras caseras, para continuar estudiando y para ir descubriendo el mundo de la adolescencia con mis amigas, con las que bailaba al ritmo de la música disco, sin un solo pensamiento en la mente, las tardes de domingo.

Hagámoslo posible. Seguro que hay algo de positivo de todo esto...¡Sólo hay que buscarlo!

03 junio 2012

Short Cuts (I love BCN)

Pedalear en soledad me permite admirar al mundo que vibra y se mueve en una alfombra colorista y contradictoria.Trazos de vida se muestran en los balcones, en las plazas, entre lineas de las conversaciones, en los parques y en las avenidas o cruzando la calle cuando el señor se pone verde…
A la velocidad de las piernas, en breves instantes se pasa de la sonrisa al drama y en minutos, uno vuelve a reconfortarse porque tras la esquina, la vida continúa.

Al girar por Paseo San Juan, veo unos abuelos que descansan de su paseo alineados en cada uno de los bancos. Casi todos llevan un bastón enhiesto a pesar de la curvatura de su espalda. Sus pensamientos se pierden con la mirada fija en un crío que no deja de balancearse hacia delante y atrás, mecido por un caballo de madera sin larga crin ni herraduras.
Al otro lado, unos matrimonios jóvenes han decidido quedar para verse y empiezan varios diálogos que se detienen constantemente para avisar al crío del caballo, o a la niña de las coletas que tenga cuidado porque no para de caer al suelo....y echarse a llorar. Las conversaciones se alejan como frágiles mariposas en direcciones opuestas y ellos se quedan por un momento tan mudos como los abuelos.
Más allá un hombre greñudo y de semblante descuidado anda hurgando en los contenedores con sigilo, no vaya a sorprenderle un poli, o aquellos niños o sus madres, o la fija mirada de un abuelo, aunque hace ya unos metros que los dejé atrás.
Hago una parada de trámite, -¿me da usted media docena de huevos?-, a mi lado, una moto deja de rugir para enmudecer a mi lado -¿les queda algún pollo…muerto?-...-oiga usted, nosotros tenemos pollos matados, no muertos, que no es lo mismo -.Todos reímos por dentro o por fuera, según cada cuál. Seguro que los abuelos se reirían simplemente y los matrimonios jóvenes….pues tendría que pensarlo.
Más arriba, cuando la gota de sudor empieza a invadirme la frente, una algarabía se me acerca: ¡hoy en una calle de Gràcia, hay comida entre vecinos!. En una barbacoa se acaban de asar los tomates y en un garage abierto se improvisa una gran mesa rematada con un hule de cuadros verdes y vasos de plástico amarillos. Podríamos invitar a todos, incluso al greñudo, si se diera una buena ducha, se afeitase y promete no terminarse el vino.
En la calle siguiente, una pareja discute en la puerta de casa: -tu no me dijiste que aquello te importaba tanto, si lo hubiera sabido…-ella tiene una llave en la mano y un pie en la escalera, y la cabeza dispuesta a esconderse en su caparazón. Me gustaría decirle que lo piense bien, que los portazos no sirven para nada, pero voy de paso. Seguro que si le preguntara al greñudo él quizás tendría una historia para ella o si fuera a ver al chico que quería conversar en medio del griterío de los niños, él compartiría sus penas, lástima que les separen unas calles.
Hago un par de pedaladas más y me cruzo con unos jóvenes que dicen que “Zapatero fue unos de los diputados más jóvenes, a los 26 años…”. ¿Por dónde andará este diálogo? ¿y hacia adónde irá?...pero como se trata de política y tiene poco crédito para mis oídos, los dejo que se alejen sin más.

En la acera izquierda de Balmes, justo después de cruzar Mitre y parar a pedirle a una chica dónde había comprado la barra de pan que llevaba, paso delante de un banco con tres señoras rubias que gesticulan en un idioma que no entiendo. De repente, una de ellas toma una bolsa y se acerca a los labios una botella que tiene escondida y ello me hace sacudir la cabeza y pensar cómo se concatenan unas historia con otras, solo separadas por un poco de asfalto y un montón de edificios.
Al final de la cuesta me cruzo con un chico que me dice Buenos Días a las tres de la tarde y concluyo que muchas veces, no es necesario ir al cine o al teatro, ni leer un buen libro ni ver la televisión para admirar como el mundo vibra en tan solos unos pocos kilómetros de un domingo cualquiera.
¡Love Barcelona!

20 mayo 2012

Locos de atar


If you don’t like, change it. And if you can’t change it, change your attitude. Don’t complaint.
Maya Angelou, poetisa, novelista, cantante y actriz y activista por los derechos civiles.
¿Podrías recordar un par de momentos en los que te sentiste realmente vivo? En mi caso, no fue cuando las cosas me fueron fluidamente bien, porque en esos momentos estaba demasiado relajada para darme cuenta. O quizás fuera, porque justo entonces ya era demasiado tarde, ya que mi mente buscaba ávida nuevos sueños  por cumplir.

Sentirse vivo es aspirar con profundidad el aire fresco después de una tarde de lluvia, justo cuando el cielo empieza a mostrar su verdadero azul. Es descalzarse y sentir como la tierra mojada te produce un leve escalofrío. Sin embargo, a menudo estás tan ocupado quejándote de la maldita lluvia que no te ha dejado salir que le das la espalda a la primavera.

Sentirse vivo es escuchar los compases de un piano al pasar por debajo una ventana y, en lugar de seguir andando hacia tu destino, cerrar los ojos por unos instantes e imaginarte que alguien te saca a bailar...Pero justo al pasar, tenemos la oreja pegada a un móvil, los ojos concentrados en una pequeña pantalla y como siempre, llegamos tarde a nuestra cita.


Sentirse vivo es irse a dar una vuelta sin ningún plan, con la simple intención de devolver un saludo, de pararse a charlar con cualquiera sin pensar ni quién, ni cómo, ni qué, ni nada. Es deambular sin rumbo, arriba y abajo, apreciando cada instante, cada detalle, porque te sientes bien. Sin embargo, los que estamos realmente bien tenemos el cuerpo atrapado por las obligaciones y tan acostumbrado a desconfiar, que convertimos en locura cualquier aventura.

Andamos pasando los días sin pensar mientras somos afortunados. No los vemos, pero esos son días de color pastel. Pero son precisamente los días que suceden al momento en que hemos tomado una difícil decisión, en los que nos obligamos a dejar atrás el hastío y la soledad porque no nos lo merecemos, en los que nos aferramos fuertemente a la vida tras una enfermedad, los que estallan en un sinfín de colores indescriptibles.
Así que si ves algunos locos felices por la calle, no les juzgues. Algunos están logrando cambiar algo en sus vidas que no les gusta o que les hace daño. Otros no han podido pero lo han dejado pasar y están descubriendo que quizás sea sencillo sentirse bien.



Ps. Dedicado a los que se alejan de los nubarrones de cualquier tormenta.